La granja

La-Granja-El-País-de-la-gominola

El rifle, sujeto por dos trípodes metálicos de color negro, a solo medio metro del suelo, apuntaba a mi cabeza. El cañón quedaba pegado al sudor de mi frente, arrugada, como si el gesto le ayudara a afrontar el miedo. El agujero simple parecía deformarse cuando  durante dos segundos no parpadeaba. Lo imaginé una cueva y deseé esconderme.  Entre ambos no había espacio siquiera para un dedo meñique. Respiraba, y él, el arma, parecía que me imitara. Nunca llegaría a salvaguardarme en la culata. Debajo de mí,   sobre la madera, esperaba un balde azul muy oscuro, vacío, en absoluto limpio. La muerte siempre deja rastro. Él, redondo e inerte, escondería mis cinco litros de sangre. Corrían aún calientes, acelerados, manteniendo con vida mi organismo. Tras el disparo, el dolor desaparecería, aunque en esta ocasión el verbo matar no fuera el final del trabajo. Quedaba degollar, decapitar, deshuesar, cuartear, descuartizar, destripar, limpiar o cuerear, eviscerar, sellar y etiquetar.

Abrieron la verja temprano. Gritaron, señalaron, asentí, y una vez en la puerta procedí a levantar la pierna izquierda hasta que quedara pegado el empeine a mis nalgas. Entonces pude abandonar el recinto y avanzar salto a salto, despacio, salto a salto, recto. Siempre despacio. Pequeños saltos. El único propósito de aquel gesto era evitar cualquier mínimo riesgo de huida. Posibilidad imposible al ir acorralado entre seis animales de cerca de quinientos kilos. Un gesto en falso podía desencadenar feos acontecimientos. Por ello, medí mis pasos. No me desharía de aquella posición hasta que fuera atado. Vigilado, fui el primero en poder acceder al baño. En la oscuridad gris de un viejo lavabo me deshice del primer orín de la mañana, evacué mi intestino y lavé mis dientes. Aseado, desnudo, me detuve dos minutos para pegar la frente en los azulejos y tan solo oírme respirar. Sí, susurré, vivo. Otra veces había utilizado el espejo. Aquella mañana, abrir la puerta no era un regreso. Habían programado una hora exacta para mi muerte y aún teníamos demasiada oscuridad en el cielo. Quince minutos eran suficientes para organizar un matanza rutinaria. Apenas unos segundos bastan para ejecutarla. Aquella mañana, habían vendido treinta dos cuerpos.

En calma, en actitud mecánica, dócil, Eva emitió su primer mugido cuando le ajustaron al cuello con escasa destreza y excesiva suavidad una gastada cuerda de kevlar. Eva, rozando la anorexia, era una res que apenas alcanzaba los trescientos kilos de peso. Obsesionada por la figura y la belleza, era la perfecta sumisa. En cuanto sus cuatro patas dieran dos pasos seguidos, el gatillo cedería, y con él, los sesenta y ocho kilos de vida que habían engordado durante dos años y ahora colgaban del techo. Siempre imaginé el eco de los disparos. En mi caso, habían utilizado una cuerda de nylon para atarme los tobillos, enroscada a un anzuelo que colgaba de una viga de acero. Un alambre recubierto por un plástico verde unía mis muñecas a la espalda. Ellos querían dañarme sin que yo me dañara. La vida al revés. El sudor parecía hincharse. mi cabeza rasurada parecía iluminada por bombillas que soportaban una intensidad de vatios superior a la debida. Traté de partirme el cuello, que el dolor y los gritos desencadenaran mi inconsciencia, pero cada intento sólo intensificó un sufrimiento. Pude ver la etiqueta que habían grapado en mi mano derecha. Cuatro dedos. Nos habían inhabilitado; cortado; amputado el dedo pulgar de ambas. En él, una chapa amarilla; en ella un número, 241, un nombre, Uribe, y aquellas dos palabras: La Granja. Nadie había vendado mis ojos e iba a contemplar, desde primera fila, mi muerte a la edad temprana de once años.

El matadero tenía las paredes negras. El tono eran las huellas de un incendio. Sin ventanas para la luz, como los gestos enfadados. El aire permanecía quieto y silencioso  como el miedo. Cegaba su puerta de madera blanca, que por algún motivo nadie engrasaba, y tanto al abrir como al cerrar parecía muy pesada porque tropezaba con el suelo. Era un edificio pequeño, tan confusamente rectangular como cuadrado. Lo cubría un tejado triangular, hundido y desigual por el paso del tiempo, de pizarra, ya  impregnado de intenso verdín. El matadero era como un purgatorio, donde morir era irrevocable. La diferencia, que cada uno de nosotros, cada vez que poníamos los pies en el interior, creíamos en su existencia. Viejo. Las cuatro paredes quedaban construidas entre un manzano y un camino rojo de gravilla. Todo evidenciaba pecado. El sendero, con una curva imperceptible, sólo tenía como único destino el vallado que nos protegía. El matadero, a la vista noche y día, recordaba su cometido.

Caminábamos en círculos.

-¿Has oído el ruido de los pies en el barro?

-Sí. Escalofriante.

-Recuerdan las primeras notas de los domingos.

-Empuja y camina más deprisa.

Mirábamos. Tarareábamos. El dominó era caer atrapado por el contrario y susurrar I was spending my time in the doldrums.  

-Adoraría correr sin miedo a mirar atrás.

-Escucha este ritmo.

-Los martes.

Comíamos, descansábamos, caminábamos. Comíamos, y los alimentos enredándose en las muelas escupían, money, get away.

-Siempre adoro despertar los miércoles.

-Los jueves suenan a preludio.

Dormíamos, no lo conseguíamos y tarareábamos, susurrábamos, avisándonos  una y otra vez, We starve, look at one another, short of breath.

-Odio los viernes.

-Nadie llamaría a la muerte viernes.

Cuarenta seres humanos apretados en un corral; machos; hembras; ni siquiera adultos. Meros productos, y alguien gritaba, waiting for the worms to come. 

  

Sin origen. Carne. Un destino. Trayecto de humano a animal sin explicaciones. Lo anómalo puede embriagarse de total normalidad. Carne. Éramos el ciclo lógico. La cadena, engrasada, pedaleaba sin sobresaltos a gran velocidad. Nacer, crecer, engordar, engordar y esperar la demanda de una animal que ansiara matar por saborear. Aproximadamente, treinta piezas por semana. Después seríamos deshechos entre  dientes y paladar de cualquier animal. Cada milímetro de mí era un trozo de carne en un impaciente tenedor.

Nos lavaban cada mañana. Salía el sol en la pendiente derecha de la ladera de un campo de maíz que nadie cultivaba. Utilizaban tres mangueras, todas rojas, y escupían explotando en nuestras pieles; mordían colmillos diminutos y afilados. Agua fría. La torpe, lenta y escasa movilidad de aquellos tres cuellos imprecisos, incrementaba las heridas. De pie, ordenados, sumisos y evidentemente desnudos, cuando ya habíamos apilado en una montaña gruesas mantas que durante las noches nos protegían del frío, daba comienzo una limpieza en la que no se oía un solo gemido. Brutal y fugaz metralla incontrolada para aderezar el escaparate. Dos horas después, nadie tiritaba, la piel perdía aquel feo reflejo del frío y lucía esplendorosa si ayudaba el sol. Los viernes muchos desaparecíamos. Los lunes reponían el género. Cubrían los huecos de la estantería vacía.

Aquel invierno éramos cincuenta. Medio centenar. Personas desnudas pegadas unas a otras sin espacio para caminar. El roce incrementaba la temperatura. También el sexo. Basta reproducción; simple. Efímero placer sin huecos para un sentimiento. Literal penetración. La edad era una medida de tiempo. El instinto era un gobernador. Descalzos, hundíamos los pies en la aspereza de un húmedo barro que ensuciaba la naturalidad. Alrededor, una valla de madera con severos cordones de acero electrificados. Éramos bocas alimentadas con mimo para producir carne que iba a ser vendida a clientes que nos deseaban; a diario. Éramos exclusiva calidad. Una textura incomparable en kilómetros. Éramos un lugar de referencia. Una granja pequeña, discreta, que atraía paladares exquisitos de toda la región.

Era invierno porque había caído una copiosa nevada la noche anterior. Eva, elegante, silenciosa al clavar las pezuñas en el suelo, vigilaba a la perfección mientras comía hierba fresca. Crecía en el prado de alrededor gracias al fruto de muchas de nuestras heces. Eva, amable, de piel ruda, exhibía un tono castizo y seis pequeñas manchas blancas en la testa. De envergadura hermosa, a cada paso, consciente, lo lucía. De oído fino, sabía quién la observaba. Ella, obediente, procuraba que ninguno sufriéramos daños severos. Aquel invierno, tras dos años interno y rutinarias y semanales revisiones fisiológicas, morfológicas y sanitarias, eligieron el número 241.

-¿Has visto la curva de sus nalgas?

-Tiene un trazo en los pies exquisito.

-Cuidamos con sumo interés sus extremidades. En algunas granjas les calzan, aquí jamás.

-El torso es fabuloso, sin vello, prominente e imberbe. ¿Una sola pieza será suficiente?

-No deberás preocuparte ni de poner servilletas. No pedirán postre.

-Tengo clientes exigentes, Será delicioso verles chuparse los dedos.

-Chuparán los dedos.

-¿Puedo?

Eva abrió la verja, empujándola lentamente con lo alto de su hocico hundido. Era tan temprano, que sobre su lomo aún afilaba una línea de hielo. Algunos todavía dormían bajo las pieles. Yo escondía la mirada en la tripa de ella. Sin embargo, desviar las pupilas no nos desaparece. La sombra cuadrangular quedó a mi derecha. La piel acarició mi hombro, olió mi cuello y hundió la cabeza hasta lograr respirar mis pies. Mugió. Si hubiera podido me habría comido allí mismo. Entonces, sentí el calor y la fuerza de la mano de Margarita.

-La carne aparenta ser más dura, tersa y seca. No lo es. Además, siempre ganamos en sabor -Musitó Eva.

-¿También lo incluye?

-En efecto. Además, el pene tan sólo necesita un golpe de calor.

Había oído aquellas frases en infinidad de ocasiones. Aquella mañana mientras caminaba pegado a la cadera imberbe que debía permitir salir a mi hijo. La medicación de los martes me provocaba erecciones. Tal fenómeno entusiasmaba a los clientes.

-¿Podría tocarla?

-Sí. Si observas, aún no sale el prepucio del todo, pero puede preñar con total facilidad. La fertilidad incrementa el sabor de la carne.

-Está caliente, tensa y suave.

-Tan sólo once años.

La cabeza del cliente ladeó. Aquella piel negruzca con media luna en el ojo izquierdo acariciaba con aspereza, arriba y abajo, como una masturbación tímida. Me mantuve quieto mientras el aire de su respiración me empapaba. Asustado quise perder toda excitación. No sucedió. Asintió y firmó elección.

Cuando miraba a nuestro alrededor siempre detenía el paso. Con lentitud, giraba el cuello como si estuviera descubriendo por primera vez la posibilidad de aquel movimiento. Ya no veía diferencias. La luz del sol enfocándonos por igual había nivelado a un solo tono las pieles. Las hembras tenían cabello largo y rizado con el único propósito de alimentar el atractivo. La venta de ellas a veces era por motivos productivos; rara vez alimenticios. Nuestros cuerpos masculinos, infantiles y adulterados de un modo antinatural respondían a la demanda del mercado. Esbeltos y sin aparentes defectos ante los ojos de quienes nos adquirían. En las pequeñas diferencias que obligaban los genes, éramos cada vez más idénticos. Lo que nunca imaginé, poco antes de que el rifle disparara para agujerear mi frente, era el destino de mis treinta kilos de carne.

Hubo una voz que enmudeció el disparo. Tal vez fue la bala muda, que voló sin crujir. Tampoco hubo eco. El sonido de aquella redonda última vocal había devorado la palabra. Aunque el proyectil había perforado mi cabeza y el calor de la sangre ya gateaba despacio, serpenteando por el corto trayecto de mi frente, todavía podía ver con nitidez. A Eva la desenroscaron la cuerda y la ordenaron salir. La luz exterior cegó como si alguien hubiera descorrido una cortina por un instante. Dos reses ennegrecieron mi visibilidad cuando custodiaron mi posición. Me balancearon sin descolgarme para acelerar el vacío. Morir desangrado me recordó a una gotera en un día de lluvia. La voz fugaz comenzó a alargarse como una sombra afilada en la oscuridad. Una punta de un cuchillo posó con suavidad bajo mi barbilla. Adiviné su recorrido. Se hundió, salpiqué, y aún con vida, mi piel comenzó a abrirse por la mitad con la misma facilidad que un envase de plástico. Aún quedaría degollar, decapitar, deshuesar, cuartear, descuartizar, destripar, limpiar o cuerear, eviscerar, sellar y etiquetar. Carne. El olor a perfume me hizo descubrir sus botas verdes de plástico ensangrentadas. 

Fotografía: Autor desconocido. 

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2 comentarios en “La granja

  1. Bien!, inspirado en Huxley supongo, pero con muchas y más ricas apreciaciones, “caminábamos en círculos” algo de poesía “sin ventanas para la luz como gestos enfadados” y referencias a un muro del que ya se habla anteriormente en algún texto del autor con una letra conocida como “money get away”, incluso toques humorísticos. “el pene necesita un golpe de calor”. Una maravilla de texto. Felicidades.

    • Gracias, Esther, por el comentario, recoger esa visión de la lectura. No puedo compartir ciertas palabras acerca del relato, porque por ejemplo no he leído nada de Huxley, y tampoco de Orwell. La inspiración fue la BBCTWO, lo que viene a ser La2 de España. El resto yo y mi cabeza. Un placer tener leyendo y dando tu punto de vista aquí.

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