La duda

El crucifijo con el Cristo sangrante y muerto le roza el pubis cada noche. Nunca le penetra. Le acaricia con lentitud y miedo. Sus dedos minuciosamente tallados y clavados en la madera le enredan. Le cosquillea entre los rizos. El negro siempre fue luto, y allí abajo, en la oscuridad pura de su vello, cree que muere cada noche un poco de su fe. La palmas de sus manos crucificadas le mojan. Le excita el gesto bajo las sábanas. Gime y reza. Gime y ruega. Gime. Gime y ora y olvida y vigila la manilla de la puerta. Desearía un cerrojo de metal que le aislara del miedo y le encerrara en la falsa libertad de su habitáculo. El único que hay en el cuarto sirve para cerrar las puertas interiores de la ventana. Fuera, viejas rejas ya sin un disparo de luz. Observa excitada la vela de su escritorio, junto al Antiguo Testamento, tan quieta como su respiración ahogada al morderse el labio inferior. Dientes contra dientes peleando por enmudecer la lágrima. El placer le hace sentir viva durante segundos. Muda para esconderse más del Señor. Siente calor. El clavo desnudo en la pared le grita, le culpa, y al llorar, deja caer el crucifijo de entre sus dedos. Oye como sudoroso resbala de su mano, y cuando lo suelta, golpea hasta en tres ocasiones en la vieja madera del suelo.

Huele  el pecado, regresa el insomnio y sólo puede recordarse en la cocina con el cuchillo desenfrenado golpeando como una metralleta la madera mientras la sexta zanahoria desaparece como pequeñas lunas llenas de zumo de naranja. Corta Lucía. Corta más rápido para que la cena, a las ocho, esté correcta, perfecta, ordenada sobre la mesa del enorme comedor, ante el silencio y la única regla de las nueve hermanas. Bendice estos alimentos. Repite el eco sus voces, el movimiento de los cubiertos y las sillas, una tos e incluso el susurro del aire respirado.

Lucía ora. Lucía canta. Lucía come. Lucía cree. Lucía duda.

Es de noche y empieza el día. Seis en el reloj gris digital de la mesilla de madera. 6.01 tras un parpadeo. Aún desnuda agradece la ausencia de un espejo. Necesita una ducha fría. La tendrá después, cuando concilie con Dios. Recoge su uniforme azul de una silla, sobre un cojín grana, y cubre ávida su cuerpo. Abre un cajón y busca ropa interior limpia. Antes, devuelve el crucifijo a su pared, y después, de rodillas sobre el hábito, cierra los ojos y ora. De nuevo disculpas. Quiere sentirse mejor; limpia; pura, perdonada. Quiere arrepentirse, pero no puede porque no lo entiende. Enfrente, recto, sujeto por el mismo clavo que anoche le acusó, ruega, y él, crucificado, ni siquiera un gesto. Pide olvido, pide una sonrisa y suplica no regresar, pero en ese instante da un sobresalto su corazón porque la puerta suena.

-¿Sor Lucía?

-Sí… -Se levanta y abre.

-Ya están todas preparadas para la oratoria.

-Perdone, hoy alguien me debió pegar a las sábanas, madre. -Sonríe y se apresura a hacer la cama.

-Otra vez… -Regaña.

-Pasé una noche infernal y no dormí bien.

-No mente al diablo como excusa y dese prisa.

-El verano, que parece que se cuela entre las piedras…

-Apure -interrumpe.

Sin despedirse, Sor Marisa camina por el pasillo con su andar corto pero veloz. Es siempre tan estricta y evita tanto la sonrisa que no comprende el amor que dice recibir de Dios. Lucía mira el reloj. 6.17. Se recoge el pelo, ordena su hábito y persigue su estela dejando abierta la puerta de la habitación. En la oscuridad de las escaleras estrechas que le llevan hacia sus hermanas pide ayuda al Señor. Su voz, tan grave y clara hace menos de un año, no ha vuelto a sonar. El silencio es mayor incluso al oír el golpe de sus pasos sobre el cemento.

 •

El pie derecho lo hundía suavemente como si lo metiera lentamente en un charco de barro. Lo hundió hasta que sintió la rodilla estirada por completo. La luz de una luna aún rota rompía la oscuridad del cristal. Aparecía tan grande, tan elevada, expectante, amarilla incluso, y quieta. Su luz escondía las estrellas. Ni una sola farola en la carretera. Tres curvas consecutivas y una vieja canción de Los Brincos en un disco recopilatorio que hizo con Tote antes de que le abandonara. Giró la ruleta que llevaba incorporado el volante y subió el volumen. Cantó a gritos, entrecerró los ojos y estranguló con fuerza sus manos a la conducción, como si así evitara caer a algún vacío. No observó que la aguja había dejado atrás la velocidad máxima permitida. En la curva no pudo corregir la inercia, y cuando dobló los brazos hacia la izquierda, levantó el pie y pisó con rabia el freno, el coche le escupió de la carretera. El aire, cuando volvió a estar quieto, dolía al respirar.

-¿Se encuentra…? ¡Dios!

-Me duelen los ojos.

-¡Ábrelos!

-No puedo… -Lloró.

-Todo va a ir bien.

-¿Todo?

Los cristales habían inundado de pequeñas gotas de sangre su cara. No había soltado el volante pese a que el choque casi lo había pegado a su pecho. Lucía recordó que debía llamar a su jefa porque tal vez mañana no podría ir a trabajar. También recordó el regalo de su hermana en el maletero. No lo podía olvidar. Recordó la sonrisa de Tote y sus palabras hacía apenas dos semanas. La palabra tiempo de su voz ensordecía todos los pensamientos. Oyéndole, tan banal después de tres años, lloró. Media hora después, alguien abrió con brío la puerta del coche y cortó el cinturón de seguridad.

 •

Rezar, cantar, el desayuno y una jornada de repostería en la cocina. Amasar le relaja. También hacer llover el azúcar sobre las galletas de canela. Lucía acaba de lavar las sábanas. Las cuelga junto a Marta. Luego las planchará. Las suyas bailan en la cuarta cuerda y la sombra de su pecado parece aún brillar sucio en el centro. Lucía observa el baile, y la sombra cobra vida y parece engordar. La sombra parece transformarse a cada golpe del viento, y como una animación de goma, la mancha se retuerce y engorda como un círculo vacío. Adelgaza como si la aplastaran y es una flecha. Y a la flecha le nacen cuatro puntas y parece una estrella; un crucifijo que curva hacia una sonrisa, una boca sensual, una lengua, una ola de mar rota por la blanca espuma, que vuela y es una nube, que el antojo del viento estira como una barba tupida, rizada y afilada hasta el ombligo. Levanta la mirada, y él, Dios, mirándole, insinuándosele, guiñándole un ojo, señalándole con la sonrisa, erecto, pidiéndole con el dedo índice que se acerque…

Sin mediar una sola palabra, abandona a Marta. Sostiene los párpados firmes para evitar llorar y camina por los pasillos hasta la capilla. Abre la puerta, se sienta, pide confesión y no duda en escupir lo sucedido.

-La masturbación es pecado.

-¿Cuánto?

-El pecado no tiene una escala de valores. Es pecado mortal. -Replica enfadada.

Hay un silencio entre Lucía y la madre Sor Clarisa. Ambas se saben. Ninguna parece querer nombrarse.

-¿Y nunca ha tenido curiosidad? -Arriesga Lucía.

-¿Por qué?

-Por el placer que genera nuestro cuerpo.

-No.

-¿Y por qué nos lo dio Dios?

-¡Sor Lucía!

-¡No lo entiendo! -Estalla-. Siento necesidad y me lo pide el cuerpo, también el corazón, que se me acelera… Me siento bien. El placer me hace sentirme viva, bien conmigo mismo. No hay pecado. Me quiero a mi misma y no le hago daño a nadie.

-¡Ofendes a Dios! ¡La masturbación es pecado mortal! –Prorrumpe sin llegar a levantar la voz- ¿Sabes lo que significa? ¿Sabes lo que significa? ¿No has aprendido nada en estos meses? Tu placer es orar a Dios. Lucía, viniste aquí para practicar la caridad, la justicia y la castidad.

-Sí.

-Has decepcionado a Dios -sentencia-. Reza y arrepiéntete.

-¿Y si vuelvo a caer en la tentación?

-Debemos hablar con la Madre Superiora.

-No, por favor…

Las lágrimas de Lucía empiezan a gemir como una tiritona. Hipa. Llora. Llora tanto que no puede escuchar a Clarisa, que regaña e insiste en tocar con los nudillos en la fina madera cuadriculada pidiéndole su atención. La penitencia no será válida sin un arrepentimiento perfecto. Lucía lo sabe y tiene un roto en su conciencia al no entender el motivo real de su pecado. Es esencial todo, la pureza para obtener el perdón del Señor.

 •

La habitación era tan pequeña que no supo cómo pudieron caber tantas cosas. Cosas que marcan al detalle su pasado. Cosas. Siempre adoró la palabra cosas porque creía que englobaba todo objeto inerte. Allí, en el suelo, existiría una cronología si alíneara todos los objetos. Tampoco supo cómo pudo vivir sin ahogarse antes entre tanto recuerdo. Ni siquiera supo cómo pudo dormir. De hecho, recordaba la forma de su cuerpo más tiempo en la silla de madera junto al ordenador que debajo de las sábanas. El insomnio; la red y la soledad. De pie, recordándose, abarcaba todas las cosas con una sola mirada circular a su alrededor. En cajas de plástico y cartón abiertas, quería que desaparecieran.

-¿Puedo?

-Todo.

Marta había llenado la mochila de música, algunos libros y comenzaba a mirar ropa.

-Esto lo compramos juntas, ¿no?

-Puede.

-¿Cómo te desharás de todo?

-Lo material será fácil.

Marta apenas medía un metro cuando se sentó por primera vez a su lado en el pupitre. Tantos años después, su mejor amiga tenía una relación estable de más de ocho años con Carlos, con el que vivía feliz desde hacía un año tras firmar la hipoteca de sus vidas. Lucía no asistiría a su boda.

-¿Qué te han dicho? -Preguntó mientras sujetaba una falda pegada a sus caderas y se movía de un lado a a otro ante el espejo.

-Mi padre sabe que hago lo correcto. Mi madre está convencida que es temporal.

-No lo es, ¿verdad?

-Dios no lo es. Nada lo es.

Marta soltó el vestido como si quemara cuando Lucía descubría en el espejo las marcas sangrantes que, como afiladas exclamaciones, le invadían la cara. Imborrables. Escondía tantas heridas en la piel, que no sabía verse desnuda. Bajó la mirada, y sin un murmullo, lloraron en un abrazo. El último.

Las reglas están para romperlas. Tote siempre lo decía. Y atreverse a hacerlo fue como partir una barra de pan crujiente con las dos manos. Inevitablemente caen migas; hay huellas; pistas. Con los pies sujetos a la acera mientras espera que los coches dejen de pasar a gran velocidad por el centro de la ciudad, no deja de empujarle la mirada atrás, a la puerta de madera ovalada en su final, a la piedra que la cierra, donde grabado, puede leer claramente en la oscuridad la primera palabra: Convento. Lucía no ha dicho adiós. Sólo ha hecho la maleta, y rendida, en silencio, observa el mundo diez meses después.

Tanto tiempo enclaustrada, y se siente bien. Ha estado muy cerca de Dios. Ha entendido a Dios. Ha respirado su fe; masticado y bebido. Lo ha tenido tan cerca, que sin verlo lo ha visto. Sin sentirle creyó su abrazo. Sin oír su voz, la escucha dulce y sin palabras. Sin embargo, ahora, en apenas un mes, él no habla. Está molesto. No responde sus plegarias. Tampoco sus dudas. Lucía siente que le ha ofendido y decepcionado y por eso el calla. Y no acepta que la voz de Dios esté ya escrita; que ellas sean el mensaje ineludible. Ni el castigo de rodillas sin un entendimiento. Todo sería muy sencillo si supiera realmente dónde habita el mal de sus actos; el pecado. Dios le dio su cuerpo. ¿Por qué no puede utilizarlo para sentirse bien consigo misma? ¿Cuál es el daño? ¿A quién?

Lucía no se ha movido. Sin tiempo en un reloj es un árbol impasible al escaso viento. Ni un solo paso. Apenas pasan coches, y sin embargo espera para cruzar. Observa sin mover la cabeza. Cae en las ventanas aún con las luces encendidas de las casas. Se cuela bajo las persianas bajadas, donde a oscuras ahora duerme su rutina. Hay tres personas junto a un semáforo. Ríen, hablan, cruzan y sus voces poco a poco desaparecen. Lucía no escucha. Incluso no entiende si escuchara. Entre sus dedos, la fuerza con la que sujetaba el asa de la pequeña bolsa se desliza. A veinte metros sus ojos se hipnotizan en una sombra que se mueve lenta y sinuosa. De pronto suaviza su paso, frena y se duplica. Inmovilizadas, frente a frente, con suma delicadeza vuelven a fundirse. De repente, alguien grita. Dos chicas corren y su fuerza desequilibra la calma de Lucía, que levanta los dedos y las suelas de sus zapatillas sin moverse de la baldosa. Ríen. Juegan. Les persiguen dos chicos jóvenes. Un coche, entonces ilumina la calzada, frena brusco. Chirría. Y en ese momento, Lucía sí dobla brusco su cuello hacia la izquierda. La chica rubia que corría aparece doblada y rota en la carretera. Se abren las puertas, hay un corro, hay gritos, palabras, histeria, reproches y lágrimas. Aterrada, Lucía ha soltado la bolsa, da un paso atrás y no evita llorar. Baja la mirada y devuelve sus ojos  afligidos a la puerta de madera ovalada. Mira al cielo y lee completo el nombre grabado sobre la piedra. Arrepentida, toca tres veces con sus nudillos. Después hunde el dedo en el timbre. Cinco minutos después, las bisagras ceden.

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8 comentarios en “La duda

  1. ‎”El crucifijo con el Cristo sangrante y muerto le roza el pubis cada noche. Nunca le penetra. Le acaricia con lentitud y miedo.”… uffff… que comienzo!!!….

    ¡¡¡Qué final!!! Como me gusta ensuciarme con tus palabras…

  2. La duda combatiendo cuerpo y mente en el placer de una mujer, que no ha dejado de ser mujer y por eso duda. Ella sola. La incomprensión, la balanza, el bien y el mal.
    Si es: “Amaos los unos a los otros.” Dios ¿Amar no es sentir?

    -Nunca dejamos de ser animales.- Susurra mi instinto…

    Encantada y reflexiva… Como siempre, gracias Daniel!

    ¡Felices vacaciones!

  3. Me he quedado como… no sé. Me cuesta. describir la sensación. El texto es exquisito, como siempre, rebosante de imágenes que se leen y se dibujan nítidas, transparentes, a los ojos del lector.
    Sorprende el argumento. Una duda razonable para quien no ha encontrado aún el camino a seguir.
    Un relato brillante. Un final mayúsculo antes de unas merecidas vacaciones.
    Genial, Dani. Te felicito. Un abrazo.

    • Fue un diálogo. Una conversación, y así, a veces, surgen las dudas y sobre qué escribir. Difícil. Un tema complejo, y quizá que pueda escocer. Delicado, tratado con calma, y con el final que quería dar.
      Gracias, Carmen, por leer, disfrutar, y seguir por aquí…
      Nos vemos en septiembre… (leemos)
      Un abrazo!!

  4. Con el amor… el deseo, con el deseo…la lujuría, y con los tres muy juntitos, amor, deseo, y lujuria, no hay espacio para Dios, ni para la culpa, ni para el remordimiento.

Seamos valientes

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