El muro

Llovía. Era un diluvio intenso. Lluvia afilada. La cortina era agua e hilaba inquieta en un lento arqueo a merced del viento, como un solo lienzo en el que el pincel hubiera dibujado gotas con relieve y peso. Rompían con fuerza los charcos. La lluvia, sin embargo, sólo era un decorado. Lluvia que repetía su idéntico gesto sin descanso en un orden obligado; a capricho. Llover era esperado. En cambio, la pesadez aplastando lentamente su seco cabello, planchando el rizo, era una seña impropia. Era la respuesta al inconveniente. Sí, comenzaba a empaparse su sombrero, negro, con una flor violeta de la misma tela, sonriendo en un extremo; derecho; a ahogarse. El peso del agua lo desfiguraba, entristeciéndolo, y con él, su cabello, escondido, castaño y rizado. No supo mover los pies del suelo. Ni un solo dedo, que como hielo, helados, los diez permanecían prietos bajo la lana de los calcetines negros, como pobres hambrientos, y tensos, como intemperie de invierno. Llovía.

Inesperada detención. La suela sumergida en el charco le recordó con detalle el paseo de un oso lento y tranquilo, que de pronto, quieto y herido, analizaba sorprendido el mordisco en su tobillo. Preso entre los dientes de metal afilados que hundidos en el vello no lograban mostrar el reflejo de su gesto. La rutina interrumpida, detenida, mientras imaginaba la aparición imposible de innumerables y minúsculos desconocidos de cuarenta y siete centímetros, como su edad, que con prisa enroscaban la silueta de su cuerpo. Maniatada por un rollo de papel higiénico terso y perfecto, blanco, limpio, e increíblemente irrompible, o que nadie puede romper. Perpleja, ni siquiera las gotas que colgaban en el imperceptible balanceo de sus pestañas avanzaron un milímetro su posición. Nunca cayeron. El aire las secó.

En el camino encharcado aceptó la inexistente escapatoria de un presente eterno. Repitió las dos palabras y asfixió el miedo temblando en sus rodillas, las que, cubiertas por medias negras de algodón, asomaban bajo su abrigo. Presente eterno. Buscó su anillo del dedo anular, pero no quiso tocarlo. Deseó el movimiento; girarlo, estrangularlo, desorientarlo. Pensó. Atrás, impensable, o pensamiento irracional que no se realiza. Tampoco a un lado. Imposible adelante; sumamente difícil. Calculó como quien mide la sal en un puchero de agua hirviendo para tres platos exactos de pasta. Quizá hubiera un solo paso, corto, medido y lento. El otro medio, pendiente, sería veloz, descuidado y sin espacio. El ruido de las gotas continuaba saltando alegre sobre las botas de goma, verdes, quietas ante los nudillos que sin respuesta chocaban con insistencia sobre una puerta vieja de madera y roja. Dios aún duerme. Entonces sus ojos sospecharon, y las gotas de sus pestañas como gelatina temblaron, pero se aferraron, y el gris de las piedras dentro de sus ojos pareció debilitarse; el encuadre desenfocó. Levantó el brazo izquierdo y pegó la palma de la mano al final del camino. Empujó. Levantó el brazo derecho y pegó la palma de la mano al final del camino. Empujó. Levantó los dos talones de sus botas al mismo tiempo y pegó su peso al final del camino. Empujó. Llovía. Lluvia oblicua, como su posición. Quieta, tensa, detenida, como el muro, giró el anillo. No avanzó. Llovía.

 •

No podía ponerse las zapatillas rosas de tela con su puntera blanca de goma un domingo. Papá le cogió la mano, y al caminar le dolían los pies. No podía ponerse dos coletas sobre las orejas. Papá tenía las piernas largas y exageradamente rápidas. No podía sonreír al sentarse en el banco. Papá le juntaba las palmas de ambas manos con convicción. No podía tomar café y había cumplido doce. Papá le cogía del codo y la levantaba para ponerla de pie. Negros eran los zapatos como el vestido y las medias de algodón. Él siempre tuvo el pelo gris ante sus ojos y la piel de la cara demasiado arrugada. A ella le habían alisado el pelo hasta que le dolió durante hora y media la cabeza. En el salón su hermano tarareaba en la espera The tallest man of the Earth. Era la canción que los domingos sonaba en el salón. Único disco de cuarenta y cinco revoluciones con un solo single. Papá adoraba prensar el tabaco en la pipa en el sillón de la izquierda, junto a la ventana por la que cada mañana entraba la luz del sol. Llovió algún domingo, pero ella disfrutaba del olvido;  o cesación de la memoria que se tenía.

Aquella mañana, como cada domingo, deseó el nudo negro de la corbata delgada de Manuel, sin embargo, mamá le abrazó con una rebeca gris. Su voz era un aire incomprensible, que no sabía comprender. Mamá había señalado la tristeza de sus ojos con una sonrisa negra en los párpados. Quiso poner una mueca feliz cuando hizo un cuenco con sus pequeñas manos, pero papá le cruzó la mirada con un gesto severo de advertencia. El orden como apariencia. Lucía aún escuchaba una canción como bálsamo para su cabeza. Veía a papá inhalando la pipa sin una palabra. Imaginaba a mamá diciendo las palabras perdidas por la ausencia de entonación. Odiaba a Manuel, quieto, estudiando matemáticas en su habitación. Ella había bailado una canción en el silencio de la bañera durante diez minutos de la mañana. Aquella desordenada felicidad escondida. Y sin embargo, ahora, entonces, los cuatro figuradamente rezaban. Los cuatro comulgaron. Ella, tan niña, con el pan ácimo en la lengua, sólo quiso escupir y bailar sin música sobre el escenario, pero el hombre de la pared, inexplicablemente resucitado, se mostraba con gesto severo y afligido aún clavado a la madera.

No recordaba si era perfecto el orden de las tres cucharas soperas de plata, limpias y secas sobre la mesa de cristal. No recordaba la posición del mantel sobre la citada mesa de cristal rectangular de esquinas curvadas. Ni una arruga. Sonrío y asintió. Cena a las ocho y treinta minutos. El reloj de agujas tenía pilas nuevas y recordaba su vida sólo en los silencios. Los platos los había comprado su madre, en aquella tienda pequeña, oscura, donde un hombre encorvado y sonriente con apenas dos colmillos desgastados, lento y tembloroso, mostraba bajo una luz blanca cada pieza para demostrar su verdadero color. Cuando aceptó, él envolvió con sumo mimo toda la vajilla. En la espera apenas hubo una mueca y media frase entre ambas. Aquella fue la última vez que la vio de pie.

Plato hondo, plato llano. Cuchara siempre a la derecha, en la parte exterior, tenedor en la izquierda, y cuchillo, de pescado, a la derecha, interior. Los cubiertos rectos, de un solo color; metal. Servilletas blancas, de tela, dobladas en triángulo equilátero, sobre el plato. Las sillas recogidas, bajo la mesa. Dos velas, largas y delgadas ensombreciendo el espacio entre los platos. Él se sentaría en su extremo. Ella en el otro. Adrián en medio. No podrían tocarse las manos aunque las estiraran.

-Ha llamado Alberto.

-Quedan zanahorias naranjas sin una sola mancha. –Corrió a la nevera, abrió el cajón de abajo, cogió dos y sonrió sin mostrar un diente-. Aún perfectas, ¡mira!

-¿Por qué?

-La naturaleza, ¿no? Son más caras, pero tienen más sabor, y al cortar y servir, sobre el plato, el naranja tibio luce pulcro. –Caminó deprisa hasta acercarse a su marido, grabó en su mirada la posición de los cubiertos y regresó hasta la cena ordenada en un puchero y una cacerola baja, aún en los fuegos-. Llama a Adrián, por favor…

-¿Por qué? –Insistió pegado al marco de la puerta que unía cocina y comedor.

-Porque la cena, cariño, la cena ya está lista, y en esta casa se cena a las ocho y media. Adoro la puntualidad.

-Son y cuarto –interrumpió.

-Debe lavarse las manos.

Ella comenzó a desanudar el delantal atado a su espalda con pericia y discreción. Él no había movido un milímetro su posición bajo el marco de la puerta. Mirándose, no se tenían en cuenta. Como dos culos desnudos dormidos y pegados bajo las sábanas. Opuestos, o que se muestran completamente diferentes; enfrentados, pero distantes. . Él sí. Ella no, que doblaba el delantal apresurada, lo colgaba cuidadosa y observaba su anillo en el dedo anular. Lo giró dos veces, y repitió tres más. Lo paró en idéntica posición. Quería sumergirse, que no ahogarse, en la calma; mera manía, tal vez figurada como una especie de locura, caracterizada por delirio general, agitación y tendencia al furor; nervios; incomodidad. Una repetición más.

-¿Qué pasó, Lucía?

-Nada, cariño. Las manos siempre deben estar limpias antes de sentarse a la mesa.

-Esta mañana,  ¿qué pasó?

-Llovía.

-¿Y luego?

-Continuó lloviendo.

-¿Nada más?

-Llover puede ser todo.

-Aquí siempre llueve. Llueve cada día. No hablo del tiempo, Lucía. Hablo de por qué demonios no fuiste a trabajar. –Dio dos pasos hacia ella y se detuvo con los brazos cruzados a la altura del ombligo.

-Los domingos, cuando era pequeña, siempre salía el sol.

-Imposible. ¿Qué pasó? –Elevó la voz.

-He hecho un caldo delicioso. Puerro. A ti te encanta el puerro.

-¿Irás mañana?

-¿Has llamado a Adrián?

Leyó el tres sobre el lomo de un libro y sonrió. Tres con letra curva, ancha y fuerte. Tres son los miembros de su familia. Los tres son los únicos libros que también en línea recta se observan de pie en la estantería, sumando siete dedos exactos de distancia. Corrió la cortina y observó que los dos extremos quedaran pegados perfectos al fin de la ventana, que los dos, al unirse en medio, se cosieran pulcros, sin que uno quedara encima del otro. Encendió la lámpara de madera y sintió un pequeño dolor en la tripa. El libro que había tocado con la yema del dedo índice izquierdo detallaba con minuciosa la historia de una niña que al nacer tuvo tres piernas y sus padres jamás quisieron amputar aquella malformación, o anomalía en el desarrollo, especialmente cuando constituye un defecto estructural. Aprendió a caminar. A nadar y bailar.

-¿Qué haces, mamá?

-Leer. –Cerró el libro con suavidad y corrigió su posición en el sillón- ¿Hiciste los deberes?

-Todos. ¿Papá?

-Trabajando.

-¿Y tú?

-Mamá está enferma.

-¿Qué te pasa?

-Me duele el estómago. –Se puso de pie, colocó el libro en su posición y vigiló que nada estuviera fuera de su lugar-. Pero me curaré pronto.

-¿Tienes miedo?

-No. ¿Por qué lo dices?

-A mí me duele la tripa cuando tengo miedo.

-¿Cuándo has tenido miedo, hijo? –Dio dos pasos y dobló sus rodillas para acercarse a su mirada.

-¿Puedo ver la tele?

-Cuándo has tenido miedo te he preguntado…

Adrián hundió la mirada y musitó una respuesta que no repitió. Miró a su derecha y rogó.

-¿Puedo ver la tele?

-¿Me tienes miedo, hijo?

-A veces, un poco. –Susurró.

-No, hoy no hay tele. Juega.

-Me aburre.

-Aprende.

-¿El qué?

-A divertirte.

Adrián se mantuvo de pie con la barbilla disparando a la alfombra. Hizo un temblor con sus párpados buscando los ojos de su madre. Tenía reproches, tenía aspavientos, tenía quejas, tenía rabietas, tenía gestos en los labios, tenía dolores en el pecho, y sin embargo, sólo escondió sus manos en los bolsillos, dio media vuelta y caminó despacio hacia la habitación. Sus pasos no hicieron ruedo. Aquel gesto era un aprendizaje sobre el valor del silencio.

Giraba el anillo para medir la minúscula grieta que desde hacía dos semanas ensombrecía el metal. Había una fisura que tal vez marcaba un detalle. Un roto en una alianza que quizá, viendo correr descalzos a Adrián y a su amigo Ricardo, debiera replantear. Miró el reloj. La aguja pequeña estaba a escasos minutos de taponar el siete por completo. Debería detener el juego, abrir los libros, sentarlos sobre las sillas y preparar la cena. Sin embargo, no se movió. Tampoco había cena. Miró la mesa vacía del comedor y el cristal mostraba el suelo. Abrió el cajón y pasó suavemente la palma de su mano izquierda sobre las arrugas del mantel. Encontró una mancha. Clavó la mirada junto a la pared que quedaba al lado de la pequeña ventana de la cocina, y el calendario agonizaba, quieto y desorientado; dos meses atrás. Volvió a girar el anillo en dos ocasiones y leyó la carta. Su voz grave y rígida, e inesperada, pareció una vara abriéndole la piel de un solo latigazo.

-Habrás comprado.

-No.

-¿Por qué? –Sin pisar los azulejos de la cocina, aún vestía su traje, ya cansado, desanudado y desplanchado.

-No pude.

-¿Por qué?

-No pude.

-Lo oí.

-Lo dije.

Él inició el camino con velocidad hacia la nevera, la abrió y sostuvo la puerta con mirada desafiante. Ni siquiera miró al interior. Únicamente permitió que el frío y el vacío escaparan de la soledad.

-Me tomaba un zumo de naranja. –Dijo tras un silencio.

-¿Lo ves?

-¿El qué?

-El zumo.

-No.

-No lo hay.

-Agradezco la respuesta.

-Yo tu esfuerzo por observar.

Él cerró la puerta enrabietado. Tal fuerza, que tal vez la vejez no lo hubiera soportado. Era una maquina enchufada a la pared, era blanca, y cuando el eco aún resonó, el taxi amarillo se despegó del metal y explotó tras caer sobre una de las baldosas. Los dos se miraron, se retaron, como si escondieran un revolver.

-Lucía…

-¿Qué?

-Sólo es un muro.

-Es un camino.

-¿No saldrás nunca? Hay más.

-Perdona –corrigió-. Mi camino.

Llovía. Tres meses y todavía llovía. La lluvia era fina como una aguja que cosía botones de camisas para muñecas. Olvidó el dedal y la sangre al pinchar era un globo diminuto en la yema del pulgar. Recordar aquella herida mientras estremecida no podía mover un dedo del charco. Era domingo. Llovían espadas. Le dolían los ojos, que hacía demasiado tiempo apenas habían dejado de mirar. No podía cerrarlos para descansar. El cabello, desnudo, recogido por horquillas, comenzaba a gotear; peso pesado como plomo que tira de la piel. Lucía dio un paso hasta tener el muro a un solo palmo. Miró atrás y aún podía ver las huellas de sus pasos en el barro. Alejó el enfoque de sus ojos y distinguió la cortina medio abierta de su salón, una luz y el vacío. Estiró los dedos y no tocó la piedra. Desnudos, sus dedos, no echaban en falta el anillo  que desconocidos días atrás lo rompió el último giro impulsado por los empujones y los gritos.

Sobre el muro la naturaleza crecía enredándose en la piedra. Una raíz, que con el paso del tiempo había roto su origen para trepar, dividirse, distanciarse y trazar sus propios caminos.

Lucía recordó a Adrián, tan dormido, llorando, mirando tras la ventana del coche gritando sin saber que el cristal siempre ensordece el sonido. Le había abrazado cada noche sin evitar los sollozos. El muro, de pie, inesperado, levantado, no era el impedimento, y sin embargo, en su quietud de aquel domingo también llovía. La oportunidad como un chasqueo de dedos no siempre suena. Ahora o nunca. El tren, el paso, el salto, el vuelo; la decisión, el sí en la garganta que nunca estalla. Allí, aterrada, ahogada en el silencio de las gotas, el tiempo era un lugar que le desorientaba; el lugar ya no detallaba el tiempo. Ansiaba el vacío de la piedra, pero a un solo dedo chocaba.

Tiró la mirada al barro; los dos ojos, y observó la raíz que nacía allí entre dos flores amarillas y menudas hierbas; allí donde ella siempre iniciaba la continuidad del camino; suyo. Cuando dio otro paso no pudo, retrocedió, hundió los dedos de ambos pies en el charco herido por la lluvia incansable y ya no vio sus uñas descuidadas. Desenganchó las horquillas de su cabello, las dejó caer y la melena, con ellas, también decidió derrumbarse por su espalda. Rendida, dobló suavemente las rodillas hasta pegar las nalgas en la tierra mojada, limpió su cara de las gotas, lloró y paró de llover. Desapareció el ruido. La mano de los dedos vacíos que cayó en su hombro desnudo en algún instante era idéntica al tacto de él. Era él. Atrás le esperaban. En la equina del cielo, lejos, demasiado lejos aún, el viento barría una equina del techo de su habitación descubriendo un triángulo azul. Todo principio era un fin.

Fotografía: Daniel Diez Crespo

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