Invisibles

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Le dolían los brazos de romper con la cabeza la pintura de la pared de aquel comedor. Tres paredes sin ventanas y una entrada de doble puerta. El sobre amarillo brillaba bajo el plato aún desdoblado, despegado. Descontrolado, golpeándose, y seguían intactos los gruesos cristales de sus gafas con los que podía poner trazo estable a la realidad. Aunque la humedad empaña, el tiempo siempre enfoca. Histérico, A disfrutaba de la falta de disciplina en su cuerpo a consecuencia de una situación anómala que aún le era difícil de asimilar. Desquiciado, chocaba, luego rompía, también manchaba; enrojecía su frente enojada y no tendría suficientes tiritas, y al golpear, temblaban sin caer cada uno de los cuadros que adornaban y carecían de la requerida atención. Inquietos ante constantes graves de una canción; tambor, tambor, tambor, tambor, tambor; ¡Boom, boom, boom, boom, boom! Repitió otro golpe, como un redoble, se le desató el cinturón, luego pausó, y vio que ya tenía desatado el botón del pantalón. Finalmente, sintió un cosquilleo en la nariz y se le enrojeció el camino de piel donde ya no le crecía el bigote. Antes de hablar, barrió con la lengua su labio, minuciosamente, de derecha a izquierda.

-Escóndeme.

-¡Shhh!

-Me he visto.

-Te hemos visto –respondió L, sentada desde la mesa principal jugando a ordenar sobre el plato pequeños tacos de mantequilla.

-No, me veo.

-Siempre te vemos.

-¿Soy distinto?

-Eres el mismo.

-Nadie puede verse.

-Nadie debiera ser un significado que no existe.

-¡La igualdad pasa por la invisibilidad!

-¿Es la visibilidad nuestra desigualdad?

-Sí. -Pasó el dedo índice por el bigote y lanzó un charco de sangre junto a su zapato derecho. El latigazo fue una diagonal sobre tres baldosas.

-Entonces para la igualdad basta no mirar.

-Al destruir los reflejos olvidaron nuestros ojos.

A abotonaba bien temprano el traje gris con mimo cada año que era el día de su cumpleaños. A las siete en aquel cuarto sin luz natural ya había aprendido que era de día. Media hora después exacta los cocineros comenzaban a servir el desayuno. Bajó la barbilla y miró desde lo alto de su perspectiva la apariencia que le daba la ropa. Sintió aquel gesto como extraño y alzó inmediatamente la mirada. Siempre las rayas del pantalón sin una sola curva le parecieron el mejor atractivo, sin embargo, ya lo bonito no es necesario. Apenas descubrió una arruga en la manga izquierda. La disimuló guardando la mano en el bolsillo, pegando el brazo a la cadera. Introdujo dos dedos en el bolsillo y asomó un pañuelo amarillo desgastado. Colocó su libreta y un bolígrafo y miró el reloj de su muñeca. En la sala esperaban doce amigos, un desayuno, una taza blanca de té caliente y una canción de cumpleaños. A tenía el pelo blanco de vivir demasiado tiempo y descolgó del perchero, un instante antes de salir, su gorra negra. Caminó el pasillo sintiendo que las líneas de los azulejos rozaban cuando coincidían con los calcetines. Las puertas del comedor aparecían abiertas. Colores, adornos y muchas sonrisas. Tan temprano, le aterraba. J había decidido ponerse la gorra de cuadros que él le regaló y una pajarita. Z, aún de pie, llevaba una caja enorme envuelta con papel de color rojo y azul, y con un lazo amarillo que parecían los ojos de una rana. Resultó preciosa Ñ aquella mañana con su vestido azul de princesa; mar caribeño, tan largo, deshecho por sus tijeras a la altura de los tobillos, como si fueran flecos innumerables dispuestos a enredarse a la hora de bailar. L dejó caer su menuda mano anillada en el hombro y A detuvo el paso sobresaltado.

-Feliz cumpleaños.

-Habéis disfrazado la felicidad –respondió A.

Desabotonó su chaqueta, la colgó sobre el perchero, y sujetando en la sonrisa el dolor de las piernas, fue despacio hasta la silla que ellos le habían guardado. Allí, ante más de una docena de paquetes, un desayuno copioso y una tarta, ellos comenzaron a tararear. A no pudo evitar pasar el dedo índice bajo sus gafas, y en ese instante, la mirada fue un inciso hiriendo en el sobre amarillo que quedaba sobre el plato. La letra que arrancaba en el vértice superior derecho era alargada y confusa. Alcanzó la taza, bebió té, enseñó metódico la lengua a quien le acompañaba sobre la mesa con una básica sonrisa burlona, y cuando leyó el significado de lo escrito, todo un nombre, sucedió como un paso que tropieza en un bordillo, escupió el líquido que saboreaba en el paladar e ignoró el grito.

El cuchillo de punta redonda tenía el mango de plástico, amarillo como el hilo que serpenteaba en el borde del plato; como el sobre; un riesgo, una piña, la mitad de una avispa, el sol, la vainilla, maíz o un limón. Amarillo es felicidad. El cuchillo estaba clavado en el huevo revuelto despedazado sobre la tostada de pan blanco, y permanecía vertical, sin vacilar; inverosímil realidad innecesaria de aclarar. Podría soplar él, y el viento también, pero no había ventanas, carecía de aliento y todo ante sus ojos mantenía el equilibrio. El único suspiro era otro hilo y era musical, y en él interpretaban Wagon Wheel. La armónica hizo sonreír a A, levantar las cejas y mover un solo pie a imagen de quien espera impaciente. El dedo gordo se animó. Alguien dio dos palmadas sobre la mesa y ésta tambaleó por la cojera que, sin pereza, la hubiera corregido un mero papel. No hubo amago de derrumbe para el cuchillo que le había ayudado a trocear dos salchichas y untar con suavidad la mantequilla. Partir no es masticar. Enrabietado, golpeó otra vez y dolió la pared. Una sola ocasión. De inmediato, sus ojos regresaron al mantel de algodón. Pasos y gritos. Había metralla amarilla por la explosión en él; meros trozos de huevo, efecto de la fuerza de sus nudillos sobre un cuerpo antes de clavar. Todo orden era desorden, o viceversa. No obstante, la posición de las cosas para A nunca nada significaba. Su miedo eran pasos de zapatos.

-Estoy asustado.

-Siéntate.

-¿Dónde?

-La silla será un gran lugar.

-Me encontrarán.

-Podemos bailar.

-¿Y explicar dieciocho agujeros ensangrentados en la pared?

-Podemos sonreír.

-¿Y él? – Miró a la mesa.

-¿Qué hay en él?

-¿Dónde lo guardo?

-¿En el bolsillo?

-¿Quién lo hizo?

-¡Shhh!

Enloquecido por tanto deseo de mutismo, reinició su histeria como estado pasajero de excitación nerviosa. No supo detener ni detenerse. Tampoco hubo retención. Abolló de nuevo la pared, agrietó la pintura, amarilla, y la hirió otra vez con su piel. Repitió mecánico, volvió a hacer lo que hizo, y cuando al fin detuvo su movimiento automático y sin reflexión, un tercer golpe hundió un tercio de su cabeza. Era cartón. Desconcierto. Enderezó su cabeza, también sus gafas, después su cuerpo, y sus ojos regresaron al desencaje tembloroso del interior del sobre. Los ojos como principal foco de infección de cualquier locura. Palpitaba el retrato que ardía metafóricamente sobre la mesa de madera, escondido y exhibido literalmente bajo el plato. Podía leer en su memoria el trazo menudo, tembloroso y a lapicero sin apenas punta, más que la inicial de su nombre. Dentro, tras la fotografía, un texto.

Once minutos había durado el acto de enajenación. Veintiún golpes, y entre tanto golpe aún ensordecía el canto del gallo que dormía sin coste en el corral, que por algún motivo le había recordado a la canción de su ochenta cumpleaños. En segundo plano, el hilo musical desenredaba aún, como un bucle desorientado, Whagon Wheel. Enderezarse fue pensar y el pensamiento fue escozor, como pellizcar retorciendo una micra de piel. Las voces aparentan más graves detrás de las paredes. Pensó la apariencia. Los pasos siempre suenan dobles. A siempre camina descalzo. El eco era otro miedo.

Inerte en el dolor de aquel salón no pudo bailar ni continuar como había elegido disimular ante las cuerpos de autoridad. Sentado estuvo recolocándose la camisa. Deshizo las arrugas y éstas volvieron a su lugar inicial. La rotura, que fue por hacerle una abertura al cuerpo o causarla hiriéndolo, en este caso el cartón, dejó un trazo triangular impreciso. Lo observó. Meditó sin saber el motivo cuál sería el perímetro. En su cabeza vio dos zapatos negros con dos lazos aplastados, sus pantalones de pana doblados hacia el exterior y su lapicero ávido sobre el cuaderno cuadriculado. La frase era tan sencilla: Base por altura partido por dos. Ojalá el área vital del ser humano pudiera reducirse a una simple fórmula matemática.

El pensamiento le hizo repetirla y en su cabeza oía la voz de un niño. Poco a poco aguzó la mirada y dobló el cuerpo como si la intención fuera a atravesar aquel triángulo de cartón. La mesa por motivo conocido mantuvo silencio. A A no le asustó. A un palmo esquivó un ramo de flores, a dos, un libro sin jamás abrir, a tres evitó a Z, que sostenía la cuchara pegada al plato, a cuatro a Ñ, recta y distraída, y ya alejado, pestañeó, aclaró la mirada y descubrió en la oscuridad de aquella apertura el reflejo de sus ojos. No reconoció el rostro que observaba al otro lado del cristal. La sangre en aquella ventana era gris partiéndose en dos a la altura de la nariz.

-¡Levántese!

-¿Cuál es el motivo?

-Los agujeros.

-Porque no se sientan los tres. Aún no hemos partido la tarta.

-No me obligue a emplear una fuerza que pueda causarle un daño irreparable. Si las explicaciones de lo acontecido le exculpan, podrá regresar y comer su deliciosa tarta. Ahora, levántese.

-Me duele caminar, señor. ¿Dónde iremos?

-Aquí todos los sitios son el mismo repetido.

-¿Los agujeros hicieron que este lugar ahora fuera distinto? ¿Eso le preocupa? Tal vez si observara, allí, en aquel triángulo, viera el motivo. Observe. Hay un cristal, y si observa con detalle, allí, hay una persona. Yo no fui. Los agujeros aparecieron solos, señor.

-Los ojos, sin hablar, aún son mentirosos. Levántese y acompáñenos.

-La verdad fue siempre subjetiva –respondió A.

La casa tenía un tejado. Era extraño que no lo tuviera. Desde hacía años los albañiles construían las casas con techos triangulares. Toda la calle era idéntica. En él, durante todo el año, dormían tres pájaros. La nieve aún no caía. Pese a la adulta edad de Amancio, aún no sabía cómo ni dónde dormían los pájaros. ¡Búscalo en un libro!, dijo el pequeño. Había hablado en alto y no sabía que era él el que hablaba. A veces no reconocía su voz, como si las cuerdas vocales disimularan, como si fuera un desconocido que hablando a través de una grabación.  La casa tenía una cocina. Era extraño que no la tuviera. Allí estaban alineados todos los electrodomésticos que necesitaban. Marcel los trajo en un camión y los conectó uno a uno durante toda una mañana de sábado. En la oscuridad, en el silencio, mero metal. La estúpida tecnología era el único murmullo de aquel hogar. El ruido era pensar. Alejados. Y en pensamientos tan distantes un punto de conexión. Leire no sabía cómo podría vender cada aparato cuando ambos se sentaran frente a frente, con valor, y dijeran que así nada funcionaría. Así, ausentes, era necesario acabar.

-¿Dónde estoy? –Ella cerró el libro y la puerta del salón.

-Aquí, cariño, aquí.

-No, perdona, ¿dónde estoy yo?

-¿En el sofá?

-Y Álvaro en la habitación. ¿Pero y yo? Mi persona, mi identidad, mi libertad, mi valentía, mi sonrisa, mi energía, mis ganas, mí…

-¿La has perdido? –Interrumpió.

-Me la has robado.

Mirarse durante un segundo a los ojos sin decirse nada, dijo todo.

¿Qué nos queda cuando ni siquiera nos tocamos? ¿Qué nos queda cuando el amor es un beso en la mejilla? ¿Qué nos queda cuando los gestos son la seriedad de un nombre completo? ¿Qué nos queda cuando no quedan preguntas? ¿Qué nos queda cuando ya no hay palabras? ¿Qué nos queda sin afecto? Nada. Tal vez nada. Recordarás las palabras. Duelen. Aún duelen y cincuenta años después necesito escribirlas cada día para deshacerme de ellas. Paradojas. Duelen que cayeran sobre ti como la rabia y la impotencia, como el cuchillo por error cortando un dedo manchando torpemente dos cabezas de cebolla. Duelen como la mentira, y no quiero más mentiras sobre la mesa, evidentes como un mantel arrugado que nadie estira, evidentes, porque sé que esconderte fue tu gran mentira, porque tu silencio tiene tantas palabras que cada noche resuenan en mi maldita cabeza. La memoria es un invento estúpido que olvidamos utilizar. La memoria es la herramienta que no funciona si hay necesidad y es perfecta para olvidar. En ella, sintonizada, tan nítida, te tengo con esa sonrisa, que ahora, ni escarbando hasta unir los polos de la tierra, Norte y Sur, encuentro. Y me siento triste, Amancio. Lloro. Me siento engañada, solitaria, silenciosa y trato de no desesperarme, aunque me sienta como un cerdo indefenso en el corral, como una enfermiza a punto de ser enviada al alicate de un barato y mal dentista. La sala de espera siempre huele igual; a dolor. El dolor no espera, el dolorido sí.

El ser humano merece su soledad. Deseo caer desmayada de cansancio. Desmayar como desaparecer. Morir. Luchar me derrota.

No me quedaba corazón para ti; para nadie. Había desgastado la yema de mi dedo pulgar de la mano al chocarlo una y otra vez con el anular, y por más alto que chasqueaba, ni mi aliento me volvía invisible. Ahora, sólo tú eres invisible. Tú lo decidiste. Irte. Descubrirte me cegó. Escribirte es recordarte.

Álvaro es feliz. Yo me muero, Amancio. En el dolor, sin embargo, te quiero.

Feliz cumpleaños, Leire.

Oscurecieron los reflejos del comedor. Alguien puso una lámina amarilla de cartón. Veintiún trozos desiguales casi devolvieron a A su igualdad. Mero tiempo y olvido recetas para completar. Ochenta años para descubrir que lo invisible también se puede destruir. Veintiún días de castigo. Veintiún días de silencio. Veintiún. Los números de la vida.

Sentado sobre la taza del váter de su habitación escapó el sonido de un largo gas estomacal. Vio el clavo desnudo en los azulejos rosas y recordó el reflejo del cristal. Dejó caer muy lentamente los ojos en el cuaderno que, cerrado, sujetaba entre sus piernas. Sobre él, veintiún piezas ya ordenadas. A pasó el dedo por la tirita de su frente y observó por última vez. Después posó el cuaderno en el lavabo, se limpió, descolgó las gafas de sus orejas, y rasgó una cerilla. El humo hizo desaparecer las letras y los seis ojos de aquella fotografía. Invisibles.

Fotografía: Mark Nye

BSO: Whagon Wheel:

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8 comentarios en “Invisibles

  1. Its like you read my mind! You seem to know so much about this, like you wrote the book in it or something. I think that you could do with some pics to drive the message home a little bit, but instead of that, this is excellent blog. An excellent read. I will certainly be back.

  2. “El ser humano merece su soledad. Deseo caer desmayada de cansancio. Desmayar como desaparecer. Morir. Luchar me derrota.
    No me quedaba corazón para ti; para nadie. Había desgastado la yema de mi dedo pulgar de la mano al chocarlo una y otra vez con el anular, y por más alto que chasqueaba, ni mi aliento me volvía invisible. Ahora, sólo tú eres invisible. Tú lo decidiste. Irte. Descubrirte me cegó. Escribirte es recordarte.”

    “At least I will die free”

    • ¿Al final morirás libre? ¿Por qué?
      Este relato habla de aquellas personas que alguna vez quisieron desaparecer; ser invisibles, y quizá, sin la necesidad de morir. SIn la oportunidad de mirarse en una foto, en un espejo. ¿Imaginas que existiera esa posibilidad? ¿Cuántos se harían invisibles?

  3. Que puedo decir? el día hoy esta gris y yo estoy llorona, se me hace un nudo en la garganta pero imagino que el que quiere ser invisible esta en su derecho.

    • A veces aunque quieras no puedes, porque eres de carne y hueso. Invisible vivo tal vez es algo imposible. Tal vez.
      Aquí seguiremos escribiendo para poner visibilidad a todo lo que se deje.
      Gracias por leerme!

Seamos valientes

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