Lo sucio

Lo-Sucio

Todo era sucio. Ella nunca tenía los ojos dormidos y no deseaba follármela despierta. Había agujereado durante más de dos años su nariz y ambos comenzábamos a estar demasiado hambrientos. No quisimos taponarla, pero sí matar el apetito. Hundió la brocha, y sin piedad, la ahogó durante doce segundos en un espeso rojo que después abofeteó al lienzo sin mimo ni aparente precisión. Improvisaba, como cuando follábamos. Lo hizo en seis ocasiones; pintar. Nadie finalizaba las botellas de vino. Acumuladas en una fila tenebrosa, en una estantería junto a la ventana y una cantidad exacta de diecinueve lienzos, podía recordar el nombre de cada vino, su etiqueta, su lugar, día y modo de compra. Mi memoria tenía unas habilidades estúpidas. Sobre la mesa de madera que nos separaba alineaba otras tantas copas inacabadas. El vino había decido pegarse al cristal y ella prefería comprarlas nuevas. Entre ambos, recordaba parqué bajo las sábanas repletas de pintura y pisadas. Si la respiras la comes. Oírlo me recordaba masticar aquellos esbozos de querer ser artista; ella, no yo. Todo era sucio. Verla desnuda, con los ojos negros y el gesto pegado a la barbilla, pensándose a sí misma sin rumiar el murmullo de algunas de las letras que pasaban por su cabeza. Decidió dejar de moverse de un lado y otro, y eligió mirar, sólo, como si hubiera alguna óptima perspectiva en la frialdad famélica de mi rostro. No me desbarataba la necesidad de tener sexo con ella cada hora. El cuadro, que le custodiaba, soportaba tal carga, que ni siquiera los detalles en blanco aparentaban un mínimo de libertad. Con un cuchillo en la mano, al fin le puso voz a la atención. Todo, en aquel amplio apartamento, era sucio.

-Aún tan horrible, te quiero. –Sonrió.

-Aún tan pequeña, te deseo.

-Golpe bajo.

-Bajito. –Mostré la medida con el pulgar e índice y casi me disculpé encogiendo los hombros y apretando los labios-. ¿Las patatas las quieres en tacos o en tiras?

-Lo que no quiero es que los cuadros huelan a fritanga.

-Si los vendieras.

-Ya. Ahora mátame. Ya.

Lo extraño fue mirarnos durante largo tiempo y no lanzar al aire las palabras encadenadas que nos quemaban en la cabeza. Lo diferente fue no gritar. El silencio, como si fuéramos copos de nieve cayendo sobre la hierba. Desaté mi delantal blanco, que impoluto, sólo tenía una mancha de remolacha. La casualidad le dibujaba forma de nariz. Un hilo caía despacio en diagonal hasta la rodilla. Recordaba a un disparo en la cabeza; la sien. Ella sostenía la brocha goteando pintura roja sobre las sábanas. Yo había soltado el cuchillo y empuñado la espátula goteando aceite de girasol hirviendo sobre el fregadero. Ella inició la batalla.

Mi pene rojo había alcanzado su máxima erección cuando ella ya no pudo encontró un solo milímetro de piel que embadurnar con sus dedos. Cubrió los testículos. Empujándola, girándola, ansiaba apuñalarla contra el lienzo hasta esconder entre gritos aquella pequeña existente obra de arte. La polla roja. Ni siquiera avisé. Desconcertado, sólo logré el equilibrio mientras trataba de sujetar mis manos de aceite a sus tetas.  Caer sobre el lienzo aún fresco, sin acabar, y follar, revalorizó la obra.

Ella me tiró el café hirviendo por el pecho y yo le rompí la nariz. Los dos nos corrimos. El lienzo no soportó la pelea, tampoco el sexo, si bien, se adueñó de las consecuencias. Estuvo durante horas sobre el suelo, como un herido de guerra, paciente, sin un aliento de queja. En la batalla siempre aparecen víctimas y sería anómalo escandalizarse. Cuando ella levantó su cuadro ya habíamos regresado del hospital. Ponerle de pie fue desenterrar un muerto. Aquel saco de huesos no era el mismo. Un cadáver. La piel había sido ajada por los hambrientos gusanos. Carcomido, sucio, desordenado, roto, inválido. La esencia de su origen todavía asomaba en las facciones. Y, sin embargo, lo tenebroso de aquel espectro lo hizo fascinante. Lo abstracto tomaba cuerpo, y el cuerpo engullía realidad. Allí, en tanto nada, había demasiado.

Cuando paseamos a su lado, meses después, Alexandra no quiso detenerse frente a él. Colgado en una desnuda pared blanca, bajo una iluminación que obligaba a tragar los detalles sin siquiera la oportunidad de saborear, el cuadro sabía alzarse en la soledad, además de llenarla de amplitud. Había una línea verde que partía el lienzo en dos e iba adelgazando hasta explotar en una ruda mancha de café. Había tres motas de semen con un aroma especial, sobre un relieve de óleo; irregular y terso como pegamento; y perfectamente desalineadas; azar artístico. Imaginé que simularan estrellas allí en la esquina superior izquierda. Estaba enamorado de la huella de tres dedos de mis pies que hundían el lienzo, estirándolo sin lograrlo romper. Aquella pisada embarrada me hipnotizaba. Sin título. Y bajo aquellas dos palabras a las que siempre se aferraba por, uno, falta de originalidad, y dos, motivo de distinción, estaba una etiqueta que ya escondía el desorbitado precio. Quietos, entristecidos, aparentaba la venta del primer hijo. Podíamos respirar cómo maduraba la violencia.

-Huele. –Señaló a la esquina.

-Es el puerro.

-¡Y tú qué sabrás, imbécil!

-¿Quién lo produce?

-¿Quién se lo come?

-¿Y a qué huele?

-Huele. –Sentenció-. Mañana hay que comprar tomates.

-Hay partido.

-El domingo follamos.

-Todo contigo es demasiado ordenado.

-¿Aquello de la esquina es sangre o pintura?

El sexo siempre fue dinero. Paradoja del mercado que tiene por costumbre mover una fortuna en vestirnos y desvestirnos. Plasmarlo en lienzos abstractos, disparar un rumor, dar en el blanco y tener más de diez ventas en un solo mes, tiró la primera pieza del dominó que desencadenó en una inesperada riqueza. Al abrir la cartera, era incontables los billetes que dormían ordenados para nuestro uso diario. Boca a boca, contacto y el cuchillo en mano. A Alexandra, el éxito le llegó tan sencillo como expandir la mantequilla derretida sobre una tabla de madera. Inesperado. Innecesario. Todo lo que cambia, te cambia; y cambió.

-Yo creo en los billetes.

-Pero no quieres mi tubito.

-No, no lo quiero. El ritual es enrollarlo, tener el tacto del papel entre tus dedos segundos antes de respirar cada mica que alineas sobre la taza rayada de cualquier desconocido váter.

-Dirás coche.

-Sí digo, y digo también vitrocerámica, mesa de cristal, madera, tablero de parchís o ajedrez, parque o tu coño pelado. Lo que digo, es que no quiero ver ese puta parafernalia de utensilios de colores que te has comprado para que nos metamos drogas como estúpidos modernos.

-Si es ilegal, ¿por qué permiten el marketing?

-La vida es una puñetera publicidad invitándonos cada día con sus estupideces a consumir más gilipolleces para sentirnos mejor. ¿Giro a la derecha?

-Hazlo, por favor. ¿Mis obras también lo son?

-Enrolla el de cincuenta. Tengo un amigo que se enamora del tacto de cinco, y hay quién dice que el mejor es el de veinte.

-¿Y tú?

-No chupes, se te caerán los dientes.

Alexandra nunca había roto unos vaqueros. Tampoco se había quitado las bragas jamás ante un desconocido. Conocerla fue compartir fila en lo alto de un anfiteatro en las densas clases de Fernando. Él era un anciano que sostenía sus ochenta años de vida en un palo de madera que adornaba con la cabeza de un pato. Nunca le presté atención. Ella escondía mejores piernas. Enamorarla fue engañarla con pequeñas obras de teatro, películas de cine y eternos museos  que desembocaron en adictivas noches a ginebra azul y cocaína. Después, sexo. Aquella prisa en el cuarto de baño era tan excitante, que jamás quiso desengancharse. No quisimos. Fue adicta a enamorarse de sí misma como chica perversa. Ella aceptó mis reglas porque le ofrecí un viaje con apariencia constante. Sin embargo, hubo regreso y yo tuve que aceptar las suyas.

En un jardín kilométrico, con el cuerpo escondido tras el maletero, mientras intentaba no volverse a tocar y sonar la nariz, Alexandra saludaba como cada domingo, con una amplia sonrisa, a los lejanos mamá y papá, que juntos y sin tocarse, devolvían el saludo en lo alto de las escaleras, frente a la puerta de un desmedido hogar.

-¿Qué ingeniería estudias?

-Náutica.

-¿Barcos? Aún te queda algo de Bellas Artes.

-Dos años.

-Debieras haberla acabado primero antes de empezar una nueva, ¿no crees?

-Debí haber sabido que el arte no se estudia.

¿Y tu padre?

-Mi madre es profesora. En la Universidad. Literatura. Mi padre escribe.

-¿En un periódico? ¿Novelas?

-Cine.

-Seguro que he visto alguna de sus películas.

-Visto tal vez no. Oír, sí.

En aquel instante, entre preguntas que engordaban mi desidia, deseaba follarme a su hija sobre aquel mantel blanco de servilletas blancas, dobladas y perfectas, cubiertos ligeros, y alineados de copas de invisible cristal. Deseaba ensuciar mi pene con su culo sobre los platos y fuentes de porcelana de papá y mamá mientras la oía aullar. ¡Sí, la amo! ¡Papá, quiero casarme con ella! A aquellas palabras, con el descontrolado éxtasis de cualquier acelerada penetración, iría acompañada por tres severos azotes en la nalga derecha al tiempo que una agónica voz en mi cabeza vociferaba y ensordecía una y otra vez y otra afónica vez, Early dawning, Sunday morning. Aún tendrían tiempo para para vestirme y hundir la cuchara en aquel hermoso y perfecto helado de vainilla.

Ni siquiera nos desnudamos. El café hervía en la cocina y podía oír algún ruido de platos. Papá y mamá estarían esperando en el silencio de la mesa del comedor. Fue rápido, como en el baño de un bar. Yo volcaba sobre el lavabo aquel diminuto trapo de plástico atado a un alambre, corté, aplasté, enrollé y aspiré mientras la polla se le doblaba en la garganta. Después fue más sencillo hundir la cadera, hincar la rodilla en el valor de aquella alfombra, sostenerle la mirada, evitar reír entre carcajadas por las drogas y el vino, y pedir la mano de Alexandra a papá. Aquellos ojos severos, si hubieran sido sinceros, lo hubieran desaprobado.

-¿La izquierda o la derecha? –Bromeó.

Pensé cuál hacía mejores pajas, pero con mi nariz entre sus piernas, pensar en penes puso el suyo a la vista en mi cabeza.

-¿Ambas?

-Te llevas una gran hija. No la mejor ni la más inteligente -Bromeó.

-No obstante, la necesitaré las dos manos.

El arte es subliminal, subjetivo, estúpido y mentiroso. La genialidad es pura distinción. Asomar la cabeza sobre el resto de mediocres chupa sangres que no saben otra cosa que imitar. El amor, al menos, jamás fue un arte.

Alexandra había iniciado una adicción tan sumisa sobre el abuso que, escucharme aquellas palabras fue construirle un ataúd. Al menos también, artístico. Ella se analizaba a sí mismo a diario, aferrada a el cuello fino de las copas de vino y un billete de cinco. Había dejado el café.  Se había vendido de tal manera, que nada de lo que dijeran era cierto, y sin embargo, ella comenzaba a creer tener su propio Dios. Los rumores, que volaron como bolas plastilina con apenas un ápice de forma, habían caído en todas las manos. Leer propiciaba encontrar un origen ya irreconocible. No había una sola certeza en sus palabras, en las ajenas, tampoco ante mí, ni siquiera ante nadie. La duda era su cabeza. No obstante, aún cegaba la contundencia de aquellos lienzos. Nuestra vida, tan sucia, era un lienzo; lo era apartamento; lo era yo, que me había convertido en su pincel. No bastaba semen, café y sangre. No era suficiente alguna caliente gota de orín. Tampoco heces. Alexandra no miraba atrás, porque mirar le producía vértigo. Sus lienzos destrozados se habían convertido en un esquizofrénico fenómeno que nos obligaba a fornicar entre pintura y pintura noche y día. Antes de que firmara con la uña de su dedo meñique, el cuadro ya tenía dueño. Aquella mañana, ella clavaba sus dedos en el fondo de su garganta. Dos segundos después, vomitó aquel fabuloso desayuno que yo había preparado.

El cielo también tiene un techo. Ni siquiera había desnudado la ventana, cuando en la oscuridad desperté con el áspero pan de una tostada untada con mantequilla y mermelada de frambuesa hundida en la cara. Como media naranja, con sus piernas presionando en mi cadera, decidió exprimirla hasta que todo aquello fueran migas. Apenas pude respirar durante segundos. Tampoco mirar. Apenas gemir. La oí a ella gritar; me asombró escuchar reír. En el pánico de la asfixia, mi brazo derecho, colgado junto al colchón, se alzó enrabietado. Quería vivir. Mi antebrazo, la palma de mi mano, mi muñeca la golpeó, perdió el equilibrio y hubo un sonido seco. Ella había desaparecido bajo los pies de la cama. Dije su nombre tres veces. Como el cuento, creí que volvería a aparecer. No se movió.

 •

Casarme con Alexandra fue otra estupidez. Al mismo tiempo, la decisión más acertada de mi vida. Ella había empezado a pintar jarrones repletos de fruta, había recorrido concursos de paisajes en pequeños pueblos aparentemente fantasmas, y había culminado con cierto humilde éxito económico ciertos retratos a familiares. Yo, sentado en aquel taburete, mientras jugaba a que los hielos de aquella ginebra giraran en el fondo del vaso, sólo quería meter la polla en aquella familia. Sin trabajo, sin estudios, madurando la indecisión de dejar sin terminar una segunda carrera, con la conciencia paterna asfixiándome por no finalizar la primera, casarme fue la estupidez acertada que salvó que tuviera que arrastrar mi vida y contar el número de bellotas para llegar a fin de mes. Elegí ser un yerno ideal que ahogaba la voz de su hija cuando antes de cortar la tarta de siete pisos, mi lengua lamía su culo. Ella quiso no drogarse, pero el mirarse y ver el blanco ante el espejo, débil, claudicó. Cogió mi entrepierna hasta que estuviera dura y se marchó.

Aquella boda, como todas, fue la obra de teatro de mi vida. Era imposible tanta felicidad sin un resquicio de envidia, rencor o cualquier otra desavenencia usual en los seres humanos. Toda la mierda suena en voz baja tras el telón. Las bodas son sucias en cada susurro indescifrable. El dinero es maldad. Amaba aquella casa, aquel coche, su jardín, la piscina y las cuentas bancarias. No soportaba la entonación de cada frase de su padre. Equilibraba al diablo y aprendí a sonreír. No incomodaba ya aquel traje, que ni siquiera me había abotonado, mientras aparecía poco a poco mi nombre y apellidos en el documento de identidad. El conflicto era que desconocía si sentía, al menos, una pizca de amor por Alexandra.

A muchos nos juzgan las decisiones de la vida; nuestras; ajenas o colindantes. A mí el desapego por el riesgo. Podía mirar por el amplio ventanal de aquel ático y no tener un solo sentimiento de miedo a intentar volar; saltar. Abrir la ventana, y con el aire y el ruido del tráfico como un murmullo a siete plantas de altura, dudar. En el altillo, con la cabeza suspendida, no podía liberarme del olor a pintura que había engullido el salón. Me vi con un pie por encima de la barandilla dispuesto a caer. Tal vez me detuvo que la vi llegar afilada, escandalosa, amarilla, pequeña, con la urgencia desordenando la carretera. Miré atrás. Quise que la pierna de Alexandra hubiera desaparecido o caminara, pero en la habitación, permanecía tirada en el parqué como un trozo de carne plastificado que cae del congelador. Ella, desnuda, sin vello, y un calcetín verde, junto al marco. Estornudé y vi volar migas y mermelada de algún rincón de mí. Cayeron sobre el último lienzo de anoche, aún fresco. Sonó el timbre y sentí un grandioso deseo de masturbarme.

Sentía pánico a los hospitales. No a las comisarías. Tampoco a las cárceles. Sí a las escuelas. Padecía fobia a la claridad. Pavor al blanco de la ceguera. Cómodo, me revolvía con soltura a media luz. Ella siempre prefería desnudar mis sombras. Yo aceptaba disfrutar de la fugaz luminosidad de su pupila deseando desde la entrepierna. Una felación no es un helado. Ella hacía de aquella oscuridad la visibilidad perfecta.

Aquella mañana quería volver a hacerlo. El abuso es insaciable y viceversa. El bote de mermelada de frambuesa quedó abierto en la mesilla de noche de la derecha. La cama repleta de distintos tonos para tal vez una misma sombra, y únicamente una luz rompiendo como un hacha sobre el cristal y la cuchara. Horas después, fue idéntica aquella iluminación en aquella incómoda silla de metal.

-¿Qué tipo de tostada le puso en la cara?

-¿La marca del pan?

-No. ¿Cómo la preparó?

-En el tostador. Imagino.

-Mi mujer siempre las prepara en la sartén. ¿Le golpeó con ella?

-¡No! Amaba a mi mujer.

-Perdone, caballero, su mujer no ha muerto.

-¿Vive?

-¿Lo hacen las plantas?

-Si las riegas…

 •

Arte. La suciedad de lo abstracto tiene una erección. En la ventana abierta, mi cuerpo desnudo con los brazos en cruz y el pecho ensalzado era una obra de arte. La falta de una genial captura fue lo que hizo que aquel instante pasara al olvido. Como la vida. Arte era venta. Sin ella, nada. Tal vez haya una pizca de arte en cada esquina. Lo somos todos, o no. El arte siempre creí que gritaba como un desconocido. Era necesario colgarnos en la pared de un salón principal de una flamante galería y tocar con los dedos hasta provocar gusto o placer en los sentimientos de la cartera de algún comprador. Arte mayúsculo. Lo somos, pero dependemos del beneplácito de quien juzga para considerarnos. Y, sin tú no hubo yo.

Lienzos sucios. Durante años había asentido con una sonrisa la necesidad nauseabunda de etiquetar el arte como alimentos envasados. Era dinero. Nadie advirtió de la fecha de caducidad. La necesidad de un nombre. El arte había evolucionado y no era arte, ni siquiera obra. El arte era persona.

Alexandra no me visitaba. Lo hacía yo. Una vez por semana. No dijo nada. Yo tampoco. No quería. No podía. A veces vertía gotas de mi sangre en cada uno de los últimos cuadros que sus padres no quisieron venir a recoger. Tomé tres litros de café que preparé con idéntico filtro y unté con mimo la mierda que en mí desencadenó beberlos de una sola vez. Pisé, golpeé, corté cabellos que repartí como pequeñas especias de alguna poción. Les masturbé, dormí y a ellos me abracé. Al despertar, persistía su vacío, abajo, en la derecha, donde su uña meñique derecha solía firmar. Su vacío. Abrazado al arte, sin el arte, no supe vivir.

Fotografía: Gina Rossi Armfield

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3 comentarios en “Lo sucio

      • Este relato me inspiró el título de una fotografía que me encanta.
        Tal vez, la mudez es el mejor comentario.
        En este caso, el silencio es voluntario, tus letras no lo provocaron, ni apagaron la luz.
        Gracias por escribir.

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