Lluvia roja

La caca de mamá se esparcía hasta por debajo de sus tetas. Tetas caídas y arrugadas. Yo había comprado unas chanclas de plástico de color verde y amarillo que soñaba quemar algún día. Encendí un pitillo que equilibraba entre mis dedos de látex, y respiré con suma lentitud mientras observaba con frialdad el cuerpo gastado de mamá sobre la vieja cama. Aquellas bolas negras despuntando en la cabecera inundaban de sobriedad la habitación. Afuera llovía. Dentro, una luz sucia enseñaba como el polvo flotaba en el aire. Caía el haz afilado y cansado en la vieja cómoda de bambú. Sobre ella, hacía años que nadie movía el pequeño y redondo espejo en el que ella se maquillaba cuando papá le sacaba a bailar. Tampoco nadie había movido el joyero, ni su vieja e inservible cartera de documentos, tarjetas y tickets de la compra. Tampoco el monedero, con el débil tintineo de las últimas pesetas. Mi teléfono móvil rompía el orden en aquel cuadro de hace cinco años. Yo atravesé la línea de luz con la última calada.

Llueve rojo desde hace tres días sin descanso. Si descansa, duermo o vivo inconsciente. Tal vez no son tres. Tal vez no son días. Despierto de nuevo, o no, pero siento debilidad. 17.28 horas en mi reloj digital. Ya no toco el cristal de este cubo ni alzo el brazo para medir la posibilidad de escapar. Mis vaqueros doblados triplican su peso ahí afuera sobre las baldosas rojas. Cuando sopla el viento imagino el mar en calma bailando dentro de mis zapatos negros. Escapan las olas entre los cordones. Los dedos de mis pies bajo el agua son enormes y borrosos. No distingo el dibujo cortado de mis uñas. Olvido si es frío, olvido qué es hambre, recuerdo a mamá, y a Juan, gordo, ignorante y bonachón ayudándome a construir esta urna gigante de cristal para peces de colores en mi terraza. Llueve fuerte; gotas gordas y oblicuas.

-¿Sabes que a papá le encantaban las rosquillas?

-Lo sé, mamá, lo sé.

-No entiendo por qué a ti no. -Regañaba y me retiraba el plato que examinaba con detalle a un solo palmo.

-Es el anís.

-¿Y ahora tampoco te gusta la cebolla? -Preguntó mientras la señalaba muerta y abandonada con la punta del tenedor.

-Es el tacto.

-¿Ahora tocas la comida?

Torcí el gesto, pasé la servilleta por mis labios y arranqué hambriento un trozo de pan. Su sombra de pie, quieta, a un solo palmo, oscurecía la mesa. Entonces, temblando, escupí.

-Necesitamos dinero, mamá.

Hubo un silencio. Ella puso los dos vasos de cristal dentro de los platos, comenzó a caminar hacia la cocina y se iluminó mi cabeza.

-¡He hecho rosquillas! -Gritó desde la cocina.

Abrió la puerta con sueño sin retirar la cadena que la unía al marco. Eran las ocho y media de la mañana. Ella ni siquiera asomó los ojos. Olía a anciana. Papá decía que así olía la muerte. Debió gemir o toser, se apagó la luz de la escalera, y de no ser por un ágil reflejo ella hubiera cerrado de un portazo.

-¡El de arriba! Soy, soy el vecino…

Dudó como dudan las personas mayores a la hora de ordenar las palabras que suenan. Desconfió dos segundos con la puerta a punto de besar el marco, pero al final descubrí sus ojos pequeños iluminándose bajo las arrugas de los párpados.

-Perdona, majo.  -Soltó la cadena y abrió- No te reconocí y hay mucho delincuente suelto últimamente. Perdóname, cariño. ¿Qué es lo que querías?

-¿Sigue teniendo aquella escalera grande?

-Sí, claro. Pasa, pasa a por ella, anda… -Tosió de nuevo y me auscultó los ojos- ¿Qué tal está tu madre?

Superar el felpudo cambió la temperatura del aire de mi respiración. La alfombra de su pasillo eterno resbalaba bajo mis sandalias. Los marcos de los cuadros sobresalían en exceso de las paredes y creí que alguno de mis hombros sufriría un accidente en cualquiera de los largos y lentos pasos hacia mi destino. Me encogí, y asustado, me detuve cuando dos puertas cerradas crearon indecisión.

-¿Hacia dónde?

-Pasa, pasa, que es tu casa. –Señaló al fondo y me dio un leve empujoncito en la espalda.

Aquella despensa oscura continuaba repleta de sombras cuando pulsé el interruptor e iluminé una desgastada bombilla. Aquel habitáculo era un pequeño refugio nuclear alimenticio en el que sobrevivir. Apenas medio metro de espacio me permitió llegar al fondo y despegar la escalera de su posición. Respirar era un ejercicio físico agotador.

-Muchas gracias. Se la devuelvo mañana –mentí.

-Lo que necesites. –Insistió sin desenganchar su pequeña mirada de la mía- ¿Vas a pintar?

-Más o menos. –Sonreí y traté de avanzar hacia el exterior.

-¿Tu madre? –Insistió.

-Duerme. –Asentí ampliando la sonrisa hasta sentir dolor en la cara. Con torpeza y cuidado retorné por el pasillo. Afuera sentí el alivio. Todo el alivio- Se lo agradezco de verdad.

Mamá aún dormía. La habitación se inundaba. Sin una sola gota de agua, sin un solo soplo de aire, el aroma abominable ahogaba aquellas cuatro paredes. Aquella mañana se había repetido tantas veces en mi calendario de cristal, que me era innecesario el pensamiento. Hundí los dedos en la esponja rosa y las gotas repicaron al chocar con el agua. Abrí la ventana, una vez más, para buscar un halo de respiración, retiré las sábanas que cubrían a mamá hasta el ombligo y susurré con ternura.

-Nada, no pasa nada. -Levanté sus piernas y con mimo retiré su ropa interior.

-¿Qué hora es?

-Temprano, mamá, temprano.

-¿Has desayunado? ¿Te preparo un café?

-Gírate, mamá, por favor…

-Hay rosquillas en un plato en la despensa. -Tosió al retorcerse- Y bollos en la estantería de la ventana.

-Lo sé, mamá, lo sé. Tú tranquila.

Era increíble descubrir con la rapidez que oscurecía el agua. Había aprendido a olvidar la respiración. Estrangulaba la áspera esponja bajo el agua por tres veces y repetía la apatía de un gesto necesario.

-Lavaré la ropa.

-Estás más delgado… -La blusa se le enganchó en el codo y gimió, pero finalmente se deshizo de ella- Y tan feo con esa barba.

La ropa cayó sucia y pesada sobre un cubo de plástico rojo y redondo.

-Mamá.

-¿Qué, hijo?

-Necesitamos dinero.

Papá siempre decía que la lluvia es del color hacia donde la mires. Papá era un poeta estúpido y borracho que murió atropellado por un tren de alta velocidad. Le pregunté de camino a un café y él respondió que la lluvia es verde en el campo, azul en el mar, gris en el asfalto, marrón en la tierra, negra en mi paraguas.

-Papá, ¿puedo decirte una cosa y que no te ofendas?

-Las estupideces no ofenden.

-Eres un loco borracho entrañable.

Sonrió con esos ojos tan estrellados, detuvo el paso, detuve el mío y me miró mientras la lluvia no cesaba de limpiar las aceras de nuestra pequeña ciudad.

-¿Sabes? Eres un cabroncete ignorante muy atrevido.

Me abrazó durante escasos tres segundos. Después, él siguió caminando bajo la lluvia a un solo paso de mi paraguas. Aquella tarde fue la última vez que le vi.

No llueve. Papá diría que llueve invisible. Moriré de frío. Moriré de hambre. Moriré. El cielo amanece limpio y el sol ciega en el cristal de la jaula. La escalera que me encerró aquí refleja su dibujo con sombras en un extremo de esta pecera. Moriré quemado si el sol persiste. El reloj digital de mi muñeca marca 9.17 horas. El agua cubre en calma mis rodillas desnudas y dobladas. Cubre mis nalgas. Si me muevo se ahoga mi ombligo. Me abrazo. Soy una silla en una esquina sentada esperándote. Siempre fui un hombre con demasiado pelo en las piernas. Hoy no lloverá.

-Mamá.

-Sí, hijo.

-Papá…

-Hoy tampoco viene a cenar, lo sé. –Respondió mientras caminaba apresurada con el mantel doblado, y sobre él, platos, cubiertos y vasos.

-Ha muerto.

Yo sujetaba entre los dedos veinte folios que certificaban su muerte y su herencia encarcelándonos a traición en una imposible condena. Allí abofeteaba frío el final de una mentira que se acumulaba desde hace quince días en mis manos, desde hace años en el otro lado del vaso de papá. Nunca oí la explosión de los dos platos y los tenedores y vasos. Descubrí el roto esparcido sobre la madera mientras nervioso intentaba escarbar en las hojas para desenterrar los números que papá se había bebido. Cuando ella se sentó en la silla, sin una lágrima en el rostro, lloró.

Llueve fino. Soy un hilo. Soy medio cuerpo. Soy un pez. Soy ahogado. Soy olvido. Soy cobarde escondido. Soy fin. Soy imposible. Soy mamá olvidada. Soy papá endeudado. Soy culpable. Soy inocente. Soy muerte. Soy aún vivo. Soy invisible. Soy lluvia roja.

Fotografía: Daniel Diez Crespo

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12 comentarios en “Lluvia roja

  1. ¿Puede haber más ternura en estas letras?

    Me ha encantado Daniel, me has dejado sosegada, muy en calma y con media sonrisa.
    Pensativa y como es tu costumbre, con ganas de continuar la lectura.

    Eres dulce, también.

    Gracias!!

  2. Muy bueno, Dani. Muy, muy bueno. Para mí, lo mejor, tu forma de adonar las descripciones. Leerte es como ver un corto. Estas últimas semanas tengo la sensación de que todo es el principio de algo. Me dejas con ganas de más. Te animo a seguir trabajando, escribiendo, buscando(te). Me ha gustado mucho tu Lluvia Roja. Un abrazo!!

  3. Genial lluvia roja. Como bien dice Carmen tienes una forma de narrar tan cinematográfica, que es imposible no ver, no sentir. Tu historia me atrapa, siento el hedor, el peso extra de los pantalones, la lluvia invisible. Hubiera leído con gusto mucho mas de esta historia. Enhorabuena!

    • Gracias, Dune.
      Un texto difícil, duro, pero al mismo tiempo sensible. Me encana que sea tan visual, y que como lectores tengáis esa sensación.
      Gracias, gracias y gracias!!!
      Volveremos este fin de semana!!!

  4. Hoy la sensibilidad se ha despertado susceptible. Entre juegos y sábanas me ha pedido, remolona, el deseo de un desayuno tierno. Pienso que, de acuerdo, al café no me niego y con mucho azúcar, pero el acompañamiento, las rosquillas… Releo…

    Mi lluvia es verde, cae fina y apenas moja…

  5. Maravilloso!!! Me encantan las imágenes que encuentro al leerte… puedo ver la lluvia, puedo pisar los charcos, puedo ser un niño e incluso un padre borracho…
    Te leo. Te releo…

    • Gracias, Hisae!
      La sonrisa de anoche que provocaste acaba de resucitar esta mañana al releer tu comentario.
      Gracias por hacerme saber que mi escritura te hace sentir todas estas cosas.
      Aquí te espero!!
      Un saludo!

  6. Bravo, Daniel…. quizás (y perdona el atrevimiento) es lo que mejor que te he leído. Tal vez es que cada vez me gusta más leerte.
    Una lectura conmovedora. Apasionante. Me la he tomado con calma, tanto, que he sentido como me mojaba la lluvia.

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