Tetas

Cortaba tetas como un carnicero dócil mortadela. Era perfecta ante el gris de sus ojos, enjaulados por la sombra de sus pestañas, afilados, descolgados de una razón. Era tersa, menuda, ordenada en lo alto del pecho, como una rama de un árbol que busca un rayo de sol. Era ligera, sin el peso que desequilibra los saltos de la cama. Era una pieza con el último número, veintitrés, el definitivo porque siempre hay un final, y soltar el cuchillo de entre sus dedos sería perder aquella hermosa silueta, hinchada como un globo rosa, redonda como un limón, ácida; excitada, con su lengua afilada dura como una tecla de piano. Y sujeta entre sus rugosos dedos, ella, la voz, su vida, gritaba sin una sola vocal rogando un nuevo beso, ansioso; doloroso. Y sin embargo, en aquel silencio como muchos, hubo que estarse quieto, como el hielo a la temperatura adecuada, y los dos, sin motivo, sonrieron, y la pelota, afuera, volvía a golpear en el muro como un reloj cansado, y el cuchillo, delgado como un hilo, escondido, pegaba a la nalga el frío que había arrebatado al invierno de aquella pequeña habitación.

-No te creo.

-Nadie lo hace -respondió Gabriela-. Pero es así. Es alto, muy alto, tan alto que pudiera verte el culo si bajara la mirada. Es fuerte, tanto que te doblaría como un papel hasta convertirte en la sombra de su uña más minúscula. Ojos enormes como el dolor de una bomba en un edificio en ruinas, barba densa como un bosque nevado, y pedalea, siempre pedalea suavemente en una bicicleta verde. Cada día aparca allí.

-¿Fuma?

-Sobre la bici.

-¿Y si llueve?

-Se moja el cigarrillo.

-¿Y la cabeza?

-Viste un sombrero, también verde.

Subí dos dientes la cremallera y coloqué la bufanda sobre mi barbilla. El moco de la nariz volvía a mojarme el bigote. No pude evitar un temblor que descolocó mis huesos. El gorro de lana me cubría las orejas, y de ellas, caían dos cordones de color azul oscuro como coletas de una niña de escuela. Vi el río inesperado que furioso se pegaba a la acera, violento, buscando un destino al final de la calle. Vi que mis botas repelían granizo mientras los dos, sin mirarnos, refugiados junto al muro, esperábamos.

-¿Hablarás con él? -Preguntó con el disimulo evidente de sus ojos vigilando mi rostro.

-Tal vez.

-Matar siempre es un buen argumento.

-No hubo muertes. –Puntualicé.

-Ni acusados. –Añadió.

-Extraño… -Torcí el cuello, pero no encontré sus ojos, que parecían atados a una cuerda imaginaria que atravesaba su frente- ¿Y por qué no tú?

-El miedo siempre es una buena excusa. –La respuesta llegó tras casi un minuto de silencio en el que ella imitó la muerte en su posición más recta sin un solo movimiento- Es mi regalo de Navidad.

-¿Allí? –Señalé levantando el brazo con la mano escondida en la manga del abrigo.

-Allí. Tras aquellas ventanas cuadradas, pequeñas, de madera azul, dónde el vaho choca con las gotas e impide adivinar el interior, donde si imaginas que puede haber nunca lo sabrás, porque sólo estar es un acierto. Allí, sí, allí está él. –Dijo sin desatar la mirada de aquel cielo gris e inquebrantable.

-Esta mañana la ciudad amaneció amarilla. El aire, las calles…

-¡Mira! -Señaló- ¡Llega!

Las luces, cuando los dos observamos cómo aquel hombre de envergadura sobredimensionada tomaba la curva con precaución bajo la lluvia, se encendieron como si alguien hubiera tropezado con una hilera de ordenadas fichas de dominó. Alguien tocó la primera, perdió el equilibrio, y la magia inundó el cielo de la ciudad. Verde, rojo, amarillo, blanco, algún azul. Hubo aplausos, y por alguna razón, a un mes, habíamos establecido que ya era Navidad. Gabriela me sonrió y yo no pude evitar sentir un escalofrío horrible, como si un cuchillo gateara lentamente desde mi garganta hasta el fin de mis testículos. Imaginé, que como una naranja,  mi cuerpo se partiría en dos. Quieto, esperé aquel evento. No sucedió. Segundos después, ella, sin mover los dientes perfectos de su sonrisa, me tendió un papel que guardé sin desdoblar y con suma velocidad en el bolsillo de mi abrigo.

Tetas. Su anómala colección. Alineadas, secas, aparecían muertas como espadas de plástico. Técnicamente disecadas. Se exhibían envasadas en el vacío de pequeñas bolsas de plástico que el ser humano habituaba utilizar para congelar trozos de zanahoria, ajo, cebolla o patata, rodajas de algún tipo de pescado o filetes de carne. Colgaban de la pared izquierda de su habitación, junto a la ventana, ordenadas como cuadros, mecheros, botellas vacías de cerveza, libros viejos postales o pañuelos de alguna colección. Sobre ellas, tres tubos de fluorescentes que las iluminaba.

Tetas. No teta. El singular le parecía un término feo que desfiguraba la imagen en su cabeza como un lienzo de Dalí, incomprensible en el pensamiento sencillo, pero hermoso… Y raro, extraño, él únicamente arrebataba un sólo pecho. Plural en el dicho, singular en el hecho. Incongruencias vitales del ser humano entre las palabras y las actuaciones. Tal como elegir un lavabo con dos grifos y sólo hundir sus sucias manos bajo el agua caliente. Sólo veía de un ojo; sólo creía en su Dios, sólo coleccionaba una teta, izquierda o derecha, aleatorio, como vivir o morir. Pero en la voz de su lengua, siempre tetas. Tetas como arte abstracto, como obsesión, como fumar pesadamente su cigarrillo sin repetir ante sus ojos la misma arruga densa del humo. Repetir la palabra muda o sonora era un gesto incansable. Mordía las cinco letras con rabia e ingería de un solo trago ansioso aquella blanda y sabrosa curva que, si pudiera, cosería con hilo de cobre entre sus dedos. Los hundía, los retorcía, y cuando el cuchillo quemaba en sus nalgas y la sombra larga y difusa del filo pegada a la piel de su pierna izquierda temblaba, cerraba los ojos y escuchaba, casi auscultaba, una a una las notas que emitían los gemidos. La única e idealizada melodía. Aquel estribillo inolvidable reía a carcajada como un velcro encarcelado en su cerebro.

-¿Cuántos años escondido?

-Ninguno. Quizá invisible. Nadie quiere ver de verdad.

-Los ciegos, sí… ¿Cuántos?

-Los suficientes -Respondió sin apenas mover la barba que escondía sus labios.

-¿Otra? -Sugerí.

-Sí, por favor.

No lograba mirarle como a un extraño. Cercano, demasiado, pese al gesto descorchado hacia otro lado; opuesto al mío. Calculaba el contacto, breve, como si caer sus pupilas en mis ojos le robara dinero. Su cabello blanco, rizado, escondiéndose del frío. Su piel doblada bajo sus ojos, en las mejillas, la frente. Su barba densa como una esponja hinchada por el agua y la espuma. Aquella altura me hizo pensar en una escalera de madera. Imaginé subirla descalzo, sentarme en el último eslabón, y como si del mar se tratara, sólo sentarme y contemplar. Sólo observar hasta encontrar que había detrás de aquellos ojos claros, fijos, enormes como un precipicio, lentos y limpios, sin un fugaz pestañeo veloz.

-¿Por qué?

-No lo sé. –Dijo tras sacar un billete de la cartera- El dinero tal vez.

-Para todo hay un por qué.

Detuvo el vaso con apenas los últimos tres dedos de cerveza a la altura del pecho y giró el cuello. –El gran error de los hombres, buscar explicaciones a todo lo que sucede. A veces uno no piensa los hechos, o las explicaciones no son razonables, o simplemente no hay motivos. Tú deseas. Eso es todo. ¿Todo es cerebral? Si todo tuviera explicación nadie creería en Dios.

-Hablamos de inteligencia.

-¡Cuidado! –En un gesto veloz cogió mi muñeca con fuerza y me acercó hacia él- Creer en Dios no es estúpido.

-¿No justificas tus hechos? –Insistí ligeramente nervioso.

-¿Los cambiará? –Soltó mi mano dócilmente, continuó levantando el vaso con la izquierda y bebió durante largos segundos hasta vaciarlo.

-Todo tiene un motivo. -Afirmé severo.

-Mientes, como miente quien cree que todo tiene una explicación.

-¿Cuántas?

-Las suficientes también. O las justas. No lo sé.

-No eres un tipo con muchos números. –Ironicé.

-Ochenta y tres –Dijo con voz ronca y una mueca que la hizo sonreír.

-¿Tu edad?

-Mi etiqueta. ¿No querías una? Los números son etiquetas que están para recordarnos.

-¿Y tú nombre? -Intenté.

El camarero apareció entonces con dos vasos pesados, negros, fríos, con una densa capa de nieve beige en la que uno podría dormir. Por primera vez aparté la mirada de él, que dirigía algunas palabras y dinero a aquel chico delgado, y me observé un instante a mí. Descubrí mis dedos de la mano derecha empuñados al viejo cuaderno, en una posición no habitual. El meñique aparecía despegado y el pulgar tenso como si quiera huir de la mano. Al otro lado, el hueco del bolígrafo entre el pulgar y el índice seguía intacto, sin embargo, éste seguía preso entre mis dientes sin escribir una sola letra.

-¿Cómo conociste a Gabriela?

Tosió, levantó el vaso e invitó a que brindáramos. Miraba a los ojos. Azules los suyos, casi grises, pequeños, alargados, fuertes. Golpeamos el cristal sin apenas ruidos y bebimos. Él, sobre el vaso, permanecía firme sobre mi mirada.

-Fue la última noche de un año. Una noche en blanco y negro -respondió buscando refugio en el cristal que daba a la calle.- Aquella noche hubo una canción que nunca olvido, y demasiadas luces, había trozos de papel en el suelo, una madera ruidosa y muchos zapatos limpios. Aquel día creo que me terminé. Sin duda me terminé. Me puse fin, y el deseo desapareció por otro deseo. ¿Tu motivo? Tal vez. ¿Crees en el amor? El amor es como una droga, si no la pruebas no sabes su efecto. Aquel día, aquel día… Sí, fue aquel día, sin existir, conocí a Gabriela.

Bebí, largo, tendido, como si todo fuera a desaparecer dentro de mí, y con el trago, también yo. Bebí hasta que el peso dolió en mi muñeca y el frío arañó mi garganta. Bebí con el puzzle infantil de sus palabras entre mis dedos, y al bajar el vaso, vi que mi bolígrafo había trazado una G en el papel, sólo una mayúscula G. La letra prendió la imagen que tantas veces Gabriela había descrito. La pregunta explotó sin un pensamiento previo.

-¿Por qué las guardas?

-Nunca, nunca -volvió la mirada hacia mí, por primera vez como un padre, y puso su pesada mano en mi hombro-, nunca entierres tu pasado.

Cuando cerró los ojos lo hizo sin una mínima presión. Era disfrazarse de sueño. El momento de despegar el trofeo de su víctima. Matar no era el verbo perfecto para aquella obsesión. Desnuda, tensa como un tendido eléctrico a punto de ser cortado; el cable de corriente eléctrica serpentearía veloz. Ella, respirando como una asfixia, él con los ojos desaparecidos para incrementar los sentidos, y sabiendo que aquella vez, ebria, última, no era su opción más bella. Cuando el gemido fue grito y sus dedos comenzaron a encharcarse, sintió la humedad entre sus piernas.

Mordió sus labios, y segundos antes de arrancárselos de un sólo mordisco, la sinfonía fue un estruendo, como una tormenta que ilumina el cielo. Histérica, todo su ruido fue al tiempo un completo silencio. Aquel cuerpo descontrolado era el zorro herido y desesperado que busca huir de las garras del cazador. La suavidad del cuchillo afilado levantando la piel fue una dulce y nítida secuencia a cámara lenta, en blanco y negro. Después todo fue sucio.

 •

Fumaba un fino cigarrillo blanco, largo, con sólo una arruga, y era la unión del papel. En lo alto de la ventana, colgaba las rodillas desnudas, sentando las nalgas en el alfeizar, posando los pies desnudos en las tejas, mirando el movimiento impreciso de las nubes, inquietas, a merced del viento. Miraba sin clavar la vista atrás, donde mi cuerpo desnudo seguía escondido bajo las sábanas. El tejado, negro, en el que el tiempo y la humedad había regalado un denso verdín. Viento, mucho viento, y sin embargo, su piel soportaba el frío sin una sola arruga. Era bella aquella espalda agrietada por el final de la melena. Mezcló el vaho con el humo de la nicotina y limpió la humedad de los ojos con la mano que sujetaba una pequeña caja de cerillas. No quiso volver la mirada atrás.

-¿Gabriela?

-Sí…

-Cogerás frío.

-Adoro el frío en la piel.

-Te verán los vecinos, llamarán a la policía, te encerrarán por loca…

-No me importa el pensamiento ajeno.

-Caerás.

-No me importa caer.

-¿Y la muerte?

-También tampoco. Adoro los cuerpos limpios y muertos, ordenados como pequeñas piezas de cerámica sobre las camas de metal. –Introdujo los dedos de ambas manos en su cabello y lo echó por encima de sus pechos mientras sostenía el cigarrillo entre los labios-. No entiendo por qué nos escondemos bajo tierra.

-Para olvidarnos.

-Horrible, ¿verdad? Olvidarnos de lo que durante toda una vida hemos llenado de recuerdos. Horrible. –Apagó el cigarrillo y se giró hacia mí.

-Nunca te cortaría una teta. –Disparé.

Nos miramos. Desnudos, en frente el uno del otro, como desconocidos que éramos, víctimas de una curiosidad, de una compañía, de horas de trabajo, de letras independientes, cercanas, distanciadas. No nos soltamos los ojos, como extraños, y sin embargo, recuerdos y ningún motivo. Tampoco explicación. Ser humanos. Era lo que éramos; seres humanos. Ella tenía en la mirada aquel gesto sucio del día después, cuando el café sólo tiene una taza, cuando la voz si no es sólo propia mata el silencio.

-¿Ni por dinero? -Susurró.

-Nunca.

-Mientes. -Caminó lentamente hacia mí, me cogió el codo, me besó la mejilla, sostuvo sus ojos un segundo, leyó su historia en mi cabeza, y después, sigilosa se fue a la cocina. Aquel gesto había llenado de palabras la habitación.

Fotografía: Oscar Manso

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2 comentarios en “Tetas

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