Piedras

 

Éramos piedras. Había soñado que de mi dura piel crecían dos brazos con el final de unas manos y cinco largos dedos. Me tocaba con ellos y me acariciaba unas piernas, dobladas primero y después estiradas. Cosquillas al dejar atrás las rodillas, al rodear los tobillos y al hipnotizar una caricia con las yemas, como un baile de puntillas repetido sobre la planta de los pies. Después, caminaba. Despacio, aprendía. Cansado y asustado; desequilibrado pero valiente y confiado, como el amor en su primera vez. Sin miedo, ni derrumbe. Soñaba mirar sin la necesidad de imaginar. Ver y creer, sin dudar.  Oír y oírme. Atrás, soñaba olvidar la necesidad de inventar para dar forma a la vida inexistente. Imaginar para comprender. Imaginar para ser realidad. Sin embargo, éramos piedras.

Desperté soñando que dormía; que comía, que bebía y respiraba, y sentía, que lloraba y sonreía, y entre lágrimas me sorprendía un ruido que era risa. Que gruñía, gemía y roncaba. Soñé ser vivo y decidir; elegir, vestir y desvestir. Soñé ser libertad. Soñé imitar, aparentar y odiar. Soñé escribir y dibujar; y al final, tachar. Soñé belleza y fealdad, simpatía y saciedad. Y al final, morir. Soñé despertar y no dormía. Soñé ser. No soy ser. Tal vez estar. Ni siquiera recordar. Mi cuerpo era piedra, blanco, aplastado, duro, curvado con un roto como un mordisco, pequeño y de escasos cuarenta y tres gramos. Permanecía quieto, minúsculo y olvidado; inerte en la vida paciente. Piedras. Ni un movimiento. Piedras. Apoyado, sujeto, inclinado y acomodado a la luz de los días. Piedras. Confuso e invisible bajo la noche. Piedras. Quieto y mudo. Y alrededor, piedras. Nada más. Nada. Demasiadas veces nada. Y sin embargo, imaginábamos. Todo.

La voz de Idaira sonaba distinta en mi cabeza imposible que en la de Igor. Ni siquiera era voz. Ni siquiera hubo cabezas. Inexistente el ruido. Ni siquiera un pensamiento. Tal vez todo una invención. Idaira contaba que existía una ciudad. Caminos o calles, calzadas y aceras, edificios, puertas y ventanas. Personas; vida. Lo pensaba sin saber pensar y escuchábamos sin saber escuchar. Idaira era gris, alargada, suave, afilada con un mechón de piedra blanco que le partía en dos. Finales en curva, atractiva e inquieta a merced de los numerosos dedos curiosos de las manos. Idaira a veces no regresaba. Otras, sí. Otras el agua le oscurecía. Idaira ya no era Idaira. Yo lo sabía. Igor también. Los dos, sin mirarnos con ausentes ojos, quietos; tan obligados, callados y sin opciones, nos mentíamos. No había verdad. La inventábamos. Nos pensábamos, quizá, y sin oírnos conversábamos.

-Hubo una piedra en un camino.

-¿Quién? -Pregunté.

-Un niño la llevó.

-Miren terminó viviendo en un zapato.

-Josune fue un regalo tras un beso.

-A Joxe lo rayaron y le pusieron un nombre.

-Lo inventas.

-Como tú.

Igor siempre permanecía quieto a mi derecha, tres dedos por encima de mí. Era cuadrado, granate con motas negras y feo. Igor no sé si era Igor.

-Dicen que el mar hace ruido.

-Si te ahoga, no lo escuchas.

La voz que imaginaba, de pronto, ya no pronunciaba palabras. El silencio entre los dos era como una reflexión, una duda, un final o…

-¿Igor?

-Sí…

-¡Qué susto!

-Sólo me pisaron.

Me gustaba imaginar una caricia del viento, suave y constante, que me despeinara y erizara la piel. Ni un solo cabello, ni un solo poro. Me gustaba imaginar cosquillas de invisibles dedos que te olvidaban pestañear. Ni un solo ojo. Pero el viento, y sólo a veces, únicamente derrumbaba, nos empujaba, nos mudaba. Nada más. Ni siquiera el ruido al caer y golpear. Ni siquiera dolor. Ni siquiera el susurro vago del aire. Nada. En cambio, imaginaba.

Había vivido en vertical. Habitualmente en horizontal. Rara vez, y como algo temporal hasta que alguna fuerte pisada nos volviera equilibrar, en diagonal. Viví tres años sepultado sin luz del sol, tres días a escasas tres piedras de las olas del mar,  seis horas cerca del cielo en lo alto de una torre que alguien destruyó. ¿Vivir? Existí. Ser. Ninguna. Estar.

Me gustaba imaginar que volaba, lejos, durante segundos, sin miedo al golpe ni a los botes bruscos del destino. En ocasiones me abrigaba con plumas y pintaba unas alas enormes a mi ufana mentira. Surcaba a flote como un barco en vaivén, e imposible en la invisibilidad del aire, navegaba de izquierda a derecha como un pájaro veloz, sin obstáculos, a capricho del aleteo, evitando los zarpazos inesperados del viento. Libre, seguía soñando sin dormir ni despertar ni vivir; únicamente volar. Volar sin aterrizar jamás. Suspendido, sin miedo a estrellar. Sin miedo. Sin final. Tampoco recordaba un principio. ¿Recordar? Tampoco un olvido.

-A veces vuelo.

-Ni siquiera te tocaron -respondió Igor.

-Una vez.

-La niña tropezó.

-Algún día…

Nada nunca sucedió. Es la única certeza. Quieto como una piedra, el movimiento era otra mentira. Intentar mover mi posición sin ayuda otra ilusión; gatear o arrastrar, caminar, correr o saltar. Apretaba el silencio y concentraba el esfuerzo, como si deseara mover un lapicero sin tocar. Quería ser yo y matar la piedra. Quieta, nunca moví mi posición.

Igor había desaparecido. O había decidido el silencio. Cuando no escuchaba ya no oía sus palabras. Tal vez ya ni sabía imaginar su voz. Idaira volvía a ser otra ilusión. Mireia, verde, delgada y minúscula, se había pegado a mí. Jon, desde un alto, vigilaba desconfiado nuestra posición. Reí sin boca tanta imaginación. Éramos piedras. Debíamos dejar de inventar ser humanos.

-¿Cuál es tu sueño? -Preguntaba cada día Mireia.

-Vivir -Respondía.

-¿Y uno de verdad?

-El mar.

-¿Y el de mentira?

-Todos.

-Todas volvemos a la orilla.

-¿Has estado en el mar?

-Y en un río.

No supe qué imaginar pensar para preguntar. El sol, inexplicablemente, quemaba ya su piel verde sobre la mía.

-¿Y qué se siente bajo el agua?

-Nada.

-¿Crees que podría aprender a nadar?

-Te hundirás. Pero a veces lo imaginarás.

Una pisada lejana movió el suelo y la inercia despegó a Mireia de mi piel. Si la viera, bajaría la mirada. Si fuera, desearía un beso. Quietas, nada. Ni siquiera el viento.

Éramos piedras. Piedras en una playa de algún lugar. Soñábamos sin despertar. Éramos presas del tiempo sin recordar. Contábamos sin enumerar. Amábamos sin sentir. Vivíamos sin respirar. Era una piedra, más; un yo que nunca llegó a ser, únicamente estar. Quieta, silenciosa, ignorada, aún deseaba despertar entre en algunos dedos, y soñar que todo podía pasar. 

Fotografía: Daniel Diez Crespo

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10 comentarios en “Piedras

  1. El imaginar de las piedras… tan parecido al imaginar de la carne.
    “Desperté soñando que dormía; que comía, que bebía y respiraba, y sentía, que lloraba y sonreía, y entre lágrimas me sorprendía un ruido que era risa.” La sorpresa de la risa, me encanta!
    En este domingo difícil tu relato ha sido como una isla donde coger aire antes de salir de nuevo a pelear con las olas.
    Besos!

  2. “…y soñar que todo podía pasar” y que todo llega. Un gran relato, lleno de hermosas imágenes. Las piedras cobran vida en estas líneas, las he visto, con ojos curiosos, con sonrisas y muecas en el rostro. Otro gran trabajo tuyo que es un regalo para quienes gustan de leer(te). Un abrazo!

  3. Con ojos, con boca. Con pensamientos y deseos. Si escuchamos la palabra piedra aparecería en nuestra mente algo duro, hiriente… Si me dijeran “Piedras”, en apenas segundos y con la mirada perdida, mi imagen sería la fotografía perfecta. Pensaría en una montaña con todos los nombres y meticulosamente te escogería, para que en lo alto el viento te despertara con pequeños susurros de mar.

    • Siempre las piedras fueron una figura negativa. Incluso pudieron a llegar a ser un arma. El uso que le dé el ser humano a éstas es lo que las hace de una manera u otra. Quizá, por eso, las piedras no sean duras e hirientes. Inocentes, moldeables incluso, sumisas al los dedos que las acaricie o apriete.
      Me gusta ser piedra en lo alto… ¿Cómo se solicita?
      Gracias por leerme una vez más, por opinarme, y hacerme sonreír!!

  4. Tus ojos guardan mucho en la recámara, me temo. Como testigo está lo que hay detrás de tus fotografías. Y leyendo este relato he querido meterme en esos ojos -aunque fuera un instante-, para poder descansar del lenguaje ruidoso y quedarme en las cosas. En las piedras, por ejemplo. O en el espacio que recorre tu pensamiento cuando despliegas los párpados y miras.
    Pero ese privilegio es solamente tuyo. Estás más allá de la originalidad, aunque no te descubro nada nuevo.

    Disfrutándote lentamente, siendo piedra enmohecida y abierta al paisaje.

    Aránzazu.

    • Soy un tipo de detalles y me quedo con ‘lenguaje ruidoso’. Esas dos palabras me golpean una y otra vez. Las analizo.
      Me gusta que trates de ir más allá, pero creo que si nos sentaran a cien personas en un mismo punto observando lo mismo sin capacidad de volver siquiera la mirada, todos miraríamos distinto…
      Te invito a seguir leyéndome…

Seamos valientes

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