Los distintos

Ella había atado mi brazo izquierdo a mi espalda desnuda. Ella había dejado de ser ella y yo nunca debería ser yo. No quería que utilizara jamás esa mano. Ni siquiera el codo. Me había abofeteado e inmovilizado el hombro. Me había tirado de las orejas y escupido en el plato. Me había retorcido la nariz y los labios. Me había abofeteado tanto, que no había más que un solo gesto cuando temblaba el movimiento. Había anudado con un hilo rojo uno a uno los cinco dedos de mi mano izquierda. Avergonzada, lo demostraba mirando a la ventana cuando hablaba. Hundí la cuchara en el plato de alubias rojas y sujeté las nauseas para evitar el vómito. Lo que cayera dentro, lo debería comer. Levanté lentamente el metal, mate, rayado, ajado. Pestañeé tan nervioso e inestable como la debilidad de mi brazo derecho. Al fondo y en el aire, tras la ilusión de una densa niebla inquieta, pareció dibujarse en su final un cucharón aplastado por una tonelada de alubias pintas. Tembló, el caldo goteó, y me rendí. Si no alcanzaba perfecta mi boca, ella me pisaba con otra bofetada. No siempre era necesario ganar.

-La izquierda no existe –dijo de espaldas a mí

-¿Por qué, mamá?

-Porque nadie la utiliza.

-¿Y esto qué es? –Traté de mover el hombro.

-Tu brazo.

-Izquierdo, ¿no?

-No.

-¿Y éste?

-Tu brazo.

-Derecho, ¿no?

-Sí.

-Soy distinto, ¿verdad, mamá?

-Sí.

Al Oeste, en una ladera, a diecisiete kilómetros de una gran ciudad, donde el cielo era un monstruo gigantesco que asfixiaba al suelo, aún vivían. Alguien había tumbado una alfombra de hierba junto a un reguero recto e interminable de polvo y piedras. Respiraban, encerrados, desnudos e imperfectos. Seres humanos. Comían pan con las manos. Hombres y mujeres. Comían arroz blanco sin especias con los dedos. Niños y niñas. Eran presos que no podían esconder un milímetro de su piel. Nunca hubo ancianos ni ancianas. Apenas una luz ordenaba su posición desordenada en un barracón de azulejos, sin ventanas, y únicamente mesas con bancos de madera. Manuel, Miguel, Marta, Mario, Marcos, Malena, Maite, Modesto, Miren, María, Mateo, Macarena, Mauricio, Miriam, Moisés, Marcelo, Matilde, Mónica, Martín, Marisa o Maximiliano. La letra eme como nombre para recordar su inevitable y exigida semejanza. Si hubiera repetición, únicamente añadían un número. Eran pequeños olvidados empeñados en la distinción. Obsesionados en el sobresaliente no establecido lejos de la normalidad. Escondidos de una sociedad presa de unas únicas vías de tren. Ellos, encerrados, porque habían roto la norma, como quien escribe empeñado en un folio en horizontal. Raro. Y peligroso. No hay motivos. Sólo hechos. No hay más preguntas a las respuestas, sólo las respuestas. Y allí encerraban a quienes generaban duda.

Yo había contado otra vez. Nos contaba cada día y el número nunca coincidía. Hoy éramos mil quinientos trece. Cifra siempre de cuatro cifras. A veces, más. Otras, menos. No comer te desaparecía. Comer te envenenaba. Primero apatía, después rabia, tercero, pelea, cuarto, ira, quinto, desidia, finalmente rendición. Alguien añadía locura, pero las voces y los cuerpos enfurecidos le borraban. El ser humano distinto de letra eme nunca cumplía cinco años. Yo tampoco lo hice. La oscuridad te borraba.

Mamá había perdido la esperanza cuando cumplí los trece. Tampoco la buscó, y yo, terco y adolescente siempre la oculté.

-Ponte la ropa de domingo. Nos vamos.

-Hoy es martes -respondí.

-No me repliques y haz lo que te ordeno.

-No lo entiendo.

Ella me miró como a una vaca de un dibujo animado a la que hubieran quemado las nalgas con un hierro hirviendo. Con prisa, metió el fino hilo de metal de los pendientes en los lóbulos de las orejas, desenroscó el rímel y se acercó al espejo. Yo no me moví. Sin embargo, ella tardó varios minutos hasta que descubrió mi reflejo quieto.

-¿Daniel?

-¿Qué?

-¿No te he dicho que te vistas?

-¿A dónde vamos?

Se detuvo, enderezó su cuerpo y lo giró hacia mí. Seria. Fea. Siempre arrugaba demasiado la nariz cuando se enfadaba.

-¿Qué te he dicho de sentarse en la cama de matrimonio?

-Perdona… -Di un respingo y traté de alisar la colcha.

-No obedeces. Ese es el problema.

-Quiero saber dónde vamos.

-A un buen lugar. -Abrió la sonrisa y regresó al espejo- Ahora corre y vístete. O llegaremos tarde.

Nunca se llega a tarde a los lugares como aquél. Un hombre alto y calvo, muy delgado, saludó a mamá. Ella desapareció veinte minutos, yo esperé en el coche. Busqué música y encontré una alegre canción de Van Morrison cantando “Sha, la, la, la, la, la, la…” Me hizo sentir bien. Movía la cabeza mientras doblaba un billete de tren hasta hacerlo más pequeño con una uña. Ni la vi regresar. Ni siquiera oí que abriera la puerta del coche. Apagó la radió con gesto decepcionado y sin decir nada me ordenó que saliera. Jamás volví a escuchar música en aquel coche.

Te acostumbras a vivir desnudo. Te acostumbras a hacer pis y caca ante los ojos de desconocidos. Te acostumbras a verla acumulada. Te acostumbras a no lavar tu piel. Te acostumbras a vivir atado como castigo a la desobediencia. El pelo te lo quitan. A hombres y mujeres. Es primordial ser iguales. Y sin embargo, tatúan tu nombre en la espalda. Nadie cuenta por qué es distinto. Pero se ve. Se oye. Lo sientes. Macarena no es Macarena pero lo acepta y escapa de sí dibujando con los dedos en el polvo del suelo. Mateo no es Mateo pero lo digiere y vomita su forma de ser rascando hasta diseñar barcos pirata en la madera de los bancos y la mesa con la uña del pulgar. Marcos tampoco es Marcos, pero logra su foco y que todos permanezcan callados cuando susurra pequeñas existencias imposibles e inventadas. A Manuel le llaman Manuel pero sueña con su nombre de verdad en letras de grandes de muchos colores. Yo soy Miguel235 y escribo historias en mi cabeza que no sé contar como Marcos, y tampoco sé si algún día retendré para llevarlas al papel. Todos sabemos quiénes somos, pero no somos.

A veces, nadie habla. Otras, nadie calla. Sólo un haz de luz atraviesa la puerta roja de metal de la entrada. La abren dos veces al día. Una deja barreños de arroz y pan. Otra los recoge. Nadie ve salir y entrar a nadie. Un día, desnudo, alguien despierta sobre el rugoso y frío suelo de cemento. Otro, alguien no encuentra a alguien.

Macarena me tocó una noche. Acababan de quitarme de nuevo el pelo. La oscuridad no quitaba la ausencia.

¿Que diferencia hay entre quitar y cortar?

-Amo tu sombra –dije nervioso.

-Quiero que nos quitemos el miedo.

-Nos miran, Macarena.

-Pero no nos ven.

-Quiero verte.

-Algún día encenderemos la luz.

Apretaba tanto la mano entre mis piernas, que de pronto me sentí enorme. Ella bailaba su muñeca izquierda con una suavidad imposible tras dos años. Tal vez subjetividad. Habíamos pegado la piel. Respiraba el aire de mi cuello mientras pegaba sus labios a mi oreja izquierda. Veía dos lunares limpios en sus ojos; excitados e iluminando en un solo milímetro nuestra oscuridad. Quise cerrar los ojos y sentir, pero me hipnotizaba y nunca pude dejar de mirar su silueta.

-¿Quieres amarme?

-Por favor…

Cuando sus dedos sucios cayeron por mi mejilla, alguien gritó. Cuando sus rodillas cayeron junto a las mías, todos nos respiraban. Creí sentir tanto miedo, que por un instante no lograba  la verticalidad sobre el suelo. Cuando sus dedos me soltaron y me escondió en su interior, desaparecimos. Abrazados, prietos, quietos, nos amamos. Nos respiramos. Vivimos. Pegados. El fin supe que era el principio.

Moría todos los días. Seguía contándonos a diario. Corría de izquierda a derecha para olvidar que Macarena, si no recibía ayuda, moriría mañana. Había perdido tanto la noción del tiempo, que olvidé por qué soy. Había golpeado la puerta hasta que me sangraban los nudillos. Nadie respondía jamás. Después, pasados quince minutos, cuando el silencio aún era murmullo, me ataban. A veces abrían una manguera y nos golpeaban. El agua, tan fuerte, dolía. Otras, pese al dolor, refrescaba; limpiaba Macarena vivía escondida. Sucia, ensombrecida. Macarena continuaba creciendo.

-Quiero encender la luz. Y verte –le susurré empapado, de cuclillas, a su lado.

-¿Huir?

-¿Vendrás conmigo?

Macarena me iluminaba. No movía los labios y dibujaba con los dedos en el suelo. Era un trazo precioso abstracto repleto de sombras.

-No quiero mentirte –respondió al fin.

-¿Y él?

-No sé.

-No lo entiendo.

-Es la respuesta.

-Macarena…

-¿Qué?

-¿No somos distintos?

Ella no retiraba su empeño de dibujar en el suelo, y cuando detuvo el dedo en lo que imaginé infinitas nubes, cayo una lágrima en el suelo. Nunca respondió.

Una noche desperté y yo no era yo. Lo supe cuando con un puñado de arroz blanco, aplastado entre los dedos de mi mano derecha, no encontré a alguien. No supe recordar su nombre. No supe recordar su piel. No supe sentir su interior. No quise. Lo olvidé. Sobre el banco de madera, desnudo, la luz era polvo sucio que me impedía distinguir el trazo distinto de los rostros sin cabello. En la oscuridad, las voces eran una voz. Con las muelas aplastándose entre sí, con las lágrimas agujereándome la tripa, buscando cómo salir, con la impotencia en la puerta roja, me recordé en la mesa de mamá, quieto, mirándola, de espaldas, sin poder levantar la cuchara de metal. Entonces, disparé aquella bola de arroz seco al vacío, me levanté de un salto, pasé por encima de la mesa y enloquecí.

-¡Me llamo Daniel! ¡Me llamo Daniel! ¡Me llamo Daniel!

No dejaba de gritar y golpear. Sentí unos brazos en la cintura. Sentí que se duplicaban. Sentí que se triplicaban, y sin embargo, nadie lograba mover mis pies desnudos aferrados al suelo.

-¡Me llamo Daniel! ¡Me llamo Daniel! ¡Me llamo Daniel!

Saboreé la suciedad de unas manos que tapaban mi boca. Sentí la fuerza de unas manos que hundían mi cuello. Y sin embargo, nadie logró silenciarme. Mordí, gritaron y no mató mi dolor.

-¡Me llamo Daniel! ¡Me llamo Daniel! ¡Me llamo Daniel!

Sentí unas uñas que se hundían salvajes en mis tobillos. Sentí las manos sucias y ensangrentadas dentro de mi boca. Sentí una mano colgándose feroz sobre mi pene. Y entonces, sí caí. Uno más. Igual. Dejé de ser distinto. Y al día siguiente, alguien no encontró a alguien.

Fotografía: William Gedney

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6 comentarios en “Los distintos

  1. Uff… demasiado dolor. Necesidad de soltar, de dejar ir… y al mismo tiempo, de tener y retener. Necesidad de encontrarse. Necesidad de ser, sin necesitar a nadie, necesitando tanto,a veces… Por qué sentirse distinto? Y por qué no? Quién decide si es bueno o malo ser igual o ser distinto? Demasiadas preguntas.UN GRAN RELATO, Dani. Leer y releer encontrando nuevos matices. Me gusta. Me gusta mucho. No dejes de escribir. No dejes de buscar. Un abrazo apretujao!! 😉

  2. ¿Estoy realmente preparada para comprender “Los distintos”?
    He hecho, como es mi costumbre, varias lecturas y cada vez reafirmo más mi respuesta.

    Pueden decir que soy diferente porque uso el brazo que no es el “normal” de usar. Podrían estar haciéndome sentir distinto. ¿Soy yo?¿Quién habla? Enfrentar a las consciencias. Soy consciente de la realidad que me rodea y soy consciente del subconsciente que quiero que me domine. La valoración de la cordura queda en manos de los demás, pero los hilos de la locura únicamente los mueve nuestra cabeza. Estar cuerdo y encerrado, y enloquecer (para ellos) y entonces, te borran… Otro más.

    Apasionante el surrealismo de tu cabeza, quizá sólo tú estés preparado para comprenderlo y yo en el mío apenas me acerque, sería interesante “estudiar contigo” punto a punto este curioso relato…
    Destaco una frase que me ha fascinado: “El fin supe que era el principio”.
    La fotografía no podría haber sido otra.
    Gracias!!

    • No sé qué responder.
      Creo que todos somos distintos. Quizá el texto también hable de lo difícil que es salirse de los hábitos establecidos. Hable de lo difícil que es no ser lo que se dicta como ‘normal’. Y si no lo haces, te escondo, te excluyo. Es jodido.
      No sé si estudiar este relato sacará algo en concreto. Pudiera ser.
      El fin siempre es el principio de algo. Aunque los finales duelan, siempre ponen en bandeja un comienzo.

      Gracias por leer, releer, y ser valiente y comentar!!!

  3. Uauuuu…. ¡Menudo relato nos presentas hoy! Realmente al leerlo me doy cuenta de lo distintos que somos todos. De lo distinto de lo que soy. Y quizás, con menos dolor, me reconozco con las manos atadas y ese vómito a punto de salir. Me reconozco en la oscuridad, con una piel a mi lado y ese aliento en la oreja, pero sin interruptor para dar luz al momento.
    Duele, ¡vaya si duele, Daniel!
    Como siempre, aplaudo tus valiosas letras, tu valentía e incluso ese riesgo a escribir algo que casi nunca queremos leer.
    Daniel. Grande.

    • Mario, ser distinto no debiera jamás silenciarnos, ni darnos miedo. No deberíamos callarnos, y tampoco arriesgar a escribir… Cuando en nuestra cabeza está el pensamiento, que salte al vacío y se muestre. Adoro este relato, y me dio pena que en cierta manera, por ser distinto, escrito en junio, estuviera olvidado.
      Gracias, Mario, por leer, y opinar.
      Un abrazo!!

Seamos valientes

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