El abuso

Abuse

El calzoncillo blanco y roto de algodón tambaleaba solitario sobre una de las perchas del vestuario. Dieciséis minutos habían pasado desde que murmuraba oraciones en el escondite de una silla de pupitre. Oía aquellas suelas chapoteando sobre su camiseta blanca con el dibujo de un arcoíris y dos palmeras. Si no miraba, creía erróneamente desaparecer. Le arrebataron la silla, el pantalón y rompieron la goma de sus calzoncillos. De pie era más pequeño. Desnudo, cruzo los brazos hasta enseñarles los dedos sobre su espalda. Los azulejos de la pared eran verdes. Había un espejo pequeño, cuadrado y sucio junto a un lavabo agrietado. Tanto grito al otro lado de la puerta alimentaba el silencio aterrador que ya no daba un solo paso su alrededor. El tiempo era persistente. Sin un sólo reloj, un grifo mal cerrado advertía constantemente y con prisa el paso del tiempo. Había una ventana de cristales naranjas y rugosos, tan sucios, que la luz del sol podría ser mentira. Tom era un chico de huesos cortos, piel escasa, oscura, tersa, de pelo revuelto y ojos tan enormes como azules. En las baldosas encharcadas del suelo era inservible su ropa estrangulada. La tierra se acuchillaba intermitente, estableciendo huellas y pequeños resbalones. De puntillas, cada salto que él daba terminaba con un suspiro que evidenciaba el resultado como intento. No alcanzaba a recuperarse a sí mismo. No era una prenda, era un logro. Al estirar el brazo con tanta necesidad le dolía la espalda y el hombro, y con un pie en el aire, ni siquiera tocaba lo único que, pese a desgarrado, ansiaba. El desequilibrio le acobardaba y la risa a su espalda se confundía con la tos de un perro. Oía su corazón más que su respiración y ambas molestaban. Sobre sus ojos insistían alzados tres de sus dedos de la mano. Le parecían tan gordos como pequeños. Había un orden medido en el recorte de aquellas uñas; evidente el uso de tijeras. Largas tampoco hubiera rascado el trozo de tela que, ya quieta, asumía inservible. El carpintero eligió una altura adecuada para secundaria. Despegó el pantalón del suelo y el peso también negaba con rotundidad lo correcto de aquel gesto. Asomarse a su espalda era el único movimiento entre tantas casillas ya usadas y erradas. Él era ya él y nadie más. Jugaba girando sus zapatillas embarradas, atadas por los cordones. Las posó a su lado y esparció toda la sonrisa bajo la frialdad de su mirada. Él seguía sentado en el único banco de madera, posando sus pies en la silla.

-Te cortaría la pilila.

-¿Pilila?

-No tienes un solo pelo, no tiene nombre ni forma de pene, tampoco de polla, ni siquiera de picha. Es pilila.

-Necesito ir a clase.

-Y yo observarte.

-¿Por qué a mí?

-Eres fácil.

Mot era un chico de huesos largos, piel blanda y densa, cabeza redonda, cabello rapado, ojos pequeños, afilados y negros. Idéntica edad, mayor corpulencia. Artífice de aquel instante y orgulloso de serlo. Endemoniado, recogió las piernas, las apoyó en el suelo, posó ambas manos en sus muslos e hizo que su cuerpo volviera a estar de pie. Aquel movimiento provocó en Tom un miedo apegado a noches en casa, cuando una tormenta cortaba la corriente eléctrica. No era sólo la ausencia de luz, era el silencio al no oír el murmullo de la electricidad. Allí, en cambio, las dos líneas del vestuario permanecían firmes y blancas sobre el techo. El ruido también. Mot ensombrecía a la víctima. Mot fue contundente y veloz en los hechos.

Cuando extrajo el cuchillo del bolsillo trasero de su pantalón, entonces, sólo era un mango de madera. Dio un paso y con su mano derecha atrapó el pequeño miembro como si fuera la cola de una vaca, el cuello de una gallina, la cabeza de una serpiente o un pez en una pecera. Cogerlo fue sencillo, sostenerlo fue difícil. Hubo pis entre sus dedos, aullidos, manotazos, un resbalón y tantos gritos distintos, graves y agudos, todos de una misma voz, que cualquiera hubiera imaginado una matanza. Tom era un cable roto electrificando el suelo, era un cerdo enrabietado, descontrolado por la fuerza de sus brazos y piernas, intentando que alguno de sus golpes propiciaran su libertad. Mot supo que el pellejo no escaparía de entre sus dedos. Su pulgar levantó el filo, y como si acariciara un violín, trazó una línea roja de acuarela sobre su piel.

Llamé a la puerta un minuto tarde. Entré y Mot sujetaba con una sonrisa traviesa aquel pequeño trozo de carne, aún ensangrentado como una fresa estrujada. Pulgar e índice a la altura de sus ojos con gesto victoria. Él, mi pequeño, arrugado entre su ropa mojada, embarrado,  defecado, tiritaba mientras encharcaba de sangre el suelo.

En casa solía pasar la aspiradora los sábados por la mañana. Esperaba que el sol ya no tocara la ventana del salón. Entonces era mediodía. Empujaba con pereza porque en la limpieza nada compensaba. Mi pijama eran pantalones vaqueros, y una camiseta negra sin dibujo y con cuello ancho. Asomaba rizado el pelo en el pecho. Había dejado que la barba creciera densa como un nido de pájaros en un árbol. Uno podía esconder sus dedos en ella. El pelo de la cabeza lo había perdido por el agua, el peine y los años. Me gustaba el aire en los pies y caminaba sin calcetines. Añoraba el frío en verano. Teníamos un pasillo con alfombras pesadas, de peso ligero en las habitaciones y moqueta en el salón. A excepción de la cocina, recorría toda la casa. Aquel ruido zumbando era molesto y me recordaba adolescente, desnudo y borracho. Mamá golpeaba la puerta de mi habitación. Mi hermano hacía horas que estaba en el salón leyendo algún cómic. Papá siempre fue a lo suyo y tenía un taburete con su nombre en el mismo bar. En esta casa, tantos años después, sólo éramos dos. Ella era una fotografía con él sobre el televisor. Ambos teníamos edad para beber, y sin embargo, ninguno lo hacía. Él ponía canciones lentas que nunca entendía. Me entristecían. La aspiradora quedó descansando arrugada en el salón porque apresurado quería comenzar a cortar un pimiento amarillo. Cuando él me hundió el cenicero en la cara y me rompió un diente, nunca pensé lo difícil que era sonreír sin miedo; de verdad.

-¿Y otro tipo de música?

-Propón.

-¿No te gusta bailar?

-No. -Dio un giro al ordenador, y ante mí quedó una lista interminable de canciones-. Bailar es emocional, bailar no es inteligente.

-¿Y qué lo es, hijo?

-Escuchar. Eso es, escuchar. Ya nadie nos escucha.

-Yo te escucho.

-Mentir tampoco es inteligente. Todo el mundo lo hace.

Un piano repetía notas graves con una calma tediosa. Detuve mi dedo en el número ciento veintiuno. No sé el motivo. Tal vez leer All is love y pensar que debía haber alguna explicación en la psicología inversa para que estuviera en el listado de sus elegidas. Moví la ruleta y coloqué la flecha en el seis. El volumen ensordeció. Quise bailar, pero sólo moví un pie.

-¿Quiénes son?

-Lee.

Tom se levantó del sillón, no alzó la cabeza, tampoco la mirada, y desapareció del salón cruzando por mi derecha. Lo hizo sin tocarme, pero sí acercándose con cuidadosa medida. Aquel gesto imbécil y adolescente me abatió. El aroma; su aire fue un fusil que descargó todo su plomo pesado sobre el vacío de mis tripas. Karen O musité con la boca doblada a punto de llorar. Quise bailar. ¡Quería, joder! Y moví la cadera, lo que provocó que le acompañara el culo. Apenas una nota más. Una más, una, una, para como el grito que aguarda en el pecho, gritar. Él debió estar vigilando, porque regresó y cambió la canción.

-Quiero escucharla entera -exigí.

-Cómprate el disco. Me voy.

-Estoy preparando la comida.

-Come, eso siempre lo supiste hacer puntual. A lo demás llegas siempre tarde.

-¿Dónde vas?

-No sé. Tal vez a olvidar dónde, con quién y por qué estoy aquí. ¿Conoces algún lugar dónde te ofrezcan eso?

-Aquí. Hablemos…

-¿De qué? ¿De lo bueno que eres? ¿De lo que me quieres? ¿De las cosas bonitas de la vida? ¿De que todo puede conseguirse? ¿De que me irá muy bien aunque no tenga pene? Realismo, papá, realismo. La bondad está hecha para los perdedores. Como tú.

Mi mano rompió mi diente. Lo sé. Ella provocó su ira. Abofeteé su mejilla y él ni cerró los ojos. Tampoco dobló la cara. No hubo ni un mínimo pensamiento entre sus palabras y el estallido de aquella bofetada. Y allí quedó quieta su terca, fría y déspota mirada. Él no flexionó las rodillas para, esta vez sí, alcanzar lo que deseaba. El cenicero ensangrentó mi cara y un trozo triangular desapareció entre la moqueta. No pude evitar la violenta pelea. Enrabietados, arañándonos, estrangulándonos, pegándonos, pellizcándonos, retorciéndonos y gritándonos sin entendernos como dos estúpidos desconocidos. Él no hubiera terminado. Yo decidí empujar y separarnos. Sentados, podíamos volver a tocarnos con un vago movimiento. Lloraba mientras había otra batalla en la respiración. Yo avergonzado y él enrabietado. Un estribillo advertía que nada es casual repitiéndonos I would be sad because you left me all alone.

Aquel cuarto de baño era tan pequeño que nunca tuvo la oportunidad de sentir la calma que requiere hacer del vientre. Amaba la incomodidad, el frío y su delgada sombra en la oscuridad de aquellas cuatro húmedas paredes. Le enamoraba aquella irrealidad. Allí había una sola puerta de madera en la que él escribía fechas con un rotulador azul. Los números de tantos vacíos vividos. Había ojos invisibles en la pintura blanca gastada que reprochaban cada error cometido. Ellos nunca entraban allí. Un retrete, una lavadora, un armario, y tres estanterías sosteniendo el peso de un desorden ordenado de productos para limpieza de cualquier tipo. La lavandería.

Había una ventana gris que nadie abría porque al otro lado crecía un muro de hormigón. Si alguna vez moría, quería que su cuerpo se pudriera entre el pequeño espacio de aquellos dos muros. Escucharse, alguna vez, con el deseo de morir cada día, le hizo reír. Pensó cómo ahorcarse y que su madre, al fin, le encontrara. Nadie abriría aquella puerta.

La humedad nacía en las bisagras como el color del pis. Era la única realidad en aquella casa de tres plantas, recibidor, seis habitaciones, cocina con vistas a un ilimitado jardín, comedor, salón, biblioteca, tres cuartos de baño e innumerables lámparas ostentosas. Aquel pequeño cuarto era otro olvido de mamá entre tanta belleza. Mot subió sus pantalones y entrecerró los ojos cuando abrió la puerta. Demasiada luz. Le enrabietó el silencio cuando dejó de oír correr el agua. Sacó la mano de los bolsillos y sus pasos hicieron crujir la madera. Había comenzado a subir las escaleras. Tocó la puerta con los nudillos queriendo que el golpe fuera mudo. Sonó, pero ella no contestó.

Mot había aprendido a aceptar la falsa prisa cada mañana. La necesidad del silencio antes de dormir. Desconocía quién era aquella mujer, y sin embargo, necesitaba alimentarse de ella. No había un bocado en la mesa para él. Horarios opuestos, que no distintos, platos separados en el tiempo, que no en el lugar, y ya no podía saltar la distancia de aquel cerco que su madre había cavado con insistencia entre los dos. No lo explicaron la frialdad. A casa venía gente que aparentaban ser jarros de porcelana con flores perfectamente colocadas. Apenas servían para adornar junto a la ventana. Hablaban, comían, bebían, se iban. Había un runrún metálico en aquellas risas. Se repetían tanto, que Mot llegó a creérselas. Ella quiso que aprendiera a ser un jarrón perfecto en alguna de las esquinas libres del salón. Hubiera sido más sencillo si aquellas flores no hablaran. Finalmente, puso una cerradura en su cuarto, y cada viernes, imaginaba las caras y ropas de aquellas voces mientras pasaba páginas de un libro que no leía. Siempre disculpas. Siempre un regalo.

Se atrevió a bajar la manilla y empujar la puerta. Empleó la habitual suavidad. No hubo un sonido porque había aprendido a ser desapercibido; moverse con absoluto silencio. Inclinó la cabeza y tuvo que cerrar los ojos al respirar aquel perfume. Aquella espalda recta, ausente y severa, apenas movía los dedos con rapidez y serenidad sobre el teclado. A pequeños impulsos, como olas cansadas que tocan la orillan, vienen y van. Su pausa fue demasiado larga y Mot cedió al fin irrumpir por completo. Allí estaba él, en el reflejo de la ventana. Como equilibrio y defensa nunca soltó la manilla.

-¿Escribes?

-Estás muy guapo -dijo con desapego mientras añadía tres palabras-, aunque tienes que volver a cortarte el pelo.

-He elegido Universidad.

Ella mantuvo el dedo anular izquierdo en el aire, sobre la letra ‘e’, pulsó un punto y giró la silla.

-Reelegido, dirás.

-Mamá, quiero ser yo.

-Siempre eres tú.

-No.

-Hijo, hijo, hijo… -Tomó aire como si su respuesta le hubiera vaciado, se descolgó las gafas, que tambalearon sobre su escote durante largos segundos, y cruzó los brazos. -¿Tienes dinero? La vida es dinero. La vida sólo es dinero. No es educación, no es cultura, tampoco es salud. No idealices. Tú estudias por dinero, por eso elegimos esa Universidad.

-Elegiste, mamá.

-¿Por qué crees que escribo?

-¿Te gusta?

-Dinero. Si mañana no hubiera alguien que pagara por leerme, cariño, yo no tocaba una sola tecla más. 

-¿No existe el amor al arte?

-Siempre, en todo, hay un interés.

-¿Me quieres? 

-El sexo, cariño, es el invento con mayor número de errores.

La silla giró de nuevo. Cualquier palabra que él dijera sonaría como una voz muda. Con idéntica delicadeza, Mot cerró la puerta. Cuando soltó la manilla había un vacío enorme en su mano derecha. No supo la hora, pero sí supo el lugar.

La línea veintidós era un trayecto circular que recorría la ciudad por el exterior llegando al centro urbano. Lo hacía cada veinte minutos. La línea veintidós era la única que paraba en nuestra casa. Pude verle apoyado a la barra que sujetaba el panel de tiempo de espera. Apareció el autocar y el hielo comenzaba a mojarme la cara. El hinchazón no cesaba de latir. Tom subió y fue una silueta borrosa dentro del cristal. Él siempre llevaba monedas grandes y billetes pequeños. Acumulaba aquellas minúsculas piezas redondas de metal, para él inservibles, en un enorme frasco de cristal sin tapar. El conductor dijo el precio sin pronunciar una sola consonante, pese a lo importante que son para la comprensión de las palabras. Tom pagó y recorrió hasta el final el pasillo de aquel autocar sin observar las caras de los pasajeros. Personas mayores y adolescentes.

El viaje siempre hubiera tenido la misma velocidad si en la cuarta parada sus ojos no se hubieran encontrado. La lentitud del trayecto comenzó a tropezar una y otra vez provocando constantes detenciones. Tom no tardó en apreciar la sonrisa. Mot supo y quiso recordar aquella sonrisa.

El ser humano, habitualmente, siempre acaba sentándose junto al pasillo para que nadie le moleste; nadie invada el vacío de su lado. El odio del contacto desconocido. La repugnancia que supone un aroma inesperado. La negación avergonzada que se calla ante palabras indeseadas. Tom, en cambio, adoraba las ventanas, porque junto a ellas aparecían los detalles. Mot, en tanto, buscaba las monedas exactas en una cartera. El autocar ya se movía cuando él guardó el billete en el bolsillo. Sin verlos, el sonido de sus pasos sonaron concisos, lentos y seguros. Ellos caminaron hasta el final de aquel autocar.

Pequeño. Diminuto sin invisibilidad, como todo lo atractivo. La cara pegada al cristal, los huesos encogidos y los brazos recogidos; cosidos al cuerpo, las piernas pegadas, tanto que parecían un único tronco de madera, y sus pies, desaparecidos del suelo, subidos a la pared del autobús. Él, sin embargo, acomodado, tranquilo, sosegado, sonriente, mirándole, respirándole, callado. Al sentarse supo medir la distancia exacta entre los dos. Suficiente para que un soplo de aire les atravesara sin tocar. Sólo hizo tres exactos movimientos. No hubo ruido. Ni una voz; tampoco un murmullo. Durante un minuto no respiró. O Tom no le oyó. No lloró. La mano posó sobre su hombro y él tembló. Lentamente giró la mirada sin mover la cabeza. Había extraído el mismo cuchillo de madera del bolsillo. Desabotonado el pantalón, levantado el calzoncillo, y con el gesto vacío, entre sus dedos ensangrentados, ya sujetaba aquel  trozo de carne.

Fotografía: Marcia Michael

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2 comentarios en “El abuso

  1. Muy buena. He leído un par de los escritos de Daniel y puedo afirmar que me han gustado. Será esa sencillez descriptiva. Además del pasmo que produce ver a un buen escritor activo en un blog, que no sucede muy a menudo. Saludos

    • Lo primero, Andrea, gracias por leer. Si has leído un par, aún tienes camino por recorrer, siempre si deseas.
      El abuso es un relato duro, difícil y es complejo que guste.
      En cuanto a la actividad… El blog es mi lugar de trabajo, e intento no dilatar mi ausencia.
      Un saludo!!

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