Rotos

El hielo bajo sus pies descalzos les imposibilita sostenerse inmóviles. Equilibran de pie. Sobre una densa capa de hielo, en ropa interior rota y herida, de distintos colores, se deslizan lentamente sin perder de vista a su oponente. Apuntan con su ballesta desde las cuatro esquinas que han elegido. Si disparan, resbalan, y la flecha quizá no acierte, si esperan, tal vez, el azar, les mate la herida. Agotados, ya hay sangre a cucharadas, como mermelada de fresa, en la pista de hielo. Han rajado sin clavarse, sus pechos. Han rajado sin clavarse, sus piernas. Han rajado sin clavarse, sus brazos. Han dejado intactos sus rostros.

Respirar cansados no es silencio. Pero lo aparenta. Todos se conocieron. Todos se gustaron, tocaron, desearon, besaron, amaron, follaron y prometieron e incumplieron. Engañados, decepcionados, tristes, odian sus cuerpos a su lado. Y antes de ver volar la última flecha, gritan.

-Odio tu barba.

-Tienes bigote.

-Gordo de mierda…

-¡Culona!

-Y bien que te gusta.

-Endereza tus pechos torcidos.

-Limpia tu ombligo.

-Te huele mal.

-Lo comes fatal.

-Eres una puta.

-Tan hijo de la gran puta como tú.

-Lo aprendí de ti.

-¡Aféitate el coño!

-¡Lávate la polla!

-¡Y tú la boca!

-Cuando no te corras con media caricia de mi lengua.

-¡Zorra!

-¡Impotente!

-Y tu culo lo sabe.

-¡Cabrón hijo de puta!

-¡Muérete zorra de mierda!

Sobre las uñas de sus pies continuaban los restos de su último vómito. Tres consecutivos. Bilis en los labios. Niebla en los ojos. Ruido en el corazón. Nada más. Apoyado en la repisa de la cocina, había estrangulado su estómago como una inservible plastilina de colores; rotos y feos. En calzoncillos de pata ancha, a cuadros, Manuel ni siquiera podía mirar de reojo a su derecha, donde ella, muda, sin pestañear, le había escupido un final definitivo. Sin excusas. Ni explicaciones. Fin sin justificar un guión de seis años.

Patricia apretó el gatillo, fría, sin pulso, sin gesto; indoloro. Disparó un inicio clásico que quemó el aire entre los dos y obligó a ambos a afrontar la conversación. Él, aterrado, prefería desaparecer y esquivar la seriedad triste de sus ojos. Buscó un pequeño vacío, ordenó el infinito de sus pequeñas palabras para construir un castillo de preguntas, pero la tormenta asfixió y derrumbó la fortaleza. No tuvo valentía. Mientras, caía despacio, muy lento, el filo afilado de su metal partiendo por dentro su pecho en dos, como si fuera una bola seca de miga su corazón. Sobre la mesa reposaban los últimos dos platos vacíos, con los tenedores cansados, y todo, aún sucio de tomate. Examinó su entorno, y de pie, escarbó con los ojos en cada detalle de aquellas paredes. Como un títere sin cuerdas ni manos firmes, débil, lanzó sus pasos hacia la cocina, donde mareado, su cuerpo se vació.

-¿Adiós? -Preguntó sin mirar.

-Sí.

Limpió sus lágrimas. Exhausto, como si le hubieran desollado, amputado cada músculo de sus piernas, lentamente, tuvo que dejarse caer.

-Te vas a manchar. -Advirtió ella.

-¿Importa?

Manuel nunca había analizado con tan sumo detalle la manilla que abría la puerta de debajo del fregadero. Metálica en su parte superior y dorada en los laterales. Rectangular. La puerta, blanca, rota por minúsculos ríos cruzados; líquidos; secos. Manchas.

-¿Estás bien?

-No lo entiendo.

-Lo siento.

Nadie lo aclaró. Sucedió.

En el lavabo, los dos cepillos se reflejaban como cuatro en el espejo. Manuel ya había escondido el tercero en su neceser, justo tres minutos antes de que ella apareciera. Maquiavélico,  sonreía, enamorado. Acentuaba lo estúpido cuando Lucía le plantaba un espejo de su sonrisa aún desde el felpudo y le entregaba una botella fría y mojada de vino rosado. Disimuladamente la empujaba como un juego hacia el interior, y desconfiado, vigilaba la escalera antes de cerrar.

Hacían el amor en el suelo, sobre el parqué, hasta que el cuarto disco de Led Zeppelin llegaba a When the levee Breaks. Hacían el amor en la cocina, de pie, sin zafarse de la ropa, hasta que de puntillas el mordía su nuca y se detenía exhausto en un mismo final. Hacían el amor en la cama, temprano y aún sin desayunar, sin las sabanas, sin la necesidad de tenerse que desnudar, desordenando las piezas para volverlas a encajar, hasta que exhaustos, a la vez, reían al gritar.

Como en las mentiras creídas, la verdad parecía no tener cabida en aquella realidad.

Lucía se veía preciosa. Había colgado sobre sus hombros un vestido rojo largo, liso, de encaje perfecto que sólo sentada le descubría las rodillas. La raya del ojo nunca le había resaltado tanto la mirada. Él esperaba en la puerta del portal con los ojos pegados a la pantalla de su teléfono. Sin prisa, de vez en cuando, levantaba la cabeza en busca de una luz en la escalera, sonreía breve, rápido y nervioso, y devolvía su atención al cristal.

Sin cogerse la mano, él levemente por delante y ella medio paso detrás, en paralelo, caminaron por la acera, pegados a los edificios. Frente al espejo de un cristal se detuvieron.

-¿Guapa? –Preguntó ella.

-Preciosa, como una osa.

Mario no pudo evitar sentir un puñetazo entre sus dientes al escucharse aquellas palabras; tan repetidas, sin el significado origen. El sonido de sus letras en la boca, grave y pesado, como si hubiera masticado un trozo duro de plástico. Y en el eco, le atragantaban las imágenes.

Él tenía grabado en sus ojos aquellos labios, ansiados entre los suyos desde que se sentó tímida y sonriente en la esquina derecha del último pupitre. Una obsesión, que como otras muchas, engullía sin apenas saborear.

Caminando a un solo palmo, había un roto indeseado entre los dos. Diez minutos después, ya había dos copas de vino tinto y un plato de queso sobre un rojo mantel.

-¿Te gusta la carne? -Preguntó ella.

-La amo.

-¿Cuchara o tenedor?

-Una copa de cristal, siempre. El vino, según qué luz, tiene su propio color. -Sorbió un trago y dibujó un gesto con una sonrisa borrosa detrás de la copa.

-Eres raro, ¿lo sabes?

-Me gustas normal.

Él tuvo otras palabras en la boca arañándole las encías, estrangulándole la campanilla hasta ahogarla en el pozo de su estómago. Mario, con el fino cristal acariciándole los labios desapareció durante dieciséis segundos del restaurante, y no muy lejos la desnudó, la empujó contra la pared, la agachó, la empujó y penetró, la estiró y obligó, la hundió, gritó y se corrió.

-¿Mario?

-El vino está delicioso –musitó.

Lucía miró a su derecha, donde la camarera empuñaba el bolígrafo, quieto, sobre el papel. Trazó veloz la última petición y se marchó.

-Tú también me gustas, raro.

Sus manos estaban frías. Sus dedos duros, ásperos y quietos como rejas de una vieja cárcel. Sus ojos ausentes. Manuel volvió a deslizarse, suave, pero Lucía no era siquiera una mota del reflejo que tantas veces había amado en su espejo. Recordó, asumió y lo escuchó.

-Hay otro -balbuceó.

Fue un solo minuto. Con gesto mecánico descosió el bordado que cicatrizaba el último roto, y tras cada puntada deshecha, las gotas aceleraron su ritmo tiñendo de rojo la hierba. Después, un río desbordaba y furioso arrancaba la ciudad a mordiscos. Cuando se levantó de un salto y comenzó a caminar veloz con las lágrimas hirvièndole en los ojos, descubrió que en sus puños la ira eran hojas rotas de césped. Ella ni siquiera le observó. Esperó. Esperó porque debía esperar. Sin embargo, nunca dejó de mirar las pequeñas agujas de plata de su reloj. Mario tampoco llegó.

Gritar calla. Mudos es más fácil respirar y observar. El hielo comienza a encharcar los pies descalzos en aquella habitación. Charcos que permiten chapotear al saltar para volverse a equilibrar. Las esquinas de las paredes crujen como galletas. Se vigilan pero no disparan. Resbalan, pero no caen; casi bailan. Cuatro esquinas, cuatro rotos, cuatro armas, cuatro heridas, cuatro sueños, cuatro segundos y, Mario dispara. Y Patricia imita. Lucía esquiva y resbala, y sin querer aprieta el gatillo. Y Manuel no evita la flecha de esponja amarilla, que rebota en su pecho, despacio, como un muelle perezoso, y al tercer tirabuzón en el aire, entre lágrimas que le saben a chocolate, pierde el premio. Caen las ballestas, caen las paredes, llueve casquetes del techo que son sobres verdes de condones y cantan a coro enloquecidos. Ooh let me get it back let me get it back. Ríen, carcajean, gritan I can’t count the tears of a life with no love.  Aúllan, Been a long lonely, lonely, lonely, lonely, lonely time. Gimen, Open your arms, baby, let my love come running in. Y desabrochan sus sostenes, bajan sus bragas y calzones.

-¿Follemos?

-¡Follemos!

-¿Como perros?

-¡Como perros!

-¿Por todos los agujeros?

-¡Por todos los agujeros!

-¡Hasta quemar el puto hielo!

-¡Penetremos!

-¡Nos rompemos!

-¡Muy dentro!

-¡Sexo!

-¿Secos?

-¡Sexo!

-¿Tiesos?

-¡Sexo!

-¿Presos?

-¡Sexo!

-¿Lentos?

-Más, sexo…

-Más, dentro…

-Te quiero…

-Follarte…

-¡Enteros!

-¿Eyaculemos?

-¡Eyaculemos!

-¡Aaaaah!

Cuando gritan, resbalan, caen. Cuando son agua, resbalan, caen. Cuando terminan, gritan, caen. Cuando chillan, golpean porque caen, rompen y despiertan. Aterrados, rotos, su sombra late acelerada y empapada en un reflejo negro y solitario. Sentados en la cama el sueño es un dolor mudo y único en su habitación.

Fotografía: Francesca Woodman.

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7 comentarios en “Rotos

  1. “Como un títere sin cuerdas ni manos firmes, débil, lanzó sus pasos hacia la cocina, donde mareado, su cuerpo se vació.”
    Rescato esta frase para algunos de los rotos. Los que hacen llorar con dolor son los más necesarios.
    Adoro la cotidianidad en tus descripciones, se palpa la rutina en los detalles que siempre están y por ese motivo nadie se fija, y precisamente eso es lo que me encanta, que tu lectura me recuerde que “los dos cepillos se reflejaban como cuatro en el espejo”, que me recuerde, que no todos somos iguales, o distintos. Que nadie se fija. Que siempre existe alguien que, curiosamente, sí.
    Equilibrada fotografía!!!
    Gracias!! El relato mañanero ha sido como un regalo…

  2. “Manuel nunca había analizado con tan sumo detalle la manilla que abría la puerta de debajo del fregadero. Metálica en su parte superior y dorada en los laterales. Rectangular. La puerta, blanca, rota por minúsculos ríos cruzados; líquidos; secos. Manchas”… me ha llamado la atención este párrafo, aún y la dura belleza de todo el resto del relato. Ese momento… Buscar algo, lo que sea, cualquier cosa sin importancia e intentar distraerse esquivando el dolor…. pero no. El silencio eterno y tenso, el pensar hacia dónde mirar y cómo, qué decir… cómo decirlo… desear que ese instante no fuera cierto. Sientes los latidos de tu corazón en la sien y parece que vas a ahogarte… y te caes, y te hundes y duele…duele mucho… Qué gran relato Dani, duro y real, con hermosas comparaciones y descripciones. Como mirar atrás en el tiempo, no muy lejano, y verme en un espejo. Pero el roto, aprenderemos a coserlo. No me cabe duda. Mi enhorabuena y a seguir trabajando. Un abrazo!!

    • Es importante asumir los hechos, por muy duros y difíciles que sean. Los rotos son inevitables, y cada uno los afronta como cree saber. Es muy difícil entender y comprender al roto y al que rompe, y caminar hacia delante.
      Gracias por leer, por detenerte en los detalles, por comentar. ¡Mil gracias, Carmen!

  3. Admiro comprobar que como narrador omnisciente eres tan bueno como cuando narras en primera persona. SEGÚN TU ESTILO. Mil perdones por haber dudado. El texto aún y con sus palabras escupidas al principio, parece tener más amor, que al final, con sus palabras escupidas de extraño deseo. Espero que me entiendas. prefiero un culona. que un follemos, toda, la vida. en parte porqué reflejas sentimientos al principio y al final solamente deseo de eyacular.

Seamos valientes

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