Hamar

marco-pierre-white(bob carlos clarke)

Había caído al suelo, rendido, y sus tacones de aguja permanecieron sobre la bandeja de metal que contenía treinta y siete ordenadas salchichas crudas. Ella los había clavado con intención. Él podía simular ebriedad como un arma que causara lástima, pero jamás a costa de su cocina. Un minuto antes del desplome supo colocar el cigarrillo en la boca sin que le temblara el pulso, tampoco dudó, y fue acertado y preciso al colocarlo a la izquierda de su orificio bucal. Sus zapatillas blancas de goma dieron un paso, rechinó como un gato, reclinó el cuerpo y logró encenderlo clavando la cabeza a escasos milímetros de las llamas que parpadeaban en círculo en el único fuego vacío de la cocina. No fumó, sólo respiró con él entre los labios.

Ella había empujado la bandeja que esperaba su turno sobre la mesa, sin vocalizar antes un saludo. Ladeó cuando estuvo en el aire, pero ésta cayó entre los dos sin que ninguna de las ordenadas salchichas perdiera su posición. Únicamente hubo un estruendo. El pelo revuelto y sucio de él le cubría las mejillas y media mirada. Él sostuvo la cabeza hundida, permitiendo que su barbilla le escondiera la nuez, y nunca perdió de vista los ojos que le amenazaban. Los zapatos de tacón de ella atacaron en aquella debilidad con intención y frivolidad. Ambos pasos hacia delante acuchillaron la blanda piel de dos de las treinta y siete salchichas. Él escondió los párpados bajo la frente, afiló las cejas, y los disparos sobre la piel cruda dolieron como propios. Dos agujeros que no supieron sangrar. Su piel había pasado a ser un puñado de plomo. Fue apenas tres segundos después del tintineo. Alguien había iniciado una hipnosis, y él había comenzado a apagarse. El cuerpo no tiene eco al golpear contra el suelo. Ella permaneció inmóvil; acostumbrada. Si alguien hubiera puesto la mirada a la altura de su cabeza derrumbada sobre el suelo, habría divisado los posos de la última copa de vino luciendo entre las rendijas de las piernas de ella, junto al fregadero. Había vaciado el último dedo de vino tinto ordenando la bandeja de tiras de bacón que ahora comenzaban a quemarse en el horno. Ni siquiera la luz del sol rompía con claridad en las ventanas de aquel sótano. Ella había programado tan temprano el despertador para decirle adiós en el mismo escenario en el que le conoció. Allí, aparentemente muerto, no respondió a los siete puntapiés que ella le dio en el hombro. Tímida, parecía tocar la puerta de un desconocido. Deseaba aquel vacío. No quería obtener respuesta y el silencio le tranquilizó. Con idéntico cuidado, extrajo la segunda aguja de su zapato de la otra salchicha herida, estiró con delicadeza un brazo, descolgó una de las notas del día anterior de un camarero, y junto a las palabras, ‘sopa y cerdo’, escribió, ‘Adiós, Gloria’.

El agua fría en la cabeza por sorpresa acelera el corazón. Andy recordó un último trago de ron en la oscuridad de su salón mientras desgastaba con el pulgar la flecha que había  en el botón del mando a distancia. Los colores llamativos tras el cristal convertían a los vestidos en evidentes mentiras que evidenciaban lo que uno desea imaginar. Él sólo deseaba levantar el elástico para romper con su erección aquel curvado culo hasta verlo sangrar. Ella alargaba demasiado las vocales agudas. Hubiera enmudecido el volumen y no lo hizo. Habían gastado horas en cubrirle la cara de una masa de mierda, color mierda; sabor mierda; adornándolo todo con un trazo rojo que ponía perfección en unos labios que él sólo deseaba masticar hasta poderlos tragar. Cualquier hombre le hubiera preferido cadáver. Andy, con un ojo en el reflejo de la puerta de la habitación quieta sobre el espejo que ella colgó en la esquina de una pared del salón, simplemente se masturbó No le dolía recordar el deseo hacia otras mujeres, le dolía la enorme distancia entre el salón y la habitación. Le dolía también el pecho. Le dolía respirar. Aquel balde de agua fría le había arrugado la nariz, los ojos, la barbilla y encogido los labios. Retiró su pelo empapado de la cara y recogió el cigarrillo roto y mojado del suelo. Lo escondió entre los dedos. Aclaró la mirada y vio el gesto aterrado de Paúl, aún congelado y con la mano alzada a punto de repetir su último movimiento. Abofetear es un claro gesto de desesperación.

La madera quemada huele bien. Fue el primer pensamiento que su cerebro convirtió en frase cuando fue consciente de ser consciente. Después, puso una rodilla en el suelo, y muy lentamente logró ponerse de pie. Había un olor nauseabundo en la grasa quemada. Posó sobre la cajetilla, junto a la botella, y esperó que el tiempo lo pudiera secar.

-¿Todas?

-Salvé seis.

-La derecha.

-Ya llamé.

-El calor siempre es mayor en la izquierda -reflexionó Andy-. ¿Cuándo vienen?

-Mañana, temprano.

Andy puso la mano sobre el bolsillo que el uniforme blanco le dejaba a la altura del pecho. Allí insistía el dolor, sobre su corazón, y como el horno estropeado, quemaba. Mero desequilibrio. El roto había descontrolado el fuego en su lado emocional. Buscó a su alrededor, vio la copa con un cerco granate junto al pie de cristal, y pasó el dedo índice por su interior. Después, chupó, miró el vacío de la botella a su lado, y prestó atención a la inquieta mirada de Paúl, que le examinaba una y otra vez como la luz de una fotocopiadora con exceso de saldo. Asintió, levantó la bandeja del suelo, retiró las dos salchichas agujereadas y fue a por veinte tiras de bacón.

Andy estuvo sentado en el restaurante completamente vacío mientras mantenía los ojos clavados en su bol con cereales, leche y fruta en almíbar; piña y melocotón. Había hundido la cuchara, ni siquiera removida, y llena, no la lograba sacar. Su mano izquierda, también fija, sostenía el teléfono con once números que sabía de memoria y no iba a tener el valor de marcar. Lo liberó sobre la servilleta. Cualquiera hubiera confundido su presencia con la de un retrato sin marco colgado en una vacía pared. Quizá con un muñeco de cera; un cadáver que esconde un fino disparo en la nuca aún por descubrir. Paúl, de pasos habitualmente sigilosos, caminaba con una taza y una tetera en la mano izquierda. La derecha la utilizó para poner sus dedos en la ficticia yaga; cerca, muy cerca del ficticio agujero de bala ensangrentado. Aquella mano era un evidente gesto de consuelo y no había herida alguna. Tan sólo provocó un chispazo y dos espasmos.

-Recuerdo una canción que decía, las mujeres son un problema.

-La mía es una solución, un equilibrio.

-La otra persona que te permite jugar en el balancín -insinuó Paúl.

Andy soltó al fin la cuchara y empujó el bol alejándolo de sí sin siquiera haberlo probado. Buscó en el bolsillo del pecho y sacó un cigarrillo. Vio la desaprobación de su  acompañante, pero retiró el pelo de su cara y no detuvo la intención. Miró a su espalda y, durante tres segundos, centró la mirada en el candado que daba acceso a la bodega.

-Me veo hundido en el barro. Veo el vacío del asiento en lo alto. ¿Cómo se conquista a la persona que amas cuando no te ama?

-Tratas de olvidar.

-¡Qué verbo tan horrible!

-Sí. -Paúl sirvió té en la taza- Irrespetuoso con la realidad. Olvidar no es una elección.  ¿Desistir?

-Desistir es como morir.

-Resignar, conformar, asumir, suplir o sustituir, también desaparecer para poder aparecer, que es como olvidar para crear cosas nuevas que recordar, y sobre todo, mentir para inventar una vida más idónea a la realidad que deseamos.

-¿Te han roto alguna vez el corazón?

-No.

-¿Has visto alguna vez nevar con sol?

-No.

-Mira, Paúl -señaló a la ventana-. Yo imagino a un matemático enamorado de sus matemáticas. Apasionado, adicto, necesitado, obsesionado. Imagino que un día en su casa haciendo sus fórmulas matemáticas descubre que hay una que no da la solución correcta. O tal vez no tiene solución, o él no la consigue. Y lo intenta, cada noche, apenas duerme, e insiste, pero sus resultados siempre dan error. ¿Debe dejarlo? ¿Quieres más té? -Niega y Andy se sirve un poco en otra taza.- No. Él no lo deja, no lo olvida, no inventa la respuesta, no desiste, lo intenta una y otra vez hasta dar con la maldita solución.

Los dos, que si inclinaran las cabezas podrían tocarse la nariz, hicieron desaparecer la mirada bajo la frente.

-Siempre me pareció más eficaz la escritura -puntualizó Paúl.

-La escritura siempre amó mejor que los números.

-¿La amas?

-La necesito.

-Escríbeselo.

-¿Qué la necesito?

-Que la amas.

Andy cogió la servilleta de papel y el teléfono resbaló hasta la madera de la mesa. Intacta y blanca y doblada quedaba sobre un plato, a su izquierda. La desdobló y estiró, extrajo un bolígrafo negro del bolsillo de su pecho y pegó la punta para iniciar el trazo de la primera letra.

-¿Amar es con h?

-No.

-Paúl…

-¿Qué?

-Si la hache es muda, ¿Por qué no?

-Escribe como amas.

-Hamar, con h, que es muda.

La mueca que anudó entre sus labios con sus propios dientes le hizo recordar lo sediento que estaba. La hora en su muñeca le liberaba. Aquella palabra escrita con mayúsculas bajo sus ojos le asustaba. Paúl no miraba, sólo vigilaba la luminosidad de su teléfono y de vez en cuando la nieve desordenada por el viento al otro lado de la ventana. Andy escondió aquellas letras con un solo doblez, y rápidamente quiso guardarlas. Metió la mano en el bolsillo del pantalón, pero entonces, aquel vacío le sobresaltó. Veloz, su mano saltó al otro muslo sin soltar el papel, escarbó y empuñó la tela desde el interior. Abrió la palma de su mano, y antes de vocalizar la ausencia, aquella servilleta arrugada entre sus dedos aún gritaba cada trazo: ‘Hamar’.

-Mis llaves.

El motor de la nevera era intermitente. En el silencio, ruidoso, como su maltratada respiración. No podía dormir, necesitaba otro cigarrillo y la cajetilla estaba a dos instantes más de quedarse vacía. Todavía no amanecería. Le incomodaba un temblor inusual en sus dedos. Había acomodado su habitación con dos largos cartones entre la mesa principal y los fuegos de la cocina. Los pies de aquella improvisada cama quedaron junto a la torre de hornos. Dos. Cuando arrancó del suelo la tercera copa ansió que una fuga de gas le durmiera. Llenó una cuarta. Dormir como una tregua de la vida. Dormir como un ensayo de la muerte. Andy había olvidado despertar. A dos días estaba ya la distancia de sus sueños. Crecía la lejanía y nadie decía adiós por la ventanilla del asiento trasero del único coche. Él reconocía su melena suelta, corta y negra. Ella iba al volante. Ella había ido al peluquero. Ella desaparecía. Ella. Ni siquiera utilizaba su rostro para reflejarlo en el retrovisor, y sin embargo, él no dejaba de mirarla. El motor, el otro, re-arrancó con más fuerza. Dio un largo trago mientras jugaba con el candado que daba vueltas sobre un solo de sus dedos. Utilizaba la derecha para beber, la izquierda para jugar. Cinco dedos y dos manos. Pensó que la vida eran números pares; dos ojos, dos orejas, dos labios, dos mejillas, dos narices, de ahí la expresión ‘un par de narices’. Sintió la necesidad de partir su lengua por la mitad, pero únicamente puso el filo del cuchillo entre sus dientes. Después, el dolor le acobardó. La vida eran números divisibles. Dos piernas, dos brazos, dos huevos, dos culos. La vida nunca fueron números primos. Siete años. Y la singularidad siempre la vendían como sinónimo de tristeza. Sin lazo ni envoltorio; directa para el uso. Allí, a oscuras, con la luz de emergencia haciendo de su figura de pie una larga sombra, sintió la necesidad de acompañar a la botella. Camino descalzo por el frío suelo de la cocina, empujó la puerta giratoria que llevaba al restaurante, y a tientas, sin encender una sola luz, llegó de memoria a la bodega. Sería la única pareja de la noche.

Decidir no era un hecho, pero significaba la muerte de todos los pensamientos contradictorios. Nadie borraba siete años de un solo trago. Tampoco cientos o decenas de miles. Morir es olvidar. Su idea, libre, grande, enorme, gigante, única, aunque imposible, quería aferrarse a lo que cualquier ser humano con el corazón ensangrentado se aferra; la vida. No era amor lo que dolía, porque el amor no duele, era la vida. Andy amaba y amar le hacía sonreír. Era la pérdida de su vida. Él había entregado todo, y sólo tenía un resquicio de lo que fue, su piel, y bajo ella, infinidad de recuerdos atormentándole.

Volvió a llenarse la copa, volvió a jugar con el candado, volvió a beber, volvió a beber, beber como droga de olvido temporal. Accedió entre lágrimas a fumarse el penúltimo cigarrillo y rompió otra pareja; vuelta a la individualidad. La nevera gruñó haciendo evidente que mantenía con vida los alimentos. Morir jamás les fue importante. Andy quiso el valor de enfriar al calor que le mantenía con vida.

-La amo.

-Algo más deberás escribir.

-¿Qué?

-¿Qué sientes?

-Dolor.

-El dolor no es amor.

-¿Es desamor?

-Buen término. Pero no escribas el dolor que te causa. Escribe el placer que supone estar a su lado. Hazlo sencillo, conciso, breve y sincero. Y hazlo deprisa porque en cinco minutos servimos desayunos.

La punta del cuchillo quedó congelada sobre la madera, elevado, en diagonal, en medio de una cebolla. Andy retiró su pelo y después continuó cortando a gran velocidad. Cuando se detuvo fue un frenazo inesperado, soltó el cuchillo como si quisiera dar un portazo, sacó la servilleta del bolsillo del pecho, sacó el bolígrafo, le quitó el tapón y hubo una enorme sonrisa. Al terminar, giró y enseñó.

“Hamar”

Hamar eres tú coloreando el dibujo de mi vida.

A Andy no le habían enseñado a llorar y sólo supo hacer ruidos con la garganta sin mojar siquiera la comisura de sus ojos. El dolor en el pecho le estrangulaba el estómago e intentó eliminar aquella consciencia una vez más. Media botella, desconocía la hora, recordaba muchos gritos y una luz intensa al caminar. ¿Era la vida ida y vuelta? Recordaba golpear un muro de piedra y no lograrlo derribar, sin embargo, no había sangre en sus manos. Lo asumió como impotencia de algo acontecido. El vacío de su memoria como parte de esa mentira que convierte la realidad en algo idóneo. Ante sus ojos, en lo alto de la mesa, se alineaban cuatro cazuelas, dos cazos, todo limpio, la madera ligeramente recta, y sobre ella, tres cuchillos. En el metal limpio pudo comprobar que le había crecido la barba medio centímetro y tenía los dedos sucios de pasarlos por el fondo de la copa de vino. El granate siempre fue el color de una bonita flor. Los fuegos aparecían apagados, y aquellos pasos, al detenerse, hicieron ruido porque en sus dedos olían a café. Serenos, elegantes, autoritarios y seguros, cuando estuvieron quietos, hablaron como reinicio de una conversación que él no recordaba.

-Doscientos cincuenta.

-¿Hoy?

-Hablo del dinero que te has bebido, Andy.

-¡Fueron tres! -Gritó con el diálogo anterior atropellándose al fin en imágenes mientras su voz aún permanecía en el aire.

-Andy, debes ayudarte. Pagar las botellas, pero primero ayudarte.

-¡Sólo tres! 

-Levántate del suelo, por favor, y vete -Invitó con exceso de serenidad.

-¿Te han roto el corazón alguna vez? -Posó la palma izquierda de la mano en el suelo, empujó su cuerpo, lo levantó, quedó ante sus ojos y bebió de la botella.

-No, Andy, pero el desamor no justifica ningún delito.

-¿Sabes cuánto duele el pecho cuando intentas amar con todas las letras y las letras quedan arrugadas en la palma de tu mano? ¿Cuánto duele el desamor cuando desaparecer tu hogar porque las llaves, aunque abren la puerta, ya no es tu hogar? ¿Cuánto duele el vacío? ¿Sabes cuánto duele la impotencia?

-No, Andy, no lo sé, pero tampoco creo que…

-¿Has amado sin importar cómo se escribe amar?

-Amar no puede tener faltas de ortografía.

-Nos hacemos daño sin medir el dolor ajeno -continuó, esta vez aliviando el escozor de sus ojos en la ventana de la cocina que daba a la calle-. Dañamos, dañamos, dañamos y cada vez nos importa menos el daño que provocamos. Tiramos la piedra, le abrimos la cabeza, escondemos la mano, miramos a otro lado. Damos todo, quitamos hasta dejar nada y continuamos como si nada malditamente pasara. ¿Has sentido perder todo en un segundo?

-¡Andy, basta!

Lo hizo tan rápido y conciso, que ni siquiera el intento de dar un paso atrás fue suficiente. Toni aún sostenía humeante la taza de té, miraba atónito el movimiento, y el miedo desapareció de inmediato al sentir pavor.

 -Ahora entiendes mi dolor.

Vivo, caminó muerto. No supo quién le miraba. Sin el control de su emoción y su razón, aquel cuerpo era como una pluma a merced de los movimientos de cualquier soplo ligero. En él pudo sentirse ajeno a sí mismo. Y sin embargo, dentro, sólo él, sin el resto del mundo. Sólo él como importante. Levantó la botella para clavar el final entre sus labios. Luego la rompió en la cocina. Desarrugó la servilleta de papel de entre sus manos, leyó y la soltó. Apenas voló. A Andy le sangraba el corazón por dentro cuando, sin siquiera mirar su rostro, observó que el cuchillo había atravesado su americana y la camisa blanca de cuadros. Rápidamente comenzó a sangrar del pecho.

Fotografía: Bob Carlos Clarke

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3 comentarios en “Hamar

  1. ¿Por qué nos agarramos a preguntas que den énfasis a nuestros sentimientos, cuestionando al resto los suyos, si realmente no buscamos una respuesta?
    ¿Por qué necesitamos que los demás sientan lo que nosotros sentimos?
    ¿Acaso mi dolor dolerá menos si tú lo entiendes?
    ¿Será cuestión de compañía?

    • En lo que se refiere al relato, Andy necesita una respuesta que le dé una solución. En la parte final del relato, en plena ebriedad, cada pregunta es mera impotencia, rabia, que el la saca a modo de preguntas para explicar su comportamiento. Creo que hay necesidad de justificación, y sí, siempre es cuestión de compañía. La soledad, como él dice, aún es sinónimo de tristeza.
      Gracias, Sandra, por comentar. No sé si tendría respuesta a esas preguntas o si respondía alguna.

      • Leo tus relatos porque, siempre, invitan al pensamiento y a la reflexión. En esta ocasión, Andy, me ha hecho meditar profundamente, más que con sus preguntas, con su actitud hacia la verdadera necesidad de querer conocer las respuestas que le den una posible solución. No puedo leer y quedarme indiferente, porque aunque se trate de una historia salida de la cabeza de un escritor, todos los sentimientos que se expresan son cotidianos y más de uno, vividos. He reparado en las dudas de Andy porque me ha reflejado cómo actúa el ser humano ante el Hamor. Mis preguntas, como las de él, no esperan respuestas. Igual que el lector no puede coger una copa de vino y sentarse a brindar con Andy, el escritor no puede contestar preguntas que sus letras han provocado.
        Pero no me haga mucho caso, Daniel, a veces pienso demasiado.
        Por cierto, fotografía muy acertada. Cómo no!!

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