La respiración

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Ella tenía que haber muerto hace treinta años, pero de pie, su corazón no dejaba de insistir. Su respiración era repetición; la base musical de cualquier melodía. El aire iba, antes venía, después volvía; a veces envolvía, nunca desaparecía. La inmensidad de lo invisible carecía de un valor merecido. Él, quieto, incansable, a merced del ser humano. Y en el aliento, las huellas de tantos sucesos. Respirar, absorber aire por pulmones, branquias y tráquea, era un proceso que tornaba estruendo al aplastar la almohada y apenas dormir. En los propósitos sin éxito las horas se exponen como caminos muy largos. Ella encubría despierta cada gesto de sí misma bajo sábanas de color beige y tacto de franela. Agitaba su quietud entre la torpeza de una falta de luz. La claridad, tan nula, era un final, como el fundido en negro de una película, el telón de una obra de teatro; otra vida; su vestido. Y caían los párpados un segundo, como un fugaz amago. Entonces, una mano, suya, le elevaba del cabello, que como una serpiente trepaba por la pared vacía de una desconocida y usual habitación. Trataba de despegarse; desapegarse, desprenderse, pero la silueta de sus pies permanecían cosidos al suelo. Buscaba adelgazar su pesadez, y en una utópica ligereza, el cielo. Entonces, un gallo cacareaba a dos manzanas, ella abría los ojos, y el aire, que gateaba en sus mejillas, no se había rendido ante la ventana cerrada.

Había un ataúd vacío en el salón, abierto, una alfombra bajo él, marrón, y un reloj de madera y cristal parado y colgado sobre el televisor. Nada más. Ni una ventana. Tampoco electricidad. Nadie le había enseñado a morir. Vivir era una molesta respiración. Era un murmullo descontrolado en su silencio. No crujieron los cristales que, aun siendo tan lento el movimiento, arañaban la planta de sus pies de algodón negro. Ira como respuesta a la indignación y el enojo. Rotos todos los espejos, utilizaba los reflejos de una gorda cuchara de plata para lograr enrojecer sus labios y afilar su mirada con un desgastado lápiz negro. Ojos negros, cejas grises. Daba pasos cortos y jamás alcanzaba el paseo. Persiguió, y a la vista aparecieron borrosos los destrozos en la pared de su habitación. Oscura, la cama. La rodilla amenazaba como un títere de madera, y sin embargo, le fascinaba pasear con zapatos de tacón alto. Treinta años eran tres décadas y contables días en un calendario. Ebria, la vida atrapada en la estrofa de esa canción, que repetida, nada decía. Frente al plato, aún sentía el calor de la cuchara entre los dedos. La vida era una temperatura exacta. La muerte era fría.

Silbaba el fuego bajo la cazuela, y el agua levantaba con prisa el humo, como sangre de una herida. Rascaban las uñas de un gato en la puerta de madera que desembocaba a un patio común e interior. El sol acentuaba la oscuridad de las sombras de los árboles desnudos en el muro del vecino. Sus dedos giraron el reflejo de su cabeza. En aquella mesa, con un solo plato, nunca creyó ver tanto vacío en un tamaño denominado normalidad. Él prometió cambiar el mantel.

La piel no le permitía soportar más de siete horas bajo el agua. Aquella mano era desobediencia y buscaba atar su cabello al techo de aquella vacía, desconocida y usual habitación. Cincuenta kilos sin aire, con él, y al abrir los ojos ni siquiera un roto. Dormir era sueño, despertar, pesadilla. Vivir en una presa aflicción.

El agua hirviendo inundaba de humo el cuarto de baño. La última vez, hace treinta años. Él había roto con un martillo la esquina de aquella bañera color caramelo. Ella temblaba desnuda bajo una toalla rosa sujeta desde lo alto de sus tetas. Había un frío inusual cubriendo el espacio que separaba aquellos dos rostros. La evolución del tiempo había provocado demasiados cambios, y en la vejez parecían idénticos después de cincuenta años. Entre los dedos de una mano derecha, un libro, entre los dedos de una mano izquierda, un martillo.

-Había una mosca.

-¿La has matado?

-No.

-Un arma nunca asegura la muerte. ¿Me la das, por favor?

-Me gustaría que cocinarás un bizcocho para mí -pidió acercando el martillo con duda.

-Mata la mosca.

-¿Leerás mucho?

-La lectura jamás es una cantidad.

Ella quería leer bajo el agua hasta que desaparecieran las letras. Ella quería ser ella en aquellos numerados e idénticos trozos de papel. Ella no quería tiempo. Ella quería olvidar la respiración bajo el agua hirviendo y no regresar al desorden de sus días. La belleza era el orden de las páginas de un libro. Ella adoraba respirar en soledad el vaho que ocultaba su bañera.

El tiempo se hizo espeso al permanecer tan quietos. Ella le arrebató la herramienta y la lanzó al fregadero. Dio un paso descalzo, besó su mejilla áspera, y después, con delicadeza, media vuelta. Se deshizo de la toalla, que quedó desplomada junto a la entrada del baño, cerró la puerta, y aquel viejo cuerpo desnudo avanzó elegante hasta la alfombra que, protectora de cualquier resbalón, quedaba junto a la bañera. Horas después, él apareció muerto con el martillo clavado en la cabeza. La mosca volaba inquieta alrededor del arma.

Quedaban pastillas en el cajón de la mesilla y un reloj de pulsera. Amaba las correas de metal. Ella las odiaba porque pellizcaban el vello de la muñeca. Avistó una carta doblada con un membrete de una compañía de teléfono. En el techo, techo. Había cortado el cable que sujetaba la bombilla. Tomaría leche caliente. El vestido largo en el armario de color negro permanecía quieto y oscuro sobre una percha roja. Lo tumbó sobre la cama, lo desenganchó, bajó su cremallera, y pudo zambullirse y esconder las huellas de su piel. Caminó tan despacio hasta la cocina, que pareció pelear contra el viento en aquel corto pasillo. No cubrió con un plástico las pastas sobre el plato la noche anterior y no crujieron al morder. Volcó dos cucharadas de azúcar y una de miel. El vaso de leche caliente fueron treinta minutos. Horas después, nada más. Aquella noche llamaron a la puerta.

-¿Qué hay de malo en tomar el aire?

-Las miradas, hijo, las miradas.

-Yo bailaré contigo.

-Cariño, soy un cadáver que respira, que espera, sólo espera. Nadie querrá verte bailar con esta vieja y fea mujer.

-Abuela, tú siempre estarás hermosa, viva y muerta.

Ella le cogió del codo, descargó en él la pesadez de su cuerpo y consiguió que continuar de pie fuera tomarse un respiro.

-¿Qué tal está tu padre?

-Ocupado.

-¿Y tu madre?

-Desocupada. -Su mueca no evitó la sonrisa irónica mientras descolgaba una rebeca de algodón del viejo perchero de madera que custodiaba la puerta de entrada- ¿Vamos?

-¿Quién me dio un corazón tan fuerte?

-La naturaleza.

-Y Él.

-¿Quién?

-Dios. Tal vez esté enfadado.

-¿Por qué?

-A veces vivir es un castigo.

-Abuela…

-¿Qué, hijo?

-¿Bailarás conmigo?

-El último baile con la muerte.

En el equilibrio de los pasos de su nieto no reconocía las caras que le miraban con asombro. Cruzar una calle era descubrirse una extraña. Desembocaba en la única plaza como la debilidad de un río que desaparece en el mar. Había una orquesta. ¿Quién desea un baile con la muerte?

Las sábanas volvían a ser las mismas; franela; pesadas; ásperas. Vaga era la luz de aquella nueva mañana. Adoraba la facilidad del olvido. Ayer era un día que hoy apenas conocía. El cristal de la ventana, el aire, y no había una sola arruga en el vestido que caía estirado sobre la silla y que hacía pareja con el armario. Aún oía gritos en la plaza. Sentía que amanecía cada vez más temprano. Despierta, sus párpados hundidos en la almohada. Añoraba soñar. No le sorprendería un vacío de sustento en sus piernas. Las empujaba desde la cadera. Destapó su cuerpo, giró hacia el mismo lado, izquierdo, y lo sentó. Buscó con los dedos de los pies el calor de las zapatillas que esperaban en el suelo. Asfixiada, caminó hacia la silla. Vio la cremallera bajada, y pícara, río. Nadie había a su lado, y sin embargo, hoy tenía una cita.

-Si hubiera estado realmente enamorada, habría muerto poco después.

-Sí, debo decirle que ha habido casos. Incluso sé de parejas que, ancianas, mueren con apenas unos minutos de diferencia.

-Hubiera sido maravilloso. ¿Cree que es porque no fue natural?

-No sé qué puedo decirle. 

-Mi camino.

-¿A la muerte?

-Sí. duele, doctor. Duele vivir.

-No debe ir a ninguna parte. Será ella la que venga a por usted.

-¿Cuándo?

-No lo sé. Lo siento. Puedo decirle, entre nosotros, como amigo, no como profesional, que lo sabrá. Dicen que la muerte es un perfecto silencio.

Los gusanos le comían la piel. Abrían los labios y parecían aspirar cada milímetro de ella como si fuera un flan. Muerta sobre un mantel para tanto comensal. Mordían una a una las pestañas hasta que apenas hubo migas de sí misma entre sus pies. Ausente, era espectadora expectante. Dormía sin dormir clavada a la pared. Recordó una obra de arte a la vista sin ojos que la deseen observar. Vio como las uñas, afiladas, atravesaron cada calcetín para levantar con ira la madera del parqué. El aire, como aparente culpable, le arrastraba. Parpadeaba y enfocaba con detalle cada uno de los insectos acomodados en el deterioro de sí. Entrando y saliendo, deshaciendo, descosiendo el orden que fue. Había en su piel un puzzle roto de sí misma. Un agujero en su vagina, un desdibujo en el trazo de sus pechos, un desnudo en sus caderas. Como arena, los gusanos aparecían y desaparecían sin miedo a la asfixia. Engordaban convirtiéndose en culebras; serpientes, cocodrilos, elefantes y personas. Vísceras secas. Había un banquete frío y exquisito sin un trago de vino, servido entre cuatro maderas acolchadas. Y sin embargo, no pudo oír aquel completo silencio. Como una repetición, había un tartamudeo en su nariz. Despertar porque dormir no era morir. La pesadez de la franela, el cristal sin luz, convertido en ventana, la mesilla, la lejana fecha de caducidad de aquellas pastillas, su reloj de pulsera de metal, aquel sobre, el armario vacío junto a la silla, la única acompañante, escondida bajo el vestido negro, y el techo sin bombilla.    

Ann era hermosa. A sus ciento veintitrés años no sabía morir. Destapó el cuerpo, lo giró, colgó sus piernas en el mismo lado de la cama, izquierdo, estiró los dedos en busca de sus zapatillas, y sin el vestido, caminó despacio hasta la cocina. En el centro del salón, la sombra continuaba siendo un ataúd. Parecía soplar de nuevo el viento; frío y mudo. El fuego sí silbaba bajo un pequeño puchero. Calentó leche, mordió una pasta, y puso una cucharada de miel y dos de azúcar en un vaso de cristal. Ann abrió el grifo de agua caliente y la bañera pareció sangrar; después, respirar. Estuvo quieta durante diez minutos desayunando en aquella mesa de enormes dimensiones. El sonido del agua, cada vez más grave, era su reloj. Desnuda, con el libro entre los dedos de su mano derecha no quiso que el tiempo le arrebatara la lectura. La vida, la suya, era ya tan sólo una respiración.

Fotografía: Francesca Woodman.

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4 comentarios en “La respiración

  1. Fotografía y texto tienen mucho en común. La mujer quiere dejarse caer, no quiere estar sujeta a la vida, obligada a vivir , pero en su interior la naturaleza, puede que un dios enfadado, se oponen a soltarla. Una mano la sujeta por los cabellos instándola a permanecer erguida. Ciento y pico de años que aunque bien llevados son demasiados. Demasiadas ilusiones unidas a fracasos. Demasiadas expectativas engarzadas a olvidos. Es la lucha que cada ser libra en constante batalla consigo mismo por no ser. Exquisito relato.

    • Lo maravilloso de leer es que cada uno recoge una visión de la lectura. No tenía yo este punto de vista, pero es que yo he sido el escritor.
      Un vez más, Esther, gracias por leer, por analizar y comentar este relato.
      A veces, vivir, puede ser demasiado largo.

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