Adictos

La manilla era una estúpida serpiente de dieciocho colores distintos que se retorcía escapándose de mis dedos. El humo espeso ya no olía e impedía ver nuestros ojos enfrentados, y al balancear el mareo nos tocábamos con la punta de los zapatos. Negros los tuyos. Idénticos los míos. Mojados, como calcetines robados de una cuerda ajena tras la tormenta. Nos descubrimos al vernos los dedos; descalzos. Y en el oscuro reflejo de un solo color, únicamente escapaba mi nariz entre la jaula de pelo que encerraba mi rostro. Empapados. Agua era alcohol, fuera era dentro y seco era húmedo y nosotros. Temblamos la prisa como peligro o riesgo, y nos escondimos el uno del otro al retorcernos el cuello sin romperlo. Despegué la puerta cuando tú colgaste el peso de tus dedos en mi cintura, como dos rastrillos que arañan la tripa y tatúan un indescifrable te quiero junto al ombligo. Justo, como injusto el precio del dinero, en ese instante, cuando todos eran muchos y ya corrían por el pasillo contiguo a saltos pesados por cada uno de los peldaños de las escaleras, esnifamos cocaína de nuestras yemas de los dedos; yo la tuya, tú la mía. Lamer los granos nos hizo cuerdos. Olernos fue sexo. Tocarnos fue violento.

-Bebe.

-No más.

-El último.

-Nunca hay ese número. –Pegaste la boca del cristal a tus labios y con los ojos abiertos levantaste el cuello y la botella.

-Nunca fue un número ser último.

-No hay tiempo.

-¡Arriesgo! –Bebí.

-¡Corre! –Empujaste.

¡Cerramos! Dentro, tres paredes, una puerta y la tormenta de otoño fue una satisfacción cuando por la diminuta ventana del escondite, una olvidada cerradura, pegué la pupila de reojo y observé. Luces en la oscuridad como lunas duplicadas y borrosas, recordé. En los cinco azulejos libres, un lavabo, un espejo, una taza, una ducha, una ventana. Afuera, entre el ruido de los pasos, el viento era como un paño que limpiaba con calma el cielo. Los barrotes eran exclamaciones como salchichas disfrazadas de carbón. Los alicates intentaron ser nuestros dedos; Índice y anular, como tijeras rojas de un parvulario. Apretamos, pero eran ya azules por el hielo que escondido nos impedía respirar aire. Dentro, sin sabernos a salvo, empuñamos el blanco en los bolsillos y nos excitamos con sólo mirarnos. Un susto como respiro. Nos deseamos ajenos. No supimos esconder la única llave bajo la lengua y aún oía riesgo. Mordernos los labios hasta lograr encerrar nuestra boca era un gesto impensable porque los olvidamos bajo las sábanas. Di vueltas al cerrojo e imaginé al sol trazando veloz su camino por el cielo. Nunca terminé de cerrar para encerrarnos. La única idea era un pensamiento cobarde y también una mentira. Como la vida; la tuya y la mía. La única verdad, la muerte, y la escapatoria, la única, tal vez era transformarse en un delgado y compacto hilo de mierda y ahogarnos tras doblar la manilla de metal que desencadenaba la marea. Nadar por el agua como volar, pero sin respirar.

-Por ahí –Susurré.

-Como cuando quisiste comer cuatro galletas de una sola vez.

-¿No pude?

-Atascaron tu paladar como al que le colocan una manzana verde entre los dientes.

-¿Las tragué?

-Después de llorar, después de clavar mi dedo índice en la diana como una flecha y agrietar las galletas, después de masticar, después de…

-Bebe –Ordené.

-Antes, sopla hacia ti.

Clavé el orificio izquierdo de mi nariz en su pulgar derecho, clavé mi boca en sus dientes, clavó su orificio derecho de su nariz en mi pulgar izquierdo, clavé las uñas en ambas tapas, grité, aullé, arañé, pero jamás pudimos levantar un milímetro la libertad para contemplar las deliciosas vistas al agua sucia de una taza del váter. El fuego había apagado todas las luces. Los restos eran cenizas que no cayeron dentro del cenicero; recuerdos. Y enteros, enfrente, derechos, encendimos otro sueño.

-¿Me quieres?

-Tal vez ya no.

-¿Me comerás?

-Cuando tenga hambre y falten alimentos.

-Y yo a ti. –Sonreí.

En el silencio siempre había una niña que nunca aprendía a correr y golpeaba rabiosa todas  las puertas y lo intentaba con las notas de Stop, hey, what´s the sound. Yo no logré identificar la melodía y supuso otra contraseña equivocada. Supimos su edad porque ni siquiera de puntillas podía alcanzar con sus golpes nuestras caderas. La matamos tal vez. Decidí desatarme los cordones del codo, imitaste y descalzamos mis pies desde el talón despojándonos de tres pares de calcetines. Apenas tacto en las uñas ennegrecidas. Tampoco los dedos. Ni siquiera la mitad del empeine. El frío dolía como duelen a veces los ojos, que sin mirarlos, atraviesan oxidados el corazón. El color solía elegir púrpura cuando el ser humano moría. Me moría. Supe que sobrevivir era atreverme a deslizar mi cuerpo por el pasillo como un chico valiente que elige el tobogán rojo más cercano a la luna. Era la hora de cortar la muerte sonriendo en mis pies.

-¿Cuándo sucedió?

-Al encender el cigarrillo.

-Nos iremos lejos…

-Me iré –dijiste y apagaste el cigarrillo en la línea de mis párpados. -¿Duele?

-El amor me la pone dura.

-No quiero ahora.

-¿Antes de morir?

-Bebe –dijiste.

Recordé el silbido de un gato que no encontró jamás su cuarta pata y tampoco aprendió a cojear. Silbó porque al rozar su piel por el cristal el azar quiso que destrozara el orden de las gotas de agua. Su dibujo fue un oleaje lento en un punto concreto del mar. No lo diré. The man in me gritaste, y te perseguí y no corrimos, y a coro nos imitamos, y los dos nos hicimos eco, y aún sin nitidez en los ojos abrimos el grifo de agua fría para cantar entre delirios. Al terminar, la afonía dijo un silencio, y sólo, sólo, sólo, el agua. Desapareció el pétalo de metal como arena y no hubo manera de regresar al cierre; el inicio. El agua quizá era un brebaje que debíamos beber hasta reventar el escaparate de nuestras vidas; la piel. Beber hasta acabar. Lo intentamos, pero continuamos sedientos, insípidos e indescifrables con la boca de cristal balanceando entre nuestros dientes. El aguja nunca dejó de infiltrar mentiras y felicidad. Ensombrecidos, apenas supimos decir más.

-¿Y tú?

-¿Yo?

-Sí, tú.

-Yo.

El ruido era como una metralleta. Los disparos eran mudos, a un vacío que no encuentran gritos heridos. Chuparnos los dedos en blanco no nos ayudó a superar. Chuparnos nos mojó. Las paredes se inclinaron para abrazarnos como si fuera tela de un globo blanco de una fiesta de cumpleaños. Blandas, querían ahogarnos, compinchadas con pinchos, todo era fruto del deseo de amarnos. Imposible sin espacio. A nuestras espaldas, la ducha construía un pequeño muro de piedras rojas y negras, y el hielo, dentro, mostraba su gesto. No utilizaríamos su refugio para morir congelados.

Tú pegaste tus dedos a mis pies muertos. Por primera vez, el humo decidió abrirnos la ventana.

-¿Dejarán de caminar?

-Lo importante es caminar.

-No quiero matarlos a todos.

-¿Por qué?

-Por una fantasía. -Empecé a reír.

Habíamos olvidado el cuchillo. Habíamos olvidado la sierra que cortaba la leña en invierno. Habíamos olvidado el tirachinas que regalamos a una hija. Habíamos olvidado el tenedor y la cuchara. Habíamos olvidado servilletas y la fuerza que empleábamos en la cama. Habíamos olvidado respirar enfadados sin mirarnos. Habíamos olvidado la violencia al despertar. Habíamos olvidado el origen y el destino. Habíamos olvidado el final de la realidad.

-Corta –Te tendí las tijeras.

-¿Ahora?

-El final empieza por el principio.

-Bebe.

-¿Ahora?

-El final empieza por el principio. –Sonreíste.

El pelo era lluvia. El pelo eran gotas que aferraban la caída a la piel mojada de mi rostro. Mientras, los ojos no parpadeaban, y yo, adicto a lo imposible armaba nuestra debilidad con una cordillera de montañas idénticas. Las alineaba en el vaho de cristal con mi dedo meñique. Perfectas y diminutas, como el dibujo que un niño prepara con esmero para la profesora.

-Mataremos con este filo -dije.

-Desaparecerá del cristal con el frío.

-¿Más?

-Sí –rogué-. No quiero pelo.

-¿Seguro?

-Sopla –invité.

Abrí el bote tras retorcerlo con los dientes mientras limpiabas mi pulgar, lo disparé y me maté. El espejo era un crimen y pasta de dientes. Lo escondí en mi espalda y apreté hasta vaciarlo en la palma de mi mano. Fiero, la hundí en tu cara, y cuando yo despegué mi fuerza y despertó la sangre de tu nariz, tú clavaste las tijeras en mi cuello. Recordé una tostada con mermelada de frambuesa y mantequilla.

-¿Desayunamos?

-Dame tus dedos.

-¿Helados?

-Sabrosos.

El primer mordisco ensangrentó sus dientes y aulló mi voz. El primer mordisco fue un sabroso trozo de su nariz y chilló. El segundo mordisco desgarró mi rodilla y reí. El segundo mordisco hirió su barbilla y lloró. El tercer mordisco recortó el lóbulo izquierdo de mi oreja y gimoteé. El tercer mordisco despegó el párpado de su ojo izquierdo y carcajeó. Heridos, el cuarto mordisco nunca terminó.

-Bebe –musité con mis dientes entre sus pechos ensangrentados.

-No quiero –farfullaste con la piel de mis nalgas entre los labios.

-¿Adiós?

Aspiré su dedo pulgar derecho clavado en el orificio izquierdo de mi nariz. Aspiró mi pulgar izquierdo clavado en su orificio derecho de su nariz. Mordidos. Afuera, pasos. Afuera, disparos. Afuera gritos. Afuera niños. Afuera, adultos. Afuera, ancianos. Afuera, vida. Dentro, no hubo último.

Fotografía: Tomas Hawk

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8 comentarios en “Adictos

  1. Quise copiar una de las frases que te leo. Le tocó a ella por ser hermosa. Después llegó otra para ser la competencia. Y mientras sigo leyendo, otra. Y otra más, No puedo copiar todo el texto. Me acusarías de plagio. Pero entiendes que puedes ser robado. Está todo él plagado de hilos hermosos de esa prosa poética que dominas. A pesar de la carnaza. A pesar de la sangre. Hermoso. Te adoro.

    • Las drogas, un salto. Las drogas…
      Este relato que nació una mañana de desahucio de mí mismo y del alrededor y que apenas se escribió en media hora a golpe de tecla, necesitó dos semanas de reposo antes de volver a engancharme.
      Tus palabras, Mario, me halagan, pero sobre todo me hacen sonreír, porque independientemente de la interpretación que tuvieras del relato, sé que disfrutaste leyendo, y eso para mí, es todo un placer…

  2. Uff… es lo primero que se me escapa al leer(te). Sigues fiel a la magia de tus descripciones. Cada una que se lee, se dibuja más nítida que la anterior. Sigues, como siempre, erizando la piel del lector. Tus relatos son regalos para los sentidos. Enhorabuena, Dani. Un abrazo desde la distancia.

    • El verbo seguir me recordó a ausencia, a cuando escribes una carta a alguien y descubres que sigue siendo el mismo. El Uff es el significado más ambiguo del comentario, pero yo escribo sin dejar claras muchas cosas, así que interpreto el Uff con positividad…
      Gracias Carmen por tu tiempo, tu lectura, por disfrutar de las letras, y por tus palabras. Seguiré escribiendo fiel e infiel a mí.
      Un abrazo!

  3. ¿Quién dijo locura?

    Uno, no es un buen número para ninguna de las lecturas de tus relatos. Uno, se queda escaso y por eso “una” necesita más. Uno, despierta el ímpetu, pero la excitación entretiene la comprensión. Uno, sería meterte una onza de chocolate en la boca, masticarla y tragar.

    Me ha resultado curioso, que hayas escogido como escenario un lugar que habitualmente se usa para asear el cuerpo, un espacio en el que a la intimidad, en ocasiones, se le da mucho valor. Que lo hayas elegido como escondite y como refugio, confidente, de dos adictos. Me resulta paradójico, que dos personas huyan de un mundo, encerrándose en dos “realidades apartes” movidas con los hilos de un subconsciente que está estimulado y que aún, en tal estado, se palpe, consciente, tanto amor. Querer morir en compañía es vivir.
    Con medida serenidad, tus diálogos. Un placer que saboreo.
    En la fotografía, adicción.

    • Uno es soledad, dicen, y quizá leerme una sola vez fuera no acompañarme del todo. Interesante reflexión.
      El baño es un lugar claustrofóbico. Al menos, los últimos baños que utilizo, me invitan a salir enseguida, no a quedarme, y en mi cabeza, en mis letras, está ese espacio minúsculo, incómodo, que acrecienta sin lugar a dudas el mono de la adicción.
      Responder a la huida es más complejo. ¿Huir? ¿Acaso no huimos todos cada día de algo de manera inconsciente? ¿Se puede huir en compañía? Es como estar tú y yo en un mismo lugar y llevarnos idéntica impresión. Imposible. Quizá por eso dices lo de ‘realidades aparte’.
      Adoro tu frase: Querer morir en compañía es vivir. Si me dejas, la enmarco.
      Gracias por saborear(me).

      • Cuando una persona está bajo los efectos de una droga, la realidad que te rodea deja de ser real, inconscientemente la mente comienza a vivir otro mundo, en apariencia también real, por eso lo de “realidades apartes”.

        Te dejo todo.
        Gracias a ti, Daniel.

Seamos valientes

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