Desaparecer

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La punta de mi pene había desaparecido. Entre mis pies descalzos aparecía una línea diagonal invisible que marcaba el fin. Acerqué dudoso los dedos índice y anular y nada los detuvo. Torcí el labio hacia mi mejilla derecha, fruncí el ceño, mordí la lengua mientras la reposaba sobre mi barbilla y recogí la goma blanca de borrar que había quemado en mi mano hacía tres minutos y que aparecía redonda junto a un cómic de mi hermano. La eme coja de Milán y las huellas de mis uñas nerviosas sonreían. Sobre los pantalones deportivos de un equipo de baloncesto aún asomaba mi pene degollado, como un feo truco de magia sin explicación. Era un vacío invisible. Un trazo borrado. Allí, donde hacía tres minutos aparecía limpio y rojo mi capullo, roto por un fino guiño de ojo, que expulsaba semen y pis, sólo veía la alfombra de una oscura habitación descansando entre mis nalgas separadas. Nada. Reí. Sólo el dibujo de Oliver congelado en el suelo con su camiseta blanca y a punto de golpear el balón. ¿Y si froto? Un error inútil; impulso experimental que había dejado un corte oblicuo perfecto, como si hubiera borrado una línea a lapicero de mi cuaderno de literatura para corregir el complemento directo de una oración subordinada. Solté de nuevo la goma de entre mis dedos, escondí mi pequeño apéndice desfigurado bajo mis pantalones y esperé el ritmo normal de mi respiración. No llegaba. Bebí agua. Perezoso hacia la calma, conté tres veces diez sin darle una razón a los números, y esperé que la dantesca imagen fuera una alucinación. Despegué de nuevo el pantalón de la cintura y clavé la barbilla debajo de mi cuello, hundiendo la nuez, con los ojos ciegos; prietos. Los abrí. En la oscuridad, bajo el vello enredado, arrugada, dormía una de mis muchas pequeñas estupideces del aburrimiento. Bebí agua y desaparecí bajo las sábanas.

A mi padre no le gustaba gritar cuando la comida esperaba caliente sobre la mesa. Mamá lo adoraba. La familia era un monstruo que me rodeaba a diario con sus dientes afilados y los brazos asustados. Un monstruo feo y aterrador que ya, pese a su grandeza, no asustaba. Sus ojos de rana enfurecida empequeñecían mi silencio, y yo, apenas gastaba mi energía en completar el camino que llevaba la cuchara del plato a mi boca. Papá lo intentaba, pero no sabía ser padre. Mi hermana había robado el papel de mamá y era una patada en los huevos constante e inesperada. Mi hermano pequeño no entendía ni uno solo de los gestos de aquella mesa rectangular. Y la tele era una banda sonora obligada para acomodar los silencios. Yo quería huir y llegar a un lugar en el que entender el motivo que teníamos los seres humanos para vivir.

-Seis, joder, Jose, seis. -repitió mi padre desde el fondo de la mesa amortiguando la cabeza con la hoja amarilla delante de su plato.

-Está todos los días con Carlos fumando y bebiendo -masculló mi hermana.

-Al menos me meto mejores cosas a la boca que otros…

-¿Qué insinuas?

-Jose… -Intervino mi padre.

Detuve la cuchara a media altura y les observé esperando, como un boxeador hambriento y ensangrentado. ¡En guardia! ¡Venir a mí, perros! Nadie dijo nada y continué comiendo mientras el estómago escalaba lentamente hacia el pecho, taponando mi apetito. También luché con él. Tragué. El juicio sin veredicto se masticaba en la cabeza de papá. Mi hermana vigilaba como un pez temeroso y desconfiado que nada en círculos acariciando su presa a la espera de su valiente oportunidad para llevarse a la boca el cebo que esconde el anzuelo. Entonces, en el murmullo del inservible noticiero televisivo cayó la sentencia.

-Se acabó salir hasta que recuperes todas.

-¡Y una mierda! -Grité. Me puse de pie de un salto, golpeé la cuchara contra el plato de puré y el mantel fueron decenas de gotas verdes.

-Jose, -aplacó mi padre-, siéntate.

-¡Me toca los cojones!

– ¡A tu cuarto!

-Será un placer demasiado corto. -Ironicé.

Empujar la silla con ruido mientras ella sonreía, mi hermano escondía la mirada, y él señalaba el camino evidente, no provocó que disparara ni una sola palabra más. Desaparecer tampoco fue suficientemente satisfactorio.

 

-¿A que no te grapas un dedo?

-¿Qué me das?

-¿Dos hostias?

-Y me la chupas.

-Con caramelo.

-Y tu madre.

-¿Mi madre qué?

-También me la chupa con caramelo.

-Está muerta.

Sentados, separados por un pupitre, mantuvimos los ojos del uno grapados en el otro. Alrededor, apuraban deberes y banalidades.

-Mejor, más sumisa… -Susurró.

-Como la guarra de tu hermana -sonreí.

Toño cogió la goma y me la lanzó a la cara. Apenas a un palmo de distancia era difícil fallar. Pero evité el golpe, no el roce, con un movimiento brusco que desequilibró la silla y me tiró al suelo.

-Para mí.-Se puso de pie y le señaló- Ya no existes.

Observé desde el suelo y su cara cambió como si le hubiera disparado el peso de la muerte en mil balas de plomo sobre su estómago.

-¿Qué?

-Te ha desaparecido la mejilla.

Desapareció y rió. La sombra de Carlos, de pie, negando con la cabeza, me calmó.

-¡Calienta!

-¿Ahora? ¡Y una mierda!

-Calienta, he dicho -repitió.

Sentí el codo de Julio clavándose en mi costado. La punta de mis botas, quietas y rojas, asomaban intactas bajo la manta, y retirármela de encima para correr cinco minutos la banda entre aplausos y gritos que ignoraban mi presencia me sudaba un poco el actual pequeño tamaño de mis pelotas. Mirarnos sin decirnos una sola palabra fue la pelea más impredecible de aquella mañana.

-Lo siento, entrenador, no me apetece. -Vomité con una bola de miedo del tamaño de una pelota de playa haciéndome un torniquete en la garganta. Como el apetito. Nauseas.

-Jose, no me jodas ahora -advirtió pronunciando cada letra.

-Ya quisiera, entrenador, ya quisiera… -Me destapé, y con la sonrisa en los labios, mientras mi nombre se multiplicaba como voces en el aire, disfruté del ritmo de los tacos desapareciendo por las escaleras de cemento que me llevaban hacia los vestuarios.

Aquel beso fue un limón seco inesperado entre mis labios. A Maite le retorcía con mis dientes como a un acordeón roto. Se me atropellaba el corazón, el ansia y la respiración. No recordaba lijar nervioso su clítoris con la lengua tan seca. Siempre supe que la oscuridad no ofrece claridad, pero necesitaba lamer a tientas y a gran velocidad. Cada movimiento era una excusa para evitar mi ausencia. Carlos, que escuchaba estas palabras otorgando a sus labios una sonrisa estúpida, se imaginaba protagonista. Cuando reí describiendo mi equivocación al abrir con mi lengua la puerta de atrás, gritó con toda la puta claridad que Dios le había dado en su idioma.

-Los coños cómetelos siempre con la luz encendida.

-¿Y verlo a un palmo?

-¡Sí, cabrón! Siempre es mejor saber qué te comes. -Respondió.

-Fue tu mierda.

-Si no sabes comer coños no me eches la culpa…

-Te habrás comido tú muchos.

-Más que tú, imbécil.

-¿Cuántos?

Giró levemente el cuello y tumbó su ojo derecho sobre mí.

-Seis.

-¿Distintos?

Repitió el gesto, esta vez con la mandíbula tan prieta que podía escuchar la presión de sus muelas.

-Uno repetido -concedió.

-A mí me gustan más las tetas.

-¿Y ella a ti ya te la chupa?

-A veces.

-¿A veces? ¡No me jodas! ¿Seis meses y a veces?

El aire sopló y las hojas escalaron nuestras zapatillas para volver a caer y continuar su camino. Carlos ajustó la cremallera de su cazadora y buscó un cigarrillo en uno de sus bolsillos. Anochecía.

-¿Pillamos un litro?

Esta vez sí nos miramos. Reímos y sin decir nada, asentimos. El chino quedaba a quince pasos.

-¿Carlos?

-¿Qué?

-Anoche vi que se me había borrado la punta de la polla.

Acepté desaparecer junto a un café con leche en una taza blanca enorme sobre una barra de metal encharcada. Acepté ser nada. La noche anterior de madrugada había borrado mi pene por completo y vomitado sobre la colcha más de dos litros de cerveza. Había vaciado mi realidad a golpe de mentiras. ¿Qué era real? Sin pene ni corazón. Sobre el taburete, con las rodillas pegadas me retaba frente al espejo horizontal que, en la pared, recorría el bar. Bebí tres vasos de agua completos en diez minutos. La palma de mi mano doblada como un puño encharcaba la pequeña goma de borrar. Mi decisión era caer sin saber si existía la posibilidad de volar.

-¿La leche? – Interrumpió la camarera.

-Fría -tartamudeé.

Y cayó la columna de mi cabeza de manera veloz. Froté mi cara enrabietado, temblé, y vi desaparecer la imagen del cristal como si lo llenaran de vaho. Alguien gritó, yo caí, y los dedos de mi mano se rindieron derrotados, dejando escapar la goma de Milán gastada.

-A veces quiero desaparecer.

-No puedes, cabrón.

-¿Hay algo qué hacer en esta puta vida que merezca la pena, joder?

Carlos cruzó las rodillas y escondió la mirada para no chocar con mis lágrimas. Miró su reloj digital, miró su móvil y luego a alrededor sin detenerse en mis ojos.

-¿Cuándo viene tu padre? No me gustaría encontrármelo.

-Tranquilo, no le dije que…

-¿Y lo creyó?

-No.

-Habría sido la polla que hubieras podido desaparecer, ¿Eh?

-¿Qué era?

-Mescalina.

Fotografía: Daniel Diez Crespo

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17 comentarios en “Desaparecer

  1. Un relato muy, muy bueno. Dibujas situaciones cotidianas transformándolas en fotos. Unas gustan y otras chocan, por lo real y el lenguaje tan natural con el que las plasmas. Se lee de corrido. Es intenso y el protagonista engancha. Será porque todos necesitamos desaparecer y no sabemos cómo ni dónde. Me ha gustado. Y siento repetirme, pero este relato, como los anteriores, invitan a continuar. Muy bueno, Dani. Un abrazo.

    • Este sí es un relato incompleto. Estas semanas no he podido escribir como quisiera y al final ha pasado que tengo un boceto de un texto que quizá le falte. O seguro.
      Sobre todo quería mostrar esa sensación de desaparecer que todos hemos deseado alguna vez. Esa desazón de la adolescencia que hace imbécil esforzarse. Esos diálogos sin tacto que escupen sus bocas. Y esa adicción a las drogas sin miedo a desaparecer de verdad.
      Mil gracias por leer, Carmen, por comentar y por tus palabras. La verdad es que se agradecen muchísimo.
      Un abrazo enorme!

  2. El arranque del texto cumple su objetivo de atraparte. Los diálogos son magníficos de tan reales, parece que unos absurdos adolescentes se metieron en mi casa. Disfruté la lectura.

    • Gracias, Leire!!
      Me alegra mucho verte por aquí opinando, leyendo y disfrutando!! Este relato es un pequeño cortometraje extraño que a mi parecer podría continuar…
      Los diálogos no tenían más misión que mostrar esa adolescencia sin destino. ¿La historia? Aún no lo sé. Quizá el ser humano desaparece poco a poco y todo el mundo quiere desaparecer alguna vez en la vida.
      Gracias!!!!!

  3. Ciertamente, todos quisimos desaparecer. Muchos, nos refugiamos en la idea del suicidio, madurándola por años pero sin la suficiente fuerza y convencimiento para hacerlo. Unas cuantas lacras de intentos fallidos, marcan la piel y la memoria…
    Otros, sintiéndonos solos, divagamos por un laberinto que no tiene salida, todo apesta, nada satisface nuestra sed de compañía…
    Ahora, leyendo estas líneas, hago un recuento de lo vivido en mi adolescencia, confirmando que aún estoy inmiscuida en ella…

    • La adolescencia es un tiempo necesario e innecesario al mismo tiempo. Creemos vivir en el cielo y nos espera un bofetón inesperado en cualquier momento. Y sí, siempre creo que nos quedan posos, a veces, demasiados. Nos equivocamos y deseamos desaparecer.
      Cata, mil gracias por leer, por comentar y por disfrutar.
      Gracias!!

  4. Las siete primeras palabras le han prometido a mi sonrisa que no desaparecería de mis labios.

    Me he frotado las manos, he abierto mis sentidos y una vez más me has adentrado en tu relato imaginando vuelco a vuelco las escenas. La comida en familia, por ejemplo, esa descripción me ha gustado especialmente. Me encanta el surrealismo de las conversaciones en todos tus escritos y el de este en especial, no podía ser de otra manera, eres un experto.

    A veces parece que desaparecemos y lo que ocurre es que regresamos con más fuerza…

    Preciosa la foto!!!

    • Me halagan tus palabras. Siempre. Me ponen una sonrisa a tamaño industrial. Empecemos el martes! Gracias, Sandra, ¡gracias!
      Las siete primeras palabras eran las que quemaban en mi mente antes de empezar el relato. ¿Imaginas que puedes hacer desaparecer cualquier cosa con una goma de borrar? Tal vez el pene en un adolescente sea algo de lo más valioso, y por eso hice daño ahí…
      La escena de la familia me encanta y adoro ese color beige que le pondría si fuera en cine…
      Y aunque queramos, las desapariciones son ficticias. Siempre dejamos huellas.
      Redicho, Sandra, ¡Gracias!

  5. A mí, las primeras palabras me producen dolor. Dolor físico. Pero creo que dolor placentero; si no, hubiera mandado tu relato a tomar por culo. Por el contrario, lo leo hasta al final, para comprobar si ese dolor placentero me termina por gustar o lo aborrezco.
    Me gusta, joder ¡me gusta! Y eso me asusta.

  6. Eres altamente adictivo… me descubres una literatura nueva en la que se dispara la sordidez sobre la ternura y es difícil para mí ahora dejar de leerte.
    Estoy de acuerdo en que lo más difícil es borrar los ecos que dejamos, aun desapareciendo.

    Eres brutal… tómalo como un piropo. Dueles y acaricias a la vez.

    Aránzazu.

Seamos valientes

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