Cuerpos

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Aprieta el cinturón hasta el último agujero, y cuando mira de reojo, la niña de doce años sigue desnuda ante sus ojos. Tal vez muerta. Él levanta su flequillo gris, esparce el humo y al ver sus sucios dedos en el aire descubre que ha arrancado tres cabellos débiles. El muro de piedras roto les esconde de la vida. Apenas un agujero de ratón para acceder a esa minúscula ladera con vistas al fin del mundo.

-Deberías enterrarla ya.

-¿Y la tierra? -Apenas ha quemado medio cigarrillo y ya lo apaga nervioso en la roca, rascando la ceniza hasta chocarse con las uñas.

-Vayamos a la playa.

-Es solo arena…

Enciende con una cerilla, respira y rompe la sequía de su mirada. A su derecha no desaparece recto el cuerpo de la niña. Quieto, no lo elimina de su mirada. Recorre el corte diagonal que le nace en la cadera y termina en su pecho derecho como si sus ojos desfilaran por una vía de ferrocarril estrecho; lento; turístico. Es la fina línea que abre en la piel una pequeña navaja. Apenas hay vello bajo su ombligo. Quiere quitarle los calcetines verdes de Navidad. El gesto de la boca roto por la piedra, y el calor de la sangre aún inquieto, inunda la barbilla. Los numerosos hilos, perezosos, esquivan la hierba en el reflejo de sus pupilas. Al fondo, el mar repite su persistencia. Los dos tienen clavado el gesto en un viento que les obliga a parpadear.

-Necesito un vaso de leche.

Ella le mira. Es un lienzo reciente, sin trazo asentado; húmedo y frágil. Mueve los labios tres veces antes de llorar tres palabras.

-Sólo quedan galletas.

-Lo sé -responde sereno-, pero yo necesito un vaso de leche. Leche fría. La leche me relaja, me ayuda a pensar, me hace sonreír, ser niño y olvidar.

-Pero no tenemos leche -responde. Trata de empujar su mirada al mar, pero él, ahora, inexplicablemente sonríe a las nubes.

-La nevera de mamá siempre tenía leche fría en la bandeja de la puerta. -Rasca, explota la cabeza de la madera, enciende el tercer cigarrillo, respira, y con el humo en los pulmones se coloca de cuclillas frente al mar-. Mira…

Ella da un paso, coge su mano libre, da otro paso hacia él y se agacha.

-Quiero esconderme en aquella isla.

-¿Cuál…?

-Aquella. -Señala a la izquierda- ¿La ves?

-Son rocas.

-Necesitaríamos comprar leche.

-Y nadar…

-Y vasos.

-¡Vamos! -Insiste apretando con fuerza su mano libre.

Los dos sonríen. Los dos brillan. Los dos callan Los dos, en cuclillas, ansían besarse. A un palmo, ninguno lo hace. Se levantan cogidos de la mano y caminan despacio hacia la playa. La orilla es sumisa al viento y el sol resbala inevitablemente. Descender entre las rocas hasta la playa requiere equilibrio. Cuidadosos, llevan sus pies descalzos hasta la arena.

Él mira atrás. De la niña apenas ve sus dedos tiesos y doblados. Siempre la vio en idéntica posición.

-Nunca la encontrarán.

-Tal vez… -Caen sus labios prietos y le coge las manos caídas, sucias, ásperas y grises.

-Olvidé el tabaco. -En sus ojos, la cajetilla roja brilla entre las rocas.

Cuando la ola rompe sus cuatro pies, explota la espuma, blanca, como nubes, como sábanas arrugadas, como taxis en fila india,  como semen, como canas rizadas, como leche, fría…

-¿Nadamos?

Cuando la ropa se hace pequeña sobre la arena y el mar esconde sus piernas, ella le salpica y sonríe. Él responde y ríe. Nadan, se ahogan y sobreviven y carcajean. En la calma, de la mano, flotando frente al cielo, rumia el silencio del agua en un balanceo lento e hipnotizador. El mar pierde color, y el viento, desnudo, cosquillea la piel. Alrededor, todo y nadie.

-Algún día conquistaré aquella isla.

De pie, ella le mira. Pesada y desequilibrada da dos pasos para acercarse a él. Levanta su flequillo mojado y posa los brazos en sus hombros.

-Bésame…

-Antes sigo queriendo leche. -Sonríe tapándose con la mano los labios.

El sol se ha roto en el cielo y los cuerpos tendidos sobre la arena cuentan pacientes uno a uno los pedazos. No hablan. Quietos, rozándose con los dedos de una mano. Sólo cuando se miran y tiritan, saben que es la hora de regresar a casa. Oscuros, el fin del mundo ya es un lienzo con demasiadas sombras. Él recuerda su cajetilla de tabaco en las rocas, y aunque gira el cuello y ve la sombra del cuerpo en idéntica posición, no se detiene. Tal vez, algún día.

Fotografía: Daniel Diez Crespo.

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6 comentarios en “Cuerpos

  1. Qué buen texto! Está cargado de descripciones deliciosas. A medida que avanzo en la lectura me dejo balancear en las olas que dibujas. “El sol se ha roto en el cielo y los cuerpos tendidos sobre la arena cuentan pacientes uno a uno los pedazos”… Me ha gustado muy mucho. Bienvenido este nuevo país, bienhallado lo que nos queda por descubrir. Mi enhorabuena!

  2. pumu, hay k leer 2 veces el relato… t has cargado a una chavalina de 12 anos… ?? el olor de la mar te envuelve… es sal… mataria pork m enterrasen en arena playera.. pero la leche revuelve…!! sigue escribiendo…

  3. “Mueve los labios tres veces antes de llorar tres palabras”. Esta prosa tan poética tuya hace que resuciten todos los cuerpos. Precioso relato. Me encanta ese mar, ese humo del tabaco, esas rocas que son islas y esa ausencia de leche…. Felcidades, una vez más.

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