Observador

Giovanni Casadei

-¿Cuántas veces haces el amor a la semana?

-Diecisiete.

-¿Y tú?

-Una.

-¿Y tú? La chica de la chaqueta roja que se ha sentado tan lejos de nosotros, por favor, ¿puedes responder a mi pregunta?

-Hoy, ninguna.

-¿Te insinúas?

-Pásame el azúcar y te diré algo al respecto.

-¿Blanco o moreno?

-Hoy ninguna. Moreno, gracias.

-¿Qué?

-Tu indecisión, tu timidez, tu torpeza, tu nerviosismo, tú eres un cúmulo de detalles que vierten sobre mí toda la negación.

-¿Y tú?

-Yo no hablo de sexo en el trabajo y aquí está prohibido fumar.

-¿Alguien fuma aquí?

Afuera hoy no llueve pero necesito abotonarme el abrigo y colocar la bufanda junto a la barbilla. Anoto tres palabras en la libreta y limpio las gafas con la solapa del abrigo. Hay una raya tan fina en el cristal que, sin aprender a entrecerrar los párpados y enfocar, no existe. Necesito esconder los labios. La barba afilada es como velcro para el algodón. Mezclo el vaho con nicotina y no sé cuál de las dos mierdas huele mejor. Mi aliento se ha convertido en un vertedero de todo lo que injerto. Si lo pienso me rasco la cabeza y escondo la mirada en los cordones. Nunca los zapatos, única y exclusivamente el lazo retorcido y arrugado de mis cordones. Negros y redondos cordones. Manías. Siempre lo hago. Rascarme con las uñas la piel es esconder los dedos bajo mi eterno gorro y quitar la basura que sobra entre mi pelo. Aclaro las ideas. No sé cómo voy a matarlos a todos sin manchar la moqueta. No sé cómo voy a matarlos, o en qué orden para que nadie escandalice con sus gritos, o alguna de las piezas aún vivas huya mientras espera la muerte. Debo pensar en mí. Amo cortar piernas. Tal vez los tobillos. Quizá baste atarles. Necesito emborrachar mi satisfacción. Cuando apure la colilla.

-¿No tienes frío?

-Las leyes no entienden de sentimientos.

-Mal día para los fumadores.

-Los malos siempre son mejores que los buenos.

-¿Puros?

-No. Cigarrillos marrones.

Él se librará. Siempre camina con una pala desde que llegué, ayer, sonríe, habla demasiado rápido y no tiene ni puñetera idea qué coño hago trabajando en una oficina en la que tan sólo nos encargamos de imprimir hojas de colores con publicidad para una revista local. El sí sabe mi nombre. Para mí él sólo es el hombre que quita la nieve, echa sal, barre y rasca el asfalto. Cuando pasa a mi lado, saluda y sonríe. Él será el testigo. Lo descubrirá cuando necesite un café.

Todo es culpa de una mala alimentación. El sexo era perfecto cuando teníamos una boca y había filetes de pollo en el plato con patatas fritas y un bote ketchup. Pienso en el sexo inesperado porque es tan intenso como un tropezón. Pienso en su sexo porque realmente, aunque no recuerdo su nombre y tampoco lo pregunté ni lo escuché, hubiera tenido sexo con ella. A veces creo que con cualquiera. Me masturbo a menudo con la misma mano y pienso que todo, como el mundo, se ha vuelto insensible. La mano. La polla. El cerebro incluso. En esos escasos dos minutos de insensibilidad carnal podría ser una esponja amarilla incapaz de albergar la dosis perfecta de espuma. He adquirido una técnica depurada y logro sacudirme a una velocidad descontrolada y endemoniada hasta el dolor, fascinante; y aunque tiembla cada poro de mi cara, jamás pierdo un hilo de ceniza del cigarrillo que sujeta mi mano derecha. Sexo. Allí con ella, sin importar si miran o no, porque cuando estás dentro nada hay fuera. Ella. La mujer sutil y vaga. Ella, sin embargo, dice no. Ella, rubia, mantiene la mirada caída, como si los párpados los engordara cada mañana con un tazón de cereales. Ella apenas mueve los labios, como si un mal cirujano se los hubiera cosido y un gesto excesivo le doliera como cortarse el dedo por descuido con un cuchillo. Ella, lo pienso, y sé que será la primera. Rencor, no hay duda de que es maldito rencor, porque aunque realmente soy lo que dice que soy, el sexo es una buena conversación después de no tenerlo. Odio el mundo cuando prejuzga por pequeños detalles. Le odio porque es como yo.

Sentado, pellizca una muela, mía, mastico una galleta, caen migas, no las recojo, retiro la bolsa, bebo un sorbo, y sorbo, quemo los labios, es té, te echo de menos, tanto como un recuerdo con sexo sobre la inocencia del parqué.

-¿Por qué lo has hecho?

-¿No la oíste?

-¿Qué?

-Eligió el color amarillo, cuando todo el mundo sabe que los colores chillones son evidentes síntomas de una locura degenerativa sin cura alguna. No vacuna. Es mejor así.

-¿Y nosotros?

-Sois tres. Ninguno se salvará. Ahora puedo fumar, ¿verdad?

Agacho la cabeza, pongo un hilo de fuego entre mis ojos, respiro hasta ahogarme, y te recuerdo entre mis brazos mientras aún estoy observando el pecho abierto y ensangrentado de ella. El amor es estabilidad, pero tal equilibrio sólo es un vago disimulo de la real inestabilidad de cada uno. Girar la mirada no elimina la verdad. El río enrabietado tras quince días se llevará la ciudad. Huye si quieres tranquilidad, pero pasará. Las ruedas aún dan vueltas en el aire y echan humo después de que el conductor retorciera los brazos; izquierda, derecha, derecha, recto, izquierda, freno, y descontrolado, doblará hasta tres vueltas la normalidad, ahora ya arrugada a los pies de un árbol. Acelera y pon volumen a la canción, nadie resucitará. Muertas, mujer y dos hijas.

Me gusta callar las palabras sin un solo argumento, sin acercarme a la boca; sin más esfuerzo que un dulce y rabioso empujón a la muerte. El silencio más bello es la ausencia de respiración. Y la fotografía de la muerte es la quietud más excitante que pocos tienen la posibilidad y el valor de contemplar. La observo y nadie, sé que nadie, absolutamente nadie puede contradecirme. Observo, mi única adicción.

Sale de ella un cuchillo que aún tambalea y recuerdo que lo había utilizado para untar mantequilla en la tostada. Había quemado una esquina y mordido dos veces. Si miro de reojo observo que el mango aún baila como si el viento soplara. Simplemente es debido a que yo, una y otra vez, traté de que quedará firme en el corazón. Al final toqué hueso. He manchado la moqueta.

-Así que no te gusta hablar de sexo en el trabajo.

-No.

-¿De qué te gusta hablar?

-No me gusta hablar.

-A mí me encanta hablar, fíjate tú por dónde… Adoro hablar, ¿pero sabes qué adoro más?

-¿El sexo?

-¡Brillante! Pero no. No hablamos de actos, hablamos de palabras. Adoro que me hablen. ¿Sabes la diferencia?

-Más o menos…

-Te la explico. Espero que la entiendas bien, muy bien, porque de la explicación no va a depender tu supervivencia, pero al menos haremos que los últimos minutos de tu vida sean más emocionantes. No hablaremos de colores, hablaremos de sexo. Quiero que me cuentes cómo lo haces con otras personas. ¿Él o ella?

-Ella.

-Bien. ¿Cómo es el sexo con ella?

-Bonito…

Me levanto. Me exasperan los cobardes. Le he clavado un cuchillo en el empeine derecho. Le he clavado un tenedor en el cuello y no puedo pestañear mientras observo como un niño travieso los tres hilos de sangre curvando frente a mis ojos, como tres hombres meando hacia el cielo dibujando un abanico. Necesitaba emoción. La tranquilidad de esta pequeña sala de siete mesas blancas y catorce sillas negras comenzaba a desesperarme. Ahora aúlla. Delirios con incomprensibles palabras. Lamentos y arrepentimientos. Tarde, siempre es tarde. Mientras, a mí, observar junto a su oreja, tras él, un bote morado de chocolate en polvo, me hace reír. Ahora desespera. Grita desgañitado como si el techo estuviera cayéndole encima. Imagino una escena que se repite. La imagen queda atascada en un bucle infinito y él irremediablemente es el protagonista. Él mira hacia arriba, ve desplomarse el techo, chilla, y un milímetro antes del impacto, vuelve a empezar. ¡Es fascinante! Río hasta oírme carcajear como un loco endemoniado pero no dejo de llevarme el cigarrillo a la boca. Aprieto la vejiga. Me amo riendo. La risa es un sonido delicioso entre mis labios que deseo masticar, rabioso como mastico los pezones excitados. La risa contra el dolor desconcierta. Impensable o inimaginable, lo que en ambos casos sería imposible, pero de pronto sucede. Los vivos ven el muerto con sus zapatos encharcados y sonríen. Uno, a su lado, sin el plato de garbanzos terminado, con lágrimas en los párpados, sonríe. Yo río. Atados, con los pantalones hinchados de mierda, heridos, asustados, el eco feliz va deslizándose de nuevo hasta el vacío.

Quiero un vaso de zumo de piña bien frío para quitarme el sabor que provoca respirar la muerte a un sólo palmo de los ojos.

-¿Y tú? ¿Tienes pareja?

-S, s, s, sí.

-Diecisiete dividido entre siete es casi dos y medio al día. Entendamos que no se puede tener la mitad del sexo hoy y terminarlo mañana, así que asumimos que mientes y tampoco voy a pedirte que razones los números. Si quisiera cifras pediría las de tu pene. ¿Cuántas medidas tiene un pene?

-Em, empalpado, fla, fla, flácido…

-Colaboras. Veamos. De algunas de las diecisiete. ¿Cómo es el sexo con ella?

-Es, es, es, bueno.

-¿Bueno? ¿Es un adjetivo digno de esta situación? Hola, cariño, he llegado a casa, un día duro de trabajo, un tipo del trabajo casi me mata y estoy muy cansado, pero prepara la cena y tendremos sexo. Bueno, ¿eh?. ¿Así es? ¿Vives con ella?

-S, s, sí…

-Perfecto. Pues como no queremos perder más tiempo, vamos a intentarlo una última vez. ¿Cómo es el sexo con ella?

-¿G, g, g, genial..?

La inteligencia no se compra. Nadie ha puesto precio a la intelectualidad y es una gran carencia vital que si no se tiene se carece para siempre. Asúmanlo. Vendan inteligencia y sean millonarios. Piensen en ello.

Hay una imagen tan bella ante mis ojos que si la vieran entenderían al milímetro el motivo de todos mis actos. Creo que no les he atado con fuerza, pero confío en la bondad y en la estupidez de todo ser vivo. Idiotez es un insulto con mayor fuerza sonora, pero a mi mente ha venido primero estupidez. Lo pienso porque lo pienso y no tengo porque explicar por qué motivo lo pienso primero, después lo escribo y ahora sonriendo no lo corrijo. Yo escribo, tú lees. Yo mato, tú mueres. No intercambiemos roles y todo irá fantástico de aquí al final del relato. Ahora, disculpen, un vistazo atrás y retomo. Digo que confío en la debilidad de las cuerdas que maniatan sus muñecas porque sé que siempre gobierna la maldita esperanza en el ser humano. Personas que en vez de aferrarse a la violencia, a la ira y desesperación ante las injusticias, optan por esperar. No hacer nada. Quedarse quietos y esperar que ocurra algo de alguien. Siempre alguien. Comer de lo ajeno. A veces lo llaman milagro. Fe dicen lenguas que si pudieran vivirían lamiendo con mimo cada una de oreja de este planeta. Todas habría que cortarlas; las lenguas. La espera es el tiempo que se cede a la potestad.

El cañón metálico que escondía en la chaqueta lo poso en las arrugas de la frente de la víctima, que sólo siente frío al notar el cilindro. Tirita de miedo, y sin tiempo a un penúltimo  pensamiento explota su cabeza. Muere. La sangre salpica como un piña. Prueben a romperla  con un palo sobre la mesa de la cocina. ¡Con ganas! Es increíble que el ser humano se mee los pantalones justo antes de morir. Es vergonzoso que su último sentimiento pueda ser el frío de un metal en la piel. Me ha salpicado los cuadros del traje y me enrabieta el coste de la lavandería y la muerte sin descubrir cómo era el sexo con ella. ¿Quién es ella?

Ahora nadie grita. Yo quisiera chillar por excitación. Aún no. Es maravilloso oírse masticar, sentirse observado y sentir que la erección tan brutal bajo mis pantalones vaqueros no será para nadie. Cambiaré de opinión. Es delicioso estar loco y poder decir que las gotas de sangre son como pequeños grumos de fresa que haré lamer al único ser vivo que queda en esté pequeño rincón laboral en el que, felices, muy felices, aparentemente felices, cada día, yo únicamente dos, tomábamos café. Es admirable tener el poder de aparecer y desaparecer y solamente estar  para observar. Escarbar sobre ti para desenterrarme a mí.

-¿Qué hay de ti?

-Apenas tengo.

-¿Sexo?

-Sí.

-Me aburre el sexo. Yo no lo practico. ¿Qué hay de la moqueta?

-¿Qué le sucede?

-¿Crees que la podrás limpiar?

Dentro siempre es mejor que fuera. De ejemplo una casa. Añoro la luz del sol, la luz en los pies desnudos, un largo trago sintiendo el frío del cuello de un cristal entre mis labios, dos o tres, pedir una cuarta, él cortando queso, sonreír y hablar castellano, y al final, sentados, quedarnos quietos, mirarnos y hablar, únicamente hablar. Te echo de menos. La manzana es verde y odio cualquier hilo musical. La evidencia nunca está de más recordarla.

Sentado, desabotono, divido una cremallera, desenredo el pantalón, que se atasca con  intención en los tobillos. Siempre calcetines como último deshecho. Y sólo busco el calor de la boca. El calor de la boca grita como un latido pequeño entre mis piernas. Lo echo de menos. Conformidad es un agujero. Sentado, el pene es tan duro como un pan olvidado, tan sucio como un trapo viejo, usado y empapado. Lo froto y froto pero la mancha del deseo nunca desaparece. Sentado. En el pálpito de los ojos hay piezas de un puzzle que encajan como cuerpos desnudos. El placer indudable, colocar la exactitud, y la exactitud, cuando habla de sexo, tiene una declinación completamente subjetiva.

-¿Me permites?

-Por favor…

-¿Tú primera vez?

-Ya estoy lamiendo…

-Estás precioso. Dolerá.

Nos amurallamos. Nos hemos encerrado para proteger la intimidad. Nos escondemos los unos de los otros. Privacidad.

Humea el té en una taza blanca que sujeto con mis dos manos mientras de cuclillas tras él no logro esconder la erección en su cuerpo. Ha cerrado los ojos y siempre lame el mismo perímetro de una moqueta ensangrentada. No hay sangre en su lengua. Siento antipatía por los tramposos. Me provocan cólera. Lo hago porque no lo pienso. El impulso es como un tropiezo, y si lo intento ya es antinatural. Empujo, pero descubro sangre entre las nalgas, siento nauseas, aprieto el gatillo, y en el aire, mi semen se enreda en su cabello sangriento. ¡Es perfecto!

Sentado. Bebo té. Asiento. Enciendo un cigarrillo. Observo.

-¿Cuántas veces haces el amor a la semana?

-No las cuento.

-¿Y tú?

-Nunca.

-¿Tendrías sexo conmigo?

-Pásame el azúcar y te diré algo al respecto.

Fotografía: Giovanni Casadei

  • Observar: 1. Examinar atentamente. 2. Guardar y cumplir exactamente lo que se manda y ordena. 3. Advertir, reparar. 4. Mirar con atención y recato, atisbar.
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4 comentarios en “Observador

  1. De diálogo en diálogo. De punto y aparte a coma. De reflexión en afirmación. Así se entreteje bien los párrafos que encierran la magia de un buen relato. Me gustó tu relato

    “Hay una raya tan fina en el cristal que, sin aprender a entrecerrar los párpados y enfocar no existe.”

    Verónica.

    • Hay que afinar la mirada para observar los detalles. El observador es un tipo que busca aquellos detalles que le despiertan interés. Quizá no los detalles que la gente habitual busca, pero sus detalles.
      Gracias Verónica por pasarte, leer, y opinar.

      • Personaje interesante el observador. Escudriña, mira a través, especula, opina, objetivamente describe, irradía sensatez a ratos y locura extrema a trozos.
        Como siempre, relato para releer, como una buena película, que se mira varias veces. Estoy segura que animas a muchos “no escritores” a pronunciarse.
        Besos.

      • El placer de observar al ser humano en situaciones no habituales. Una película tal vez no apta para la televisión. Un relato, que tal vez, no es gusto de leer. Quién sabe… Yo sé qué me gusta leer, y escribo lo que me gustaría leer, no lo que al lector común le gustaría leer. Es imposible no pensar por qué no opina la gente, miento si digo que no lo hago. No obstante, escribo para mí, aunque luego una vez que lo expongo, ya es para vosotros y si me gusta recibir impresiones.

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