Tan despacio

Veinte minutos sin respirar. Julia era fea con su nariz pisada y agujereada.  Escondía el cuello arrugado y asomaba temerosa la cabeza bajo el caparazón de cuadros, sin que el cristal exhibiera el brillo de sus ojos. Julia era tímida y hermosa cuando la nitidez de su rostro se perdía bajo el agua de aquella pecera. Era sutil cuando escarbaba lenta, perezosa, torpe y silenciosa y ya vieja en la arena aún mojada y artificial que se acumulaba en la esquina de aquella jaula. En la quietud de aquel disfraz de playa todo era inestable. En el desamparo de las enormes dunas siempre sentía desequilibrio. En el enredo de pequeñas algas secas entretenía a los minutos hasta desanudarse. Julia observaba exhausta el recuerdo que aún le cegaba en la memoria, cubierto por la inmensidad del mar. Aterra lo ilimitado. Julia recordaba que, una vez, luchó por desaparecer. El reflejo del cielo era su camino vacío. Deseaba nadar sin respirar hasta que la vida le quitara el último respiro. Julia fue una presa inesperada entre las rocas. Él, desnudo, temprano, la observaba ahora con las piernas cruzadas, sentado sobre el suelo frío de la cocina con una taza blanca de té entre las dos manos. Él también quería vivir durante veinte minutos sin respirar.

Puso aquella caja de cartón a su espalda y decidió gatear el resto de los días que le quedaran de vida. A sus treinta y seis años despertaba cansado, desorientado y quieto después de diez horas de insomnio. Durante media hora había sido un ser humano inerte, inmóvil y desconocido ante sí, observándose, sin perder de vista su cabello roto entre los pies. Su cara, tras un número irrelevante de años aparecía enorme y vacía entre las gotas del espejo. La mano, ennegrecida por las pestañas afiladas que había perdido su cabeza, sujetaba el calor del arma. Su sonrisa, pequeña, era un trozo de pan empapado, triste y mojada a merced del peso de la húmeda miga. Demasiada gente, rutina, ruido y obligación golpeando en la ventana abierta. El precio y la mentira en la canción diaria de las seis y veintidós de la mañana. Jon había pintado con pintura naranja y trazo descomedido la palabra fin en la pared en blanco de su habitación. Debajo, en inglés, adiós.

Su casa era una fotografía amplia, apaisada, de paredes blancas y vacías con dos solos mensajes escritos e innumerables mudos. Gritó la primera vocal hasta perder el equilibrio, y ellas repicaron su voz insolente junto a una montaña ordenada de cajas de cartón. Había roto y quemado en un contenedor, de madrugada, seis camisas, tres chaquetas, diez corbatas y uno a uno los zapatos negros y marrones, junto a los pantalones que le convertían en ciudadano. De rodillas, despacio, había elegido vivir a ras del suelo. Había construido una caja de cartón con dos cuerdas que, enredada a sus hombros y atada a su cintura, iba a ser su casa; su caparazón. Una mochila cuadrada con matrícula que decía: “Persígueme”. Lo necesario, en el interior. Apenas un kilo de peso.

Resbaló de su dedo índice el aro de metal que sostenía las tres llaves -portal, buzón y puerta de casa- y cayeron escandalosas en el parqué. Descalzo de pies y manos, a gatas, estiró el cuello y el brazo para bajar la manilla. La puerta cedió, y cuando introdujo la nariz en el hueco que quedó entre el marco y empujó, sintió vértigo. No pudo abrir la puerta del ascensor y, tan despacio, bajó aterrado los seis pisos de escaleras de su estrecho portal. Sólo quería huir lentamente de la ciudad.

-¿Perdió la cabeza?

-No. ¿No la ve?

-Una apuesta.

-Mari Carmen, sólo necesito que, por favor, me abra la puerta del portal.

-¡Al final se casa usted! En mis tiempos recuerdo que no nos disfrazaban. Hacíamos una merienda junto al río… -Se detuvo para pensar y continuó en voz más baja- contábamos algún secreto incontable y hablábamos de cómo de maravilloso iba a ser nuestro futuro.

-¿Y lo fue?

La vecina apretó fuerte el asa de metal del carro de la compra y dejó de mirar sonriente la posición de Jon sobre la alfombra. Él serio, cansado y ojeroso, sostenía con el gesto una lágrima de sudor colgando de la ceja. Sostuvo la cabeza levantada hacia la izquierda, tensa, estirada e impaciente. El aire fue ruido, y sobrecogido, avanzó.

-Levántese del suelo ahora mismo.

-¿Hago daño a alguien?

-Miguel, ¿Qué hacemos?

-No sé.

Un triángulo en el asfalto a tres alturas en un insoportable paseo de las Delicias. Miguel era ancho y joven con una barba descolorida y tupida. Más cerca del cielo, intimidaba con vértigo su compañero, con más galones, y con su mano izquierda amenazante en el bolsillo trasero del pantalón. Jon, pegado al cristal de una caja de ahorros, aguardaba indefenso, con el gesto prieto y hundido, con los ojos de puntillas rogando clemencia.

-Al menos dinos qué narices llevas en la caja.

-Mi casa.

Arrojó una mueca de reojo a su compañero y apretó los labios con hastío. Subió la mano del bolsillo y la aferró al metal, sin embargo, detuvo la amenaza de su movimiento.

-¿Y no puedes ir caminando? –Preguntó con excesiva pesadez en las palabras.

-Ya camino…

-¡No me jodas! ¿Y la ropa?

-No tengo.

-¡Joder!

Él,vértice del triángulo, repitió indeciso un recorrido con los ojos, como si pasara una pelota invisible con el movimiento de la mirada. Levantó la punta de su zapato negro, pero no lo despegó del todo y no avanzó, únicamente calibró su posición. Perezoso, posó la mano libre sobre su compañero. Los dedos de la otra mano aún acariciaban el metal de las esposas, doblado y limpio bajo su espalda.

-No molestes a nadie, por favor.

-Prometido –respondió Jon.

-Y camina. Por favor. –Rogó-. ¡Vamos, Miguel!

Jon esperó recuperar la calma de su corazón atragantado antes de mover un solo músculo. Deseó la ceguera para evitar las heridas constantes que le hurgaban los ojos apresurados de la ciudad. Deseó la soledad, pero era imposible que apareciera si hacia ella iba. Con los dedos abrazando el relieve redondeado de la acera, sin despegarse de las faldas de los edificios, avanzó despacio, pesado, vigilante, desconfiado, asustado, dolorido. A gatas. El semáforo tartamudeó, chilló, y con las rodillas clavadas, arañadas, y la punta de los pies desnudos, afilados y equilibrándole, continuó.

-¿Qué comes?

-Fruta.

-¿De qué color?

-Querrás decir sabor, ¿no?

-Tú llevas una caja de cartón en la espalda, las palmas de tus manos y tus pies están negras, y esa barba seca acumula demasiada mierda para que dudes de si mi pregunta es correcta. ¿De qué color?

-Te lo digo si me regalas una botella de agua.

-Un segundo.

El mono, que no era un mono, pero sí lo vestía, de un color naranja como la pintura que dejó pegada en la pared de su ya vieja casa, salió corriendo a la voz de un hombre gordo que esperaba junto a su coche. Descolgó la manguera y la introdujo en el depósito. Miró atrás, dijeron palabras mudas a los oídos de Jon, rieron, y tras dos minutos, intercambiaron un saludo por dinero. A veinte metros, junto a su caja, descansaba. Había encontrado una posición de perfil en la que apoyando el culo descansaban los brazos. Había asimilado la dificultad y la peligrosidad de avanzar durante la noche por la carretera. Tres noches necesitó para perder el insomnio y saber que su cuerpo doblado se escondía perfecto en el caparazón de cartón. Había asumido lo maravilloso que era olvidar el dolor de sus extremedidades para no dejar de avanzar. Había olvidado curar las heridas que escocían durante días al aplastar por descuido un cristal. Digería sin nauseas la paz que le provocaba la soledad. No observaba letreros. Tampoco números. Ya no recogía miradas. Tampoco escuchaba ruidos. Era él, y en la oscuridad, ella, desconcertada,

-¿A dónde vas?

-Al mar.

-¿Y sabes a cuánto estás?

-No. –Respondió. Desde el suelo abrió la botella y la volcó sobre su cabeza-. Pero sé el camino.

-No llegarás.

-Gracias por la botella. –Dio un trago largo, la vació, y lentamente, comenzó a arrastrarse de nuevo. – Es roja.

Llovía. Era torrencial. Nunca había escuchado un ruido de las nubes chocando con un final tan ensordecedor. Sin ver, escondido, temblaba la luz cuando rajaba el cielo. Era agua. Agua rota golpeando con rabia el suelo. Agua rota hundiendo con fuerza la tierra. Agua envalentonando la hierba. Agua golpeando el agua. Agua oscureciendo, agua mojando, agua derrumbándose, agua deshabitando e inundando. Agua incansable. Y alrededor, el asfalto, el campo, ningún árbol, cubos de paja, rocas y el eco de las gotas encarceladas en un solo estribillo a distintas velocidades. Subió el volumen, y sin embargo, el silencio era un ruido delicioso. Aceleró el ritmo, y no movió un solo músculo para mantener su respiración. Quiso contar los tambores,

Dentro, en la caja, en su vacío, cubierto por un plástico, el agua usurpaba su hogar. Y pese al miedo, el golpe de las gotas no estremecía por su obstinación estrepitosa, sino por su poder. Pequeños ríos encharcaban el único dolor que, aún vivo, estrangulaba sus rodillas. No sentir los dedos de sus pies ni los de sus manos era una muerte que había elegido ignorar. En la oscuridad, logró ver sus ojos, impasibles, pequeños, desorientados, sin voz, sin preguntas ni respuestas, expectantes y sumisos. Vio su leve movimiento, demostrado su vida, y entonces, Jon sonrió, el volumen descendió, el ritmo se detuvo, y él gritó. Cuando asomó la cabeza, el agua corría veloz abandonando apresurada el centro de la carretera. A la izquierda, un telón negro aún borroso gateaba húmedo en el cielo. A la derecha, tibia, la luz…

-¡Oiga! ¿Está bien?

La voz grave, rocosa y escandalosa escondió la cabeza de Jon. Instinto. Era la voz la que sonaba insólita. Era la imagen la que le resultaba extraña. El hombre sostenía un paraguas negro, aún abierto, sobre su cabeza, y portaba un palo del grosor de una botella en la otra. Sus ojos grises vomitaban incomprensión.

-Sí. –Respondió Jon- Lo estoy. Como si hubiera nacido hoy…

-Lo que está es como una puñetera regadera durmiendo bajo una caja en la carretera. ¿Quiere morir? ¡Póngase en medio! –Levantó el palo, señaló, y caminó destrozando las palabras entre los dientes.

-Tenga buen día… -Susurró con la sonrisa haciéndose enorme entre la barba.

Jon escondió la mano en la caja y sacó unas tijeras. Sin espejo, cortó la longitud de su pelo durante dos minutos. Después, estiró los brazos, y en calma exhausta, continuó.

Las curvas escondían el camino. Los árboles caían hasta esconder la luz del sol sobre el asfalto. El murmullo había comenzado a ser evidente. Las fuerzas, rotas, gastadas, eran inercia. El viento, justificado, y el final, tras tiempo ilimitado, comenzó cuesta abajo.

La arena rascaba entre los dedos, y después de ‘equis’ días, tal vez ‘igriegas’ semanas, quizá ‘zetas’ meses, le hizo llorar la sensibilidad del calor lijando su piel. Quiso desenredar de su cuerpo las cuerdas que le ataban a su casa, pero había olvidado cómo era el gesto. Había olvidado desanudarse del cartón, roto, gastado, arrugado, pero aún consigo. Cada duna, minúscula, fue una montaña mágica que dejar atrás. Cuando sus manos negras, inertes, cuando sus pies, negros, inertes, cuando sus dedos se hundían en la arena, el viento le robaba las inevitables lágrimas. En frente, a un palmo, no se movió. Oscura, dura, una ola escondió sus brazos, sus rodillas, sus pies. Hundió la barbilla y escondió la mano para enseñar a Julia, pequeña, enorme,  su destino. En la palma de la mano, la soltó sonriente y la dejó nadar. Ella dudó. Le asustó el mar sin cristal. Dudó y miró atrás. Jon la empujó. Despacio, lentamente, avanzó. Jon, la persiguió. Su tortuga avanzó. Durante veinte minutos, ambos, nadarían vivos sin respirar.

Fotografía: Francesca Woodman

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9 comentarios en “Tan despacio

  1. Si vistiese sombrero, gorra, txapela o un simple gorro de papel de periódico, me lo quitaría. Lo que acabo de leer aquí, no puede quedarse aquí!! Haz algo con esto, Dani. No acierto a leer una descripción hermosa que enlazo con otra imagen que de nuevo me roba el aliento. “…sostenía con el gesto una lágrima de sudor colgando de la ceja”, “el triángulo en el asfalto”, “los ojos de puntillas”, “recuperar la calma de su corazón atragantado”, “le asustó el mar sin cristal”…. y podría seguir y las expresiones que me dejo y lo que transmiten!! Buenísima la descripción del agua de la lluvia mojando su caparazón de cartón.Lo sencillo de tantas palabras capaces de transmitir sus sentimientos y mezclarlos con los del lector. Qué buen texto para no dejar de perseguir los sueños, aunque sea despacio, creyendo en uno mismo y en lo que nos corre por dentro, lo que nos mueve, lo que nos empuja.
    Mi más sincera enhorabuena, Dani. Sigue trabajando así! Un abrazo!!

    • Gracias, Carmen. Me gusta pelear por hacer las cosas mejor, más difíciles y literarias. Requiere más tiempo y trabajo, pero al que es lector, entiendo que le satisface más.
      Gracias, gracias, gracias, por leer, y sobre todo comentar. Ayuda mucho a continuar!!!

  2. Releía esta historia y pensé que debía dejar aquí el comentario que hice en facebook, por que allí todo queda sepultado en pocas horas y aquí al menos cada cuento lleva su equipaje.
    Es de lo mejor que te he leído. Un texto muy trabajado, envolvente, con una prosa que engancha. El párrafo de la lluvia es delicioso: moja y casi invita a mirar al cielo abriendo la boca para tragar las gotas. El guiño a “Momo” me conmovió porque, como sabes, es una lectura que marcó mi infancia.
    Admiro tu capacidad para construir una historia tan atractiva y original a partir de un concepto sencillo y básico como el deseo de cambiar y el arrojo de intentarlo.
    Hale! Ya te solté el rollo 🙂 Suerte en tu “camino de tortuga”, seguiré pisando senderos en el País de la Gominola siempre que los traces.
    Un beso grande!

    • Gracias, de todo este dehilachado corazón, Alicia.
      A veces las palabras son tan necesarias, y a veces, en el camino, descubres el verdadero valor de cada una de ellas y de quién llegan.
      La historia, creo, que a día de hoy, es una de las que mejor he escrito en este blog. El tiempo dirá. Sobre todo por su dificultad, sin duda.
      Espero que nunca faltes aquí. Se agradece tu lectura.
      Un beso enorme!!

  3. Si supiera tejer, me haría una colcha enorme con todas y cada una de tus palabras. Estoy seguro que nunca pasaría frío… Esta prosa poética que tienes nos hace sentir insignificantes a los demás, pero no nos importa. Estamos orgullosos de poder ahogarnos de belleza. Siempre Enhorabuena, Dani.

    • Mario, no había descubierto este relato. Disculpa, vacaciones, poco tiempo, todo veloz, y sin esa dedicación…
      Es un placer increíble seguir leyendo estas palabras sobre uno de mis relatos preferidos y uno de los más difíciles a la hora de escribir.
      Trataré de seguir embelleciendo las historias.
      Vuelvo el dos de septiembre.
      Un abrazo!!

Seamos valientes

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