Vivir

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Moría cada noche. Era un suicidio consentido. Soñaba porque nadie le obligaba a despertar. Nada lo impedía. Difusa, como mirar, pisaba descalza sobre un inquieto pasillo de nubes. Distintas paredes a cada esquina; distinta alfombra a cada distinta, distintas puertas todas numeradas, distintos sueños cada noche. Soñaba tocar con los dedos de los pies innumerables los azulejos inestables que le dirigían a ningún lugar. No le sostenía el bastón. Tampoco le enderezaba. Dios tenía desatendido el cielo. Cuando el que muere tiene sed no tiene dónde beber. El cabello lacio y blanco volvía mate el paraíso. Imaginaba una risa y cosquillas, y sin embargo, sólo era caminar. Sentía frialdad a cada paso. Sentía ligereza; libertad. Anhelaba el placer de avanzar sin necesidad de un destino con nombre o apellidos. Avanzar sin miedo a algo que olvidar. Respirar sin terror al ahogo. Dar pisadas sin dolor en la piel. Detenerse, caer y rescatarse siempre a sí misma. Y creía. Y no entendía. Tampoco preguntaba. La fe era credibilidad sin respuestas.

Cuando nacía cada mañana, vivía. No despertaba como recordaba, meramente giraba y sentaba su cuerpo en la cama. No lo lavaba. Tampoco lo estiraba. Lo levantaba y caminaba enjaulada en dos zapatillas de felpa, negras, que aparecían deshiladas en el dedo pulgar derecho. Echaba dos bolsas de té en agua hirviendo y esperaba. Cuatro minutos, las tiraba en una bolsa negra de plástico y esperaba. Bajo el suelo de madera quedaban las otras vidas. Algunas ya caminaba. Las últimas dieciocho. Todas sobrevivían.

Los viernes pegaba su mejilla al cristal de la ventana para ver llover sin mojarse la piel. No llovía siempre. Si salía el sol cerraba los ojos. Imaginaba al cielo escondiendo como un ladrón kilos y kilos de sucio algodón. El agua no encogía el techo. El agua le dañaba los huesos. El agua era una brocha salpicando incansable. Al otro lado, encima, siempre claridad.

Sólo podía agarrar el cordón de felpa que le colgaba de la bata si estiraba en orden uno a uno los dedos. No podía abrir la mano de una sola vez. Anudaba a su cintura con un temblor que parecían  nervios de desatar por primera vez. Si perseguía con sus ojos el recorrido de las venas azules de sus pies, olvidaba. Le hipnotizaba la quietud de su respiración. Ni un sólo movimiento en la piel. Hilos hinchados, débiles, frágiles y cansados.

Cada tarde era compañía. La diferencia era no hablar en silencio. Lur sostenía el vaso de agua sin observarlo desde hacía tres minutos y mantenía el bastón apoyado delante de sus ojos. Había mayor firmeza en ese brazo que en todo su cuerpo. Era su equilibrio. Los  dedos pulgar e índice que apretaban aquella pequeña pastilla blanca eran tan jóvenes.

-¿Así?

-Ahora dale color.

-Las nubes no tienen color, abuela.

-Mira. –Señaló al cielo con el vaso de cristal sin llegar a mirarlo, bebió agua, lo posó sobre el mantel, le arrebató la pastilla, la puso sobre la lengua y tragó–. Aquella de allí es verde.

Lur pasó los dedos por el dibujo de su nieta. Lentamente, hasta detenerse en la punta del rotulador que firme abrazaba a su dedo pulgar. Trató de abrir más los ojos pero no pudo. Su cielo era el reflejo de los ojos de aquella pequeña en un papel. Imaginó la lentitud de su nube verde moviéndose por el viento. Sólo cuando dejara el árbol atrás recuperaría la claridad.

-Pintaré una sólo, ¿vale?

-Entonces –dijo Lur señalando el papel-, esas pequeñitas de ahí se enfadarán.

-¿También verdes?

-No, hija, no. Del color que tú las veas.

Lur colgó sus gafas sobre sus orejas, pero no le fuero de utilidad. Observó las líneas y la suciedad en el cristal. El viejo reloj de cuerda que recordaba el tiempo en la pared del salón sonó con puntualidad. Mamá llegaría en diez minutos. Observó aquellas dos coletas atadas a gomas de un único color; negro. Acarició aquella cabeza hundida en el papel coloreando de verde aquella nube por el solo hecho de complacerla. Ni siquiera supo si ver aquello era felicidad.

-¿Quieres merendar?

-Abuela.

-¿Qué, hija?

-Mamá dice que te vas a morir.

La iglesia se habían vuelto demasiado frías para sus huesos y ya solo disculpaba su ausencia santiguando su cabeza con una reverencia frente a la puerta. Pensó en la altura del crucifijo de aquella capilla. La religión no pensó en el deterioro del cuerpo humano. A veces hundía los dedos en el agua bendita por dos veces. Después caminaba de vuelta a casa. Creía en Dios porque Dios era increíble. Porque su inexistencia era imposible. Su voz en bocas de tantos millones de personas es irrevocable. Porque había olvidado cuando no existía.

Los lunes por la mañana sujetaba dos bolsas de plástico pesadas en una sola mano. Las colgaba y ya no cortaba la dureza de la piel de sus dedos. En la mano izquierda, su bastón fatigado. Aquel palo era su mejor rueda. Le equilibraba de dos kilos de naranjas, uno de patatas, tres tomates, una lechuga y un pepino, medio melón, una ristra de ajos, una malla de cebollas, tres pimientos verdes y una malla mandarinas. En su mano derecha había olvidado el guante de plástico. Le dolía el anillo de oro en el dedo corazón. Se detuvo y posó las bolsas en el suelo. Ahora sí se oía respirar. Pensaba en el destino. En las mayúsculas de su destino. Aquel lunes el cielo aparentaba vacío sobre la claridad de calle; sin una sola nube. Tal vez tan altas, que ni se podían ver.

-¿Te ayudo?

Su voz grave producía un escalofrío. La pronunciación de cada una de aquellas letras hacía vibrar las baldosas.

-Muchas gracias.

-Compraste demasiado.

-Lo necesario..

Él cogió las bolsas del suelo, chocaron la mirada y derramaron una sonrisa. Ella reinició el camino, él imitó el paso.

-¿Cambias tu sangre por zumo de naranja?

-Puedo tener invitados.

-Acepto.

Los dos pararon como un espejo. Gregorio era alto, y a su lado, gigante. Dejaba caer la barbilla hasta el pecho para esconderse en sus ojos. Lur, fría, escalaba con las uñas de sus ojos para tocarle un instante la mirada. Mudos, el ruido aceleraba en la carretera sin importunar. Tampoco tenía la facultad. Apenas cinco calles, una plaza, treinta y cuatro zapatos, diez casas, cuatro coches y siete bicicletas. Los pasos, si cruzaban su quietud, lo harían sin hablar. Mudos, el tiempo era más atemporal. Lur lo rompió.

-Tengo cáncer en una teta.

Él aflojó los dedos, pero no soltó las bolsas. Tensos, rabiosos e impotentes continuaron sin pestañear pese a la debilidad. Enojados, querían golpear. La vida levantaba la carta y escribía con trazo limpio y claro el final de la partida. No supieron añadir un murmullo. Querían tocarse, abrazarse, pero no sabían cómo. Ella alargó sus cortos labios y continuó lenta el camino sin esperarle.

Nadie había roto la soledad de su piel desde hacía diez años. Cuando Gregorio desató el coraje y escondió suavemente su pequeña y anciana mano bajo la suya, ella perdió la sujeción de sus rodillas. Hubo tanto fuego en sus mejillas que dolió. Él respaldó el desmayo y abrazó firme su cintura. Mirarse como adolescentes era matarse. Mirarse era ahogarse. Enmudecer porque cualquier palabra ensuciaría el papel. Mirarse, tan cerca del tacto, desvanecía cualquier claridad a su alrededor.

Alguien había tirado una papelera vieja y les fue difícil esquivar los envoltorios, los papeles y restos de comida. Las hojas verdes de los árboles que les cubrían del sol en aquel parque no explicaron porque empezaron a carcajear. Como la intensidad luz del cielo, aquella mero capricho del viento.

-No son muy bonitas para una mujer tan preciosa.

-Soy vieja y no alcanzo mis pies.

-Yo sí.

-¿Quieres ponerme zapatos?

-Todas las mañanas de los días que nos quedan.

Él, quieto, vestía un traje azul oscuro, corbata negra, camisa blanca. Ella había desabotonado la misma chaqueta beige, e idéntica falta diaria.

-Dios es generoso.

-Yo lo soy más –respondió Gregorio.

Ella puso su peso sobre el bastón, cerró los ojos despacio y evitó llorar, después despegó el brazo de su cadera y lo anudó disimuladamente al de él. Sintió seguridad.

-¿Y papá?

-Muerto, hija, hace muchos años.

-¿Y quién es él?

-Me cuida.

-¿Y yo?

-No.

Sonó oportuno el teléfono y ella respondió. Fue una conversación breve, pero concisa acerca de trabajo. Al volver al salón, Lur seguía acomodada en aquel viejo butacón con la mirada junto a la ventana. Llovía. Clarisa vio aquel cuerpo anciano, muriéndose, y no quiso seguir allí. La espera le era un problema. Tampoco deseó volver. No lo dijo. Amagó dando un paso al frente para coger su mano, pero la dejó suspendida en el aire. Ambas detectaron el gesto, y sin embargo, optaron por sostener la incomodidad del silencio. Retrocedió, descolgó su bolso de una silla y desde el felpudo se despidió.

-Rezaré por ti.

Clarisa ya no vino más viernes. Tampoco su nieta.

Pegaba la mejilla al cristal y veía llover sin mojarse la piel. Llovía. A su lado, Gregorio leía lento y despacio a Charles Dickens. Ella sonreía cuando él daba énfasis a una exclamación. En los silencios, sólo el reloj. En el silencio final giraron sus cuellos y permanecieron quietos. Sólo parpadearon cuando la niebla les obligaba a imaginar.

-¿Qué te gusta de mí?

-Tu suavidad -respondió cerrando el libro.

-Soy una anciana suave.

-Como las nubes. ¿Las has tocado? – Sin apenas hacer ruido dejó el libro sobre la mesa del cristal y cogió su mano.

-Cada noche voy al cielo.

-¿Y cómo es?

-Un sueño.

-Yo te llevaré al cielo.

Ella quiso llorar. Quiso desnudarse y quitar uno a uno los botones que arrugaban cada milímetro de su vieja piel. Quiso ser; únicamente sentir. Nada más. Quiso descolgar y pisar hasta destruir aquel reloj de madera que le recordaba con su ruido la edad. Quiso eliminar el color de la ropa; recortarla, quemarla; olvidarla. Le quiso besar; abrazar; amar. El valor de los pensamientos eran  aterradores, y todos prohibidos.

-Quiero dormir contigo esta noche -pidió Gregorio

La frase fue un mordisco. Ambos rompieron el hilo invisible que cosía sus ojos y buscaron un refugio que les diera el valor suficiente para volver a enfrentarse.

-Gregorio, no te conozco.

-¿No me dejarás sola?

-Nunca.

-Nunca es demasiado tiempo.

Cuando le cortaron un trozo de piel no sintió morir como cada noche. Sobrevivió. Cuando él le ató los cordones de aquellos zapatos blancos, le colgó unos pendientes y le besó suavemente en la frente. Resucitó. La radio en aquel vehículo repetía con palmas, Stop, Hey What’s That Sound. Lur apretó su brazo a la altura del codo, sonrió y aceptó a ciegas viajar en el asiento de atrás, a su lado, en aquel taxi. Rodaron por la carretera y desaparecieron las aceras, también los seres humanos y las pequeñas casas. Los árboles, inquietos, parpadeaban en ambas ventanas dando intermitencia a la luz del sol. El cielo, impasible, nunca se acababa. Trazos de pequeñas montañas tras los parabrisas. Frenaron, giraron, tembló el camino, y el conductor, mudo, paró el vehículo. No había nada. Apenas nada. Al fondo sólo esperaba el cielo.

-¿Tienes vértigo?

Rojo, hinchado y enorme. Gregorio abrió la puerta del coche, le ayudó a bajar y cogió su brazo. El globo, aún sujeto, esperaba paciente a sus pasajeros. Lur sintió vivir.

Fotografía: RCG

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7 comentarios en “Vivir

  1. Una vez más la magia de tus descripciones envuelven tu relato. Lo llenas de sentimientos que se cuelan por los sentidos y hoy, son especialmente tiernos…hurgan en el interior del lector.
    Durante la primera lectura, se intenta asimilar todo lo que se va dibujando en la mente. Al releer, más lentamente, se saborean los matices, se valora el esfuerzo de transformar un texto en un puzzle donde el color y el sentimiento se va fundiendo.
    En especial, me han emocionado estas líneas: “Sólo podía agarrar el cordón de felpa que le colgaba de la bata si estiraba en orden uno a uno los dedos. No podía abrir la mano de una sola vez. Anudaba a su cintura con un temblor doloroso. Si perseguía con sus ojos el recorrido de las venas azules de sus pies, olvidaba. Le hipnotizaba la quietud de su respiración en la piel. Hilos hinchados, débiles, frágiles y cansados”.
    Cada vez que leo un nuevo relato de El País de la Gominola, me doy cuenta de que la espera merece la pena. No lo dudes y tómate el tiempo que necesites. Y me reitero, tienes un don para las descripciones. Te felicito! Un abrazo enorme!

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