El círculo

Era un hombre gordo. De peso excesivo. Obeso, redondo, feo, lento, cansado, doloroso,  peludo y velludo. Era una respiración de curva incompleta; ni siquiera espiral; curva ahogada como una montaña, teta, culo, puente, arco, paraguas, cuesta, escalera, media luna, luz de la tierra, subir o bajar. Era asfixia en un solo paso, de pies abiertos, oblicuos al pisar, hundidos al caminar. Era exageradamente robusto. Su nariz chata y los ojos pequeños, estirados como un chicle de fresa decolorado. Iris diminutos y escondidos en la sospecha; negros. Era piel afeitada a diario bajo su pelo corto de apenas un dedo, y de un aroma intenso por una crema azul de después del afeitado que siempre Eva, la bella cajera, colocaba en la tercera balda de su único y mismo supermercado. Era rutina. Rutina su piel, rutina su mente, rutina lo existente; su existencia, e inexistente; inexistencia pendiente. Con un grosor en los pechos como dos de sus amigas; tetas. Ellos las tocaban, ellos le llamaban chico, ellas, nunca y decían Beni, mamá, hijo, papá, Benito, su hermano pequeño, delgado como un hueso, ágil, alto, rápido y guapo, Ey, tú, su jefe, Remírez, y tampoco tocaba. Respeto tal, que nunca hizo una voz al valor para corregir la vocal. Enrabietado mordía la escopeta de chocolate que disparaba su nuca cada mañana, y con un mordisco, sonreía deshaciendo la galleta en el paladar.

Era un hombre gordo. Obeso. Llamaba la atención en el bordillo de un paso de cebra, donde al caminar oscurecían sus pasos dos de las rayas sin necesidad de equilibrio. Calzaba un cuarenta y cinco y nunca hundía su zapato completo en un charco. Pese a la aparente cojera, eran iguales ambos pies. El izquierdo pesaba más, o lo advertía su rodilla. Era un hombre joven, y mientras le desabrochaban la camisa sólo pensaba en la deliciosa y breve tarta que, entre espirales de nata, un desierto de caramelo sobre el que apenas releyó su nombre escrito, y tres fresas como una flecha, ingirió en doce minutos. En su treinta y nueve cumpleaños le regalaron un vacío culpable en el plato. Nadie aplaudió. Nadie rechistó.

Beni era un ser humano en un cuerpo desconocido. Había olvidado su piel. No recordaba su mirada, ni sus cejas, ni las afiladas y oscuras pestañas. Tampoco las ojeras. Había olvidado el movimiento de su sonrisa, la curva alargada de sus orejas y el lunar enorme con dos pelos que no lograba el círculo perfecto junto el lado izquierdo de su barbilla. Beni desconocía su pelvis, sus rodillas o el trazo del empeine de sus pies. No hurgaba en su ombligo ni caía en el detalle de las uñas al cortar. Al frente, sin caer sobre sí, también evitaba una pausa para el detalle en cualquier espejo; ni cristales con reflejo. Vivía sin un paso en falso que le traicionara con los números de una báscula. Emborronaba su gesto ante cualquier fotografía que disparaban incansables ellas en noches abominables. Había acostumbrado su vida a la invisibilidad. Diecinueve años después de que Beni conectara la conciencia con su cuerpo, vivir era estar muerto. Entonces olvidó. Borró todo de sí. Ni siquiera la esfera diaria del reloj, las agujas que su madre tantas veces con el dedo índice le recordó diciendo, “Tu tiempo puede detenerse, pero la vida jamás”.

Beni tuvo un motivo; una ilusión, un sueño, un camino que querer recorrer. Aceptó incumplirlo. Aquella escena que preveía esconder su niñez en aquella habitación, manchó de lodo la piel de sus ojos y sonrojó hasta la nausea a su memoria. Desnudo, y como el desprecio de un vómito ácido y reciente entre los labios, en movimiento primero, después quieto, observador siempre, aborreció cada  milímetro de su piel. Persiguió desconocidos los paréntesis incompletos que se cruzaban en aquella barriga, sobre y bajo el ombligo y en las mejillas, en la barbilla, bajo el cuello, en las rodillas, en las nalgas y en la espalda, en el pecho y, de pronto, poco a poco, dentro, en el deseo. Mintió al sonreír. Logró empujar, al instante rodar, sentarse y quedarse un minuto de pie. Era un cuerpo a la vista sin verse a si mismo. Aquel talante diario sería el que le embaucaría en la invisibilidad perfecta.

-¿Bien?

-La muerte será un buen negocio para mi carpintero.

Benito moría sin una gota de aire entre los dientes. Moría sin perder una sola gota de sangre. El andén era un solo charco de viajeros, todos, exprimiendo el ahogo su alrededor. Los doce iniciales fueron catorce, y la asfixia celebraba su victoria cuando los participantes en el corro tocaron la veintena. Benito, en la inconsciencia, ponía las voces alrededor de una mesa, donde él, con aquella sonrisa satisfecha, apenada por el vacío del plato, chupaba sus dedos en busca de los últimos restos. No logró apagar la vela. Su último sombrero de cartón y pico con goma fue sellado a los treinta y nueve. Benito moría en el andén de una céntrica estación de la ciudad ante veintisiete pasajeros curiosos que ahogaban su cuerpo tumbado. Sus pies, a un metro ochenta de sus pensamientos, rompían el trazo de los ojos que aún, únicamente observaban el cuerpo. La boca abierta y quieta, la nariz chata, limpia y vacía, y ambas habían olvidado respirar.

-¡Desabrochen su camisa!

-¿Y si nos retiramos y le dejamos respirar?

-¡Retírense y déjenle aire!

-No respira.

-Buscar su teléfono…

-¿Tiene documentación?

-Este es el hijo de la Carmina.

-Está muy gordo.

-¿Habéis avisado en taquilla?

-Ya ha ido una chica…

-Se muere.

-Pobre.

-Su reloj es igual al de tu hermano, ¿ves?

-Dejarme paso, por favor. Y retírense.

-¿Se va a morir?

-Retírese, por favor. ¡Ábranse todos, por favor!

-Pobre Carmina.

-Demasiado gordo…

-¡Qué se alejen! No lo vuelvo a repetir.

El aire que nunca desapareció, tampoco regresó. Nadie intentó. Efímero, como todo, tal vez esfumó. Incompleto, y sin embargo, completo. Vacío, y aún lleno. El trazo curvado de la vida ya era invisible, como el paso del tiempo. De repente, silencio.

-¿Qué comerías si te dicen que vas a morir mañana?

-¿Morir?

-Sí. El fin. Cierras la tapa, fin de la historia y devuelves el libro. Ya no hay más.

-¡Joder, Beni! –Bebió café y dio una larga calada al cigarrillo negro.- ¿Un solo plato?

-¡No jodas, Mari! Todo. Puedes comer todo lo que desees. Es tu último día…

-Tendría el estómago cerrado.

-¡Venga ya!

-¿Tú podrías comer algo sabiendo que mañana mueres?

-Hasta el aire.

-Beni, asustas.

-No. Lo que pasa es que yo acepto mi problema. Vivo para la comida y por ella, Mari. No hago más por vivir que comer.

-Algo más querrás en la vida -reprendió.

-¿Yo? Mi vicio es comer. Mi rutina es vivir. Ya está. No necesito más. Y tú, Mari, tampoco. No te mientas. Todos giramos en torno a un pequeño círculo que coloreamos como niños adiestrados y sin salirnos mucho del trazo.

Aquellos ojos enfrentados eran tan cómplices en ciertos detalles como extraños. Mari era una mujer delgada, divorciada, de pechos voluminosos y altura escasa. Era guapa en la quietud de su cara; en dos ángulos; en un solo gesto. Sonreír sin ganas le afeaba, enfadarse la estropeaba, pensar con descaro le empeoraba, sospechar le arañaba. Una belleza puntual. Mari tenía una hija a medias con siete años recién cumplidos. Su único marido ya no era tal, y como hijo de puta había conseguido ante un juez robársela cada semana. Aquel hombre había propiciado que ella firmara un odio visceral e indefinido a todos, sin excepción ni oportunidad. La especie la marca un solo gen, creía, y los genes siempre se repiten.

-¿Cuál es el tuyo? O los tuyos… -Insistió Beni.

-No puedo decirte que el sexo, porque aunque en algún momento lo fue, hoy no lo recuerdo, y creo que no es algo que tú y yo podamos discutir, aunque a veces… -Pensó muda con una sola imagen ahogándole sin una sábana, terminó el café de un sorbo primero y un trago después, y lo posó temblorosa en el plato pequeño- Tal vez sea uno de los placeres más maravillosos de la vida, tal vez, Beni, pero yo prefiero no comer y no morir.

-Un plato de espagueti. Trocearía salchichas, prepararía una salsa densa de tomate, natural por supuesto, triturado a mano, y lo acompañaría con diminutos tacos de chorizo, cebolla, pimiento rojo y verde, orégano, y queso rallado que después fundiría en el horno. Ese sería mi primer plato.

-¿Luego más?

-Segundo y postre. –Sonrió y buscó con su barbilla en lo alto la imagen de su decisión.

La voz de Beni era simpatía. Mari amaba el hilo cansado, como enredado y desorientado de sus palabras. Era paz. Adoraba aquel silencio eterno en la escucha durante sus vomitadas densas y largas de palabras ordenadas cronológicamente en un mismo punto rojo de la diana. Mari había liberado su cuerpo sin desencadenar su mente. Y Beni, vacío, era una de sus visitas semanales. En él dinamitaba, y desde hacía días apenas quedaba mecha.

-Necesito tu ayuda, Beni.

-Luego carne. Una rodaja de solomillo de al menos tres dedos de altura, a la brasa, gorda, sangrienta, suave como la mantequilla, con un puñado generoso de patatas fritas, caseras por supuesto, lo que quiere decir, desiguales, pimiento rojo…

-¡Beni!

-¿Qué?

-Olvida la comida y dime, por favor…

Los dos se miraron a la espera el uno del otro. Mari imaginó a Beni comiendo el plato de espaguetis, enrollados como un ovillo al tenedor, ayudado por la cuchara y colgando de su boca mientras ansioso sorbía. Beni se imaginó también comiendo aquellos espaguetis, mordiéndolos y deshaciéndolos en una sola masa dentro de su boca, ingiriéndolos veloz para regresar al plato. La carne estaría lista en quince minutos.

-¿Me ayudarás?

-A muerte. –Guiñó un ojo y sintió un escalofrío al recordar la carne en el plato.

-¡Beni, Beni, Beni!

Ella había deslizado la palma de su mano con suavidad extrema por la cremallera sin que la hebilla se moviera ni abriera un solo diente. Sus pantalones marrones de lino tenían una arruga horizontal por la posición sentada y la altura del taburete.

-¡Beni, Beni, Beni!

Aquella mano de dedos largos, rugosos, gastados y anillados ni siquiera sentía el tacto de su pene, pero él, en aquellos calzoncillos de algodón prietos ya notaba la erección.

-¡Beni, Beni, Beni!

El asiento de base circular, acolchado bajo el cuero rojo giró. Ella abrió su rodilla sin tocar la de Beni, rozando la moqueta se deslizó, y con suavidad, la coló entre sus piernas. Él sujetaba su equilibrio, disimulaba su tembloroso gesto aferrándose al cristal de una ginebra, como quien no sabe nadar al borde de una piscina. Los hielos ni siquiera flotaban.

-¡Beni, Beni, Beni!

Bajo sus párpados había una línea azul repleta de diminutos destellos, como si brillara el mar. Ella dijo palabras, y él, seco, carraspeó. Dijo muchas palabras, más, todas suaves, una tras otra, sin que él, excitado, tuviera tiempo de elegir su respuesta. Sus manos inquietas continuaban caminando lentamente e incansables por las arrugas de su ropa.

-¡Beni, Beni, Beni!

Un número y dos frases. Dos números exactos. El golpe le cazó a Beni colocando los hielos que aún restaban dentro del cristal junto a su barbilla. Enfocó tras ella, donde Juanito, José y Manuel seguían repitiendo a coro su nombre. Reían. Levantaban una y otra vez la copa brindando la victoria inminente.

-¡Beni, Beni, Beni!

Era el momento. El instante perfecto. Aquellas luces escondidas en pequeños planetas de cristal rosa se repetían cada metro sobre la barra. Aquella melodía le recordaba a lo que sus padres pinchaban cada mañana en el salón. Tan suave, que la conversación en un susurro era de comprensión perfecta.

-¡Beni, Beni, Beni!

La mano femenina de dedos largos saltó la línea. Con fuerza, apretó el vacío del pantalón. Decepcionada, buscó y encontró. Los dos se miraron. Ella insistió con un silbido pegando sus labios al lóbulo de su oreja. Beni dio el último trago, y entonces, sí, despacio, tras una puerta verde, alta y gruesa, desapareció.

La obesidad le complicó deshacerse de los zapatos. Ella ayudó. En aquel taburete, su falda era tan corta, que Beni, desnudo, no le hubiera hecho falta más que coger su cintura, elevarla y buscar el hueco húmedo que finiquitara todo en quince segundos. Sin embargo, aceptó una habitación, el orden ya instaurado, un recuerdo que recordar, endulzado, perfecto, bonito. Todo, por cincuenta euros.

-¿Cómo quieres?

-Encima.

Ella cruzó el gesto pero no escupió las palabras. Ni siquiera desató el sujetador. Beni tampoco lo pidió. En calzoncillos estaba concentrado en que los nervios no desarmaran su erección.

-¿Te los quito?

-Puedo –dijo ávido bajando el algodón hasta sus tobillos, desanudándolos acto seguido del enredo de sus pies.

-Mejor yo encima. -Puso la palma de su mano en el pecho y el cuerpo de Beni cayó sobre la cama.

No tardó tres segundos en encajar las piezas una vez limpió con un paño su entrepierna. Desenrolló el preservativo como una cajera adiestrada que de un solo soplo abre una bolsa de plástico, apretó y comenzó. Su primera vez. Veinte, y aún, pese al mecánico gesto de ella, un minuto después mantenía el vigor de su figura en la batalla. Tal vez la distracción fue un error. Evitó sus ojos, evitó su ombligo, sus pechos escondidos, su cuello estirado, su mano presionando sobre el estómago, su pelo suelto meciendo, sus labios lamiendo. Tan excitado, que el juego terminaba en su disparo, y Beni, tentando el gatillo, quiso retrasarlo. Retiró la mirada definitivamente y buscó el cielo. Pero arriba hubo un fin. Benito Ramírez, a sus veinte años, gordo, obeso, enfermo, asqueroso, le chillaba su reflejo certero.  Estaba a punto de perder por completo su virginidad, y el espejo cubriendo el techo evidenció sin duda que aquel cuerpo era suyo. Cinco segundos después, Beni rompió el puzzle, ella quedó sobre la alfombra, y él, tras rodar, de pie y observándose desnudo como una sombra enorme sobre el cristal del lavabo. Aquella noche pagó y desapareció.

-Estás demasiado gordo, Beni.

-Hace un día fantástico. –Sonrió con rostro frío señalando la única nube tras la ventana- Me gustaría dar de comer a los patos.

-¿Por qué no haces algo?

-Me molestan los tubos en la nariz, tengo hambre, me duele el pecho y no creo que pueda caminar hasta el lago.

-¿Tus padres?

-Dos. Mi madre no quiere verme, fobia, y mi padre anda muy atareado y concentro en la elaboración de un barco de madera en miniatura.

-¿Me escuchas, Beni? ¡Qué hagas algo!

-¿Lo hiciste tú?

-Sí.

-Lo siento, Mari. Corrí mucho, pero no llegué a tiempo.

Ella pestañeó sin borrar sus ojos rojos y arrastró la silla. Beni mordió las sábanas con sus uñas descuidadas. Los dos parecían buscarse un beso a menos de un palmo, y sin embargo,  sólo era una confesión. Beni puso la pupila derecha en la puerta de entrada, ella las dos en la manilla.

-Está muerto en el salón.

-¿Sola?

-Hubo mucha sangre.

-¿Limpiaste?

-Todo.

Los dos, como si hubieran robado una golosina al tendero, volvieron a distanciarse, sin cruzar la mirada. Obviaron silbar.

-Comería un plato de espagueti.

-¿Qué es el círculo?

Beni trató de levantar su cuerpo, erguirlo hasta sentarlo, sin embargo, apenas lo subió tres dedos por encima de la almohada. Respiró profundamente, cogió el cuaderno de la mesilla con el título en la portada, lo puso en su pecho y lo colocó sobre sus piernas. Antes de escupir un milímetro de aire, habló.

-Mi vida. Todos nacemos, crecemos, vivimos y morimos, y en el camino dejamos un rastro, una huella. Mi huella, escasa, es redonda y la he escrito.

-¿El redondel?

-Exacto. Y me comía aquel plato de espaguetis.

-Pero aún estás vivo. Vivirás mucho más, Beni.

-He muerto hace tiempo. Tal vez, mi cuerpo lo haga en cuanto salgas por esa puerta.

Mari buscó la ironía en aquellas palabras. No encontró un gesto. Nada. Asustada, no quiso despegar las nalgas de la silla, sin embargo, lo hizo.

-Iré a por un plato enorme de espaguetis y un buen solomillo. ¿Aguantarás?

-Colorearé el final.

Ilustración: Keywordpictures.com

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4 comentarios en “El círculo

  1. Creo que es un relato muy significativo, ya sea Beni, ya sea gordura; llámalo equis. El caso es que a veces uno llega a tirar la toalla.
    Como siempre, me ha encantado, me ha emocionado, me ha estremecido.
    Tienes frases que bordas con el hilo más dorado: “En su treinta y nueve cumpleaños le regalaron un vacío culpable en el plato”. Y tantas otras…

    • Mario, es un relato, que en cierta manera, quiere darle una vuelta de tuerca al círculo de nuestras vidas. Como cuando era niño, a veces nos encerramos demasiado al patio de casa. Más allá de la calle que no podíamos cruzar, hay un mundo.
      Gracias por tus palabras, siempre, me dejan un maravilloso sabor de boca.

  2. Qué podría yo decir que no te haya dicho ya!!!??? Las descripciones son magistrales.La fluidez y sencillez de los diálogos hacen que desee que tus relatos sean novelas. No quisiera perder nunca de vista a los personajes que presentas cada semana. Se quedan ahí, en la memoria, en la retina de las imágenes que dibujas con palabras. Provocas y conmueves al lector. Te felicito. A seguir trabajando y mucha, mucha suerte en todo. Un abrazo!!!

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