Los desnudos

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No tenía una gota de aire en su cerebro diez segundos antes de eyacular. Había atado a su cuello una bolsa de plástico con un cinturón de cuero. Prieto, muy prieto, para que ni una rendija le permitiera respirar. En la acera, mientras, decenas de pies desnudos acompañados de sus uñas desiguales caminaban sin utilizar el paso de cebra para evitar caer la mirada. La ciudad tenía una hermosa hora punta en el reloj de la única Iglesia. Él, de rodillas, seguía sintiendo la penetración. Dura en su ano, intensa y salvaje, como un azote que duele, pesa y desea. En dos minutos necesitaría oxígeno para sobrevivir. Allí, detrás, sucumbía, sacudía como viento inesperado. Las yemas de sus dedos enrabietadas a los adoquines, rogando, los ojos hinchados como si la punta del prepucio fuera una bomba de aire, y en frente, siluetas inquietas emborronadas por el vaho. Bajo el plástico blanco de una marca de supermercados, el zumbido de una avispa como falso silencio. El aguijón perdería su cuerpo. El pene apretó con rabia, arañó el intestino y las dos erecciones explotaron. Él eyaculó dentro. Él sobre un envoltorio de plástico que el viento había arrastrado lentamente hasta el epicentro de aquella posición sexual. Después, diez segundos después, murió.

-¿Qué va a ser?

-Dos tomates, una lechuga, esa grandecita, un pimiento rojo y uno verde, los dos hermosos, por favor.

Retiró el pene lentamente de su culo, con suavidad, introdujo los dedos en su lengua, salivó y lo lavó con húmedas caricias. Desenroscó el cinturón de su cuello con idéntica calma, enroscándolo y desenroscándolo como una serpiente, para acto seguido atarlo a su cintura desnuda. Escondió el glande, soltó con cuidado sus manos de la cadera de la víctima y la dejó reposada en el suelo, boca abajo, con el cuello doblado hacia la calzada, por donde no circulaba un solo coche. Levantó sus rodillas del suelo, recogió tres monedas y examinó el cuerpo exhausto, muerto, al fin, feliz, y pegado a su semen.

-¿Se va a quedar ahí?

-Manolo, siempre quedan ahí. –Caminó hasta el mostrador de la frutería, recogió su cartera de cuero, guardó el dinero y volvió a mirar el cuerpo desnudo sobre la acera- Luego pasan a recogerlo. ¿Me pones una copa de vino?

-No gustará a toda la clientela. ¿Tinto o blanco?

-Está hermoso… ¡Míralo! El espectáculo incluye el cadáver.

-¿Te pongo éste, por ejemplo? –Sujetaba un pimiento rojo de casi dos palmos, brillante, levemente arrugado y con un aroma breve que escondía su grandeza en el primer corte a cuchillo.

-¡Es perfecto! -Sonrió-. Y la botella de ayer.

Manolo era un frutero educado. Toño era un profesional. Manolo le permitía utilizar su calle porque amaba la penetración. Toño hacía su trabajo en su puesto por las propinas. Diez minutos después la compra. Manolo tenía la mejor fruta de la ciudad. Toño tenía un cinturón.

-Es precioso. –Tartamudeó.

-Único, diría yo… -Dijo acariciando la hebilla de plata.

-Amo ver sus cuellos retorciéndose, aullando…

-Es… -Detuvo la lengua entre los dientes al observar que escuchaban, se sentó, observó la copa ya entre sus dedos, la lamió, la mordió como una caricia, la escondió y pidió- Ponme también dos puerros y un calabacín.

-¿Estos dos, por ejemplo?

-Sí, perfecto. Al menos, como sano. –Recogió su pene con la mano y lo acarició con la otra.

-Comes.

El frutero los pesó. Toño abrió la pequeña cartera de cuero que continuaba en el mostrador, extrajo un solo billete diminuto sin cambio y recogió la bolsa de plástico. Manolo salió, le abrazó, le besó en los labios, chocaron los penes y se despidieron. Mientras terminaba la copa de vino, el sol apenas había iluminado la mitad de la acera y el cuerpo descansaba en idéntica posición.

-Debes quitarte los pantalones. ¡Ahora!

-¡No quiero! –Chilló.

-No puedes ir así.

-¿Cómo?

-¡Escondiéndote!

Ni siquiera había dado un sorbo que descubriera la línea seca del cola cao en el vaso de cristal. De un salto se había bajado de la silla de madera, sonaron las patas metálicas, y creyó que tras ella todo le protegería. Apenas tenía quince años y en el calendario de la cocina de su tío podía leer en letras rojas y mayúsculas, el mes de Septiembre. Quince era el número marcado. Necesitaban dinero y Toño ya era un hombre para seguir escondiéndose. Tampoco le permitirían sentarse en el pupitre. En aquella ciudad nadie calzaba un calcetín.

-Me dolerán los pies.

-Los primeros días –respondió con agilidad su tío-. Después aprenderás a caminar. Se harán fuertes.

-Es pequeña.

-Es normal, -rebatió con ternura-. Verás que las hay más pequeñas.

-¿Y por qué?

-Es dinero, hijo. Es comer, es vivir, es ser.

Pataleó cuando aprovechó el descuido y su tío le había cazado el tobillo izquierdo. Le descalzó una de las zapatillas blancas con velcro. La ira de Toño, que explotó a llorar, le hizo doblar la rodilla para proteger su otro pie calzado. El gesto de su tío atacó, él repelió, y la suela clavó el dibujo en su nariz. La sangre no esperó, el crujido fue una repetición que repicó de manera interminable y ensordecedora. El plano corto de los dos, a un palmo, mudos, mirándose, le asfixió. Las gotas mancharon sus nalgas y las baldosas. Toño, culpable, se desnudó.

El porro tenía una luz idéntica al sol que Marta había vuelto a evitar borrar del lienzo lacio, que de pie, sobrevivía sin una minúscula grieta blanca ya que rellenar. El lapicero cruzaba incontables líneas grises y el único color era un disparo grueso de color amarillo en el vértice derecho. Podía entreverse un cuerpo de silueta oscura con una sombra afilada rompiendo el eterno campo de trigo recortado. En lo alto, observaban sentados sobre tres fardos de paja. El cuadro terminado era una pequeña ventana. La noche ya guiñaba la mirada. Toño se masturbaba. Marta fumaba.

-Antes se vestían –Murmuró ella.

-¿Cuándo? –Hundió con fuerza la mano derecha bajo su ombligo y apretó los dientes.

-Después de hacerlo.

-¿Follar?

-El amor, cielo, el amor. Retén el motivo por el que tú y yo no… -Dio una calada y le buscó de reojo- Límpiate, anda.

-¿Y dónde crees que estará?

-La compraron.

-¿Quiénes?

-Los ricos.

-¿Gente con dinero?

-Gente que no vive, pero vive, que siente, pero no siente.

-¿Vestidos?

-Se desnudan para ducharse.

-¿Sólo?

Marta asintió con una sonrisa mientras cruzaba sus largas piernas. Sus hermosos pies esquivaron la ceniza y compartió el último tiro.

-Yo aún tengo –confesó él.

-¿Ropa?

Respiró con fuerza y vació la colilla. Toño se dejó caer por completo y chocó contra el cielo. La aspereza arañó su espalda. Marta no le imitó.

-No –respondió-, ropa, no.

-Tu cinturón… –Miró con desaprobación a su ombligo.

-Mi vida.

-No volvamos a la ciudad. -Pidió sin volver la cabeza.

-Lo hago porque la gente quiere morirse y quiere su instante de felicidad.

-¿Por qué?

-Están tristes.

-Vomito demasiado cuando pienso en ti. –Se sinceró mirándole-. No me gusta, no me gustas. Siendo más idénticos que nunca, el ser humano sigue buscando una distinción. Nos despojan, nos empobrecen, nos asemejan, nos imposibilitan, nos encarcelan, nos matan, nos liberan en cierta manera porque nos borran y nos olvidan, porque no tenemos nada y nada les recuerda, y pudiendo ser iguales, elegimos buscar de alguna manera ser más que otros. Nos aferramos a una posibilidad para creernos superiores y rozar con la yema de los dedos, aunque sea un instante, aunque supongan nuestros ahorros, la cima de la base de nuestra imposible pirámide. Sin escrúpulos. Dejar nuestra huella. Y tu distinción, cielo, es nuestra rendición.

-Nunca alcanzaremos la cima.

-Pero pese a todo, -respiró profundamente- en ocasiones adoro tu pene erecto.

-¿Quieres comértelo?

-Ahora no, gracias. -Marta se giró y comenzó a bajar de la torre- Volvamos a la ciudad.

-Se hace de noche.

-La mejor hora para caminar.

Empujó la puerta con delicadeza y crujió. Había aparecido una carta bajo la puerta y Toño aún tenía la marca de la madera sobre la que dormía en la mejilla. Sin echarse agua en la cara, abandonó las cuatro paredes exactas con su ventana tapiada en la que vivía. Habían escrito la palabra dinero. Marta hacía tres horas que trabajaba en el transporte de piedras.

Acariciaba la hebilla pegado a un piano mientras masticaba despacio el inicio de una zanahoria. No podía saltar sus horarios alimenticios. Al otro lado, fuera, llovía y nadie osaba caminar. Tampoco se levantaban muchas casas en aquella dirección. Dentro, una lámpara de pie iluminaba el salón, al fondo, una chimenea apagada junto a cuatro sillas. La existencia de muebles en una casa le recordó a un pasado, cuando papá y mamá, de la mano, todavía no habían saltado por el balcón sin decirle adiós. Sonrió. Toño sabía que el motivo de su presencia allí era su asfixia. Imaginó dinero. Muchos billetes. Un sofá y un televisor, una ventana, quizá una cama, agua corriente, tal vez electricidad. Planeó una mudanza. Imaginó carne, pescado, una botella, emborracharse y un cinturón de cuero nuevo sin los ojales rajados. De pie, la reunión fue demasiado rápida.

Las notas venían del techo, pero no hubo tiempo de identificar la canción. Nadie se había sentado al piano. Quieto, miró con suavidad alrededor y tampoco sospechó de las sombras alargadas en los azulejos. Nunca detectó una sola respiración. Únicamente, mientras su corazón lentamente aceleraba el paso hasta acompañar la estridente canción, notó frío en la espalda, como el metal de un estetoscopio en el pecho. Tiritó, y cuando quiso mirar atrás, los dedos le sujetaron con fuerza del cinturón a la altura de las caderas, y una mano escondida, negra, sin piel, le cubrió los labios. No pudo revolverse, y el crujido evidenció el corte certero a la altura de sus nalgas. Sufrió un empujón, giró sobre sí, y aún temblándole las rodillas, con la vista empapada, les vio. A los dos cuerpos negros les iluminaba la lámpara de pie. Apenas dos ojos oscuros les identificaban. De la mano de uno de ellos colgaba el cinturón roto y aún enganchado a la hebilla.  Lentamente caminaron hacia la derecha, sin un ruido ni una palabra, sin un murmullo, sin aliento; sin demostrar respirar. Una puerta tornó lentamente, pasó la luz, entraron ellos, y a idéntica velocidad regresó a su posición. Sin él, Toño, sintió estar desnudo.

Apenas quedaba semen en su escroto. La bolsa de plástico era seis pequeños pedazos rotos y estrangulados en aquel tejado. De rodillas, acariciaba su cuello herido, que repetía con distinto trazo los latigazos de los intentos efímeros. No logró detener su respiración, la eyaculación desaparecía, y apenas quedaba hambre en su estómago. Apenas encontraba una arruga como motivo, una sonrisa como mentira. Revolvió impotente su único pensamiento, donde todo era eco; oscuro. Y al decidir el último paso, no supo enmudecer la duda. El trazo de aquellas cuatro letras cegaba mientras equilibraba sobre la última barandilla del balcón de un edificio vacío. El viento insistía en bailar, y en aquel vaivén recordó a su tío mascullando, “tus pies serán tu calzado, tu piel, tu abrigo”. Una nube quiso llover y la brisa enmudeció. Toño enumeraba las plantas y supo que tal vez, si saltaba, sobrevivía, que tal vez si lo hacía en el minuto incorrecto, un cuerpo apresurado detenía el paso y acolchaba su caída. No supo el tiempo, porque desde aquella altura el reloj de la iglesia le daba la espalda. El sol había perdido altura hasta acercarse más de un palmo al tejado rojo de la acera de enfrente. Echó de menos la voz de Marta, y en el aire, con las lágrimas en los ojos abiertos, vio como sus padres despegaban los pies de la barandilla y caían desnudos. Una y otra vez, y otra vez, sin llegar a tocar el suelo, como si la imagen hubiera quedado atascada en su cerebro con sólo ese minúsculo fragmento. Sin ninguna distinción, se rindieron.

Los pies doblados balancearon, la cabeza quedó hundida, los párpados derrotados, y Toño, cansado, descendió. De rodillas, con la nariz en el final de una espiral de forja, sonrió. Marta, desnuda, aún esperaba en la ciudad. Era la mejor hora para caminar.

Fotografía: Daniel Diez Crespo

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12 comentarios en “Los desnudos

  1. Relato atrevido, excitante y “distinto”. Me encanta que provoques al lector con sexo explícito. Me encanta como llamas a las cosas por su nombre, sin pelos en la lengua, haciendo que el cuerpo tenga su reacción. Mi cuerpo te sigue leyendo.

    La primera escena es bestial, está claro. Es difícil imaginar la delicadeza que viene después. Sorprende esa calma en los diálogos, los detalles en cada plano, consigues que los colores huelan y suenen en solo trece palabras y en siete desnudas una ciudad…

    No es fácil quitarse toda la ropa y que los demás descubran lo que guardas dentro.
    Y cuando estás a punto de morir, guiña los ojos el sol y te recuerda que es la mejor hora para caminar… “Marta, desnuda, aún esperaba en la ciudad.”

    Una vez más, espectacular fotografía!!
    Gracias, Daniel.

    • Lo primero: GRACIAS. Uno de los relatos con más lecturas en menos tiempo, y el primer comentario escrito. Agradezco muchísimo la lectura silenciosa, pero tus palabras siempre escalan y van más allá. Valiente, expresas lo que te ha hecho sentir mi lectura, y eso me hace sentir muy, muy, pero que muy bien…
      Quizá la frase de mi blog ‘no vale mirar a otro lado’ es un claro ejemplo de que a veces la vida no tiene imágenes fáciles. Y sin embargo, el sexo es la excusa para contar un relato que quiero contar.
      Desnudos. ¿Y los vestidos?
      De nuevo, Sandra, Gracias!!

  2. Son las 8.30 de la mañana y me conecto antes de ir a clase, mientras tomo mi café con leche leo el correo y miro por aquí… es verdad que este es un relato diferente a los demás, esos que te dejan una sonrisilla en la boca. A mi muchas veces me gustaría escribir cosas que pienso y no me atrevo… bueno que me ha sorprendido pero me ha gustado 🙂

    • Gracias!!!
      Yo he madrugado un poco menos y son las 10.18 y voy a por mi segundo café.
      Me alegra saber la sonrisilla, y que pese a la sorpresa, te haya gustado.
      Espero verte pronto por aquí, porque las sonrisas, pese a ser gratis, tienen un alto precio.
      Un saludo!

  3. No puedo evitar releerlo hoy para convencerme de que elegirte es no dejar pasar esas “imágenes difíciles” que circulan también por la sordidez de mi otro mundo real, al cual no me asusta pertenecer.

    Quizá cruzas fronteras tan silenciosamente que eso resulta tremendamente adictivo, como te dije la primera vez que te leí. Fíjate que te imagino escribiendo mientras vas de escenario en escenario manteniendo el difícil equilibro sobre un alambre desgastado, como un funambulista. Y desnudo (de cuerpo y de lenguaje mascado).

    Ser tú mismo e ir más allá en la aventura de desenredar memorias y fotogramas es el desnudo más sincero y placentero que he podido encontrar últimamente.

    Hasta pronto..

    • Me quedo con estas palabras tuyas: “te imagino escribiendo mientras vas de escenario en escenario manteniendo el difícil equilibro sobre un alambre desgastado, como un funambulista.”
      Es un placer que encuentres sinceridad, y a mi mismo.
      Te espero en la próxima lectura!

  4. Me encanta morir eyaculando. Y hoy, veo que también tus personajes lo hacen. Me asusta la hebilla, esa que tanto se acaricia…. Pero, al mismo tiempo que te leo, acaricio la mía, e incluso me haces tocarme.
    Me gusta leerte. Pero, joder… ESTOY HARTO DE DECIRTE SIEMPRE LO MISMO… ¡qué poco original que soy!

    • Había una canción que decía que si pudiera elegir cómo morir, sería haciendo el amor y bebiendo tequila. Yo elegiría sin duda la primera. La segunda tendría mis dudas.
      Me gusta que provoque sensaciones, distintas, y que aunque creas que me comentas lo mismo, que no, espero que no siempre termines al leer con idéntica sensación. Intento, o eso quiero, no siempre lo consigo, crear distintas sensaciones.
      Mario, millones de gracias por tus palabras. Y tus mayúsculas también.
      Un abrazo!!

Seamos valientes

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