Arrepentidos

Unknown

No sabe matarlo. Lo tiene invisible dentro de sus ojos, negros, y sentada con las rodillas desnudas, tan juntas, en la silla del comedor, cada mañana estira los brazos, los sostiene en el aire, guiña un ojo y raya los dientes a izquierda y derecha afinando la puntería. Remuerde, pero el gatillo, gris, frío e invisible queda siempre quieto. Aprieta la bata con la mano libre a la altura de su ombligo y ladea la cabeza.

-¿Qué haces?

-Nada, mamá.

-¿Cómo que nada? –Le mira con gesto gélido apurando el café- ¿A quién apuntas?

-Al cristal, ¿no lo ves?

-Hija…

-¿Qué?

-Busca un trabajo. Por favor. –Sacude su delantal que le ata la cintura y caen migas- ¿Más café?

-No, gracias, mamá.

-Friega cuando termines, por favor.

Ella cree que no se olvida la voz de una madre. Agria e irrepetible. Y sin embargo, ya no la oye. Es una ausencia en la presencia diaria de una cocina. Examina la sombra de su espalda cada día. Retornar es como reciclar, volver a utilizar lo usado. Siempre quedan posos de lo anterior. Mira, piensa, no olvida, y tras la lluvia, él no habla y sí continúa intacto e idéntico con los pies descalzos y hundidos sobre la madera, entre libros, a veinte metros, girando el cuello y sosteniendo la sonrisa. Continúa intacto en el equilibrio de una escalera, buscando la estantería. Intacto en el gesto de piernas cruzadas sobre una silla. Intacto en los zapatos negros o la camisa de cuadros. Intacto mordiéndose los dedos. Ella mira, mira, mira, mira y mira. Nada más. En la alargada oscuridad sólo hay un diminuto grano de luz. Y en él, él. Tal vez borroso, delgado, gordo o idéntico. Quizá llueva demasiado o fuera siempre así. Afuera la oscuridad es sólo un poco de frío. Fuera o dentro, él nunca tirita. Y huele como la imaginación, a un recuerdo. A veces nada más viste una chaqueta fina de algodón. Ella cierra los ojos, y le ve y bebe café solo con sus dos cucharadas de azúcar. Suyas, no de ella. Vuelve a sujetar el lapicero en su mano derecha, aprieta las rodillas más, pero él logra colarse entre sus piernas como dueño de su invención. Le muerde y excita. Intenta desaparecer por el techo y siempre le caza en el suelo. El techo es eliminar de la cabeza un pensamiento. Todavía no sabe borrarlo. No puede matarlo. Hay mil pasajeros a su alrededor, pero ella los aparta maleducada a tercos empujones y bofetadas para no perderle de vista. Tiempo, mucho tiempo y no le crece el pelo. E inesperadamente aparecen restos en un bolsillo. La última nota escrita jamás leída.

Ella gasta. Le gasta. Le está gastando. Le ha gastado tanto, que la precisión del trazo es dibujo abstracto. Ella dibuja, le dibuja, le está dibujando, le ha dibujado tanto en cada una de las hojas en blanco de su cuaderno, que no ve los retratos repetidos de esas páginas impares que nunca alcanzan la realidad de su recuerdo. Hunde la cabeza mientras agita la muñeca que amordaza el lapicero. Necesita diecisiete minutos. Después, insatisfecha avanza, arranca y las anillas siempre desgarran un hilo de papel. Lo desenreda y lo arruga hasta ser un ovillo desapercibido sobre la mesa de madera. Y cuando sorbe más café y muerde sin hambre una tostada, le quiere mirar un poco más, pero de pronto, ha desaparecido. Tampoco es él en el papel. Siente la necesidad de llegar a un final como si al final todo volviera a empezar.

-¿Sigues aquí?

-No. Hace tiempo que me fui. –Responde a su madre volviendo a dibujar.

-¿Por qué te gusta la oscuridad?

-La oscuridad dibuja sombras.

-La luz dibuja las sombras.

-La una necesita de la otra.

-¿Cómo el amor? –Él sujetó el cuaderno de ella y lo levantó por encima de su cabeza para observar desde otra perspectiva, con otro mismo color.

-El amor nunca está compensado.

-¿Qué quieres decir?

-Uno siempre ama más que otro. El amor es un balancín. –Dijo ella.- Sería muy difícil que dos personas se amaran en idéntico porcentaje. Tal vez imposible.

-¿Quién ama más de nosotros dos?

Bajó el cuaderno con suavidad y lo deslizó con lentitud hasta el fondo de la mesa, donde terminaba el desayuno, a la sombra. No dio un segundo de tregua a su mirada. A la derecha, como una fotografía, inmóvil, escondía que respiraba, aunque parpadeaba un perceptible movimiento en su nariz. Viva y sentada con las rodillas juntas ataba sus dedos al asa de una taza roja. Él deslizó su mano bordeando la pata de madera hasta posar y escarbar entre sus muslos desnudos. Ella sostuvo el gesto helado e incrédula, limpiando a toda prisa la metralla de aquellas palabras. La caricia le derramó una sonrisa.

-¿Observaste tu tostada? –Desvió empujando el plato verde que la sostenía.

-No.

-La curva roja de la mermelada en las esquinas es preciosa.

-Estás loca.

-¿No te gusta?

-Amo tu locura más de lo que tú la mía. –Con la mano libre hundió la cucharilla de metal y rebañó hasta cubrirla por completo de frambuesa- ¿Puedo?

-Mi piel es tuya –invitó ella.

Elena ama dibujar. Elena dibuja; dibujaba. Elena sentía miedo de las agujas del reloj y ha leído Momo infinitas veces. Elena cree que el tiempo necesita de la lectura y ésta debe huir del tiempo. En realidad, piensa que el tiempo nunca es un reloj. No lo es. La persiana levanta a las once, pero la exactitud de nada sirve. El tiempo tampoco requiere un calendario. Horario de lunes a viernes, y sin embargo, el azar es inexplicable y ha sellado los mejores y peores instantes de su vida; todos. El tiempo de Elena es cualquier vida en cambio constante, y a veces, por mucho que desee, nadie es hielo eternamente. El fuego, aún sin agua, siempre se apaga.

Elena ama dibujar. Elena no sintió miedo cuando caminó sin mirar atrás. Y ahora, le aterra adelante.

En la ducha le gusta desempañar el cristal con los dedos como un rastrillo que marca un camino en la arena mojada de la playa. Encarcelada en el reflejo del espejo, sonríe porque le ha crecido el pelo. El tiempo una vez más. El tiempo es una edad. El tiempo es un número. El tiempo le duele entre los brazos al ser tan pesado en la soledad. Desorientada, no sabe qué paso dar; tampoco cuál intentar. Cuando escucha la canción recuerda la oscura y fría habitación a su lado, recuerda las sábanas arrugadas en los dos lados de la cama, recuerda la luz de sus ojos poco después de gritar; la luz al despertar; recuerda la voz como una carcajada solitaria en el salón antes de morder la esquina de una cena más, y recuerda sin explicación, amar. Elena no entiende qué y cómo fue. Sí sabe quién. Y cuando baila en la habitación sonríe al creer que la puerta espera escuchar el timbre una vez más.

Mientras el cabello ondea a una corta distancia del secador, cubriendo su cara, y sin necesidad de una rendija para mirar, sus ojos caen en aquel salón. No desaparece uno solo de  sus gestos en el sofá. Cruzaba las piernas, retiraba el pelo de la frente y no decía frases largas. Sujeto, verbo y adjetivo. Poco más. Sencillo. Luego él le miraba, olvidaba pestañear, abría los ojos hasta arrugar la frente, y sin el carraspeo que aclara la voz, lanzaba el cuchillo directo al corazón. El tacto de sus labios es el beso que no  despega de su vida.

Guarda los arcos de las uñas en las palmas de las manos como líneas de futuro. Tararea la misma canción mientras cae la niebla en la ciudad. Tararea la  canción mientras el sol rompe la oscuridad. Él expande mermelada con una cucharilla pequeña que limpia sobre el pan tostado mientras ronca el café a su espalda. Guarda el cuchillo porque tiene miedo al filo. Guarda las tijeras porque tiene miedo al corte. Ella guarda las palabras en el estómago, o entre los dientes, prietos, porque si las canta tiene miedo. Porque si chilla rompe la calma de su piel, erizada por el frío. El frío es un recuerdo. Dobla las rodillas, luego las endereza, y cuando están rectas, busca un calzado, ve que sus piernas vuelven a nacer con los mismos  calcetines blancos de líneas rojas y negras, gordos, perfectos para sus pies helados. Estúpidos gestos. Hechos no deshechos. Caminar de madrugada fue Diciembre y descalzarse fue sexo por primera vez.

El gato mueve la puerta de su pequeño despacho y roza el lomo con la caja de cartón. Dos veces. Lo hace a la altura de la línea blanca y diagonal que une cabeza y cola. Queda junto a sus zapatos y ni siquiera levanta la cabeza cuando ronca aquella voz.

-¿Cuánto?

-Dos euros.

-¿Y si me llevo dos?

-Tres.

 -¿Y cuatro?

-Cinco.

-¿Sólo?

El hombre sujeta un título de Virginia Woolf entre los dedos, y ha clavado la mirada en una edición de relatos de Lewis Carrol. La luz está evidenciando el polvo, y pese a estar a media luz, Tomas puede divisar la galaxia de motas sobrevolando su nariz.

-Aproveche entonces…

-¿Cuándo es el último día?

-Mañana. –responde con el tacto de un libro de bolsillo escondido en su mano, doblado como un catalejo.

-Once -dice.

-¿Once? -Pregunta.

-Mañana a las once –aclara el señor peinándose el bigote con los dedos.

-¿Cómo dice?

Señala al cristal donde el trazo de unos dedos ha roto el vaho. -Lea en la ventana.

Despertaron desnudos, mirándose a los ojos, afinando la idéntica canción. Cerca del techo  había una ventana por la que apenas entraba luz. Ella siempre quiso una casa con un amplio ventanal por el que mirar. Aquel viejo local olía a libro nuevo, a cartón, a papel, a pintura, a mediar, y tras las cortinas, enseñaba una calle peatonal. Cerradas, apenas podía vislumbrar un hilo vertical de la ciudad.

-¿Mirar qué?

-La luz que quiero dibujar -respondió ella-. Gris.

-¿Y a mí?

-Tú eres imposible.

-¿Tan feo soy?

-No quiero caricaturas del corazón.

Elena sonreía con tanta amplitud como lo eran sus pechos. Ella, joven, demasiado, idealizaba porque la vida no tambaleaba sin realidad. Él se escondió con prisa bajo sus calzoncillos, abotonó una camisa de cuadros rojos y azules y observó las ojeras en un espejo.

-¿A qué hora abres?

-A las once -dijo mientras de un salto ocultaba sus piernas en los pantalones.

-¿Qué hora es?

-El pan de molde caducará más tarde -respondió sarcástico.

-Es tarde, entonces.

-¿Qué harás?

-Compraré mantequilla, quiero alimentarte y darle forma a tu cara.

-Siempre fui triángulo.

-Te prefiero círculo.

-Te amaré cuadrado. Siempre.

-Rectángulo.

-Estás loca.

-Lo sabemos.

Elena echó la manta sobre su cabeza hasta desaparecer. Él agitó el cepillo de dientes y escupió espuma blanca y sangre en un habitáculo que sostenía el lavabo. en él un oxidado espejo junto a un retrete. Caminó hasta el mostrador y buscó el reloj. Las once.

Cruza las piernas sobre la silla y observa como la niebla cae. Apenas la ardilla mordiendo la manzana logra darle un trazo nítido a sus pupilas. Siempre fue una portada preciosa. Tampoco la chimenea, que es un ladrillo tras otro mezclando humo y frío. En el silencio sólo un diálogo: Si te grito no escuchas, si susurro no lo oyes. Gloria ha sentado sus nalgas en la hierba. Cierra el libro y no logra disfrutar del silencio.

Cuando enrosca su bufanda al cuello oye llover porque su madre ha dejado abierta la ventana de su habitación. Cuando sostiene la mano en el bolsillo del abrigo y tiene la nota, recuerda el vacío de dos años, recuerda decepciones, dinero, desesperación y miedo. Pasa el dedo por el aire y dibuja un anzuelo, el que jamás le ha despegado de él.

Cuando recoge la última caja, Tomas calcula el tiempo para vender cada uno de los libros. No ve posible leer cada uno de ellos. Le duele el hombro derecho y apenas queda tinta en el rotulador. Decir ‘Ya está’ mientras pasa la mano por el cálido lomo de Ray ha supuesto un eco tan atronador que debe cerrar los ojos, respirar el polvo de la oscuridad, toser y tener una excusa menos triste por la que llorar. Tiene un mensaje de un amigo en el teléfono. Son demasiadas cajas y la verdad nunca todo puede desaparecer.

El autobús tan temprano recorre demasiado rápido la ciudad. Quiere un caramelo. El bolso le ofrece dos. Naranja y fresa.

Tomas quiere levantar la persiana, pero hoy ha engordado. Siempre dijo que la cambiaría, pero continúa ensordeciendo con idéntico ruido. Es hora de poner incontables letras sobre dos metros cuadrados de acera y esperar. Atrás, oscuridad.

Quiere que las calles le arrastren y romper su lenta velocidad, pero debe caminar. Quiere que sus zapatos no le arañen el dedo meñique, pero ya escuece. Aquella tarde fue la última vez que le miró, y él le correspondió. Aquella vez.

La persiana sube sólo un metro; ahí choca. Debe coger un hierro de color cobre que guarda tras la puerta e utilizar el esfuerzo. Cuando quiere empujar con rabia se le cae de los dedos y el metal explota sobre el suelo. Allí, sus rodillas juntas, desnudas.

Los adoquines están temblando bajo sus pies, ella balancea como si pisara un colchón de aire inestable y siente la necesidad de sujetarse para evitar el desequilibrio.

-¿Elena?

-Sí. -Musita.

-¿Zapatos rojos?

-Sí –responde sin agacharse para encontrarse la mirada-. ¿Abres?

-Cierro –dice.

-Son las once de la mañana.

-Nadie lee. Nadie compra libros. Cierro. –Aclara.

-¿Levantas la persiana?

-¿Para qué?

-¿Vernos?

-Podré esperar. El pan de molde caduca después de dos años, ¿verdad?

Ella baja las manos y las coloca en la base de persiana. El gesto le sorprende, pero Tomas reacciona. Se tocan, y de inmediato, como calambre, huyen. Las manos huelen a ella, y en la pelea han acercado sus cuerpos. Él tiene fuerza, quizá más, menos o idéntica. Amagan, intentan, sostienen. Ella introduce la mano en el bolsillo de la chaqueta, la tiende y atraviesa.

-¿La explicación?

-La luz de mi oscuridad -confiesa-. ¿No vas a levantarla?

-Por última vez.

-Te echo de menos.

-Elena.

-¿Sí?

-Te eché de menos.

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7 comentarios en “Arrepentidos

    • Este comentario debería tener alguna relación con el relato. Entiendo que no. Discúlpame, pero la canción no la encajo, no lo veo y no me parece respetuoso con mi trabajo. Te podrá gustar o no el relato, pero no creo que este comentario lo necesite ‘Arrepentidos’.

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