Feo

arbus2

Mi hijo es feo. Tampoco intento una solución. Él tampoco siente importancia. La educación temprana ayuda a obviar ser aparente. A veces. No existe lo absoluto. O no lo creo. Sí en Dios. No en el ser humano. La educación nunca debió olvidar que su camino adecuado es una vara torturando nudillos. Papá me partió el labio seis veces y dos la nariz. Aprendí a limpiarme la sangre. Silencié llorar y gemir. Un solo golpe enseña todas las palabras de una lección. Mi hijo es buen estudiante. Es un niño que no camina, salta. No sonríe, alarga su inconfundible mueca y levanta la ceja derecha. No habla, grita, le corrijo y susurra. Es desorden sentado, desorden de pie, desorden general, le azoto y endereza. Y mi obsesión no es que sea feo. O sí. Feo como fui yo o fue y es él. Mi hijo, sí, un niño feo, pero mi hijo. Feo como una pisada en el barro. Y aunque tan sucio sé que él es afortunado. Mucho. Me tiene a mí. Se tiene a sí mismo. Los feos olvidamos la piel para fortalecer el carácter. Es lo que endurece a las personas. La fealdad nos vuelve desconfiados, o como la piel del aguacate, rugosa, dura, y sólo dentro hay escondida una esperanza suave y sabrosa que engorda en la primera cucharada. Ser feo tiene solución en el olvido. Ser feo no tiene solución en la obsesión. Ser feo es una descripción subjetiva.

-¿Cuándo fue?

-Ayer -respondo-. Acércame dos azucarillos si eres tan amable.

-¿Y cómo fue?

-Increíble, cariño. Horrible, cariño.

-¿Y qué vas a hacer? -Insiste.

-Trabajar, ¿no me ves?

-Te veo horrible.

-Y yo, corazón, pero no vamos a despellejarnos tan temprano, ¿verdad?

-Claro que no, Amanda -Retiro el café de la máquina y miro atrás.

-¿Hay pelea hoy?

-Como cada lunes.

-Necesita un buen polvo, ¿no crees? -Insinúo.

-Yo sí que lo necesito.

-¡Y yo! -Exclamo en un susurro-. Lejos de nuestros maridos, ¿verdad, cariño?

-Con un hombre de verdad… -musita riendo.

-Viene. -Advierto.

Marcela camina. Es la primera. Miedo e inseguridad. Yo estoy de pie, girando el palo de madera tratando que el azúcar endulce por completo el café. Observo sus pasos. Los traza tan aprisa como si yo le hubiera empujado. Sus pequeños pies hinchados en aquellos zapatos verdes parecen tropezar constantemente, pero el café, pese al vaivén, no cae. Medias negras para esconder las piernas. La falda verde curva ahogada en su trasero. Sinceramente, sí, ella necesita un polvo; sexo, follar; que la jodan bien una y otra vez. Yo también. Y sinceramente, no lo tendrá. Yo tampoco. Ella no es fea, ha afeado. Treinta años, dos niños, ambos de aspecto indiferente, como ella, y su marido, un carpintero que tocó el techo de su intelectualidad en la adolescencia, de idéntica estatura escasa, con sobrepeso, y con el descuidado atuendo de la pobreza repetidos en unos vaqueros gastados, anchos y caídos en la cintura, y camisetas únicamente blancas y negras o grises. No son feos. Lo muestran.

Mi hijo es culpa de su padre, alto, delgado como el hilo de un cable de acero con perceptibles arrugas por tantas veces doblado. Su padre es como el sucio café de máquina; un remedio rápido. Su padre, como mi hijo, es aún rubio como un plátano deshilachado. Calza zapatos enormes para el equilibrio sin ensayar sus muecas en el espejo. Un solo gesto, y segundo y tercero si ingiere dos vasos de whisky caliente con una rodaja de limón. Me enamoró el sexo y el vacío a mi alrededor. El resultado era obvio. Su padre refleja un futuro, y cuando se persiguen hay un circuito surrealista en el parque con dos tiempos a idéntico color, y en la escapatoria, a veces cierro los ojos porque no quiero ver sus piernas desnudas, desteñidas coma la sepia, anoréxicas como una voz llorando su afonía, sujetas imposiblemente por unos huesos que recuerdan a los tres títeres felices de los domingos en una pequeña plaza a dos manzanas exactas de nuestra casa. Tan débiles, que las rodillas doblan a cada paso para amortiguar los saltos, pero dudo si volverán a enderezar. La imagino partirse como una rama seca. Y yo, a oscuras, paciente, oigo sus voces, pero sólo espero y deseo no escuchar que llegue el silencio tras un crac.

Mi hijo dolió. El dolor es como un roto en el corazón. El dolor es como una migraña. El dolor mental, sentimental y físico, recíprocos, cosidos como un vestido; tela, hilo y botones; como pelota, jugador y muro; golpeo y regresa. Mi hijo dolió. Duele. Dolerá. Dolió aún húmedo, enroscado a sí, sucio, arrugado, con los ojos pegados y difícilmente respirando entre mis brazos ya rendidos. No olvido el dolor en el ombligo. Hubo un alfiler agujereando la sien cuando él preguntó mi estado. Duele ante mis ojos, sin una sonrisa, con una agria voz, con otra pregunta de evidente respuesta. Dolerá porque crecerá. De ahí mi dolor como aprendizaje, como poder pedagógico. El dolor como recuerdo para evitar repetir errores. No arrinconé uno solo, porque al esconder nada desaparece, porque lo oculto sí existe. Grita tras la puerta, chilla desde el cajón, suplica en el desván y ciega en la oscuridad. Tal vez la herida no curada, únicamente taponada, paciente, espera su oportunidad. Y tampoco escapé de la culpa o el culpable; mi hijo; su padre. A él ni a nadie le preguntan. Nace y crece. Es un hecho. Feos, indiferentes y guapos. Sé que todo hubiera sido menos imperfecto si no fuera feo. Las palabras fluyen más sencillas y sinceras en la belleza. La mentira tartamudea. Yo he decidido ser sincera y arrancar cualquier etiqueta; las que yo tengo ya inevitables en mi cabeza. Creo en la sinceridad como educación. Y el golpe y en el espejo, enemigo, al que le enfrento. Matar o morir. Y  levanto su barbilla con una mano, sujeto recta su cabeza y elimino juicios como quien extirpa un grano. Elimino, elimino, elimino… Él no debe juzgar, debe aceptar, y sin embargo, sí es no como la duda.

-¿Cómo soy? -Preguntó aquella mañana.

-Como eres.

-¿Soy feo, mamá?

-Sí, hijo. ¿Importa?

-No lo sé. Creo…

-No. -Zanjé peinando con firmeza su flequillo y cogiéndole de los hombros para enderezar su tristeza- ¡A jugar, amor!

Erré. Yo oí la palabra con claridad en el aire y nadie, ni yo, le vio sostener la piedra. Sus ojos eran un foco en el círculo de la escena devorando al único espectador del teatro. Desnudos y gruesos, sus ojos miraban a tres pasos de su rival como si él fuera un trozo de piel, mero alimento que descuartizar con los dientes. Salvaje en el cruce de su dentadura. Excitándose y colérico agitó la respiración, y cuando escuchó la repetición con claridad y despeinó su brazo del cuerpo, hubo demasiada fuerza y la arrojó.

La gente fea debe ser importante. Es más sencillo. Los feos deben olvidarse de ser feos y en el poder hallan el entretenimiento. Hitler fue feo. Dios debe ser feo y expone a Jesús. Los feos apuestan por un carácter agresivo, firme, que no rompa su apariencia. Un huevo duro es feo. Ser feo es como lamer el coño a la persona que amas y oírte en el más absoluto silencio. Lo pienso, y no sé por qué pero aparece él, mi pequeño, y no logro oír armonía en su alegre voz. Tal vez fue una lección encontrar aquella piedra. ¿Para quién? Difícil respuesta. El mundo cada vez es más feo y no cesan de acumularse las preguntas sin respuesta; acertada al menos. Quiero reflexionar, pero ella viene.

-Oí lo de Joan.

-Vuelan… -ironicé- Estoy bien, gracias.

Duele su aliento con la excusa. Duele su voz, duele su pasividad, duelen los pelos negros y distantes y duros y nauseabundos que le cuelgan bajo la sonrisa. La barbilla sufre la asfixia de su cuello. El sobrepeso no es fealdad. La obesidad ocupa otra rama y diversos síntomas o indicios. Yo, sin juzgar mi evidente falta de belleza, yo tan larga, yo que procuro reflejar la delgadez como hermosura, hipócrita como tantos, me mido precisa en el espejo sin medir el gasto que desemboca en un mejor reflejo. Ella no. Ella toma una silla junto a mi escritorio y no  encuentro una posición para el lapicero entre mis dedos.  Clavarlo deshincharía su cuello y me liberaría de la incomodidad. También daría vida a mi blusa, blanca, fina como el aire, completamente abotonada.

El negro es el color de los feos. El negro es el color de lo mismo. El negro es invisible. El color de lo inseguro convertido en aparente seguridad. El color que desgasta el complejo hasta limarlo como apariencia de lo normal. Normal es negro. Anormal quizá es otro color aún pendiente de mezclar. Cada ser humano, sin duda, tiene su color. Nos educan para elegirlo ya en la infancia. Nos enseñan la palabra favorito. Elegir, siempre hay que elegir. Raro nunca será negro ni blanco. Nadie debería follar a oscuras.

-Lo haré en cinco minutos.

-No podemos retrasarnos esta semana, Amanda.

-Amanda nunca se retrasa, querida.

-¿Debo recordarte Manchester? –Amenaza mientras acerca su aliento sin un pestañeo.

-Innecesario –Giro el lapicero y desaparece de entre mis dedos.

Es injusto y desconfiado follar sin mirarse a los ojos. No hablo de un beso. El acto más íntimo  que podemos ofrecer, ¿lo escondemos? ¿Es injusto el sexo sólo como pensamiento? Mi primera vez fue en un trastero, luz apagada, él quince años, uno más que yo. No fue dolor, fue rabia. Cólera porque aquello que tanto amaba escociera y tuviera un aroma tan húmedo cercano a lo nauseabundo. No era sexo, era moho. Él me apretaba con ansia, me empujaba como alguien que come una tarta sin masticar, sólo por el deseo de engullir. Quise que parara, pero en aquel entonces opté porque terminara. No quería que aquello volviera a empezar, y para que no empezara, el único destino era finalizar. Y lo hizo.

Ella es fea. Las jefas son elevadamente feas. Los jefes elevadamente asquerosos. Ella es más fea que lo era mi hijo. He visto fotos en el despacho. Debió aprender a olvidarse. Fea como oír el ruido de un taladro rompiendo el ladrillo que después cubrirá de arenilla el rodapié, siempre tan difícil de limpiar. La tumba será su mejor hogar, si bien incinerar borra todos los detalles. El odio entre las dos incrementa crueldad y no necesito convencerme. Ni siquiera merece la oscuridad de la muerte, ni su traje negro, ni cuatro maderas, ni la tierra a puñados como despedida. Al menos morirá tal y como vive porque hablando no respira. Tal vez lo inhala como pez; lo imagino feo, rojo, corto y gordo. No le importa que no meta palabras, que simplemente asienta, porque ella tiene en su cabeza el rollo, y como un papel higiénico tira de él hasta el final. No necesita todo, pero le divierte tirar y tirar y tirar y tirar…

-¿Lo imprimiste?

-Ambas caras.

-¿Color?

-¿Color?

El gesto se endurece y por primera vez me toca. Su mano en el hombro. Siempre es el hombro, casi parte del brazo. Y entonces pienso en el pequeño porque fue la última parte de él que toqué anoche, y busco la hora de reojo en el teléfono, pero la pantalla es negra, negra como la oscuridad, como su ropa, como lo feo. No mirar su barbilla me despierta el hambre. Desaparece cuando la mano aprieta y me obliga a sostenerle la mirada. Allí, quietos, los pelos descuidados son monstruos negros afilados. Regresan horribles, tan enormes, y mutan y engordan como si mis ojos fueran dos lupas. No debe mirarse al sol fijamente durante más de tres segundos. Ella jamás lo hace al espejo. Y pienso, de mujer a mujer: ¡Quiérete un poco!

-¿Qué?

-Lo hago inmediatamente a color.

-No, Amanda, lo anterior.

-¿Fotocopias?

-En medio.

-Eh, eh… -Tartamudeo, – ¿Color? ¿Inmediatamente? ¿Lo hago?

-Quiérete un poco -farfulla con excesiva claridad y lentitud.

-¿Yo dije eso?

-Como me llamo Ángela.

-No lo recuerdo –niego sin escapatoria.

Ángela aprieta sus dedos en mi hombro. Más. Duele. No voy a mentir más. He aprendido. Negar lo evidente es mentir, inventar lo evidente es mentir doble. Cupo cumplido.

-A y cuarto sin falta –sentencia y me libera. Ella, gorda, torpe, coja, camina.

El sexo es lo único que ha mejorado mi vida. Recuerdo cuando Joan llegó a mí. Dicen que no es posible, o mera ilusión , pero sí, Joan llegó a mí la noche que su padre decidió hablarme en la cama. Es feo.  A Alfredo le encanta decir cositas como palabritas suavecitas que sonaran con musiquita y terminaran siempre en diminutivo. Decía coñito, pechitos, tetitas, pezoncitos, pollita, culito, besitos, mordisquitos, putita…

La reflexión aparece ya en casa cuando encuentro a su padre en la bañera. Mientras me desnudo, Joan aún corre en mi cabeza tras el chico de pantalones largos, azules eléctricos, feos, y aquellas zapatillas rojas tan nuevas. Levantaba mucho los pies al correr, y aquello sin duda le sentenció. Joan le cogió. Imagino la escena a cámara lenta, ambos corriendo, y sé que sobre un papel jamás hubiera podido trazar dos líneas entre ambos que dibujaran un pasillo recto. Joan siempre sacaba los pies hacia afuera para correr. Pese a la anomalía, mi hijo fue más rápido. Tengo la foto de ellos dos enfrentados como si me la hubieran pegado a un metro de los ojos. Demasiado color porque fue ayer, pero ya hoy es en blanco y negro. Ahí, quieto, exagerando en su rostro aquel gesto horrible que rechaza los guisantes. Y su juguete. Pensé que eran dos juguetes.

-¿No le viste?

-¿Dónde está? –Pregunto descalzándome.

-En el cuarto. ¿No le viste? –Repite.

-Claro que le vi.

-¿Entonces qué sucedió?

-Le fotografié.

-No, Amanda, no, eso no, joder. Hablo de la piedra.

-La piedra estaba en su mano derecha, quieta.

-¿La viste?

-No.

-No lo entiendo.

-Cierra los ojos –pedí.

-¿Qué?

-Cierra los ojos, ahora mismo, por favor.

-¿Así? –Obedeció también juntando los labios y cubriéndose de espuma hasta la barbilla.

-¿Qué llevo en mi muñeca izquierda?

El silencio es demasiado largo cuando uno no acepta la derrota. Mudo, sé que grita impotencia en cada rincón de su cerebro. El cerebro es feo. A veces no funciona bien. El cerebro ordena gestos inesperados. A veces, antes de los hechos, no enseña las consecuencias. Joan arrojó la piedra y le mató. Muertos no somos feos.

Fotografía: Diane Arbus

Anuncios

8 comentarios en “Feo

  1. I have been browsing online more than three hours today, yet I never found any interesting article like yours. It’s pretty worth enough for me. In my view, if all site owners and bloggers made good content as you did, the web will be a lot more useful than ever before.

  2. Interesante el modo en que dibujas tus personajes, esa sensación de existencia corroída, de búsqueda incesante en las zonas oscuras, de ritualidad apática, de contención violenta, de caos en ciernes. Creo que de algún modo todos llevamos piedras en la mano derecha.

    • Los personajes me gustan que muestren ese lado que a veces no se ve. El que está entre los cuatro paredes y no vemos.
      Feo es un relato doloroso; quizá difícil de aceptar por el lado maternal.
      Gracias, Yenys por tu opinión.
      Un saludo!!

Seamos valientes

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s