La única pieza

Se ata los cordones despacio, con un largo y gordo lazo, sentado y agachado, disimulando un dolor pinzándole la nalga izquierda, observando un mechón gris y rizado que le cae entre las cejas. Se detiene, mira sus manos e intenta de nuevo el nudo con la torpeza de sus dedos. En paralelo, aparecen quietos sobre la alfombra, afilados y de piel negra con un zurcido en el empeine. Alcanza un roto de tela blanca y frota hasta darles brillo. Termina y baja los parpados. Cuando es oscuro no le duele tanto la cabeza. Aparece en una plaza vacía, sentado sobre su silla de metal, tan débil e inestable, solo, sobre adoquines grises. No quema el suelo. Tampoco ciega el sol. Ni siquiera hace ruido el viento. Solo; Lonely. Precioso nombre para un instrumento de música. Adoraba el sonido de aquella palabra abrazándose a la respiración de su saxofón. “Sonará como le respires”. Él imaginándose borroso, desnudo, con su sombrero, sus zapatos, su saxo, otra edad, lamiéndose los labios y bebiendo un exquisito y áspero bourbon con un solo hielo. Uno solo. Cuatro rosas para ti tarareaba tras cada actuación. Ataba su trasero al mismo taburete de una barra dudosa de bar y golpeaba incansable su paladar.

-¿Otro?

-Un solo hielo.

No sabe el motivo de la imagen en su cabeza ni lo pregunta. Levanta la piel de sus ojos y vuelve la vista vieja al salón. Su cuerpo, sin pantalones, en calzoncillos, con la camisa blanca desatada, camina muy lento hacia una habitación. De pie, a nadie le recuerda el reflejo, que serio y vacío, aparece sombrío en el roto espejo que cuelga de la pared a la izquierda de la cama. Le sonríe y le imita. La barba blanca le pliega las mejillas; delgadez. A la izquierda, junto al armario, un reloj verde, cuadrado y de agujas. No conoce hace cuánto tiempo vive quieto. No importa que sepa o no la hora. Mateo ya no tiene tiempo. Tampoco prisa; la desconoce. Recoge el mechón de pelo y lo peina hacia atrás. Regresa al salón, se sienta en el sillón y despacio, se agacha para atarse los cordones.

Siempre es la primera, como la última vez. Siempre nota un vacío aterrador en el próximo paso, como con el enésimo vaso; un precipicio; hundida suela en el suelo, únicamente aire, negro, vacío; sin destino. Siempre el enésimo trago.

-¿La última?

-La diecisiete.

-Son más.

-Mira bien, en la barra aún quedan las huellas húmedas en círculo de los vasos que bebí. Si los cuentas con precisión,  la suma es diecisiete. Siempre lo es.

-¿Mañana tocas?

-Siempre toco.

Mateo decía diecisiete. Sonreía y repetía diecisiete. Siempre. Había un motivo, pero lo mudó al olvido cuando un autobús le abrió la cabeza al cruzar a ciegas una calle a dos manzanas de su casa. La calle, en su silencio, ya había tenido demasiadas noches con muchos más de diecisiete recuerdos irrecuperables. Ahora aún  repite diecisiete. Diecisiete notas en su cabeza. Diecisiete minutos en un balcón ensayándose y enfrentándose a la boquilla de su cuidado instrumento, arañándole un breve vibrato mientras saboreaba la sonoridad con la caña entre los labios, dejando pasar el aire que aún hierve en su diafragma y escuchándose en el delirio de la única pieza que recuerda: “Why do I love you”. Tan sólo diecisiete notas. Ni una letra. Es como si le hubieran robado las palabras un instante antes de pensar, justo en el momento que el ser humano decide hablar. Como si le arrancaran las letras al igual que una vieja muela, de forma cruel con un retorcido alicate, impidiéndole pronunciar. Como caer de pie en una ciudad repleta de ciudadanos que utilizan otro idioma. Como desconocer, como la torpeza y el miedo y el sexo. Y sin embargo, todo, nunca importa cuando asfixia al corazón para dar vida a su única melodía.

Mateo, cada miércoles sabe que es miércoles porque el traje y un sombrero aparece doblado sobre la silla que queda junto al televisor. No sabe qué es miércoles. Tumbado, limpio y liso, lo asume suyo. Y plateado en el estuche abierto reposa el saxofón alto que no supo hacerle músico. Tampoco él le correspondió. Aún así, se aman. Él, sentado, mira a Mercedes, sonriente, de pie, en camisón, con una taza roja enorme de té entre las manos, y al volver sus ojos al traje y al saxofón no sabe si quiere moverse del sillón.

-Debes ponerte antes los pantalones. -La voz suena delgada y gastada.

-¿Vendrás a verme?

-Hoy no.

-Has atado mis cordones.

-Descálzate, Mateo. -Camina hasta la habitación y levanta la persiana- Tenemos que estar a las ocho.

-¿Y diecisiete?

-Exacto. –Responde mientras regresa.

-Debo limpiar la boquilla. ¿Mi algodón?

-Lo hiciste.

-Los dedos duelen como si me los hubieran atornillado.

-El dolor es placer.

-¿Aplaudirás?

-Todos lo harán.

Mateo sigue quieto en el sillón. Observa sus zapatos atados y busca con la mirada a Mercedes. Atrás sorbe el té.

-¿Cariño?

-¿Qué?

-No llevo pantalones -dice con la risa rompiéndole la voz.

 •

Su padre le apretaba tan fuerte la mano, que dudaba de la intención; protección o maltrato. A su padre no le gustaron las primeras siete mañanas de aquel verano. El último. Le gustaba sentarse con dos amigos en el bar a beber botellas de cerveza mientras arreglaban equipos de fútbol. Hablaban, hablaban y sólo hablaban. Jugadores que iban de un equipo a otro, de una posición a otra. Era una partida dialéctica de ajedrez sin tablero ni piezas ni reglas. Las voces crecían, se pisaban, se enladrillaban, se tocaban, besaban, chillaban, reían, entrecortaban, peleaban y apenas descansaban. A las doce, con el bar ya vacío, su madre aparecía con una bata azul, pedía un café, hablaba con Rosa, que volvía a esconder la cabeza en la nevera en busca de tres nuevas botellas, y a dos taburetes de distancia decía en voz alta su nombre, nada más, y rompía con su mirada seca la armonía etílica. Siete días a la semana eran todos.  Luego se acercó despacio, sigilosa, cuando el café eran posos, tocó a su marido cogiéndole a la altura del codo y le susurró al oído. Acto seguido, dejó una moneda en la barra y se despidió.

El verano sin colegio propició que su padre tuviera que madrugar y aceptar demasiado temprano su dolor de cabeza y la necesidad de volver a beber. El verano ofrecía un brillo especial a las aceras, aún calientes;  vacías. Cogerle de la mano era un gesto que entendía como obligación. Aquel séptimo día era martes, un diecisiete de julio de 1962.

-¿Qué aprendes? -Preguntó.

-Música.

-¿Y ya sabes tocar algo?

-Sí.

-¿Sabes que Sergio se ha apuntado al equipo del barrio?

-Lo sé, papá.

-El sábado metió cuatro goles.

-¿Cuatro?

-¡Sí! Y uno un golazo. Deberías haber venido…

-¿Eso son muchos o pocos?

Su padre no digirió aquella pregunta y frenó el paso como si hubiera golpeado la nariz contra un muro. Aflojó la mano de Mateo. Deseó abofetearle su pequeña cabeza y despertarle. Destriparle la sesera allí mismo, rebuscar hambriento en los sesos y tirar a la basura aquellas aficiones musicales inservibles. Quiso dar media vuelta y desterrarle de la estupidez consentida de su madre. Arrastrarle a la vida real, hacerle un ser humano, obligarle a ser normal. Pero tan estático, ante sus grandes ojos azules tan necios y vacíos, no tuvo valor. Levantó sus gafas de sol, acercó su delgado cuerpo y posó sus manos en los hombros.

-Hijo… ¿Cuántos años tienes ya?

-Once.

-¿Qué deseas en la vida?

Mateo levantó la mirada hacia la esquina izquierda de sus ojos, achinándolos, y sonrío. La imagen era perfecta en su cabeza. Y cuando regresó y vio a su padre, tuvo el valor.

-Tocar el saxo –respondió firme.

-¿Pues sabes que estoy pensando?

-No, papá.

-Que ya puedes ir solo a estas clases.

Su padre dio un paso atrás. Mateo le miró alzando el cuello pero no se movió. Él en cambio sí dio otro paso atrás y levantó ambos brazos invitándole a caminar. La silueta de aquel niño con el saxofón pegado a la espalda creció mucho aquel verano. Después, papá desapareció y mamá nunca dejó de buscar.

 •

La estantería de madera aparece hundida. Quizá veinte, tal vez veinticinco, pero jamás más de cincuenta libros apelotonados en una sola balda. Todo es música. Libros de jazz, didácticos, ejemplares nuevos y viejos, historia y autores. Cuando camina lo hace descalzo porque prefiere el silencio de cada uno de sus pasos. Además, ha olvidado sus zapatos. Mercedes le persigue sin molestar, fría, distante, sin tocar siquiera con el aliento la cercanía de su piel. Libros de pie, tumbados, cabeza abajo, doblados, blancos, negros, rojos, grises, marrones. Mateo se detiene en los lomos y lee con un susurro, Charlie Parker, John Coltrane, Dexter Gordon, Coleman Hawkins, Lester Young, Stan Getz, Al Cohn, Buddy Collette, Bob Cooper, Richie Kamuca, Dizzy Gillespie… Hace una pausa en su paseo y mira atrás. Ella, seria, sin gestos, sin palabras, quieta, olvidada.

-Me gusta leer.

-Y a mí –musita Mercedes.

-¿Quiénes son?

Durante largos segundos, ella cree que va a responderse, que va a desenganchar uno de los libros del puzzle, lo abrirá, leerá y recordará. Pero sigue caminando, sin repetir la pregunta, sin importar la respuesta. Avanza despacio recogiendo únicamente con los ojos nombres y títulos de una estantería que una vez fue parte de su habitación. Ella también necesita cerrar los ojos. Mirar en la oscuridad, donde las distancias no existen, donde no hay recuerdos, no hay paredes, tampoco ventanas ni puertas, y sobre todo no encuentra sus ojos, casi idénticos, tal vez más grises, pero irreconocibles al mirar. Mercedes duerme a su lado y al despertar le abraza mientras evita no llorar a un solo palmo de su rostro asustado. Después, ya nunca le toca en todo lo que viven cada día. Fría, escondida, herida, enamorada, es un fugaz soplo de aire que cada diez minutos él ha olvidado.

La primera vez, escondido, oscuro, Mercedes solo supo sonreír. Ni siquiera esperó un trago. La segunda también. La tercera musitó un saludo. No hubo cuarta ni quinta, tampoco sexta. La séptima noche Mateo habló. Bebió, le hizo beber, le acarició, le comenzó a querer y le hizo querer. Quererse fue un tiempo que ella ha aprendido a no recordar. Enamorada, cada día se pregunta por qué le ama; su única pieza. Ella no lo recuerda. Él lo ha olvidado.

-Quiero ir a casa. –Irrumpe frente a una fotografía de un lago en el que aparece él, sentado en la hierba, como una silueta completamente negra, de espaldas, junto a su saxofón.

-Iremos.

-¿Y mis zapatos?

-En el salón. Vamos que te digo dónde. –Ella le invita a pasar y espera junto a la puerta de la habitación.

-¡Hoy toco!

El pensamiento debe ser como un rayo porque eleva tanto la voz de emoción que le cambia por completo el gesto. Es un destello. Mercedes sonríe, y tres segundos después, el trueno. Mateo da los pasos como si fuera empujado; apresurado, rápido, torpe y desorientado. Abandona el cuarto, y sólo rebaja la velocidad cuando se agacha a coger el estuche con el instrumento.

-¡Mateo! – Grita.

Sobre el felpudo le pican la planta de los pies. Inmóvil, la risa, de nuevo, vuelve a comerle las palabras. Cuidadoso suelta el estuche, y divertido, sin pantalones, se sienta en el sillón.

Su pasión con las diecisiete notas es invencible. Lo abraza, lo pega a él, levanta la punta del zapato y lo deja caer como si abollara el suelo, y sin abrir los ojos llora, sostiene un silencio y repite. La canción es una pregunta sin respuesta, como su vida. Una melodía sin letra, como su vida. Un corazón frágil como su día a día. Cuando Mercedes le sienta despacio, con cuidado, él olvida estar y recuerda quién es. No necesita decirle que se va, ni que aplaudirá. Tampoco que llorará. Disimula y de una petaca vierte bourbon en un vaso de cristal. Siempre a su izquierda, en equilibrio entre los adoquines. Le señala con los ojos y sonríe. A diecisiete pasos ella le observa, lejos, sentada en las escaleras de la enorme plaza en la que él, cada miércoles, sopla desde el corazón su único motivo. En ese instante no le es necesario más que las notas, que aún, incomprensiblemente, se albergan intactas en su cerebro. Ni siquiera una vasija para soltar una moneda. Innecesaria. Las monedas desordenadas quedan olvidadas al final del espectáculo. Una silla, el tacto del metal en la yema de sus dedos, en la punta de la lengua y entre sus labios. Inspira, y entonces, durante diecisiete notas, Mateo aparece.

 Fotografía: Sefito

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4 comentarios en “La única pieza

    • Escuchar diecisiete veces a Van Morrison mientras escribes, disfrutar del Jazz de Charlie Parker mientras imaginas durante siete días este texto, y al final, aparecer Mateo. Todo merece un baile, y me gusta no bailar solo.
      Gracias, Leire, por compartir la música.

  1. Tú también soplas desde el corazón tu único motivo, Dani… Otro más. Otro relato hermoso, tierno,exquisito. Melódico y acompasado en la lectura. Dulce el sabor de boca que lo acompaña. Dibujado en bellas imágenes. Un relato vivido en la piel y en los sentidos. Una vez más, mis felicitaciones. Un abrazo, seis, nueve o diciesiete… =)

    • Gracias, Carmen.
      Siempre que soplo, intento que sea desde el corazón. Especialmente en la literatura. No sé hasta que punto se nota. Quizá dependerá del lector. De cómo lea o si lee.
      Mil gracias por disfrutar y por las palabras. En siete días intentamos una nueva melodía…
      Un abrazo!

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