El perdón

larryEl perdón habría sido cortarle la polla para que nunca tuviera un solo pensamiento entre los huevos. El perdón debió haber sido romperle la boca con un palo de hierro y verle retorcerse sangriento en el suelo hasta el hastío. El perdón era un producto descatalogado, y en el disparo de su dedo pegado a la sien, frente al espejo roto, silencio. Observó el pañuelo de papel y esa obsesión suya por masturbarse. Hubiera maniatado sus manos en un cubo de hielo para siempre, pero sólo bebió un vaso de agua tras lavarse los dientes. Después caminó descalzo, se quitó con timidez sus olvidadas bragas y recordó cómo hablaban cuando se tumbaba desnuda a su lado.

-¿Puedo arrancarte la piel a tiras?

-Dicen que tiene colesterol.

-¿En quién piensas cuando lo haces?

-En ti.

-Mientes.

-Tengo hambre. -Se dio media vuelta y apoyó la espalda en la pared.- Me comía una hamburguesa.

-Moriría por ti.

-¿Y vivir?

-En un helado de fresa y chocolate, tal vez, para siempre.

Desnudos, sobre las sábanas, se mordían los culos, se lamían las bocas, se acariciaban los pechos, se hacían el amor, follaban y comían aquella hamburguesa.

El sexo es insuficiente a diario. Con la mano prieta y los pantalones caídos, frente a la obsesión de un espejo, supo que ya no compraría aquella camisa de rayas. Cuando logró abrir los ojos, el murmullo de la gente volvió a pasear despacio en su cabeza. Le temblaban las piernas y había manchado el cristal.

-¿Puedo? -Su voz desde el otro lado de la cortina sonó como un castigo.

-Tráeme una M, por favor.

-¿De cuál?

-De la de rayas.

Suspiró y buscó sin éxito ni alivio en el bolsillo. Su disparo espeso, tras un lento recorrido, se había detenido a mitad del espejo. Se desabotonó la camisa, torpe y atropellado, y le dio la vuelta. La mano de Marta rompería la cortina en cualquier segundo. Subió sus pantalones, y de un solo impulso emborronó el cristal. Cinco segundos después, sujetando la misma percha, se miraron.

-¿Sudas?

-Pensé en ti. -Confesó.

-¡Sergio! -Exclamó.

-Necesito tu ayuda. –Sonrió.

-Sergio… -Lamentó en un breve murmullo.

Él sólo pudo mirar sus pequeñas manos.

A veces su madre era una abuela a la enésima potencia que disfrutaba tratándole como el nieto que a diario desperdiciaba en sus innumerables vacíos. No sólo era el hecho de la montaña rusa de macarrones que se formaba en su plato, muy por encima del resto de comensales. Marisa compraba helados de hielo de fresa para el postre, que él adoraba. Y con el café, con dos hielos y dos de azúcar, sacaba aquel surtido de galletas que nunca descubría quién acababa. Siempre, misteriosamente, parecían completarse los huecos que él dejaba en aquel plástico marrón, endeble y granulado. Su padre era un hombre serio de bigote blanco, que solía vestir unos marrones pantalones de pana con camisas pálidas, al que le gustaba ultimar un vaso de vino tinto en su sillón, mientras silencioso veía ciclismo o partidos de tenis. Y en frente de la mesa, con el mantel aún repleto de migas, servilletas de papel estranguladas y puntuales restos de comida, su novia, esperando una mínima colaboración. Sergio, aparentemente quieto, pegado a la mesa, con las rodillas bajo el mantel, era amordazado por el sueño mientras le explotaba una nueva erección bajo los pantalones.

-¿Recogemos?

-No he probado esa rosquilla de chocolate blanco y negro…

-¿Te vas a comer toda la caja? -Atacó levantándose de la silla.

-¡Mmm…! Sin el plástico -ironizó mordiendo la parte blanca del aro-. ¡Deliciosa!

Su madre volvió a abrir el grifo de la cocina con fuerza y los cubiertos resbalaron por el plato hasta caer en la balsa de agua sucia y espumosa.

-Sergio… -Susurró.

-¿Qué?

-¿Y tu otra mano? -Miró de reojo al sofá, junto a la mesa del comedor, donde asomaba la cabeza concentrada de su padre.

-¡Jo…! Tengo una erección… –musitó infantil.

-¡Para ahora mismo! -Ordenó.

-Un minuto.

-¡Sergio! -Gritó.

-¿Qué pasa, hija?

Su antebrazo era un abanico endemoniado. Su madre traía las manos mojadas, el tenis, como su muñeca, iba de un lado y otro, y Sergio, tras segundos de dudas, congeló su posición, contuvo la respiración y estiró las piernas.

-Suegra, -sonrió- ¿Compraste helado?

Le mordisqueó las nalgas mientras con un pincel le bañaba lentamente la espalda de cava. Le rompió una galleta de chocolate alrededor del ombligo mientras con los dientes recogía una a una las migas. Le chupó las piernas por las que descarrilaba un hilo de su mejor botella de vino y se embriagó hasta el olvido. Le clavó de espaldas en la única pared blanca de aquella habitación vacía sin escuchar siquiera el repetido eco de las súplicas de sus gritos. La empujó y cayó sobre un charco de miel y en el que los dos pegaron sus cuerpos afilados sin lograr un mínimo movimiento. Follaron en el asiento trasero del coche que sus padres estaban conduciendo. Follaron bajo las duchas de una playa sin crema solar ante los ojos en duda de niños y ancianos. Follaron salvajes dentro de las rejas frías que sujetaban la fuerza intermitente de sus brazos. Follaron esperando. Follaron corriendo. Follaron puntuales y tardíos. Follaron en el pésame de su abuelo, en la tarta de tres cumpleaños, en el sombrero del último carnaval y en las sonrisas y lágrimas de todos sus amigos. Follaron. Y repitieron. Y un día, exhaustos, terminaron.

-Todo es sexo para ti, ¿verdad?

-Todo.

-¿Ayer te quedaste insatisfecho?

-No… -Puso la mano en su pene, de nuevo erecto y lo acarició-. Bueno… Tal vez… Quizá… Es que… no sé, Marta.

-Tienes un problema, Sergio.

-¿La masturbación?

-Sí. -Arrastró la maleta y salió de la habitación.

-No, mi amor. -Su mano ya bailaba con su pene y sonreía.- Una solución.

Perdió el perdón con la guitarra a viva voz pegada literalmente al ombligo. Incontrolado. Sin razón. Instinto básico. Masturbación. Perdió el perdón con las flores mustias en la mesa de su primer restaurante. Enajenado. Enfurecido. Masturbación. Perdió el perdón en el parque de atracciones a setenta y cinco metros de altura con el algodón de azúcar compartido. Emocionado. Desencajado. Masturbación. Perdió el perdón tumbado en la cama, solitario, sin mirarse al espejo roto, obsesionado, enloquecido, vacío, con las tijeras afiladas rompiendo la erección para que ya nunca quedara un solo pensamiento entre los huevos.

Fotografía: Larry Clark

Anuncios

7 comentarios en “El perdón

  1. Uau, Dani! Qué bueno! Podría ser el mismo tipo del relato de la semana pasada… el estallido hormonal adolescente (incontrolable) que puede llegar a convertirse en enfermizo. Un buen relato, ya lo creo. Hay, de nuevo y como siempre, descripciones muy buenas. “Le chupó las piernas por las que descarrilaba un hilo de su mejor botella de vino y se embriagó hasta el olvido”… me encantó!! Un abrazo!!

    • Siempre en cabeza, sin tiempo para corregir las erratas.
      Gracias, Carmen por tus palabras y tus ojos!!
      Añado que, a diferencia del anterior, aquí no hay adolescencia. La masturbación empieza a esa edad, pero… ¿Cuándo termina?
      Sergio ha cumplido los treinta…

      • No creo que sea algo con límite de edad…En realidad, no creo que sea algo a lo que se le deba poner fin. Me refería al hecho de que el protagonista podría ser el mismo que el de la semana pasada… deseos sexuales no satisfechos, una necesidad no controlada que puede llegar a ser enfermiza… En cualquier caso, un buen relato!
        Y, de nada!!

  2. Lo has vuelto a hacer. Tus letras me han enganchado y esta vez el relato ha venido con sorpresa.
    El recuerdo de Sergio, cuando están tumbados, hablando, esa conversación me ha maravillado. Siempre aciertas con los diálogos y en ellos me derrito.
    La imagen final, una fotografía perfecta.

    Has excitado a mis ojos y es mi cuerpo el que hoy te lo agradece.

    • Los diálogos siempre fueron mi asignatura pendiente. Al menos a mi siempre me lo ha parecido. Me gusta saber que poco a poco vamos mejorando o al menos eso me dices…
      Me encanta volver a tenerte por aquí, leyendo y opinando!
      Gracias!!

  3. Muy bien retratada la eterna insatisfacción, en este caso del sexo, pero extrapolable a muchos otros ámbitos. Puede dar placer algo que sabes no te llenará y que necesitarás de más para intentar esa satisfacción que no llega?
    Me quedan muchas imagenes sugerentes y sugeridas: “Follaron salvajes dentro de las rejas frías que sujetaban la fuerza intermitente de sus brazos.” Y destaco también los diálogos, pero eso no es nuevo…

    • Gran pregunta, Leire, gran pregunta. Creo que sí, que puede dar placer, pero no tal vez no el placer que realmente buscas. Quizá sea cuestión de saborear y saborear…
      Y gracias por lo de los diálogos, como ya le he dicho a Sandra, es algo que sigo trabajando y que creo esencial para escribir bien, y escribir una gran novela.
      ¡Gracias! Por leer y opinar!!!

Seamos valientes

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s