El vuelo

Nunca seré Rey. El cuervo de pluma elegante ni siquiera había graznado con un susurro que dibujara la sombra de su silueta. Había perdido mi corona y la orientación y la razón de la huida. Su pico negro y afilado se separó de su pareja, y le señaló mudo con la mirada y un breve giro de cabeza. Ella había preparado tortilla y troceado fruta fresca que había acompañado con dos copas de cristal vestidas por un vino blanco. Él aleteó rabioso, como si le hubiera mordido el árbol, y con un feo y sucio estallido despegó sus garras de la madera. Apenas necesité ver las piedras como una sola rueda tumbada elevándose en la hierba para que mi pierna de apoyo me ayudara a subir de un solo salto. Con el plumaje al sol, el púrpura deslumbró sus alas, que desenvainaron y amenazaron como dos espadas en cruz, tomando altura primero y lanzándose a ningún destino después. Al descalzarme me cegué, equilibré, y en mi burbuja los dedos de mi pie izquierdo fueron los únicos que rompieron el vacío al sostenerse en la roca. Sus afiladas plumas y sus cinco cuchillas como dedos arrastraron consigo al viento en veloces círculos incompletos. En el aire, con los ojos cerrados, siendo yo un ladrón del cielo, recordé la posición de Nerea, de rodillas sobre el mantel, en el suelo, con un tenedor de metal en la mano, perpleja ante mis palabras y mi único gesto. Graznó dos veces entre los árboles antes de que sus plumas cortaran mi nariz. Graznó tres, no escuché seis, pero sí siete. El zumbido me ahogó y mi equilibrio tambaleó como si la construcción de mi piel fuera un mero castillo de palillos a merced de un suspiro. Abrí los ojos. Los árboles parecían caerse uno tras otro, despacio, sin acercarse al suelo. Fichas iguales de dominó en busca de un imposible. La hierba parecía sonreír. Las flores empalmarse. Penes de colores en busca del sol; rojos, amarillos, violetas. Desordenado, el cielo empujaba y mi vuelo no tuvo ilusión. Volaba. En el aire, sin un solo milímetro de sujeción. Volar sin un mordisco de imaginación. Volar con los brazos abiertos en total descontrol y sin un solo pensamiento que mida cómo aterrizar. Volar. El bosque había desaparecido.

-Lo quiero blanco.

-Rojo.

-Es más limpio, César.

-Es más bonito, Nerea.

-¿Y verde?

-Verde es la hierba, verde es el té, verde es el moho, verde son mis ojos, verde es la botella de una cerveza. Pero, ¿sabes lo que no es verde?

-La mierda, cariño, la mierda no es verde.

-Rojo. –Insistí.

-Existe un té rojo.

-Y el corazón…

-La sangre te marea.

-Amo la fresa.

Mi sonrisa enrabietaba a Nerea, que seguía sujeta a la página 57 sin separar sus ojos de los míos. Mi sonrisa, victoriosa, era un sopapo seco y duro en la mejilla merecido que echaría el dolor de la impotencia como un vómito dejando así de morderle el pecho. Mi sonrisa, minúscula, trazando dos hoyuelos hondos, era irrompible. Nerea renunció y buscó la calle en el cristal.

-Entendido. Tú sabrás. Tú lo vas a pagar. –Sin levantar la mano de la página que señalaba el coche, dio vueltas innecesarias con la cucharilla a apenas un dedo de su café e insinuó- Te arrepentirás.

-No creo.

Volví a pisarme la punta de la zapatilla derecha con el talón de la suela izquierda. A media mañana siempre me brotaba un horrible picor en el empeine. Bebí más refresco y me pasé la palma de la mano por mi cabeza calva, desde la frente hasta la nuca.

-Mañana tenemos que ir a mirar tus zapatos.

 -Lo sé.

-Quiero que te queden perfectos –dijo sin mirarme-, que los arreglen bien. ¿Lo harán, verdad? Yo también conozco, mi madre conoce, un zapatero fabuloso…

-Tranquila –interrumpí-, ese día seré como un maldito pájaro, expandiré las alas y volaré raso hasta tus perfectos pies. No notarás uno solo de mis pasos.

-Imbécil. –Volvió sus ojos a los míos.

-¿De verdad que te gusta más el blanco? –Pregunté.

-Sí.

Terminé el refresco de un solo trago sin despegarme de sus ojos. Nerea no sabía pestañear cuando le miraba. Allí, dos, como troncos, marrones, equilibrados, redondos, quietos, enormes, suspendidos, voladores, sonrientes e ilusionados. Caían sólo un segundo para ver la página en la que aparecía aparcado el monovolumen blanco. Posé mi mano sobre su mano con delicadeza, como tras un suave vuelo, escondiendo las garras y aferrando mis plumas a las suyas. La inercia, lentamente nos deslizó hasta despegarnos de la revista. Abrazados los dos a los dedos, sobre tierra de madera, cerré el papel. Sellé un beso y sonreí una posibilidad.

-Lo vemos.

 •

Mi cuerpo dejó de volar. Quieto, como un huevo roto en el suelo que expira entre las zapatillas rosas de unos pies masculinos. Inevitable yema y clara deslizándose entre tres azulejos; perdiéndose. El calor de mi respiración era el único movimiento oscuro, y lenta, tal vez, sangre gateando sobre la piel. Caído de un cielo; mi cielo. Era un amasijo de cuerdas que no lograban desanudarse en la oscuridad. Confuso e imposible. Real. Era un minúsculo nudo de pulsera envejecido en la muñeca de un anciano. El último paso era cortar para romper el lazo; matar; morir.

Lejos, la luz del círculo gris del pozo como inicio y fin. Únicamente el trazo negro de su silueta afilada; satisfecha e inmóvil, sin alas y picuda. Aplastaban mi respiración las rocas ordenadas que, inquietas, simulaban giros a un solo palmo de mi nariz al ritmo pausado de mi cabeza de Let it Loose. La humedad no huele cuando el dolor parece atornillarte un clavo sin rosca en el iris de los ojos con un destornillador de estrella, manual, apretando con rabia para que la estantería de madera muera prieta en la pared; mi ceguera. Hundido, desorientado, nadie movía el charco que mojaba mis nalgas, quizá defecadas. Nadie enderezaba mi espalda curvada, tampoco cosían mi cabeza desnuda y ensangrentada, y sólo yo podía acunarme sin moverme doblando y cruzando mis codos hasta esconderme en un fuerte abrazo. Me había convertido en una minúscula letra c tumbada y acuchillada por una oxidada cedilla. Mi pierna izquierda, corta y herida de ira emergía firmada por un rotulador seco en el hueso rasgado que había roto mi espinilla. Quebrada la piel, parecía débil como un cigarro que los dedos parten; blanda como un churrito rojo de plastilina a merced de las inquietas e indecisas manos de un niño sentado en su mesa pequeña de niño, en su silla pequeña de niño. La sangre, incansable y oscura, insistía. La sangre no dolía, tan sólo aparecía. La derecha, mi pierna, larga e intacta, temblaba. La única luz se repetía junto al cuervo, a cinco metros de mi cielo, como una fotografía velada. Graznó una vez más, pero no voló.

No limé las uñas de mis manos y había picos al arañar un pellizco en mi espalda. Un pellizco para mi distracción y no llorar. El dolor pequeño es el placer de uno mayor. Escondí la mirada mientras se rayaban los dientes intentando así soportarme. Hundí mis manos en el barro y empujé mi peso hasta conseguir elevarlo; despegarlo. Quise utilizar mi único pie, mis dedos como garras, mis brazos como fuerza y la luz como esperanza. Deseé las alas, aquellas que de pequeño, papá, siempre me prometió comprar. Sin embargo, levantarme me mareó, me resbaló, me dolió y volví a caer. Inevitable romper los párpados cuando los repetidos intentos finalizan en un mismo fracaso, incrementan el dolor y oscurecen el camino. Escondido en mí, sentí la sensación de libertad a ras de mi cabeza cuando casi introduzco los ojos en mi ombligo. Sin embargo, cuando volví a vigilar, la luz seguía cobarde, gris y alta.  El hueso continuaba astillado a la altura de la rodilla bajo mis pantalones cortos. El agua del pozo bebía orín. El cielo únicamente era un folio en blanco. Y atrás, en el tiempo, pude ver mi letra en numerosas hojas escritas que se emborronaban con la humedad. Graznó, y está vez sí, voló. Al fin soledad.

 •

-César no pasará de curso.

-Imposible.

-Ha suspendido educación física, inglés y matemáticas.

-Será una broma.

-No, Marisa, no lo es.

-Pero perderá a todos sus compañeros.

-Así es. Pero tendrá otros nuevos. –La profesora me miró con una sonrisa forzada. Después, bajó el tono para dirigirse en exclusiva a mi madre- Marisa, su hijo perderá muchos compañeros a lo largo de su vida. Creo que debe aprender a superar cuanto antes todas esas barreras que nos pone la vida.

-¿Barreras? ¿Me habla en serio?

-¿Ve que esto sea un despacho de broma?

El sarcasmo encendió a mi madre, que recogió el bolso del respaldo de la silla y apretó mi mano. Ella me hizo daño pero yo no quise quejarme. Tenía miedo. Miedo a la palabra repetir. Miedo a las caras desconocidas, miedo a la soledad, miedo a sentirme pequeño, más lento, distinto, extraño, tonto, retrasado, insultado, abandonado. En aquel despacho, junto a mamá, no era miedo, sólo vergüenza. No dije una sola palabra.

-Dígame una sola cosa, por favor –dijo mamá.

-Sí.

-¿Cree a mi hijo capaz de aprobar educación física?

Los silencios siempre son las mejores respuestas. Recuerdo los rizos pequeños, de un negro azabache, inflados como un globo, perfectos sobre su cabeza, escondiéndose en el cajón de su derecha y buscando entre un archivador. No dijo nada. Volvió a dirigir sus ojos a aquel sobre amarillo con el logotipo del colegio grabado y lo empujo hasta mi madre. La profesora se levantó dando por finalizada la reunión. Vi como mamá movía la cabeza a izquierda y la derecha, como cuando papá llegaba tarde los sábados. Yo me levanté por el impulso de su brazo, y antes de abandonar el colegio, mamá dijo su última frase con contenida cólera.

-Este verano, tranquila, que le enseñaré a correr.

Salí arrastrado. Nadie hizo una despedida, ni siquiera gestual. Traté de concentrarme en seguir su paso enrabietado, pero ni siquiera a saltos. Ella abrió otra puerta que llevaba al pasillo principal del colegio y continuó. No miró atrás. Yo sí, pero la profesora no había salido de su despacho serio. Entonces, mis pasos desequilibrados perdieron el ritmo y al intentar saltar caí desprendiéndome de entre los dedos de mi madre. Ella se detuvo. Cuando me vio en el suelo, miró mis piernas con toda la lástima.

-¿Me enseñarás a correr? –Pregunté.

-A volar, cariño, a volar…

 •

-A veces eres estúpido.  –Pinchó el tenedor sobre el melón, sonrió y me señaló- ¡Abre la boca!

-No quiero más.

-¿Melón?

-Nada –respondí.

-César, cariño, no has comido fruta.

-Tal vez no me guste la fruta.

Nerea se desacomodó, procuró que su vestido no enseñara en exceso las piernas y entrecerró los ojos buceando en mis pensamientos. Se ahogó.

-He estado pensando… -Escondió mi trozo de melón entre sus dientes y clavó la vista en el nublado cielo.

-Dame un trozo de melón.

-En la boda creo que deberías esperar en el altar y que hiciéramos allí las fotos.

-¿Colgado en la cruz?

Mamá siempre decía que los silencios eran la mejor respuesta. Ella calló. A un solo palmo de mí, convirtió la distancia entre el meñique y el pulgar en infinito. Apenas tres centímetros. Suficientes. Demasiados. Tres era la medida que desigualaba las plantas de mis pies. Siempre me persiguió y sólo mamá me enseñó a escapar. Sin plumas, en lo alto de una silla, equilibrando con un solo pie y los brazos abiertos, inclinado como un avestruz mientras ella susurraba con una enorme sonrisa, “vuelas”. Cerrar los ojos y soñar, cerrar los ojos e imaginar, y olvidar y volar. Vuelo.

-¿Qué más no te gusta? –Irrumpió.

-No quieras saberlo, Nerea.

-Quiero, César.

-No me gusta la vida. –Descargué a gran velocidad como si las palabras quemaran en la boca.

-¿Nuestra vida?

-La tuya. –Azoté descontrolado-. No me gusta, tú, sí, tú boda. No me gustan tus tetas, pequeñas, no me gusta siempre encima, ni tu silencio, no me gusta el picnic, odio el picnic, la fruta, el melón y tu tenedor en mi boca. No me gusta desenvolver tus jerséis que regalas cada año para que sean mis jerséis, no me gusta reír sin risa en las películas que veo porque tú ríes, no me gusta la coca cola que bebo con tu café, no me gusta ser para aparentar una felicidad y esconderme de mí.

-¿Y qué te gusta? –Tartamudeó sin sostenerme la mirada.

-Quiero correr –dije sosegado-. Quiero mi pelo, mi coche rojo, mis libros, mi sexo, mi trabajo, mi libertad, mi independencia, mi vida. Quiero volar…

-¿En avión?

-A veces eres estúpida. –Levanté mi cuerpo del mantel, y sin tiempo para que dijera una palabra más busqué la oscuridad.

 •

Nerea me había desnudado una tarde para pintarme a lapicero. El cuaderno era demasiado pequeño para guardar aquel lienzo y no lograba esconder los vértices. Allí, en el pozo, lo recordaba; lo imaginaba sobre el escritorio iluminado por la luz de mi ventana. Fui su trazo y antojo. Mi vida era un dibujo.

Como cuando era niño, traté de desaparecerme apretando los párpados, colgando los brazos en el hombro, hundiendo la barbilla y dibujándome como una bola que rueda ladera abajo por un manto de nieve, haciéndose más grande, más y más, y mucho más hasta encontrar mi árbol, explotar, y como metralla, ser sólo polvo. Nerea hubiera deseado dibujar este dolor. Este fin. El viento nos había arrebatado mi último retrato.

Al abrir la mandíbula quise gritar, rogar auxilio, pero apenas había un halo de aire afónico en mi agonía. De pronto, mi voz, como un gemido recordó que la caída no había logrado desenroscarse lo ridículo de la corona amarilla de cartón, que con una goma, Nerea, por mi cumpleaños, había abrazado a mi barbilla. Cuando grité por tercera vez, observé que el agua del pozo había cambiado de color. Cuando respiré descubrí que lo había olvidado. Cuando busqué el cielo no supe abrir los ojos. Cuando oí una voz era idéntica a la mía. Enterrado en mi último vuelo. Nunca seré Rey.

Fotografía: Keri Pickett.

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4 comentarios en “El vuelo

  1. Hay muchos mensajes en este primer relato del curso ¿Por qué es tan difícil querer ser y que te dejen? O aceptarse y que te acepten tal cual. Querer hacer o no hacer, decir, pensar… Cada uno a su manera, sentirse libre… Hermosas descripciones que transforman las palabras en imágenes, en gestos. Me alegra tenerte de vuelta. Un gran relato, como siempre. Un abrazo!

    • Gracias Carmen por tus palabras.
      La vida está tan marcada que a veces nos olvidamos de nosotros mismos, de lo que realmente queremos. Nos olvidamos de volar… Independientemente del amor, de si te quieren o no, o si te dejan o les dejamos.
      A veces, las pequeñeces se nos hacen tan enormes, que olvidamos de vivir(nos)…
      Continuaré por aquí!!!

  2. Abrir los ojos y darnos cuenta que todo lo que nos pre-ocupa no debería ser todo lo que nos ocupa. Ser conscientes de lo valioso que es el tiempo, ya no la vida. Los relojes que no usamos marcan nuestros días y cada tic tac taladra quejas repetidas en nuestra mente. Entretenemos la mirada con lo que nos gustaría, sin prestar atención lo que tenemos a un palmo y nos encanta. Un día, el más soleado, despertamos ciegos de un ojo, primero. Otro día, el menos pensado, el sol es opaco…

    Como es mi costumbre rescato unos renglones que me han fascinado:
    “No me gusta, tú, sí, tú boda. No me gustan tus tetas, pequeñas, no me gusta siempre encima, ni tu silencio, no me gusta el picnic, odio el picnic, la fruta, el melón y tu tenedor en mi boca. No me gusta desenvolver tus jerséis que regalas cada año para que sean mis jerséis, no me gusta reír sin risa en las películas que veo porque tú ríes, no me gusta la coca cola que bebo con tu café, no me gusta ser para aparentar una felicidad y esconderme de mí.”
    Este vuelo ha sido muy, pero que muy equilibrado.
    Gracias!!

    • A veces el tiempo está para dedicárselo y no pasarlo. A veces, nuestros días deben ser nuestros, no de otros. A veces, volar, aunque sea un segundo, es posible. Aunque sea el último segundo…
      Gracias, porque no sólo comentas, sino que le das un bastón a mi relato…

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