Mirándome

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Demuestra lo que nunca podrías decirme, entonces, nos olvidaremos de las bragas que te cuelgan del dedo. Demuestra y cierra la puerta. Con el tiempo haremos olvido de los detalles. Vivir es observar y hace demasiado tiempo que tú y yo no nos prestamos atención. Ni tu dedo ni las bragas. Me vendes sexo gratuito que detesto. Lo he utilizado, pero hoy, cuando escribo el verbo complacer me doy completo asco. Tanto asco que pisoteo su significado. Torturas mi estómago y me repugnas hasta incitarme más allá del vómito, porque el vómito sólo es un dulce batido de vainilla con pajitas de colores. Lo digo porque alguien debe poner en voz alta un sentimiento, y tú, ahí, desnuda, sucia, eres la mujer cobarde que nunca quise. Te quise como el sonido que no tenía y necesitaba. Te quise como la compañía de mi soledad. Por ello te mato. Nos morimos, nos acercamos placenteramente a la muerte, lo enseña la piel, pero aún siendo tan tarde, estoy convencido de que hoy es la hora perfecta para partir en dos la soledad.

A mí me duelen las orejas, y al respirar, aún le echo de menos. Me duelen las orejas del frío, como las rodillas. Le observo y ensucias lo que yo sólo veo con cada uno de tus gestos, libres, hinchados de hipocresía, danzando con infinitas clases de sonrisa. Basta ya de inventar sonrisas para la misma rutina. Curaré la herida y podrás decirme adiós. Me gusta la palabra adiós porque es una despedida definitiva. En alto, con claridad, mirándote a los ojos como te estoy mirando, adiós es valor. Saldaremos la deuda. Mi dolor por tu dolor. No tengo miedo a la sangre que calienta los dedos. Limpiaré el rastro y ambos poco a poco estaremos curados. También borraremos una a una las  gotas de semen que se perdieron inertes en el interior de tu vagina. Si quieres, si necesitas, ahora que has perdido el equilibrio, las bragas y has tirado los brazos bajo tus pechos, antes de que el frío te esconda por completo, olvida y corre desnuda por la playa, porque sé que aún, si buscas, tropezarás con la desesperación. Anoche dejé la puerta abierta. La desesperación en ti es un hombre; te lo traduzco porque reconozco ese gesto de desaprobación y desavenencia. Perteneces a ese colectivo de  personas que necesitan compañía; cualquiera. Eliges el sexo opuesto sin medir ni valorar el contenido. Es importante quién comparte un desayuno a tu lado. Yo quiero que mi taza tenga todo el espacio en esta mesa. He mentido demasiado tiempo. A ti porque, no a mí, porque yo sabía mi mentira. Te he utilizado como al destornillador del vecino. Hoy lo devuelvo porque ya no necesito apretar tornillos. Tal vez continúen sueltos, sin embargo, no me preocupan. Y lo admito y me culpo, pero despertar dormido en el suelo, sobre la delicia y rugosa fría madera, lejos de mi colchón, en el que a gritos me buscabas, ha sido la inyección. Pongo la voz para cortar el veneno que descontrolado nos embriaga. Lo curaremos de camino hacia el final. No nos queda más que desesperar. Desesperados, solos, seremos sinceramente más felices. Tenernos el uno al otro no es suficiente, es mentirnos. Prefiero el café de cada mañana pensando que no hay nada detrás de mi ventana, y todo al observar el mar.

Me sobran tres dientes pero hace días que no cuento si queda dinero. Tres dientes como las tres últimas décadas a tu lado. Al respirar, siempre sucede todo al respirar. El sexo es respirar. Quiero un poco más de café. No. Quiero whisky. Quiero un vaso de cristal sin hielos para sentir que este frío rinde debilidad ante mi cuerpo. Es temprano, Mariana, lo sé, pero necesito beber para soportar que tú y yo estamos sentados aún aquí, quietos, estáticos, tan temprano, en silencio, muriéndonos, sin tocarnos. Dúchate y ponte ropa. Un vestido rojo alegrará otros ojos. También tus ojos, que aparecen cada vez más hinchados, y ya no sé si llueve demasiado o guardas toda la mierda que no te atreves a decir cuando despiertas cada mañana. No saldrá el sol. Asume que la vida, a esta altura, es un paseo hacia la oscuridad, y aquí te estoy tendiendo el último camino. Haz la maleta. ¿Escuchas? Las ratas arañan la madera. Al oírlas sé que sus uñas serán mejor compañía. Echo de menos su música. Prefiero las ratas, sí. Las ratas comiendo queso en esta mesa mientras disfruto de las arrugas de la cama deshecha. Deseo ser dueño de lo que observo. La crueldad no son más que palabras que tratan de ayudarte a disfrutar del odio. ¿Escuchas? Amo el ruido de la lavadora cuando es intermitencia. Hoy yo tenderé la ropa mojada. Vete.

-¿Quieres un cigarrillo?

-No -respondí-. Quiero que no te vayas.

-A veces un disparo requiere ser devuelto, por eso creo que debo irme.

-Si hablas de dolor, que te vayas será lo más doloroso de mi vida.

-Aún somos jóvenes.

-¿Más café?

-He pensado que deberé comprar un abrigo largo y caro. Dicen que allí hace demasiado frío.

-Dos mil trescientos cincuenta y cinco.

-¿Grados?

-Kilómetros.

-¿Exactos?

-Lo busqué y encontré en un libro. Los libros tienen toda la información que nunca podrías imaginar.

-¿Más café? -Preguntó.

-Prefiero un beso tuyo.

-Voy a por más café.

Sus pies descalzos sobre la madera sonaban como una orquesta afinada al milímetro. No necesitaba un director porque él era cada instrumento. Su forma de caminar regulaba la nota precisa de cada músico; el ritmo, el volumen, la fuerza y suavidad, la aparición y desaparición de la sinfonía; cuerda o viento, o ambos, y de pronto, quieto, en aquel silencio, ponía cada poro de mi piel como la de una gallina desplumada sobre la madera de un carnicero antes de ser cortada en dos. ¡Zas! Eyaculaba la erección desnuda sobre el bajo de la mesa y no necesitaba limpiar mientras me sujetaba al respaldo de aquella silla. Observaba su figura como un cuadro, un lienzo; un retrato; inmóvil y eterno. Respirar tan invisible era vivir el amor de mi vida.

-¿Leche?

-Una gota, o dos, no más.

-Hoy hace un día maravilloso para que camináramos hasta la ciudad.

-Llueve.

-La lluvia deja un sonido increíble bajo los zapatos.

Sujetó la cafetera y no me miró. Volcó despacio, como si alguien le estuviera vigilando y no quisiera hacer ruido. Cuando regresó con las dos tazas de metal, de idéntico color blanco, pude adivinar lo que no quise decirme. Sin embargo, el pensamiento siempre lo utilicé de manera incontrolada. Cuando le veía caminar pensaba en sexo. En nuestra forma de sujetarnos como dos animales peleándose, luchando por su jerarquía. Imaginé esa forma salvaje de penetrarnos, sin medir el daño, tan dentro que a veces el placer robaba espacio al dolor y  llorar era morir en dos aullidos, sumergidos y desorientados por la palabra orgasmo. Gritarnos y querer destrozar aquella sujeción que bailaba ruidosa sobre la almohada. Empujábamos aquellos hierros cruzados de la cama y los golpeábamos rabiosos contra la pared.  Presionábamos y azotábamos con el único deseo de que la pared cayera. Chillar, morder y arañarnos, apresarnos los labios como si nuestros dientes fueran trampas afiladas de metal que cazan osos, y corrernos, explotarnos hasta atar nuestros cuerpos sobre el colchón; exhaustos, sólo era necesario respirar.

Amar es tan grande, que mirándome, asumo que he vivido muerto tras aquel adiós. Adiós no quería que fuera una despedida definitiva. Mañana, la cocina volvería a estar vacía.

El dolor es ausencia. No es dolor el cuchillo que hace dos horas me has clavado en la pierna. Ya no duele nada. No marea la sangre. Nunca más voy a tratar de sobrevivir. No necesito limpiar si la suciedad me gusta. Limpiar es a veces aparentar, como pasear cogidos del brazo y hablar por hablar. La vida debe curarme porque hay demasiadas heridas abiertas. ¿Observas? Hace semanas que sólo observo y al observar encuentro demasiado que no quiero ver. Sin embargo, sé que es importante observar. Miro a mi alrededor, a ti, a los objetos que te y nos rodean. Me miro mucho a mí. Mirándome he aprendido a descubrir lo que no me gusta de mí, y es tanto, que empiezo por eliminarte a ti. Es necesario observarse a uno mismo. Imagino mi día a día desde fuera de mí. ¿Lo has hecho alguna vez? Obsérvate ahora, despeinada, rabiosa, desmaquillada y llorosa, inquieta o nerviosa, gritona, y ante todo, desorientada porque no tienes ni puñetera idea dónde dormirás esta noche. No te duele el corazón, te duele la incertidumbre. ¿Te defino? Sí, lo haré. Si te veo, si te dibujara o tomara una foto, serías lo que eres, un trozo de piel rota que caerá en los sesenta sin más que un vaso de cristal entre los dedos en el que poder equilibrarte. Tienes mi necesidad y esa enfermedad nos ha mantenido aquí.

Me observo triste. Tan triste que no me soporto. No aspiro sonreír con tu ausencia. Aspiro a la sinceridad. Ser sincero conmigo es el principio de una verdad. No cambiará la realidad. Mi rostro es viejo, descolorido y quieto tras un cristal. Me observo así, quieto, en silencio, mirando algo que echo de menos. Echo de menos el tabaco encendido. Echo de menos caminar. Echo de menos sus pasos. Echo de menos el café en dos tazas y nada más. Echo de menos su bolígrafo con prisa sobre el papel. Echo de menos mis sonrisa. He olvidado y lo añoro, incongruente, pero cierto, el sexo de verdad, el que te mata porque tu cuerpo pesa más que la posibilidad de respirar. ¿Recuerdas esa manera de amar, Mariana? Echo de menos desnudarme y sentir que enfrente de mí tengo el cuerpo de un hombre. Él.

La ceguera de mi ojo izquierdo es una metáfora de mi vida. Muchos años leyendo libros que nunca supe escribir. Aspiré a inventar mis propias historias, y sin embargo, sólo he escrito cartas a alguien que desconozco dónde estará y que nunca envié. ¿Recuerdas su rostro serio? Amo la seriedad en la mirada, la doblez de la piel en la mejilla, la delgadez en la barbilla, la dureza de los labios y el silencio de su voz. He perdido el apetito como la velocidad del crecimiento de mi barba. He perdido la hermosura de las mejillas, y la muerte es la calavera devorando mi piel. Amo. Le amo. Amar es algo tan grande que morir es insignificante. Amo, aunque si miro atrás, no le veo, y sin embargo, mirándome, nunca desaparece de mí.

No olvides aquella caja roja, hay collares, pendientes y dos anillos. Mañana no quiero un solo rastro de mujer en esta casa.

No supe escribirte una carta y sin embargo guardo decenas en un cajón. Estuve sentado allí, en aquella esquina, nuestra esquina, durante meses, semanas que fueron meses, que fueron años. Maldije tu decisión cobarde una y otra vez hasta que la campana ponía el último trago. Al principio siempre tienes esperanza. Después asumí mentiras evidentes que el amor siempre disfraza. Las cubre con una sábana, como cubrimos los cadáveres sobre la carretera. Cubrimos los miedos, ¿verdad? Allí, en aquella esquina descubrí miedos y verdades entre las letras infinitas que escribía para ti. Palabras que decían lo que sentía sin alcanzar lo que de verdad sentía. Allí, en nuestra esquina. Bebía, vivía, mientras sonaban canciones que tú adorabas y yo nunca identifiqué. Amaba escribirte. Necesitaba beber. Creía importante aquella soledad. Dejé que la barba me creciera. Éramos jóvenes, ¿recuerdas? Compré sobres blancos. Algunos aún quedan vacíos. Al cerrarlos y esconder mis letras, todo lo escrito era una maldita mentira. Quizá por ese motivo descansan con tus señas en el cajón. Ni siquiera compré sellos. El último paso debió ser comprarlos, chuparlos y enviar cada carta. Atreverme al vacío de tu respuesta. O a tu respuesta. Sólo escribía y vivía en aquella esquina como la desesperación de sostener tu contacto.

Caminaba el andén. ¿Has escuchado el ruido de los trenes? No todos suenan igual. No sólo depende del modelo, sino del conductor o el número de pasajeros. Te imaginé tantas veces volver, y al final del día, al anochecer, siempre era el mismo recuerdo.

-¿Volveremos a vernos?

-Sí, por supuesto.

-Podría recorrer dos mil trescientos cincuenta y cinco kilómetros.

-Te llamaré en cuanto llegue, pero tú empieza a escribir, disfruta de tu tiempo, te lo mereces. Yo tardaré días en acostumbrarme a la ciudad, al trabajo…

-No habrá beso de despedida, ¿verdad?

-Lo hubo.

-Te amo.

Uno mira lo que desea más allá de la realidad. El andén tuvo un silencio, tuvo un vacío que yo jamás escuché ni miré.

Es la hora imperfecta, pero es la hora, Mariana. A veces nadie dicta los momentos en los que alguien escupe las palabras que rompen una vida. No mires la sangre, parará. El cuerpo humano es más inteligente que un cuchillo de cocina. El dolor poco a poco desaparece, y sólo te pido, que lo que guardas en esa maleta, por tu bien, lo tires. Cada objeto, llevará siempre una parte de mí. Nos hemos envenenado, y la cura de este veneno requiere tiempo, pero sobre todo, requiere matarnos.

-Te amo.

-¿Sabes el significado del verbo amar, Mariana?

-Sí… -Titubea desde el felpudo.

-No, no lo sabes. ¿Y sabes por qué?

-¿Por qué?

-Nadie podrá jamás poner las palabras exactas de su significado.

-Cúrate la herida, por favor.

-Adiós, Mariana.

Fotografía: Willy Ronis

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4 comentarios en “Mirándome

  1. Bien, hoy lo has clavado, supongo que muchas personas han pasado por despedidas así, y otras no han tenido la suerte ni de llegar a tener el placer de decir, ADIOS, a veces es un placer. Como te decía estoy triste por una relación rota y ni me dijeron adiós, de manera que me ha hecho llorar a mares éste texto. Felicidades, sabes punzar los sentimientos hasta que los revientas cómo si reventases globos oculares. Muy bien.

    • Clavar es meter decía en un relato anterior. Hoy desperté con todo este relato dentro, y encontrar la foto lo puso fácil.
      Aquí, en este relato tal vez se hable mucho más de de despedidas. Muchísimo más. De ahí, el título, por ejemplo.
      Gracias una vez más, y provocar un sentimiento como llorar es difícil de asimilar.

  2. No he cogido aire. Nadie me avisó. Si fuera un verbo me llamaría extasiar.
    Tanto Amor me ha impedido respirar. Sin aire pero viva. Mirándote. Extasiada.
    Con los sentidos cautivados. Si mirándome matara, me muero.
    ¿Soportaríamos tanta honestidad?
    Gracias por este relato. Adoro mi cabeza cuando centrifuga. Hay más que mucho, solo es necesario dejar los egos y leer.

    • ¿Más que mucho? Sí, coincido en que hay que abandonarse y leer. Yo me abandono de mí y escribo. Escribe él mirando por la ventana.
      Curioso que la honestidad se junte con la idea de mi próximo relato.
      No quiero que un relato mío mate, sí que el cerebro centrifugue, y si pudiera adoraría las vueltas en él.
      Gracias, Sandra, porque aquí tus palabras se echaban mucho de menos.

Seamos valientes

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