El armario

A papá lo enterraron detrás de un  armario. Detrás de los vestidos que hoy cuelgan de diecisiete perchas. Vestidos de noche, de invierno y verano. Detrás de los vaqueros que hoy cuelgan de trece perchas. Oscuros y claros. Detrás de los abrigos que hoy sostienen cinco perchas. De botones y cremallera. Detrás de las tablas que clavó un carpintero por cinco viejas y arrugadas mil pesetas. A papá lo escondieron. Nadie le dijo adiós. Aún vivo, lo maniataron y le callaron con un pañuelo negro de algodón entre los dientes. A papá no le asesinaron. Sin despedida, en un cajón invisible de madera, como un emparedado de pollo a fuego lento, esperó vivo a que la oscuridad y el tiempo le dieran una puerta. Nadie giró la manilla, y un día, su cuerpo vacío se agotó y la espera no buscó camino. Papá tal vez aún sonríe en la oscuridad. Porque papá nunca tiene; tuvo tristeza. Sonrió cuando mamá murió, exhausta, después de que la vida le robara el último aliento de su corazón. Papá la miró diminuta e inacabada y aprendió a acunarla entre sus brazos. A una bofetada papá tenía todas las carcajadas. A un disparo papá le ponía mil flores. Sin embargo, a papá, un delicioso gesto prohibido le escondió para siempre.

-¿Hasta ahí?

-Sí.

-¿Y dónde vive tu padre?

-Muere, esperando, detrás de un armario.

-¿Dentro?

-No. Detrás.

-¿Dónde?

-En el cuarto izquierda. -Señala el balcón de flores amarillas y sonríe.

Los dos chicos no se miran. Los coches siguen interrumpiendo cualquier soledad a diez metros. Un carrito de niño de ruedas gastadas y silencioso, que es empujado por su madre, roza las puntas de sus zapatillas. Una roja, otra azul. Uno pregunta, otro asiente, y en una mano vuelven a quemar un fino hilo de hachís.

-Odio la muerte.

-Y yo.

-¿Y vives seguro?

-No. Pero la seguridad es imposible.

Lía el papel lamiéndolo con la suavidad que jamás utilizará y le pide el mechero antes de respirar la respuesta.

-¿Ni con los condones?

-Si follas como Dios manda, no.

-¿Y cómo manda?

Se miran de reojo, sin girar el cuello. Uno sostiene con aparente estilo el cigarrillo entre las piernas, y pícaro, da una calada e intenta dirigir el humo que sale de su boca. El atardecer cambia el color del asfalto, el viento se engrandece y retuerce los árboles, y las conversaciones son sintonías fugaces que vienen y van. Le pasa el cigarrillo sin tocarse los dedos y dobla la hoja de papel escrita, que guarda arrugada en el bolsillo trasero de los vaqueros.

-¿Crees que si te besara me encerrarían detrás de un armario?

-¿Aquí?

-¿Dónde si no?

-En una Iglesia.

-O en una mezquita… -Ríe nervioso, niega una última calada, respira, sonríe, llora por el viento, y observa como esconde la colilla bajo una de sus suelas de goma.- Vamos.

Los botones son de plástico blanco desgastado y redondos. El edificio tiene cuatro plantas y las puertas se definen por letras. El portal recibe con un espejo que nace a dos palmos del suelo y casi roza el techo. Les abren al quinto intento del repetido engaño comercial. El mínimo ruido es un estruendo en los lugares cerrados ajenos. Lo multiplica el eco del portal pese a que mudos y de puntillas avanzan imprecisos hacia el ascensor.

-Te suenan los huesos del pie.

-No hables… -Susurra deteniendo y girándose hacia atrás.

-Era en el cuarto, ¿no?

Ambos ríen sigilosos. Abren los ojos, iluminados y rojos, y vuelven inevitablemente a ser una carcajada silenciosa. Cuando al fin respiran, él niega con el dedo índice un camino y señala hacia las escaleras.

El aliento es tan débil tras la escalada nerviosa, que desde la distancia, frente a la puerta, la respiración aún parece un huracán. Marean los círculos cuadrados que unen las plantas.

-¿Seguro? -Murmura encogiendo los labios.

-No.

-¿Entonces?

-Llamemos.

El primer click retumba como un bofetón e ilumina, el segundo es el timbre y la activación de una bomba ensordecedora sin una sola víctima. La respuesta es veloz, enorme, sorprendida y seria, y las ideas de un papel sin un halo de cobardía son ahora restos confusos de un castillo de arena junto a la orilla. La voz repite, insiste y desconfía tras la puerta diagonal. Pesa y asustan los segundos de desconcierto.

-Su padre fue enterrado detrás de un armario en esta…

-¡Calla! -Corta tapándole la boca.

-¿Qué? -Pregunta escondiendo detrás de la puerta sus zapatillas de felpa.

-Nada, ¿Tiene sal?

-Mmmm… -Intenta hablar con los diez dedos que  le taponan los labios.

-Sal… Un puñado es suficiente, por… ¡Aaaah! ¡Cabrón!

La marca de los dientes aparece roja en los dedos índice y corazón. Se empujan tres veces, mirándose, retándose, y serios, a un sólo paso, quietos, miden su posición y silencio. Son como un fuego constante sin perceptible parpadeo. Su respiración no pierde velocidad. Son dos piezas de hielo. La puerta golpea en el marco y resucitan.

-Cobarde.

-Estamos locos.

-Nos volvemos cuerdos lejos del papel.

-Demasiado. -Responde con la barbilla hundida.

-Hoy no me leíste el final.

-¿Lo hago?

El felpudo, a medio metro, es una sombra cuando el temporizador pone final a la luz del portal, en el que aún se distinguen tres cerditos sonrientes, ásperos y pisados. La puerta cerrada esconde un ojo asustado y desconcertado tras la mirilla. Y en el pasillo, a fuego lento, tiembla el primer beso.

Ilustración: Pantxika ´Belphegor´ Passicot

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14 comentarios en “El armario

  1. Me gusta mucho este relato, Dani. Con pocas palabras, aunque ahora tus relatos son más extensos, dices mucho. Invitas a releer y en cada frase, se captan matices que en una primera lectura pasan desapercibidos. Me gustan mucho tus descripciones y comparaciones. Se convierten es imágenes casi palpables por los sentidos al leerlas. Buenísimo, como siempre. Sigo persiguiéndote! Un abrazo!!

  2. Muy bueno Dani, es exquisita la recreación que haces de los detalles más pequeños y lo bien que consigues pasar de las imagenes mas dulces a las más duras.
    Tienes la capacidad de que tus textos tengan sonidos,olores,colores…en fin casi los puedes ver a la vez que los lees.
    EXCELENTE… Artista
    Javi

  3. Al leerlo me invadieron sensaciones similares a cuando leí “La paja en el ojo ajeno” (mi favorita!), seguramente por esas descripciones que enganchan la atención y obligan a masticar… Ha sido una agradable sorpresa encontrar ese Daniel Diez.

      • Pues si ésa es tu idea creo que lo estás consiguiendo; lo del surrealismo y el humor ácido, digo. Acabo de llegar a tu blog y es lo primero que he leído, pero no será lo último. Una literatura muy interesante, ¡enhorabuena!

      • Gracias, Natalia!!
        Bienvenida a este pequeño mundo literario. Me alegra saber que voy por el camino.
        Y siempre serás bienvenida. Dejo la puerta abierta.
        ¡Graciassss!

  4. Te releo para quedarme con más instantes en donde detenerse es descubrir, o más bien, redescubrir el olor de las cosas, del tiempo o de la inocencia.
    Me gusta leerte porque hilvanas escenas como éstas equilibrando la ternura y la brutalidad con un realismo/surrealismo mágicos… ese contraste es en el que a mí me gusta moverme también cuando escribo (y cuando existo).

    Tu mundo ofrece otra perspectiva de la vida que es mucho más real, para mí, que la que acierto a encontrarme fuera.

    No quiero ser pesada… pero me encantas. Espero que sigas escribiendo por mucho tiempo, experimentando y mirando así, como lo haces.

    Urge comprarme tus libros en papel, jajajajaja

    (Guiño)

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