Rendición

sink

Decidí cortarme las dos orejas porque no deseaba volver a escuchar. Rendición. Afuera había empezado a nevar sobre hierba y hielo, y tan solo las aves romperían con sus huellas, horas más tarde, aquella arena de diamantes. Repetía la palabra efímero en una corta frase mientras la sangre comenzaba a lamer mi cuello. Temblaba la respiración como la mirada, inestable sobre tantos colores y tanta irrealidad. El lavabo no absorbería tanta sangre. Nunca comenzaría a descolgar las luces del árbol de Navidad. El siete de enero era una fecha temprana para abandonar la felicidad, y aunque todos hubieran decidido huir de mí, yo todavía sonreía maldad entre mi intermitente bondad. No sabía retorcer en la oscuridad aquella iluminación, pero sí escondía de la luz mi vitalidad. Me despertaba y me arrastraba el cansancio hasta el final de la misma cama, donde nunca hallaba algo que amar. La soledad era un sorbo de vino que desaparecía sin el sonido del cristal. Amar era un verbo que había retorcido su significado hasta convertirse en un abstracto e incontrolable dolor. Convertir era transformar, como quien amasa un pan sin encontrar la forma final. Ya no guardaba sonrisas de verdad. En el cajón, tan sólo dos vaqueros. En el armario, un jersey. Muda sin doblar. Ni siquiera había logrado ahorrar. Monedas, pequeñas, desordenadas junto a un libro empezado a leer. Apenas dos líneas del principio, ni siquiera ojeado el final. Por eso había un placer extraño en el delicado acto de utilizar un cuchillo de cocina para deshojar mi piel como un filete de salmón.

Pensé en el ocho trazado tan inerte en el calendario y lo creí inexistente. El jarrón de cerámica escondía agua podrida. Pude fotografiar mis dientes en el reflejo de la ventana. Anochecía muy temprano en aquella ciudad. Afuera, el suelo era nieve. Los días continuaban apareciendo con el cielo roto. Mañana jamás podría sonar como un presente.

A mitad de camino, la carne de la oreja se endureció, mi mano derecha, vacía, era un temblor enfurecido en la quietud del cuchillo. Estalló el último empujón, y sin pausa, rebañé el ruido que aún pesaba junto a mi mejilla izquierda. Al dolor lo distraje con un grito. Imaginé el silencio perfecto que podría salvarme de ti, sin embargo, me oí, te oí, nos oí, y maldije mientras pensaba que, desnudos, los pies en la nieve enseñarían la huella de mis dedos.

Aquel día podría ser hoy y sólo utilicé un puñado de hielo para bajar los dos hinchazones que palpitaban alrededor de los agujeros ensangrentados. Elegí algodón encharcado en alcohol para cicatrizar la herida y cortar la hemorragia. Hubo una espiral roja, tan preciosa, dibujada sobre el empeine de uno de mis pies. La fotografié.

Cortadas, las dos, rojas, sobre la alfombra, eran más pequeñas sin mi cabeza. Había un pelo ovalado en el lóbulo, y sólo si afinaba la mirada descubriría minúsculos hilos de cera. Las tres pecas. Mirarlas me despertaba un sentimiento entrañable. No hubo añoranza porque todo fue premeditado. En silencio, el dolor era hermoso. Y, sin embargo, aún escapó de mí un aullido interminable hasta la asfixia que asocié a una canción. Cualquier sonido, desde hacía días, tres, seis, tal vez más, acuchillaba como una piedra rascando el asfalto; todo era insoportable. Respirarme era un aire ensordecedor. Era un hábito despertar cada noche para correr tras las voces que, pisándose, no entendía. Y al acercarme, hablábamos sin entendernos a menos de un sólo paso con los dedos de mis manos completamente estirados. Nunca las alcanzaba. Atrás, la piedra continuaba arañando y gastándose sobre el cemento. “¡Basta!”, chillaba dilatando la primera y última vocal hasta el desmayo. Desesperado, entre agónicos gritos como graznidos de una bandada de patos, la perseguí, pero la piedra escapaba y mis uñas levantadas mostraban la piel ensangrentada, negra y embarrada. Entonces, la cama no era un lugar para dormir, y en la oscuridad, cualquier mínima luz multiplicaba las sombras.

-¿Qué te duele?

-El vacío.

-Llénalo.

-¿De qué?

-La vida lo llena.

-La vida me ha vaciado. Intento el aire, pero respiro y sale. Intento el agua, pero bebo, lloro y meo. Intento comer, pero vomito a diario. Intento observar, pero olvido lo visto.

-¿Tocar? ¿Oler?

-Si te toco desaparecerás. Todos acabáis desapareciendo.

-Aguanta.

-No puedo evitar caer. Caigo cada día y no hay una sola pared a mi alrededor

-¿Fuerzas?

-Debilidad.

-¿Duermes?

-Sueño porque los sueños son pequeñas ilusiones lejos de la realidad.

-¿Despertar?

-Pronto. La luz siempre refleja toda la verdad, y en ella estoy abocado a la soledad.

Al observar, aún quedaban luces atadas a los árboles que custodiaban la calle. La tristeza era nieve derretida. Apagadas, creí imaginar la timidez de cada una de sus ramas, hundiéndose hacia el asfalto. A mi derecha, lejos, brillaba el templo y su grandiosidad. Él nunca escuchaba, pero continuaba atrayendo seres humanos que deseaban hablar. Al pestañear cosquilleaba la venda sobre las dos heridas. Necesitaba descalzarme. Ya. Desatarme los cordones sin quitarme los guantes. Resbalaría dos y tres y cuatro veces sin deshacer el lazo por la falta de tacto en los dedos. Necesitaba quitar con suavidad los calcetines para deslizar y sentir grado a grado el camino hasta el frío. Posé una de mis zapatillas sobre la cabeza del buzón, después, en un arrepentimiento, coloqué las dos sobre la acera. Una baldosa desordenada levantaba la puntera de la suela izquierda. Hubiera sido maravilloso que a las cinco y media, con la última carta, comenzara a caminar.

Los sueños son densos copos de nieve que impiden ver la realidad con nitidez. Allí, en aquella nieve sólo había huellas de suelas. Distintos dibujos trazando caminos desordenados sin origen ni destino. Atrás, la habitación. No encontré un solo dedo en las pisadas. La vida era un constante disfraz. La muerte era una idéntica irrealidad. Trazos inertes. A veces, el peso desnudaba la hierba.

-¿Dónde quedan los pies?

-Ponte los zapatos, por favor.

-Zapatillas. Y no. La nieve está muriendo, y nadie le ha ofrecido el tacto de la piel.

-En primer lugar, ¿Es la nieve vida para morir?, y en segundo lugar, ¿Y las manos? Ponte los zapatos…

-Zapatillas -Corregí enojado-. ¿Es tu pregunta digna de una respuesta?

-¿Y tu respuesta digna de mi pregunta?

-¿Somos dignos?

-Yo sí, tú perdiste la dignidad en algún rincón inaccesible de tu cabeza. Ponte…

-Tú eras mi cabeza. Tú, amor, eras mi silencio. Y sé que debiera cortármela para ensordecer, porque es en el pensamiento donde habita mi sonido. Todavía ruegan mis deseos, hablan mis recuerdos, lloran mis arrepentimientos, chillan mis odios, susurran los ecos de un amor, otro y otro y otro. ¿Y la vida? ¿Y mi muerte? Vivir es más fácil que morir…

-¿Quién eres?

-Un ser aún vivo.

-¿Y qué eres?

-Lo irrazonable.

-¿Quién soy?

-Sé que tú eras yo, pero no sé quién soy yo.

Era la hora de cortarme los pies porque utilizaba caminar con el verbo deambular. Pocos decidían detener sus pasos ante el ruido. Evitaban contemplar los rotos que el cuchillo había levantado en mi piel desnuda. Ignoraban las voces como gritos, voces como palabras, voces como respiración. El ser humano carecía de tiempo para mí. Le aterraba tanta debilidad, tanto vacío, tanta locura, tanta rotura, tanto dolor. En la quietud me tenía a mí como rival. En la rendición era sencilla la derrota. El sobre estaba mojado, y cuando lo solté confié en el destino de mis zapatillas. Regresé sin calzarme. El cuchillo pronto estaría preparado.

Afilar exige mimo, y en la cocina, Marcelo tocaba una piedra con forma de pastilla de jabón a la que había untado aceite. La desfilaba a paso lento sobre el filo de nuestro cuchillo. Yo utilizaba un posesivo plural para evitar la culpabilidad. Afilar era dentera y debí elegir una última canción para no doblar los dientes y morderme los labios hasta romperlos. Los quería intactos y coser cada uno. Cazar exige paciencia. Tenía los ojos enrojecidos y nada miraba. Nada era mentira porque carecía de ceguera, pero transformaba la quietud rectangular del plano de mis ojos en nada; abstracto lo preciso.

En el tercio de mi vida, con los ojos de puntillas cayendo sobre al aterrador brillo que el sol ponía a mi cuchara, necesitaba arrebatarme cualquier mínima dosis de realidad. Absorber mi consciencia. Afuera, aún parpadeaba el campo de diamantes. No lo miraba, pero sabía de su existencia. El ser humano era tan fuerte como débil, tan sincero como una mentira, tan recto como la curva infinita que pone inicio a mi ano. El ser humano era una mierda; mi mierda, porque el ser humano era yo, y sin mí, todos eran nadie.

No miraba a nadie y todo lo veía. Escocían las pupilas como olfatear mi cadáver olvidado. Era la herida en una encía sobre mi paladar salado. Abrí el cajón y busqué lentamente una aguja. Estaban en una caja de metal que podía esconder en la palma de mi mano. Sobre ella, en la tapa, un tetera verde, dos tazas blancas y muchas letras chinas. Nunca busqué su significado. Encontré un hilo negro con finales mordidos a distintas alturas. Tampoco cosí el botón a aquel vaquero roto que tanto adoraba. Me temblaban los dedos y no iba a conseguir enhebrar, meter, colar, desfilar, atar, atravesar, deslizar, clavar, enchufar, llorar, pasar, acertar…

-¿Y la cuchara? –Interrumpió Marcelo señalando la aguja temblorosa entre mis dedos.

-No puedo borrar de mi cabeza el cruel gesto que da forma a una bola de helado.

-¡Cobarde!

-Necesito empezar a llorar.

-Dijiste actuar sin pensar.

-Pienso siempre. Cada día más pensamientos y mayor desorden. Hay un síndrome de Diógenes en mi cabeza.

-Nunca tiraste nada, lo sé, por eso elegiste correr y olvidar.

-¿Y a dónde llegaré?

-A ninguna parte. –Dio tres golpecitos con el filo del cuchillo sobre la pantalla tumbada de mi pequeño ordenador-. Los coseremos entonces.

Necesitaba destruir mi mirada. Nunca me recordaba y el entorno vestía como un extraño. La soledad del cuarto era tan grande, que al despertar no recordaba el camino por el que entré. Ya no tocaba el violín para recuperar dinero. Beber sin ti era una enfermedad.

-Tengo una sierra mecánica –dije en voz alta sin desistir en el intento de enhebrar el hilo-. Si la enchufas allí -señalé la esquina de la mesa-, apenas serán diez segundos. Y no me escuches.

-¿Me oyes?

-Aún sí –respondí.

-¿Aprenderán a andar tus muñones? –Ironizó.

-Prefiero ser una planta.

-¿Y el agua?

-Llueve, ¿no?

-No aquí.

-Sí ahí. –Miré a la ventana y enhebré la aguja.

Marcelo observaba de cuclillas con la espalda pegada a la puerta y el cuchillo en alto en su brazo derecho. Cuando quemé la aguja con el mechero hasta enrojecer su vergüenza y  atravesé como mantequilla el primero de mis párpados superiores, todo, muy poco a poco, comenzó a desaparecer.

Vivía en una rutina en perfecto equilibrio. Había logrado una sujeción precisa en cada una de las cuerdas tensas del velero. La posición idónea en ambas velas para surcar. Rompiendo olas, al vaivén perfecto con las coordenadas adecuadas. Cuerdas que olvidé. Cuerdas que aparentan irrompibles, como tubos de acero cosidos al suelo. Nunca pasa. Nunca me pasará. Y de pronto, pasa.

-Dos meses.

-¿Para?

-Es nuestro tiempo. -Añadí.

-¿Y después?

-Me rendiré.

-No puedo.

-No te vayas… -Rogué.

-Es tu final, sólo tú. Tu final.

-¿Es mi libertad?

-Es… –Cuchicheó como en un secreto- nuestra mejor despedida.

-Mientes. Todo el mundo miente. Mientes como mintieron mis padres. Mientes como mintieron mis amigos. Mientes. ¿Dónde está la genialidad? ¿Dónde el cerebro de la clase, dónde la estrella, dónde la magia nunca vista? ¿Dónde estoy yo?

-Lo eres.

-No, no lo soy. No. Sólo soy piel, piel que muere, piel, piel de la que huyo porque quiero morir.

-La soledad no siempre es sinónimo de tristeza. –Me tendió un beso junto a la barbilla y sus zapatos fueron lo último que escuché.

El mar no es mar sin tormenta. La sorpresa había agitado la inestabilidad, y la marea era inesperada y aterraba. En la calma de alta mar todo para desorientado. El cielo gris rodeaba con idéntico color. Incluso los espacios pequeños cambiaron con su ausencia. Y la mía, que como una rueda abandonada perdía aire. Crecía el hueco enorme en el baño, y a mí la vida comenzaba a matarme lentamente con una sola palabra. Una sola puta palabra. El cuerpo del ser humano, el mío, rendido ante tanta debilidad. No supe superar el sonido maquiavélicamente ordenado de una sola palabra. Como un virus, el significado reprodujo más letras, mayúsculas y minúsculas, palabras, frases, frases que crecieron hasta ser oraciones, después, párrafos que enredaron con total albedrío por mi cabeza, y al final, envenenado, perdí el silencio.

-Perdí la figura.

-No veo excesiva delgadez…

-No hablo de la figura de la piel. Hablo de mi identidad.

-¿De tu nombre?

-La vida me robó mi forma de ser.

-Tal vez fue alguien. A veces pasa. Todos evolucionamos o cambiamos cuando alguien está a nuestro lado. Pero la esencia de uno mismo permanece.

-El amor, el desamor, el engaño, la mentira, la amistad, las traiciones, la convivencia, la soledad, la felicidad, la tristeza… ¿Qué es la vida? ¿Es real?

-Sigues siendo tú,  no te preocupes.

-No, no lo soy. Me lo dice cada día…

-La cabeza siempre es una enfermedad.

-¿Tiene cura?.

-Cordura o locura… -reflexionó- ¿Cómo te sientes?

-Rendido.

Cuando terminé de coser uno a uno los dientes de mi boca, fue un deleite no poder gritar. Cuando anudé con doble hilo los ojos a las mejillas, supe que tu foto era la última imagen final. Cuando la sierra cortó ambos pies, caídos sobre el colchón, odié no poder compartir su risa. La cama comenzó a arrugarse como una fruta podrida. En ella me tumbé, me ahogaba; me hundía; desaparecía. Había pedaleado en un solo pensamiento con tanta fuerza, que el corazón comenzó a botar sobre mi estómago. Elegí disfrazar la muerte con un gesto fuerte, tan fuerte como la mentira; aparente y fugaz. Alguien no era alguien, yo no era yo, nadie era nadie, tú no eras tú. Cuando los pasos de Marcelo caminaron sobre la madera con un destino y tembló el marco de la puerta al golpear con fuerza, en la oscuridad, recordé mis pies desnudos sobre la nieve.

 

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2 comentarios en “Rendición

  1. No es un relato fàcil de destripar, necesitaría varias lecturas y un DIN A4 entero para hacer mi comentario. Es el más complejo que he leído hasta ahora, sé que no pueden ser largos los “me gusta” de manera que los acortaré. Tu mejor texto podría ser éste pero estoy segura de que tu mejor texto aún no està escrito. Un beso cariñoso.

    • No sé si el mejor. Yo, personalmente lo dudo. Débil es un relato que habla de la rendición de un ser humano. Tú y el cuerpo, el cuerpo y tú…
      Gracias por las relecturas, y lecturas. No es necesario comentario alguno en DIN A-4, simplemente que disfrutes leyendo.

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