Vibraciones

vibraciones

Sus pies desnudos y enormes nunca entraron en el charco de sangre que dibujaba la brecha de su cabeza. Enseñaba los dientes al sonreír con desorden bajo los labios por el descuido en la infancia. De cuclillas levantó los brazos muertos de sus víctimas. Otra vez. Victoria inmortalizada en un clic programado con escasa luz. Contó diez y creyó ser tiempo suficiente. Sus huellas rojas corrieron hasta el trípode, vio su sonrisa en la imagen y asintió satisfecho. Marcó otro camino de pisadas, ya gastadas, hasta un balde metálico, y hundió la esponja en el agua hirviendo. Volcó la pastilla de jabón y vibró ante sus ojos el primer aleteo histérico de los pájaros; tan mudos. Amanecía. El silencio era la única melodía que vibraba en su cabeza sin un solo error.

-Esa canción la compuso en 1974.

-Fumaba crack y experimentó con la homosexualidad.

-¿Experimentar?

-Sí, experimentar… ¿Qué pasa?

-Del verbo voy a experimentar con mi tubito tu culo un ratito, sí, ya veo.

-Yo voy a preparar un zumo de mango.

-No quiero, quesito mío.

-¡Vete a la mierda!

Azotaba el pie descalzo sobre el parqué mientras finalizaban las notas de Sweet Virginia ensordeciendo el salón.

-Amo esta canción. ¿La bailamos?

Apareció sorbiendo de una pajita ya el espeso zumo batido, y lamió su bigote con gesto cómico cuando devolvía la verticalidad al vaso de cristal. Lo miró, aún demasiado lleno, y rechazó la idea con un movimiento de cuello. Los Rolling Stones compusieron canciones demasiado cortas. Desaparecieron y los dos miraron los relojes de sus muñecas.

-¿No crees que son necesarios? -Dio un nuevo sorbo y el ruido masticó en el aire.

-¿El qué?

-Los segundos entre canción y canción -Aclaró sin sacarse la pajita de entre los dientes.

-Obligados.

-Necesarios.

-¿Cuándo viene Rebeca?

-A las ocho.

-¿Con Martina?

Asintió y continuó sorbiendo.

-Voy a poner más música.

Blow Away dio paso sin apenas descanso a Any Road. Les impedía quedarse quietos. Martina cantaba en un feo inglés “but uiii it’s a game…”, Rebeca y él imitaban la fonética de la letra mientras bailaban en el salón con una copa de ron y vodka entre sus dedos. El zumo de mango aparecía junto a la esquina del sofá con una gruesa línea amarilla en la base. Martina dejó de cantar, retiró el denso volumen de su pelo rizado de la frente buscando liberar el sudor, y de puntillas y sin olvidar el ritmo, rogó a sus manos pegadas al parqué.

-Una al menos…

Negó sobrio y buscó refugio en su vaso de zumo de mango. La línea amarilla vibraba ya al ritmo del “la, la, la…” del Wonderboy de los Kinks. Aquella marejada inquieta e imperceptible zumbaba en su cabeza como la vibración de los pies descalzos sobre la madera. Entrecerró los ojos, pero el dolor crecía con el movimiento. Ella esperó unos segundos con los brazos en el aire mientras no dejaba de mover las caderas bajos sus precisos vaqueros, y desistió.

-Voy a preparar más zumo. -Se levantó ávido despegando el vaso del suelo, y sin cruzar la mirada con ella se encerró en la cocina.

Gone Troppo sentó a Martina, exhausta y solitaria. Entre las sombras que producía una pequeña lámpara de pie, Rebeca le besaba, suave, como la voz dormida. Ninguno, en aquel salón, se miraba.

-La guitarra de George Harrison me pone los pelos de punta.

-Me gusta la oscuridad. -Susurró mientra le hipnotizaba el brillo de la bombilla.

-Sí. La música se escucha mejor a oscuras.

Él miró a su derecha y encontró demasiados dientes blancos en su sonrisa. Esperó el movimiento de sus labios, pero durante diez segundos sólo parpadeó.

-¿La apagamos? -Preguntó mientras su ojo izquierdo intentaba ignorar el temblor del lapicero sobre la mesa.

-Amo esta parte… -Ella tumbó los párpados, movió la cabeza y buscó sin éxito sus manos.- ¿No es genial?

-No la he escuchado nunca.

-¿Y ahora?

Él sostuvo la mirada apenas dos segundos cuando sus ojos marrones y grandes le volvieron a engullir en el sofá. Le sudaba la espalda, nervioso, hastiado, y, con los dedos prietos en el cristal, sintió ira y sed.

-¿Quieres zumo?

-Ya he bebido demasiado, gracias. -Ella examinó su perfil tenso y dejó caer suavemente la mano sobre su pierna.- ¿Te da miedo bailar?

Dobló el cuello bruscamente y Martina retiró los dedos como si hubiera recibido un mordisco. Él retorció el dolor que escondía en los dientes por la presión de su mandíbula y posó el vaso sobre la mesa sin dejar de sujetarlo con la mirada.

-No me gusta la música tan alta -musitó.

-No lo está.

-Sí lo está.

-No.

-El vaso vibra.

Tumbling Dice fue la que de nuevo comenzó a mover su cuerpo. Desabotonó un solo botón de su blusa blanca, y acalorada e inquieta improvisaba movimientos con los brazos en el sofá. Él comenzó a hundir el dedo gordo en la sien y con la mano libre buscó drogas en el bolsillo vacío de su vaquero.

-¡Pon la siete! -Gritó Rebeca con él de la mano aún pegado a la pared.

-¿Cuál?

-¡La siete!

You Really Got Me explotó como los cien cañones de un galeón cargados de confeti. Martina dio un salto y se giró.

-¡Esta sí! Por favor…

Mudos, a un zapato de distancia, observó los ojos tan perversos y excitados. Arañaban. Podía contar el temblor de sus pestañas. Cosquilleaba en el sofá la melodía, saltaba el ritmo bajo la mesa, balanceaban las paredes como corazones en una pesadilla, y sin aire, deshilachaba su calma como un muñeco de trapo. Amputado, quiso que sus dedos se hundieran en su cabeza y morir. En cambio, se puso de pie, alargó la sonrisa de Martina y, cuando ambos chocaron sus rodillas, empujó con brusquedad su cuerpo.

-Necesito zumo.

Pisaba veloz la acera estrecha y fría de la noche. Huía, pero ya era preso del ruido que tanto le dolía. Buscó medicación en su bolsillo mientras le acuchillaban los gritos del viento. Descansó en un viejo sofá descosido, abandonado, aparcado entre dos motos, un espejo roto y una pala. Amó observar la afonía del cielo. Pero en la ventana vio luz, y en el silencio de sus oídos, otra vez, vibraciones. Otra vez.

No durmieron. Murieron. No durmió. Mató. Pesó desnuda sobre sus hombros cuando le rompió la nariz con una pala. Le escupió escandalosa la sangre sobre el desenfreno y la cólera de su rostro. En el eco del portal les había engañado con lástima y auxilio, e insinuado desesperación. La madera de la pala, en el imposible sosiego, había llamado elegante. Ella abrió. Él golpeó tres veces. El temblor en sus brazos al crujir el metal en sus huesos desató el descontrol y la ira. Atrás, cobarde, tiritaban unas nalgas pegadas a la pared. Las notas de Lou Reed aún bailaban visibles en el aire. Deslizó sus huellas enormes sobre el charco roto de su primera víctima y corrió hacia aquel ridículo cuerpo desnudo. Al tercer golpe en la cabeza también cayó muerto entre las sábanas. El retrato de su crimen goteaba acelerado sobre la alfombra. Pulsó el botón y observó alrededor. Que nada vibrara, poco a poco le devolvió la paz.

Levantó la cabeza. Cuando cerró la puerta de la habitación no oyó el golpe, pero vibró en sus pies desnudos; sucios y rojos testigos. Corrió de puntillas y tras el clic, junto a los cuerpos, volvió a inmortalizar una nueva victoria. Sordo y despierto recordó el vaso de cristal con su línea amarilla taladrando sobre la mesa. Recordó huir, caminar en la oscuridad y engullir el dolor de su cabeza como un caníbal hambriento. Otra vez. Asesino del ruido. Otra vez. Cazador sigiloso. Aún vibraba con la primera luz del sol, en la madera, el murmullo asfixiante de la última canción.

Fotografía: Daniel Diez Crespo

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6 comentarios en “Vibraciones

  1. Me gusta tu manera de describir las situaciones, los detalles, haces que el lector ya no solo se imagine a la perfección la escena, sino que la viva y pueda sentir el sabor de ese zumo de mango, o incluso el tacto denso de la sangre al pisarla…
    Entro dentro de tus relatos sin el más mínimo esfuerzo y me parece justo que lo sepas…
    ¡Es curioso este País!
    Gracias Daniel…

    • Millones de gracias, Sandra.
      Mi idea es que cuando se lea se abandone el sitio en el que uno está. Desaparecer. Maleta de mano en un pequeño viaje.
      Espero que sigas viniendo por aquí, leyendo, y opinando.
      GRACIAS.

  2. Me gusta, me gusta mucho este nuevo País de la Gominola. Cambio de tono y modo, manteniendo el buen uso de las descripciones que te caracteriza. Los matices enredados en los sentidos. Muy bueno, Dani!

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