Los fantasmas

Maftei Alexandru

No tenía un fantasma a mi lado. La casa era un desorden, pero la suciedad no era suficiente excusa para sostener mi soledad. Pese a lo inexistente, le necesitaba. El banco de madera en el parque brillaba por la escarcha. El bolígrafo aún tenía la cuerda que habían puesto en la sucursal, y con él decidí inscribirme sin un solo titubeo a las reuniones que organizaban los martes en el colegio religioso de San Agustín. La necesidad de compartir y no lograrlo provocaba en mí ansiedad. Aquella noche volví solo. Era otra vez y lunes. Igual era mirarme en el espejo, similar en el reflejo de un cristal. Como cada noche puse los pies en agua hirviendo con sal para no olvidarme de respirar. En mi trabajo buscaba ingenuas personas tras las puertas. Terminaba a las seis. Me había vuelto adicto al té negro con galletas de chocolate, muy negro, y cada vez aparecía más blanco ante el espejo. La paradoja de este pensamiento me recordó la xenofobia de mamá, que muerta, seguro tampoco descansaba. Vivió enrabietada espantando uno a uno los dieciséis gatos que corrían a diario por el patio. La encontraron muerta en la cocina mientras nueve lamían sus dedos, cuello y mejillas. Ella tenía un elegante y educado fantasma.

Para evitar el tabaco, a veces mordía regaliz de palo. Apagaba la luz del baño para darme oscuridad. Odiaba mis mofletes al sonreír. Nunca pensé en los colores porque le tenía miedo a la sangre, y nunca entendí la rojez de la vergüenza. Medité en la neutralidad de los grises aún con el peine de púas gastadas entre los dedos, y cuando me puse la americana sin camisa, vi que mis tetas habían perdido el equilibrio. El sol también caía. Era otra vez. Era martes. Quería dejarme crecer la barba, por la personalidad, pero apenas aparecían débiles pelos en la barbilla. Ni rastro de mi fantasma en el armario del lavabo, únicamente desodorante, un perfume, cremas y bastones sin usar para los oídos. Había retorcido hasta la asfixia la pasta de dientes. Siempre me afeitaba el pecho cada tres semanas y media. En cambio, no recordaba cuando fue la última vez que me recorté el pubis. Abrí el grifo y el agua corría. Aquel ruido me recordó que vivía solo.

Los domingos abrían aquella tienda tan pequeña, tanto que había puesto el sombrero de perfil antes de que lo pagara con un billete doblado con forma de pájaro. Amaba la papiroflexia, tanto como el helado de fresa. La dependienta tuvo miedo a matarlo y lo posó con cuidado en la vieja caja registradora. Sujetó dos monedas con los dedos, lo que obligó a que yo abriera la palma de mi mano izquierda. Un gran invento de la mente era sonreír sin entender si lo que lo provocaba era realmente felicidad. El sombrero nunca entró por completo en mi cabeza y el agua comenzaba a hervir en la cocina.  Después sería café. Aún era temprano y podía echarme dos gotas de colonia, atarme los cordones, pensar, masturbarme tres veces, evitar nervios y orinar. Necesitaba media cucharada de azúcar y un fantasma inteligente.

No supe si eran hombres o mujeres. No presté atención al sexo porque no quería una erección. El tipo de la primera puerta me dijo su nombre. Emitió una voz infantil, cantarina, pero olvidé adrede cada letra. Decir el tipo lo creí un sonido ideal en aquella sala repleta de nombres largos y desconocidos. Él amortiguaba sobre sí mismo, balanceando, como si hubiera un muelle en la suela de sus zapatos. Acepté la pegatina, vacía en mi pecho derecho. Después de la americana, chaqueta de tela con solapas y botones, elegí pantalones de pana y zapatos de colores; distintos. Quería evidenciar que era un ser un extraño y alimentar con mi imagen su curiosidad.

-¿Fantasmas? -Mi voz fue ronca, seca, como si hubieran secado con cera una a una las cuerdas vocales en mi garganta.

-A la derecha, por favor. ¿Café?

-Me tomaré un té negro -respondí contrariado.- ¿Tan blanco estoy?

-Es, ¿Es?

-Toque.

-Sí. Áspero, pero aparentemente real. La luz de esta sala, perdone. He dicho mil veces lo del bajo consumo, pero somos un centro religioso y necesitamos luminosidad.

-Dios hizo el mundo en siete días. ¿Mencionó qué hizo por las noches?

-Descansó.

-¿No era tan Todopoderoso?

-Tome, por favor, el té. También puede tomar, valga la redundancia, aquella silla. Eso sí, después de descalzarse.

Asentí, coloqué los zapatos en la fila, y caminé deprisa porque el plástico del vaso era tan fino, que el agua hirviendo quemaba los dedos. Olvidé retirar la bolsa. Dos minutos después, sorbía amargo hasta la repugnancia aquel brebaje del diablo. Insistía en ser el tipo de hombre que llama la atención en su primer día de clase, si bien, la pajarita atada al cuello me picaba, la desaté, hacía frío y abotoné la americana escondiendo la barriga y el pecho. Dejé de ser tan extraño para sentirme totalmente estúpido. Maniaté mis pensamientos al miedo de un tartamudeo. Todas las sillas eran de patas de hierro oxidadas. El corro era un huevo. Sus nombres sonaron tímidos y largos, en ocasiones compuestos, incluso hubo apellidos. El mío, pequeñito.

Once. Cinco eran personas. La edad era alta. Les califiqué como tipo uno, dos, tres, cuatro y cinco. Seis era yo. Quería vaciar mi memoria tanto como mi vida. De ahí la necesidad de un fantasma, no ocupa espacio emocional, racional ni presencial. El cura sonreía con el gesto vacío y el deleite de un chupachús de limón que había extraído de una pequeña cesta de mimbre. Era sólo un tipo e impedía que el viento cerrara la puerta. En aquella sala no había ventanas. Las paredes las pintaron de blanco. Tal vez hace quince años. El Jesucristo de madera crucificado sonreía enorme ante la extrema delgadez de las sillas. Incómodas, dobladas, y cojas. Nos movíamos demasiado y a veces sonreíamos al observarnos. Dejé el vaso de plástico en el suelo, lleno, a un centímetro de mis calcetines, y acobardado, amagué tres veces antes de levantar la mano. Quería hablar.

-No encuentro mi fantasma.

-No tienes que encontrarlo -dijo el tipo tres-. Debes de liberarte de él.

-¿Estáis aquí para libraros de ellos? -Les señalé.

-Para liberarles a ellos de nosotros -corrigió.

-¿A dónde irán?

-A donde deben de ir. -Aseveró con seriedad el tipo uno.

-¿Cómo los encontrasteis?

-Ellos te encuentran -respondió el tipo cinco.

-¿Y qué hago con mi soledad?

-Nadie está solo -interrumpió el tipo, que con silencio absoluto había cerrado la puerta y caminado hasta mí para poner la mano sobre mi hombro.

Me vi de nuevo estúpido, esta vez imitando la mirada al techo que sostenía él. La luz era realmente blanca. Parpadeaba. Quise que me cegara, pero un dolor en los párpados me obligó a obviar a Dios. El tipo también había liberado mi cuerpo y yo crecí al sentirme ligero. Deseé flotar o tener un porro en el bolsillo. Le oí la lengua moviéndose en su boca alrededor del caramelo, le oí sorber, le oí tragar y yo tuve el deseo de escupir. Nada sucedió, así que opté por contar uno a uno libros de colores para niños que se apelotonaban en una estantería. Ochenta y siete. Reconté para cerciorarme. El entretenimiento me hizo olvidar las palabras; entrecruzadas. Fue durante un tiempo indeterminado. Cuando regresé, alguien había elevado la voz haciendo elevar los cuerpos y estaba solo en el corro de sillas. Como una pelea, personas y fantasmas apelotonaban el pequeño espacio de la mesa de galletas y bebidas. Cuando logré un nuevo té negro sin bolsita quemándome entre los dedos, ella tenía la falda tan corta, que rasurada, podía imaginar su vagina.

-Me siento solo -confesé en un susurro tras un sorbo.

-Lo veo.

-¿Cómo te llamas?

-Mariela Amanda. –Mordió una galleta, derramó muchas migas y trató de estirarse la falda.

-Ahora lo leo… -Fijé la mirada en su pegatina e insinué en mi cabeza el trazo de sus pechos. El pincel utilizó acuarela, y al terminar firmó un hermoso cuadro en una sala vacía de un museo. Bebí té. – ¿Por qué vienes aquí?

-No lo.

-¿Perdona?

-Sé.

-No te entiendo.

-No puedo.

-¿El qué?

-Decir más.

-¿Por qué no?

-Dos palabras.

-¿Dos?

-Sólo dos.

-¿Todos?

-Sólo yo.

-¿Pero por qué? Es horrible. –Bebí y vacié el té ardiendo de un trago. Pude palpar la aspereza en mi paladar-. La vida necesita muchas palabras para expresarse.

-¿Necesidad? ¿Hablar?

-Sólo dos… -reflexioné mientras arrugaba el vaso entre mis dedos-. Dos no es hablar. Dos es demasiado poco. Cuando somos dos siempre buscamos tres. Tres es demasiado. Uno, uno es nada…

-Sé uno –aconsejó y titubeó un paso hacia mí.

-Necesito dos. Personas, no palabras. De ahí que no deje de abrir puertas en busca de mi fantasma. Sin embargo, hasta ahora siempre estuvieron vacías o fueron erróneas. Me desespero, me he vuelto adicto al té negro, grito a menudo desde mi ventana hacia un vacío y lo que escucho de nuevo es el eco. Necesito un fantasma.

-¿Fantasmas?

-¡Sí! Ellos escuchan, hablan poco, no molestan, no beben ni comen, no huelen, no ensucian, tampoco gritan, no cantan, no se tropiezan contigo…

-Me gustas.

-Mamá lo tenía. Papá tuvo uno graciosísimo. Creí que un día moriría porque no podría parar de reír, y al final lo mató un horrible accidente en la carretera. Compenetraban tanto… No era sexo, era la mayúscula de una relación.

-Lo quiero.

-Mi hermana tiene un tipo hermoso que le acompaña cada mañana a correr. Ella tiene un cuerpo fibroso que todos desean. A veces él aparece sentado en el sofá de su salón con un tazón de café. ¿Sabes? Puedes mirarle durante horas sin sentir un ápice de cansancio. Juan, Juan vive con uno desastroso, pero atento… Julio, Julio disfruta de un encanto, cariñoso, amable…

-¿Puedo? –Interrumpió elevando la voz.

-¿Tú? –Retrocedí, examiné su pose y dirigí la mirada al plato de galletas vacío.

-Sí, yo.

-Necesito más de dos palabras.

No me gustan las mujeres. Odio el sexo femenino. Me repele la insinuación. Amo su inteligencia racional y  aborrezco su incansable deseo emocional, sensual y sexual. Lo olía. Había dejado de ser ante y dentro de sus ojos la conversación. Tampoco creí aquellas dos palabras.

No deseo que los seres humanos cuestionen mi inteligencia. Aún botaba mi cabeza entre sus ojos, deseándola, aun sabiendo que era una pelota pinchada que no bota. Enrabietado, volví a mi silla y me senté. Me sentí estúpido. Otra vez. Para ella aún era el juguete sin precio en el epicentro del escaparate.

Pensé en un vaso de leche caliente y una tostada con aceite y mermelada. No existen los mudos de tres palabras. Ella tenía labios de puta y yo muchos billetes con forma de pájaro en el bolsillo. Comer pollas tal vez reduce el vocabulario. Recordé que hubo un tiempo en que nos mirábamos mudos sin taparnos con las sábanas. El semen quizá acartona las cuerdas vocales. Recordé dos zumos de naranja en sendos vasos de cristal, sin poder silenciar el motor que hacía un minuto los había exprimido. Su ropa apartaba la mirada. Recordé que su ropa era mi ropa; que nunca hubo posesivos porque la ropa era la ropa. No quería que hablaran de la promiscuidad de mi fantasma.

Odiaba aquel sitio porque crecía el deseo de beber. Yo no bebía. Sólo té negro. Cada mañana un vaso de agua. Tampoco quería que alguien perdiera un ser en mi beneficio. Dije en silencio el verbo liberar, sonreí y desabotoné un botón mostrando el pecho. Un minuto después, me até la pajarita y abrí por completo la americana. No era insinuación, era yo.  Las sillas estaban muy separadas. Relajado, observé.

El fantasma de la vagina nunca dijo más de dos palabras en una sola frase. El del culo gordo equilibrando era mi favorito. No lo creí inteligente, pero la voz y el uso de las palabras le hizo parecer un ser divertido. Una mujer no quitó su mirada de mi sombrero y deseé que la comiera un perro. Pensé en los dientes y los mordiscos, pero evité la sangre en mis pensamientos. Nadie mata a la muerte, pero pensarlo me hizo importante en aquella silla roja, cada vez más coja. A su lado, hipnotizado, no podía dejar de preguntarme cómo aquel anciano cuidaba el bigote espeso y largo que le caía por ambos lados hasta al cuello. Era elegante. Me recordó al fantasma de mamá por su corbata amarilla. Le sonreí y él asintió educado sin una mueca. El último era un niño de pelo rizado, gafas de plástico verdes y zapatillas deportivas de color rojo. El chándal era intrascendente. Tal vez nadie era lo que decía ser. No era tan poco el lugar que buscaba. Me excusé encogiéndome, poniendo ambas palmas de mi mano en la bragueta, culpando al té, y cuando la puerta de hierro pesó sobre mi espalda, observé que llovía y que la luna aparecía y desaparecía. Bajo la noche, los fantasmas eran invisibles.

La tarta tenía sólo tres fresas. La mesa cuatro sillas. Tres también vacías. El chocolate un puñetazo y sólo había apagado con el golpe siete de las cuarenta velas. Era miércoles. El desorden seguía sin tener como excusa la soledad. De pie, y ante el espejo, el pene que me colgaba no aparecía porque quedaba a la altura de mi nariz. Había dejado de ser el tipo maravilloso que era porque sólo intentaba con éxito meter mi desnudez en cuerpos invisibles. Cuerpos sin nombre, cuerpos desconocidos, cuerpos distintos, cuerpos nuevos, cuerpos vacíos, cuerpos de colores, cuerpos, cuerpos, cuerpos, otros cuerpos. Demasiados cuerpos.

Había dejado de ser el tipo único que era porque hablar comenzó a descubrirme. Las puertas de las calles no me esperaban. Decidí no tocarlas, no verlas, no imaginarlas, no engañarme, no mentirles. Bebí un sorbo de zumo de naranja en una copa de cava mientras tarareaba cumpleaños feliz. Había tres más. Mi hermana excusó el retraso de su presencia con el teléfono. Juan y Julio utilizarían la noche.

Decidí ponerme el sombrero y caminar aún empapado por los pasillos de aquella casa. El agua de la ducha goteaba sus huellas tras mi espalda a cada paso. La búsqueda sin destino. Abrí cajones y armarios. Ansiaba a alguien que escuchara mis palabras. Calzoncillos y calcetines mezclados, facturas y contratos, libros, notas dobladas y lapiceros, una goma y tarjetas, ropa mal doblada, zapatillas y zapatos, dos maletas y tres mochilas, productos de limpieza, la escoba y la fregona, un cubo y aquella aspiradora, vasos, platos, sartenes, cazuelas, tazas y cubiertos, palillos, un bol y dos ensaladeras, trapos y esponjas, una vieja cámara de fotos, llaves sin uso y aquellas cartas, una postal. Las dos bicicletas. Sólo era una casa.

El agua hervía. Pronto sería té negro. Probablemente debía probar la tarta, sonreír sin motivo, meter los pies en agua con sal y decir en  voz muy alta cómo soy. Escucharme. Sincerarme. Utilicé una cuchara grande mientras lamía lentamente mis nudillos de chocolate, y mantuve el silencio.

-Desear y vivir la inexistencia es imposible.

-¿Idealismo?

-Utopía…

-Ellos te encuentran. -Serví un triángulo de tarta en un plato cuadrado, verde y pequeño, y desdoblé el alambre de champán con prisa.- Recuerda que no bebo.

-Nunca tocarás aquello que es irreal  -dijo mi hermana con la cuchara en el aire-, porque vivir necesita ser de verdad.

-¿Y tú?

-Fernando es real.

-Enloquezco… He levantado tapas de contenedores, husmeado en buzones, abierto puertas prohibidas, de madera, metal y cristal, he alternado bares en carretera a los que no recuerdo cómo regresar, he preguntado en fruterías, carnicerías, perfumerías, y en aquella vieja lavandería que siempre decimos que hace esquina y es mentira, he buscado en libros, completado rutas de autobuses sin necesidad de llegar al destino, he esperado trenes que no sabían de dónde venían ni a dónde iban… Cada día anochezco en el mismo banco del parque…

-No aparecerá.

-Lo necesito…

-El vacío, hermano querido, no es una necesidad. -Al fin levantó la copa y bebió.

-¿Puedo querer a alguien y a la vez a nadie?

Bebió dos copas, yo dos tazas de té negro, devoró dos trozos de tarta, yo desenvolví el libro de un desconocido autor. La vida era rutina. Me besó la mejilla y forzó la sonrisa. Él lo hizo también. Sonreír no siempre era felicidad. Me deseó un maravilloso día que no creyó y empequeñeció al caminar.

La desconfianza no supo morir. Tragarla fue indigesto. Nadie podía sostener tanta invisibilidad en una vida en compañía. Quedaban recuerdos y los recuerdos hablaban pero no escuchaban. El agua comenzaba a hervir y pronto sería té negro. Necesitaba un fantasma. No aceptaba inexistencias. 

Fotografía: Maftei Alexandru

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6 comentarios en “Los fantasmas

  1. Que tan mal nos trata la soledad, en ocasiones, para volvernos egoístas y exigirnos a toda costa tener que necesitar una compañía que satisfaga nuestras carencias. Que tan mal nos trata que en la búsqueda desesperada todos encontramos uno. No me gustaría necesitar un fantasma. No desearía ser el fantasma de nadie.
    Sólo a veces el vacío es una necesidad, cuando realmente es vacío.

    • ¿Miedo a la soledad? ¿Tal vez desconcierto ante la soledad? ¿Necesidad? Este personaje sin nombre, (como los fantasmas) quiere cubrir un vacío, sin duda, pero ¿realmente quiere? Tal vez por eso busca un fantasma, porque no existe. ¿Real o irreal? El juego de un tipo egoísta que sólo busca compartir con alguien lo que el desea, sin esperar nada a cambio. ¿Es compartir dar y recibir? Leer este relato, incluso a mí, me llena de preguntas y dudas. La seguridad me aterra.
      Comparto, Sandra, tu opinión. Palabras como egoísmo, carencias, necesidad y vacío son claves…
      ¡Gracias por darle un comentario a la soledad de los fantasmas!

      • Como acostumbro a decirte, gracias a ti, por hacer que mi mente se mueva aún más, si cabe. Me planteo hasta qué punto se ha entendido el relato Los fantasmas, pues como bien dices, las preguntas que surgen sobre lo incomprensible que puede llegar a resultar el ser humano son muchas y las posibles respuestas son las que tendrían que darnos miedo.
        Por cierto, se me olvidó comentar, me gustó también la fotografía escogida.
        Un saludo, Daniel.

  2. Los fantasmas incrustados en nuestras costillas desde pequeños, no se van. No se quieren ir, y ésos son los que acaban formando parte de nosotros, nos acostumbramos, y si no los tenemos cerca, los buscamos, los sustituímos. Son nuestros traumas. El mejor psicólogo nosotros mismos. No es fácil arrancarse un pequeño meñique del pie, aunque lleve años contigo. Excelente relato.

    • Sólo me asusta la seguridad de tus comentarios. Jamás hay una duda en tus palabras. Tanta totalidad a veces hace que uno se sienta estúpido repleto de dudas.
      Quizá no todos nacemos con fantasmas y quizá todos los buscamos. A veces vivimos con ellos sin darnos cuenta, y el día que desaparecen, duele demasiado.
      Es un relato de un tipo con la necesidad de alguien y a la vez nadie. ¿Soledad o compañía? Creo que somos seres humanos de necesidades y ahí, siempre se cuela el egoísmo. Tal vez de eso hable los fantasmas…
      ¡Gracias, Esther, por comentar y leer!

  3. Leí hace poco para mi la mejor definición de la soledad ( no recuerdo de quien),La soledad no es estar solo es estar vacío, y así es, cuando se siente ese vacío ,que duele ,desespera lo que nos lleva a buscar a un fantasma aunque sea real o no pero que nos acompañe,quien no tiene o tenido un fantasma en algún momento?a ratos o a tiempo completo?… miedo a estar con uno mismo? miedo a la compañía?…interesante y estupendo relato ,lleno de preguntas y desde luego nada vacío.
    Como siempre un placer leerte,un saludo.

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