En blanco

No podía escribir una sola letra. Lo intentaba, pero al iniciar el trazo con el bolígrafo negro sobre el papel en blanco, el brazo izquierdo le pesaba demasiado. Tampoco era un atajo la tecla. Hundirlas no lograba dar orden a una sola palabra. Sus pies descalzos volvían una vez más hasta la nevera. Silenciosa, en bragas, Marianela recordaba frente a la inesperada brisa, valiente al abrir la puerta, que ayer sí sabía escribir. Hilaba con paciencia, como hilaba la abuela en calma y en silencio en el sillón rojo del comedor. Hilaba hasta cerrar los nudos de cada historia dándole talla y forma y color. Ayer, inventaba personas. Ayer, dibujaba escenas nítidas en su cabeza. Hoy, avanzando a gatas por el vacío, la nada le desorientaba. Su cabeza era una ciudad en blanco, como aquellas paredes escondidas de la nevera, como las uñas de sus pies, como el techo alto de su viejo y nuevo cuarto. Era el preludio de una asfixia que emborronaba la visión hasta el desfallecimiento. La oscuridad hacia la luz. Tarareaba en su boca seca la sinfonía lineal de un compositor que, por mucha espera, ya jamás despegaría emoción en una sola nota. Marianela quiso una onza de chocolate, blanco, pero la tableta ya aparecía doblada más allá de la mitad y le detuvo la conciencia. Estiró el dedo índice y simuló una pistola. Disparó y asesinó la sien del chocolate; el pensamiento. Sopló su dedo e imaginó una flecha de humo volando temblorosa hasta la pared. Apuntó a su cabeza en busca de la segunda víctima; el remordimiento, pero la bala invisible quedó quieta en la recámara.

-¿Buscando guerra?

Su voz grave fue como un aliento que quema, como un pellizco detrás de la oreja. Marianela cerró de golpe la nevera y, más culpable e incómoda buscó como defensa su posición con el rabillo del ojo. Junto a la ventana, su pose en pantalón corto deportivo y camiseta de tirantes le perturbaba.

-¿Ahora eres un fantasma?

-¿Te asusté? -Sonrió y descolgó del armario un vaso vacío que colocó a la altura del pecho.

-Fuiste inesperado.

-Tú también.

Con el vaso entre los dedos balanceó a un lado y otro la suela de sus sandalias, añadió un pequeño desfile de tres pasos, como una danza, y regresó a su posición esperando una valoración ajena de sí mismo.

-Para, por favor.

-¿El qué?

-Deja de mirarme -rogó.

-¡Culpable! –Rió escandalosamente. Abrió el grifo y dejó correr el agua durante cinco segundos. Después, llenó el vaso y se lo bebió de un solo trago. -El calor nos está matando.

-Sí -titubeo-, un poco… Perdona, Marco, pero vuelvo a mi cuarto.

Caminó descalza con los brazos cruzados sobre el aro del sujetador que escondía sus pechos. Quemaba el calor en sus mejillas y había olvidado el motivo de abandonar su habitación. Más calor.

-¡Marianela! -Llamó desde la cocina.

-¿Sí? -Se detuvo con la mano abrazada a la manilla de su puerta sin llegarla a estrangular.

-Bonitos volantes.

Persiguió su mirada y la encontró pegada a los doblados que adornaban bajo su ombligo. Sólo construyó una palabra antes de esconderse tras la puerta.

-¡Idiota!

Los niños lo creen casi todo. Son un bloque de arcilla. Repletos de preguntas, esperan todas las respuestas para moldear, y con ellas, darles una forma. Esponjas de colores que, sin embargo, a veces aprenden a ser selectivos. Marianela tenía dieciocho acunando la escucha, frente a sí y en tres imperfectas filas. Creyentes, eran su público más exigente y nunca aplaudían por hábito. Ella, sabedora, únicamente podía sonreír rígida la decepción de contar de nuevo una historia ya contada. Maldecía la avidez de su memoria. La inocencia de sus ojos, impacientes, curiosos e inquietos. Decepcionados, oír gruñidos y lamentos era rendirse ante los alfileres que le levantaban milímetro a milímetro y con mimo la herida hinchada de la piel. La puerta sonó y alguien gritó, ¡profe!

-¿Ya terminaste, Marian?

-Sí, dame un segundo. -Susurró sin descuidar los veintitrés pupitres.

-Te espero en el patio.

Recogió sus hojas y las escondió en su mochila, dobló la solapa superior y ató las dos correas de cuero. Una de las chapas tenía suelto el imperdible y la enganchó. Sostuvo la sonrisa a cada uno de los niños que desde su sitio pedían atención con los ojos; inquietos en la intensidad de una vida sin límites. Prometió sin saber cómo una historia nueva para la próxima semana. Gritaron más preguntas, sin orden, apelotonadas, desesperadas. Aullaron ruegos, crujieron ruidos de sillas, mesas y doblaron a golpes cuadernos mientras apelotonaban las voces con frases perdidas, risas de mentira y de verdad. La guerra era la inocencia de un empujón junto a las perchas. A Marianela, junto a la puerta abierta, le aterró el contraste que escondían las cabezas.

-¿Hoy no queréis recreo?

El patio, en su recoveco prohibido, no insonorizaba los gritos. Ella abrió el bolso y buscó un cigarrillo.

-¿Fuego?

-Sí, gracias.

-¿Qué tal fue?

-La repetición fue una decepción.

Marga asintió y le robó un cigarrillo. Marianela, al chocar con sus dedos, odió el instante hasta doblar la mandíbula sin evidenciar un gesto en la cara. Ella, desde hace dos meses, le había encarcelado su tiempo. Minutos tan muertos de descompensada conversación. Como si el sol le persiguiera para dibujar su obligada compañía. En algún rincón debía esconderse el agujero que le permitiera regresar a la lectura. Nunca fue soledad leer.

-Me va a dejar.

-La verdad es que son listos de cojones. –Continuó.

-Mario… -Farfulló en un temblor con derramó las lágrimas de sus ojos.

-¿Marga?

-Seis putos años. Seis. Todos a la basura.

-¿No hay solución?

-Él siempre decía que recicláramos. Plástico en el amarillo, envases, todos, hasta los yogures. El cristal, no te olvides el cristal, en el verde. Y el papel… ¿Has probado a quitar el papel que queda pegado en los bordes de los envases de mortadela? Y dale un agua antes a todo, decía. ¡Joder!

Marianela, desubicada, buscó un su bolso, extrajo un paquete de kleenex sin abrir y le tendió un pañuelo tras despegar el cierre. El silencio, imposible, dictó entre las dos. Respiraban el cigarrillo como único bastón de apoyo al vacío de una conversación. Fumaban y no tuvieron el valor de mirarse. Ni siquiera un instante. Lo lanzaron, lo pisaron y siguieron quietas con los ojos fijos en las rejas granates que ponían inicio al colegio.

-¿Otro?

-Sí, por favor.

Lo llevaron a la boca al mismo tiempo. No chocaron con los ojos cuando intercambiaron el mechero. Escucharon un gol hinchado y duplicado por el eco. Marianela levantó la cabeza y expulsó un débil aro de humo; roto; abollado. A Marga, el viento, era quien le consumía el cigarrillo.

-¿Cómo lo haces?

-Hago una O enorme con la garganta. Así. – Le miró y repitió el gesto dejando en el aire otro aro gris.

-No, cariño. –Con el gesto serio pegó sus ojos a un paso de distancia- Hablo de no pensar. ¿Cómo lo haces?

Marianela sujetó el impulso de llorar y evitó acumular muchas palabras en su boca. Las tragó como una miga de pan; una tras otra, tras otra hasta sentir el vómito. Ella, en cambio, rompió de nuevo el cristal como un puñetazo enrabietado sobre una ventana vieja. Nadie barrió los añicos de sus ojos.

El vestido blanco palidecía su piel. Frente al espejo, recogía su pelo y lo soltaba de golpe. Había elegido zapatos de tacón fino y alto, y un collar de plata de bolas diminutas que le colgaba por debajo de los pechos. No quería pintarse los labios. Sólo les dio un ligero brillo. Una línea sutil le ensombrecía los ojos, y dos golpes en las mejillas le enrojecieron la piel. Dudó, pero finalmente optó por el monocromo al colgarse un bolso blanco de imitación. Frente al espejo veía, con su rostro hipnotizado, demasiado espacio alrededor de su reflejo. Faltaba una sonrisa detrás, a un solo paso. Tres segundos después, cuando cerraban los ojos, en un abrazo todo se entendía.

Sonreía con los ojos abiertos y no lo veía. Era miedo. Quieta, pegaba las palmas a sus nalgas, sobre el vestido, doblándolo y dejando entrever su figura. Levemente le cubría las rodillas. Era una niña aterrada frente al espejo. Tocaba la piel con sus dedos y le sorprendía la suavidad de aquellas piernas vacías. Acariciaba más, y nerviosa con un grito medido imitó aquel gesto que hacía cuando era una niña, levantando el vestido bien alto, enseñando el algodón de sus bragas. Mamá  decía que aquello no era digno de señoritas.

-¿Cómo conociste el sitio?

-Un amigo -respondió fría.

-Yo también.

-Me gusta el bar.

-A mí también. -Volvió a beber y terminó la cerveza.- ¿Otra?

-¿Qué te gusta?

-¿Otra, entonces?

-Pide… -dudó y estiró el vestido mientras rayaba la mirada sobre las paredes del local-. Escribir.

-Escribir… -Repitió y pidió al camarero con una amplia sonrisa y confianza. Después estiró su camiseta de tirantes por tercera vez y cruzo las piernas hacia el otro lado.

-¿Tal vez una talla más? -Ironizó.

Tal vez -asintió-. Escribir es bonito, ¿no?

-Depende de la letra.

-Mmm… ¿Qué escribes?

-Letras que hacen palabras, que se convierten en frases que a veces, sólo a veces, llegan a ser historias. Historias infantiles. -Sonrió pícara. Le distrajo el golpe del cristal contra la madera, examinó las cervezas y volvió a recorrer el verde prieto de su camiseta. -Sigo pensando que necesitas una talla más.

 -¿Quieres tener niños?

Dudó haber oído bien, pero su mueca impaciente, cómica y cercana delataba.

-Y niñas, y un perro enorme, y casarme, y una casa con ventanas, con jardín y un monovolumen en la puerta del garaje. ¿Tú no?

-¿Y el mar?

-El mar no lo podremos comprar. ¿Y tú? -Insistió.

Las dos cervezas, húmedas, frías, juntas, permanecían a un escaso palmo de la barra. Marianela sonreía, por primera vez, cómoda y sensual con sus rodillas desnudas y juntas bajo el vestido blanco. Presta y elegante separó los vasos al coger el suyo.

-No hay que contestar ahora. Tal vez necesitas… -Marianela hizo una pausa para beber veloz.

-¿Una talla más? Me gusta insinuar lo que escondo.

-¿Insinuar? ¿Esconder? En serio, ¿A qué dedicas tu vida?

-Hago bolsas de plástico.

-¡No te creo! -Bebió otro trago veloz y posó el vaso en la barra. ¿No se hacen solas?

-Eso pensaba yo de los cuentos.

Las dos cervezas habían sido un disparo. Vacías sin apenas mirarse mientras a un paso sonaba All day and all of the night. Nadie hablaba. Bebieron. Sorbieron. Terminaron.

-¿Otro lugar?

Removía sus piernas entre las suyas con ansiedad. Pensaba demasiado e intentaba aún más. El deseo impulsivo de la primera vez. No entendía el motivo, y quizá fue apresurado arrugar el vestido sin preocupación junto a la alfombra roja que daba pie al espejo. Apenas fueron doce minutos. Inversas sobre el colchón mordieron sus labios para no gritar. El resto fueron nervios.

En su lado de la cama, ella miraba distante, satisfecha, sin tocarla. Marianela dejó escapar una breve risa, exhausta y la besó. Definitivamente,  aquellos bonitos pechos necesitaban una talla más.

Frente al papel había colocado una bolsa de plástico; blanco. Miró el calendario de la pared y apenas habían pasado sesenta y ocho días desde que Iratxe musitó adiós tras un largo abrazo. Nada más. Quizá innecesario más. Nunca le habían temblado las piernas como si nada le sujetara. Aquel adiós era el último recuerdo de su voz. Allí había quedado como un envoltorio inerte de piel; como si la hubieran desollado la respiración con una aspiradora industrial. Quieta, grabó el sonido de aquellos siete años bajando despacio las escaleras. Marianela había roto su espejo, y en el vacío de cuatro paredes sin reflejo, el blanco poco a poco le engulló. Sesenta y ocho días después, nada pintaba un garabato.

-Alguien me dijo que el blanco es todos los colores.

-¿Era un ser humano?

-Sí.

-¿Cuerdo?

Desde la cama, aún desnuda, asintió con una sonrisa. Marianela, en bragas volvió a comparar el folio con la bolsa de plástico. Apenas unas arrugas les diferenciaba. Después, se resignó distante e indecisa ante la intrusa de su cama.

-Tienes unos preciosos dientes de colores.

-Y tú un bonito pelo negro.

-Corto.

-Y negro.

-¿Cuántos colores es el negro? -Preguntó Marianela dejándose caer en la silla de su escritorio.

-Uno… -Dudó.

-¿Y tus bolsas?

Se levantó de la cama y buscó la ropa interior. Le gustaba pasar su lengua por el labio superior cuando pensaba una respuesta. Hasta Marianela lo había descubierto en una sola noche. Se divertía como una niña en aquel silencio.

-Blancas. -Levantó las cejas y escondió sus delgadas piernas en el pantalón.

-¡Perfectas! -Bromeó.

Con la luz del sol aquella camiseta de tirantes parecía más pequeña. Ocultó aquellos pequeños pies en sus zapatillas, miró a la puerta de la habitación y después a Marianela.

-¿Él?

-Mi compañero.

-Bien. -Amagó un paso, enredó sus piernas y recuperó el equilibrio- ¿Puedo?

Marianela extendió invitándola con el brazo. Ella, tímida, se peinó frente al espejo.

-Debo marcharme.

-Lo sé.

Marianela no abandonó su silla. Ella abrió la puerta, y aquella mañana nadie la cerró.

Cuando desenganchó la correa de la mochila, dentro, no había una sola hoja de papel. Todos mudos, igual que la invitada, Marga. Los ojos que gobernaban cada pupitre miraban.

-Si no estamos en silencio completo nunca salen – musitó Marianela-. Y no, repito, no, no se pueden tocar.

Una a una, fue estirándolas ruidosas en cada pupitre. Los colores sobre el plástico blanco de cada bolsa eran letras ordenadas que daban vida a una historia aún desordenada.

-¿Has perdido la cabeza, cariño? –susurró Marga.

-La he encontrado.

Marianela, de pie, sujetó la primera bolsa del puzzle. La sonrisa tan enorme empezó a leer.

Fotografía: Francesca Woodman

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8 comentarios en “En blanco

  1. Un relato muy trabajado, lleno de descripciones e imágenes nítidas (por la forma en que las describes) y hermosas, por lo que representan y la forma en que lo hacen.
    Me gusta mucho este nuevo País de la Gominola, cada vez más. Enhorabuena, Dani. Una abrazo!

  2. Destaco el blanco en la delicadeza de las palabras. El blanco redondo y con sabor blanco dulce. Destaco el blanco en la delgadez de los detalles. El blanco suave de los movimientos y el infinito blanco de las conversaciones. Destaco el blanco en el deleite de cada frase.
    Entre todos los colores que acarician el relato, destaco el blanco.

    Me ha encantado. Hoy mis ojos te dan las gracias…
    La fotografía es adorable.

  3. El blanco sólo es la ausencia del negro. Poca cosa más, lumínicamente puede que exista pero levemente. Aunque simboliza la pureza de pensamientos, así cómo la pureza en las relaciones, ya fueren emocionales, laborales…

    • Gracias por la aclaración. Uno se queda más tranquilo al saber que, del relato, el color blanco es lo único que te lleva hacer un comentario. Espero que hubiera algo más allá, de ‘el blanco’.

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