El cazador

Tenía el cañón de la escopeta prieto entre sus dientes. El reflejo de la plata guardando su gesto. Evitó verse. Ni siquiera había soltado la cuchara que inundaba de leche sus cereales. El reloj digital de su muñeca, rojo, tumbado y estirado sobre la mesa, marcaba las 9.27. Correa de plástico y esfera redonda con tapa de cristal. Era temprano. A su lado, junto a los pies de la silla de madera, dos negros de apenas veinte años con la cabeza rota por sendos disparos de bala. Sus frentes abiertas a cinco dedos de las puntas de sus narices. Quince minutos sin un parpadeo, sin un suspiro. Carne, sangre y huesos. Quemar y borrar. Martin, hambriento, siempre estaba a sólo un gesto para poner fin a su delirio. Sólo un movimiento para poner fin a su dolor. Sólo uno para matar su odio. Odio a sí mismo. Odio. Mordió fuerte el tubo de metal y estiró el brazo. Introdujo el dedo pulgar en la hebilla y sin pensar, cerrando los ojos con más fuerza, apretando los dientes hasta arañar el metal, hundió el gatillo. Click. Tras el silencio, nada se movió. Nadie. Tres segundos. Después, sonrió y desencajó el cañón de su mandíbula, se llevó la cuchara de cereales con leche a la boca, masticó, y crujieron sus dientes mientras reía a carcajadas descontroladamente.

-¿Creíste que lo haría?

Aquel chico negro, aún vivo, atado a una silla blanca de metal, como último comensal, a un solo paso del televisor, sin la posibilidad de poder dar una última cucharada a su tazón de cereales porque retorcía sus muñecas atadas a la espalda, no lograba sostener las lágrimas. No conseguía enmudecer el hipo. Asintió sintiéndose tan estúpido como aterrado. Luego negó levemente. Después, gritó mudo, y un instante después, murió. El último cartucho abrió como una sandía su frente.

Arrodillado, en calzoncillos de algodón, y con una rota camiseta de tirantes, ambas prendas de impoluto color blanco, untó la brocha cuadrada en el bote de pintura. Espesa. Densa. Lenta. Blanca. Papeles de periódicos escondían ya gran parte del suelo de madera; una madera vieja, desgastada, inestable, húmeda y quebrada. Los plásticos arrugados emborronaban la luz que trataba de atravesar la ventana. Al levantar la brocha, goteaba hermosa como un reloj de arena; constante. Golpeó el mango de madera en el borde metálico y bebió su vaso de leche de un solo trago.

-¿Te sirvo?

-Prefiero, si tienes, añadirle cacao.

-No existe.

-En mi casa, sí.

-Tolerante hijo de puta -masculló mientras avanzaba de rodillas hasta la televisión-. No necesitas joderte con dos cucharillas de sucio polvo.

-¿Y tú con la coca?

-Blanca. Lo puro no admite duda.

-¿Y lo negro?

Detuvo la brocha en medio de la pantalla de la televisión apagada, dejando un frenazo blanco imperfecto en el cristal, giró lentamente el cuello, de un salto se puso de pie, y descalzo el papel retumbó sus pasos y le escupió en la cara.

-¿Quieres morir?

-Has perdido la cabeza, Martin.

-No he perdido nada. –Se tocó la frente con el dedo índice en tres ocasiones y sonrío- Y tú no utilices esa puta palabra, jamás, en mi sagrada casa.

-¿Te has visto? Ya apenas tienes pelo. Tienes los ojos rotos, ensangrentados. Cada día estás más delgado porque sólo te alimentas de esa puñetera mierda de blanco. Martin, amigo, necesitas mirarte.

-Un día, nunca nos veremos -respondió-. Ese día, el mundo será feliz.

Charly sonrió burlón con la mano escondiendo los labios. Después, se peinó las cejas, nervioso, y finalmente guardó las manos en los bolsillos de su pantalón corto de cuadros. Extrajo el móvil, sólo miró la hora, y lo volvió a esconder.

-¿Sabes que no podrás ver la tele?

-Sé lo que no tendré que ver jamás.

-Te cogerán.

-Les cazaré. –Detuvo la brocha en los botones del televisor y la levantó mirándole-. El fin está en la desaparición.

-He de irme…

Charly le dio la espalda, caminó cabizbajo y desapareció del salón sin mirarse de nuevo a los ojos. Abrió con mimo la puerta recién pintada, de blanco, miró atrás, y le vio concentrado, pintando con mimo los discos de vinilo. Nunca quiso volver a su lado.

-¿Conmigo o contra mí?

-¿Y el medio? -Preguntó ella.

-Para follar.

-¿Sólo?

-¿Te parece poco?

-Según el día.

-Yo a ti te amo.

Ella conoció a Martin hace doce noches. Él bebía un combinado que ella creyó ser un licor cubano y resultó ser leche sola. Ella había bebido demasiado, y cuando memorizó su nombre él ya le había lamido cada poro de la piel. Ella sintió una ira en sus ojos cuando hacían el amor que le empapaba. Ella había perdido el control de su voz cuando como un animal él le arañaba la espalda golpeándole tan cerca del corazón. Después, amor. Incomprensible, porque hace cuatro noches, con el corazón todavía asfixiado y las piernas desfallecidas, pisó un charco de sangre con los pies descalzos y enmudeció al ver la mandíbula rota de aquella chica negra. Él sonrió, le sirvió cereales, le regañó con pellizco en la mejilla y un beso fugaz en los labios por abusar de la almohada, y musitó con la boca llena, “tranquila, cariño, luego limpiamos”.

Habían pedido dos cervezas, en botella verde, pequeñas, y observaban como el mar insistía en su pelea imposible con la vieja arena. Ella quería romper con él. Él quería follarla salvajemente allí mismo. Los dos podían abrazarse si estiraban los brazos, sin embargo, sólo Martin había ocupado su espacio estirando las piernas bajo la mesa redonda de metal.

-Dicen que has pintado toda tu casa de blanco.

-Sí.

-Muebles incluido.

-Y el suelo, el televisor, la radio, aquel camello feo y horrible de madera que dejó mi madre como herencia… -Sonrió y abrió los ojos como si quisieran asomarse y besar sus labios, pero ella no respondió.

-¿Y los espejos?

-No existen.

-En mi casa sí.

-¡Traidora hija de puta!

-Martin, no puedes matar más.

-Tú lo hiciste.

-Te hubiera matado a ti –tartamudeó.

-O yo a ti.

Bebieron a dúo la cerveza sin perderse de vista la mirada. Sin querer, incómodos, se rozaron los pulgares de sus descalzos pies. Ella, como un calambre, recogió las piernas, continuó arañando la etiqueta del cristal mojado, y repitió un trago, en esa ocasión, más largo.

-¿Sabes que todos somos negros?

Los dedos de sus pies se clavaron en el suelo como si fuera un puma. Desdobló las rodillas, le arrebató el botellín de cerveza de la pequeña mano, con la otra le abrió la boca, y se lo clavó hasta que la campanilla le provocó una arcada.

-¿Qué? ¿Qué? ¿Quién es qué?

La espuma se desbordaba por los labios, corría veloz empapando su barbilla, acelerando por el cuello y oscureciendo su camiseta amarilla. Negaba y farfullaba mientras la clemencia aullaba en las lágrimas inminentes de sus ojos. Aquel cristal blanco de su mirada enrojecía. Cuando no quedó cerveza, Martin le desencajó el cuello de la cerveza de entre los dientes, la soltó y regresó a su silla. Cogió su cerveza intacta y bebió.

-Eres un… -detuvo la palabra mientras escupía y tosía. Se secó la cara y las lágrimas con las manos.

-Yo soy buena gente, un Dios, un salvador, una eminencia, un sanador. ¡Piensa, cabeza de chorlita! -Observó alrededor. La gente caminaba ausente; sin prisa. Luego susurró- Pudieron ser ellos.

-Todos somos iguales –repuso.

-¡Eres una imbécil! –Explotó- Te creí que, además de una buena folladora, de tener unas buenas tetas, un coño que sabe a miel y una voz dulce y graciosa que ríe mis bromas, eras inteligente. Sin embargo, no, eres una puñetera imbécil más en este planeta de… –Tomó aire, miró alrededor y escupió- ¡Tolerantes hijos de puta! ¿Sabes cómo son? ¿Acaso no sabes qué daño hacen? ¡No me jodas! Científicamente probado. Personalmente vivido. No seré yo quien te enseñe que el futuro es blanco, única y exclusivamente blanco.

-¿Ni amarillo?

-¡Blanco!

-¿Tampoco marrón?

-Cariño, ¿Quieres más cerveza? –Amenazó volviendo a ponerse de pie.

-Tienes razón… –Musitó. Estiró la mano, y con una sonrisa forzada cogió sus dedos y le empujó a sentarse de nuevo.

Había colocado los cartuchos alineados. Siete. Había desarmado la escopeta, y con un pequeño cepillo sujeto a un alambre de metal rascaba el interior del cañón. En el movimiento, suavidad y placer. La pólvora quemada llovía con lentitud. Calibre 12. Cambió de cepillo, tal como hacía su padre, y rascó con brío. Caían más granos de arena negra sobre el suelo blanco. Había tres gotas de grasa junto a sus pies enormes, descalzos y rugosos.

-Vuestra muerte ensucia mi escopeta –rabió sin levantar la cabeza,

Cuando hubo rascado suficiente, estiró el brazo y vertió unas pocas gotas de lubricante y cogió un cepillo de algodón. El cañón de aquella escopeta debía brillar ante los ojos de sus inminentes víctimas. Como si escuchara una canción en aquel silencioso salón, moviendo la cabeza, enroscaba con dulzura los chokes que montaban el cañón de la escopeta, y que anteriormente ya había limpiado con sumo mimo. El festín se alineaba en fila de siete. Negros que ocupaban las sillas en el salón, tres varones y cuatro hembras mezclaban lágrimas y sudor en sus rostros oscuros. El viejo método de un empleo por cuatro monedas seguía siendo un cebo perfecto para Martin. Aquella mañana, su furgoneta había sido un fortín. Aún escondía el sabor de los cereales entre los dientes y ya sentía el deseo de sentirse libre de peligro.  No le gustaban dudas. Cogió el primer cartucho, lo introdujo, cerró la escopeta, apuntó y dos segundos después disparó. Los gritos ensordecieron la explosión del metal que acababa de romper la piel y los huesos del primer cráneo. Sin pausa, giró el segundo cartucho entre los dedos, lo besó, sonrió, lo introdujo, apuntó y disparó. El mismo estribillo histérico, esta vez sin la fuerza inicial. Repitió el movimiento, cargó, colocó la escopeta sobre la clavícula, afinó y mató. Era la primera hembra. Entonces, Charly tocó a la puerta.

-¿Se puede?

Martin reconoció la voz. Abrieron. Junto a él, ella. La misma camiseta amarilla que el día anterior en la terraza, con el cerco de cerveza curvando en el inicio de sus senos.

-Estoy trabajando –dijo sin retirar su ojo derecho de la mirilla del cañón-. Pasar.

Cuando los zapatos negros de Charly pisaron el suelo blanco, la sangre que explotó en la pared como si alguien hubiera reventado un globo de agua, le hizo girar la mirada a un lado.

-¿Puedes parar un segundo? –Preguntó Charly-. Por favor.

Tenía la quinta cabeza a tiro. La quinta cabeza de cabello recio atada, enmudecida, empapada de lágrimas y sudor, y un solo gesto, quieto, casi inerte, vomitando constantemente su pavor. Su fin a un último movimiento. Era una mujer de pelo oscuro y rizado. Apenas treinta años. Ojos oscuros, barbilla afilada y pómulos marcados y enrojecidos pese a la piel mojada. Martin flexionó el gatillo, y cuando observó las cuatro cabezas dobladas hacia la izquierda; vencidas y abiertas, desencajó la escopeta del pecho.

-Me merezco un descanso.

Con una amplia sonrisa, apoyó la escopeta junto al borde de la mesa y fue casi a saltos hasta la cocina. Abrió la nevera, sacó un cartón de leche y lo vertió en un vaso de cristal. Cuando regresó al salón, ella se escondía tras Charly. Martin se detuvo, bebió y esperó sus palabras apoyado en la pared.

-Tu padre era un buen hombre. Solía venderme melones en la plaza. A veces, a escondidas, me tendía una moneda mientras mi madre pagaba. Me guiñaba un ojo y siempre me apretaba el hombro. Tu padre te quería. Tu padre nunca quiso esto. Quizá… -Respiró hondo, miro al techo, vigiló a las tres mujeres vivas atadas y regresó a los ojos enfurecidos de Martin- Quizá tu padre se equivocó. Hubo una guerra. Hubo muertes, hubo diferencias, hubo injusticia. Pero hoy, amigo, no las hay. Somos iguales. Todos.

-No sé cómo te atreves a venir aquí a llenar este salón de tus sucias y asquerosas mentiras, de pisar esta casa con ese calzado. Y peor aún, traerme a esa furcia cobarde contigo.

-Martin…

Charly se retiró, y temblando, ella dio un diminuto paso al frente. No pudo más escondida tras un espejo largo y pesado que balanceaba entre sus dedos. Martin ni siquiera miró. Estrelló el vaso de cristal en el suelo y la leche comenzó a filtrarse rápido por la madera. En tres pasos tenía la escopeta, apuntó al espejo sin mirar y lo hizo añicos. Ella cayó. Charly se abalanzó, pero él volvió a ser más rápido, cargó y le encharcó de pólvora el estómago. Cuando los gemidos aún gruñían retorciéndose en el suelo, volvió a su trabajo. Nervioso, fue a uno de los cajones en busca de más cartuchos y terminar su festín. Necesitaba dos. Los cogió, giró uno entre los dedos antes de introducirlo, pero esta vez, su maniobra erró, cayó de su mano y rodó.

-Lleva tu nombre –masculló con sorna.

Caminó descalzo, con cuidado esquivó la sangre de Charly y se agachó a coger la pólvora que iba a salvar al planeta del veneno de aquella mujer negra de treinta años. Al doblar las rodillas su ojo, inesperado, como un extraño, le miró en un triángulo de cristal. Alrededor, las pestañas. Hipnótico, sin tocar el cartucho, quieto, de cuclillas, observó. El otro ojo apareció en un hexágono de cristal. Mudo, desencajado, su rostro, negro, se multiplicó. Allí, él, su reflejo en decenas de piezas de un puzzle roto. Martin se derrumbó crujiendo con las rodillas los cristales. Siete minutos después, tenía el cañón de la escopeta prieto entre sus dientes.

Fotografía: Rony San

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12 comentarios en “El cazador

  1. Wow! ¡Impactante!
    ¿Cómo no decirte que muchas de las veces eres “muy Vían”?
    Me pasa que, sean como al escritor se le antoje que sean los personajes, suelo demostrar empatía hacia ellos. Me pasa que las letras me aceleran el pulso y comienzo a sentir el metal en mi hombro, el sabor de la leche en mi boca y hasta termino apretando el gatillo. ¿Podría matar?
    Esta vez destaco un fabuloso apunte del cazador, me ha encantado:
    -¡Eres una imbécil! –Explotó- Te creí que, además de una buena folladora, de tener unas buenas tetas, un coño que sabe a miel y una voz dulce y graciosa que ríe mis bromas, eras inteligente. Sin embargo, no, eres una puñetera imbécil más en este planeta de… –Tomó aire, miró alrededor y escupió- ¡Tolerantes hijos de puta!
    Y para terminar, tremenda fotografía!!
    Siento dilatarme tanto en las opiniónes, pero sería injusto guardármelo…
    Gracias!

  2. Por fin encontré el momento para sentarme a leer como tus relatos merecen. El cambio de tono de la ternura (del anterior relato) a la crudeza de éste, me ha impactado. Son palabras duras las que he leído aquí. Por desgracia, mentes cerradas y enfermas como la de Martin, existen. Es un relato muy bueno y muy bien trabajado en las imágenes que dibujas, como siempre, utilizando tus exquisitas descripciones. Me reitero, un gran relato, Dani. Mi enhorabuena y hasta el próximo. Un abrazo!!

    • Sí, si todo fuera perfecto, tierno e idílico, quizá seríamos un planeta incluso aburrido. El relato tiene un gran transfondo. Y no es solo el hecho del racismo o la violencia. El hecho de los colores, tan importantes en cada país. Hay grandes matices en los que se podrían escarbar.
      Mi país trata de sorprender literariamente, guste o no. Imagino que ciertas temáticas dejan mejor sabor de boca, pero si escribiera para eso, no sería yo.
      Gracias por leer y sobre todo, una vez más, opinar.

      • Leer tu relato ha sido como ver una pelicula,en este caso un corto. Lleno de imagenes tan buenas que no me podia despegar del texto, durisimas y potentes. A veces me pasa con los documentales de la 2 (y no quiero parecer pedante) cuando veo a 6 leones o panteras intentando tirar a una jirafa…(lo he visto ayer mismo) y he tenido que cambiar de canal por no ver lo que iba a ocurrir…
        Tienes la habilidad de describir muy descarnadamente todo…olores,colores,y hasta el tacto…o las emociones.
        EXCELENTE…Dani…muy bueno

      • Gracias. Animan mucho a seguir escribiendo. A seguir intentando desaparecer de esta realidad diaria, rutinaria, a veces vacía, para llenar de magia con las letras un mundo, mi mundo o país. Adoro salir de lo habitual, e intento que el lector se tenga que agarrar a la silla, o verse empujado al interior de mi relato.
        Gracias, Javi, por leer y opinar y por tus ánimos.
        Un abrazo!!

    • Veamos, el color blanco de tu texto me transporta a la naranja mecánica de Kubrick,también, el argumento ya que la resolución seria, daño que infringes,daño que te será infringido.
      Por lo demás matar negros, blancos, … que más da, cuando alguien mata es porqué antepone sus propios valores a los valores preestablecidos. Redaccion visual y por tanto impecable, en los textos quiero ver lo que ocurre, sin verlo,solo con imágenes. Y en cuanto al nombre del asesino, jolines, que yo nací en San Martín. Me incomoda, martín,creo que fue un santo y en tu relato es un hijo de…
      Nada más estoy llorosa porqué el anuncio del mini me encanta. y…es largo de contar. Otro día. Ah, En el 11 del 11 han pasado desastres sin paliativos, el atentado a las torres gemelas y muchos otros, por ejemplo, mi nacimiento, ese último acontecimiento si es un desastre para la humanidad je, je, je,

  3. Desde luego, que lio mental, las torres gemelas fueron atacadas ql 11 del 10, je, vueno un més más o menosque más da.
    Felicidades por un texto tan visual, insisto. cuentes lo que cuentes si tus lectores lo ven, eres candidato a script.

    • Este relato es, aunque no me guste decir ciertos tópicos, un texto que entregaría en mano a Tarantino, para trabajar en él, porque hay muchas cosas que trabajar en él. Porque el relato está escrito en un viaje en autobús, preso de la paranoia, la locura, demasiado calor… Y disparé, sin pensar, simplemente dejándome llevar por esos pensamientos que muchas veces creemos incorrectos. Hay drama, hay violencia, demasiada o no, según los gustos, pero todo me vino, como la foto.
      Gracias, Esther, por leer y comentar!!

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