Vacíos

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Cuando mi cabeza explota no encuentro la ubicación exacta de mis ojos. Ansío degustar cada pieza de este delicioso desorden, pero me entretiene la insinuación del humo de un cigarro quemándome los labios entre las dos patas de mi taburete. Mi cuello es un ramo de flores. Rojas. Lo pienso. Hay dieciocho personas y un reloj con un diecisiete y un treinta y cuatro. Lo observo. Quisiera saber dónde queda la bala que atraviesa mi sien. Quisiera saber mi último pensamiento. Sé que no hay gatillo. Sé que me mataré como todos los cobardes, con tiempo. Escondo la mano en la americana, y cuando siento el frío metal, la pistola es una cartera de cuero marrón con un búho grabado. Cuelga de uno de los bordes un aro para unas llaves que no sé si tengo. El dolor es como una zapatilla ahogándome la nuca, y en ese instante en el que nadie mira, lloraré. Desearía que desapareciera, pero estrangula. Desearía que nada me pasara, pero aún, despierto. Hay un aliento en la oscuridad. Imagino leche corriendo por la alfombra porque la oreja izquierda golpeó un vaso al despegarse. La leche por el suelo es como matar una vaca. Lo pienso. No entiendo el motivo y tampoco lo busco. Recuerdo mis ojos. Cuando me mira sé que hay suficiente distancia para ser demasiados distintos. Cuando me habla acabo de expulsar demasiado humo. No ofrezco, tampoco acepta, y sé que no escucho lo que ella dice.

-¿Por qué empezaste a fumar?

-El día que descubrí que era hermoso.

-Nos hace interesantes.

-Y adictos.

-Nos protege. Es como un bonito sombrero.

-¿Cuál es tu nombre?

Imagino sangre por la mesa y un billete enrollado que nos permitiera esnifar la vida. Elegiría el charco oscuro que comienza a secarse sobre la madera. La rapidez es injustificable. Pienso en la manera de inyectarnos un solo gramo de vida. Hay un cadáver y nadie grita. ¡Por qué! Hay un espejo sobre las bebidas, lo suficiente alto para que nadie aparezca reflejado. No me gusta el silencio de mis pasos sobre la moqueta. Ahora no comprendo por qué estoy sentado y la sangre salpica cuando la palmas de mis manos se impacientan en la barra. Deben de ser mis venas que perdieron su destino. Rosas rojas embadurnando tres grifos de cerveza. Adoro el hueco que existe entre el alcohol frío y el alcohol templado. Aparece ante mis ojos y tras su cabeza, un cuadro en blanco y negro con una calle sin luces. El blanco es gris oscuro. Siento que amo el espacio entre los dos, y sin embargo, desearía que alguien cogiera un taburete y se lo comiera con las manos, hambriento y ansioso, como un muslo de pollo. Somos veintiuno y el reloj tiene un diecisiete y un treinta y cuatro. Entre tanto desastre, mi cabeza ha pedido dos hielos y veinticinco mililitros. Insisto y duplica. Distinto vaso. Un billete de diez desenrollado, ni siquiera doblado. Deseo una letra que invente mi nombre. Las monedas cuando caen sobre el cristal tienen un sonido peculiar, y por algún motivo, sonrío. No quiero saber el suyo. Los dos no nos miramos, nos vigilamos. Pienso que los nombres son etiquetas e imagino el precio, las banderas, la talla y el descuento. Construyo el sonido del mío. Ya apenas son dos letras. El mundo rebaja los nombres. A mí me gusta el vacío.

-Estoy muerto.

-¿Hace cuánto tiempo?

-Creo que hace cinco minutos. He disparado a mi cabeza y ahora trato de buscar mis ojos.

-¿Qué sientes?

-Dolor.

-¿Nada más?

-Vacío.

No queda fuerza. Lo noto en el trazo de los cordones de mis zapatos. En el lazo de ambos hay tristeza. Hay un agujero en el cuero del pie izquierdo. Tal vez puse ahí la bala. Lo pienso. Algún día me masturbaré en una bañera repleta de vino tinto para que mientras el semen danza lento y espeso, crea que brilla ante mis ojos una estrella fugaz. Tengo que buscarlos. Intento juntar más letras, pero nunca alcanzo las perfectas palabras que busco. Hay diecisiete personas a mi alrededor y en el recuento el número es otra idiota confusión. Mientras, el reloj tiene un diecisiete y un mismo treinta y cuatro. Pongo dos billetes de diez sobre el tapete y no puedo evitar observar dos azucarillos de diferente tipo. Aquí todo es blanco o marrón. Aparecen rotos entre mis zapatos y aún son dos taburetes los que me separan de esos ojos. Ojalá tuviera los míos, podría ver lo maravilloso que es bajar el cuello ante un precipicio y no tener miedo a la ausencia de suelo. El suelo es necesidad. El viento es un gran asesino. Cuando busco en mi bolsillo encuentro un preservativo con sabor a frambuesa y un cigarrillo doblado y mojado. Lo poso todo junto a mi cartera, sobre la barra. El vaso no desaparece y el hielo lo vuelve aparentemente transparente.

-¿Cuándo fue la última vez?

-Todavía no ha sido.  -Bebo, fumo, apenas respiro.

-Hay algo en tus ojos que aún dicen de ti.

-El problema de este enorme y distinto maldito planeta es que yo no veo desde mis ojos como tú ves hacia los míos.

-El ser humano es unidireccional.

-¿Qué coño es esa mierda?

-Que se orienta en una única dirección. Que nunca se mira a sí mismo.

-Yo creo que nadie se detiene más de cinco segundos en mirar a nadie.

-¿Quieres probar conmigo?

-Lo haría si tuviera mis ojos.

La puerta es de madera con un cristal a la altura de la cabeza. De pronto siento que ya no me interesan mis ojos. El que entra, empuja, el que se marcha, tira. Hay dieciocho y el aire que se cuela es indefenso. Bebemos y vigilo. Enciendo un cigarrillo y vigilo. Ella ya no mira el reloj. A veces oigo tantas voces que podría componer una canción. A veces veo tantas miradas que todo sería abstracto en un lienzo. Me muero tan lento, que cuando respiro, recorto el camino.

El camarero es joven, tiene tripa, habla poco y el pelo le cubre la frente, la orejas y casi las mejillas. No deja crecer su barba, la mantiene. Camina despacio, sirve despacio, habla rápido y sonríe poco. Le coloca el vaso a ella, que asiente, sonríe y agradece. El gesto es un tópico; un nombre; una etiqueta. La odio por haberlo hecho. Me gustaría volver a repetir la escena, pero ella ya ha empezado a beber. Si la matara empezaría con un sucio corte en sus piernas a la altura de los tobillos. Si tuviera valor los amputaría a mordiscos. Me gusta el color de la bebidas. Lo pienso. Amarillas y blancas. Ron y whisky, vodka y ginebra. A la derecha, junto a innumerables botellas de cervezas hay banderas, una matrícula y frases estúpidas. Los posavasos se acumulan intactos en la barra. Aquí todos fuman.

-¿A qué te dedicas?

-A beber.

-¿Te pagan?

-Pago.

-¿Me dejas pagarte?

-Sí, si hacerlo no se convierte en una deuda.

Hay veintitrés personas que no son personas, que bien podrían ser animales, pero les diferencia la ropa y los ojos. Los ojos son los pensamientos. Cuando vuelvo a caer en los suyos, bebo, fumo, arriesgo.

-¿Puedo acercarme?

-Oigo tus palabras a la perfección.

-Podrías desearlas oírlas mejor.

-Mientes.

-¿O invento?

-La mentira es una invención. ¿Sabes dónde empieza la primera mentira?

-Te escucho.

-Cuando tras un silencio respondemos que nuestro pensamiento fue nada.

Bebería cada una de las botellas que se alinean ordenadas en la barra del bar. Acabaría con mi vida. Acabaría con el ruido. Acabaría con el dolor de los ojos, con el hinchazón de la vejiga, con las lágrimas ardiéndome en la tripa, con los dientes doliéndome porque no dejo de morderme una y otra vez destrozando cada uno de los empastes que esconden rotos irremediables. Hay doce personas y el reloj insiste en su diecisiete y su treinta y cuatro. Redundancias vivas. Si bebo un sorbo más, mearé encima de estos vaqueros gastados, rotos, sucios, y aún con papeles en los bolsillos repletos de escritos doblados y arrugados, con letra casi diminuta, con trazos rendidos, acelerados, ahogados por un vacío, otro, sin un solo sentido. No sé qué demonios quiero contar.

-¿Qué llevas ahí?

-Dinero, mi documentación, una tarjeta de crédito, otra de la biblioteca…

-¿Lees?

-Leía. Ahora sólo paseo entre los libros, los cojo de las estanterías, imagino cómo sería leerlos, me siento un ser humano interesante, y pasados unos minutos acabo colocándolos de nuevo en su lugar.

-¿Por qué no los lees?

-Elegí beber.

-Ayuda a no pensar.

-Y a dejar de ser. 

Cuando miro alrededor me gustaría sentir que hay un dragón escupiendo fuego con total descontrol. El dragón tiene la piel verde, alguien le dibuja una escamas como lenguas de serpiente, partidas en dos, y su cola nerviosa es inquieta, y vuelca sillas, caen los vasos, y no toca un solo taburete. Lloro al ver tanto alcohol huyendo por el suelo. Me duele la cabeza menos que los ojos. No entiendo cómo puede doler la ausencia. Ojalá un solo grito todo lo ensordeciera. Hay seis personas e imagino que saltamos cuando el fuego dispara. Es vómito, es naranja, pero pienso en una hamburguesa y hundo el dedo en la salsa de tomate que alguien ha volcado en espiral sobre ella. Recuerdo una masturbación femenina. Dos distintas, como el azúcar, marrón o blanco. Lo pienso. ¿Por qué hacen el azúcar en cubos? Bebo y pienso que  bailamos cuando la cola barre como una ráfaga de viento. No me entiendo, simplemente lo acepto como un juego. El fuego nos abrasará. El reloj tiene su diecisiete y su treinta y cuarto. Hay una canción, y de pronto, el silencio y mis hielos. Nos congelamos. Lo mejor de la muerte es el silencio.

-¿Tienes pareja?

-¿Cambiaría lo que ven tus ojos en mí?

-Lo haría.

-¿Te gusta el sexo?

-La pregunta es estúpida.

-¿Te gusta?

-Me gustó.

Ella dobla las piernas. Las dobla tanto que creo que podría no tener huesos. Ella tiene rodillas anchas, medias negras y los zapatos amarillos se le descuelgan del talón. Es la primera vez que encuentro detalles en mis ojos de ella. Me aterra. Tampoco necesito más. No quiero más. Pienso en mi cabeza palpitando sobre mi cuello como un taladro. Pienso en un martillo. Pienso en un martillo agujereando un cráneo; el mío. Pienso en mi billete de diez sobre la mesa, mis hielos. Pienso en el dolor y dónde estarán mis ojos.

-Hoy he matado dos flores por verte desnuda.

-¿Las pisaste?

-No. Las arranqué con mis manos.

Pienso en la leche recorriendo la alfombra.

-Me iré.

Pienso en la desorientación de mis ojos separados, perdidos, heridos, lejos de mi cabeza rota e incomprensible, repleta de palabras que ni siquiera escupo, sino que extraigo con mis dedos, que escarban en el fondo de mi garganta para extraer una a una las letras. Invento la voz.

-La vida es irse.

Pienso en la sangre salpicando bajo la palma de mis manos, pienso en sexo con ella y no logro empalmarme. Empujo mi pene pero es una oruga negra y diminuta y blanda que cosquillea bajo su pubis. Pienso en  los hielos derretidos, en más billetes de diez, en la cartera que sigue sin ser una pistola.

-Algún día me gustaría ver esas flores.

-Estarán secas.

Pienso en los dos taburetes vacíos e intactos entre ambos, como una alambrada infranqueable. Si gritamos desesperados es porque queremos desaparecer. Lo absurdo es que adultos aún tengamos fe. Pienso en los taburetes otra vez. De ellos salen dos alas, no tienen plumas y vuelan en círculo sobre mi cabeza con carcajadas de pájaro.

-Me gusta tu risa.

Pienso que el espacio es la ausencia de gente. Pienso que el silencio es soledad. Hay una sola persona y el reloj no funciona. He encontrado mis ojos. Hay sangre ordenada en mi cabeza. Pienso que mi dinero ya tiene valor a ciertas horas. He empezado a mearme en los pantalones. Deseo que exploten las flores envenenadas que acuchillan cada una de mis ideas. He encontrado más ojos. Observo, no veo. El vacío es completo. 

 Fotografía: Serge Gainsbourg

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4 comentarios en “Vacíos

  1. A veces tan vacíos, que nos gustaría el frío metal en vez de el cálido cuero.
    Destaco, al ser mi inevitable costumbre, una de las frases: “Invento la voz.”
    No podía ser otra entre tantas.
    ¡Maravilloso Serge!

    • Serge fue la imagen perfecta para esta historia que apenas escribí en cuatro horas. Hay mucho vacío en las lecturas, y es bueno, que en las relecturas los vayamos llenando.
      Gracias, Sandra, por tu visión, tu impresión, tu lectura…

  2. Siento todo como si fuese demasiado personal, siento como me han deshilachado en fibras, puede que no fuese la intención del autor, estoy segura, pero sin querer lo ha conseguido, de modo que, soy incapaz de ser objetiva. En otra ocasión. Ahora me inunda la tristeza. Tsunami de saladas lágrimas en fila de a una. Lo siento.

    • No sé si quieres decir personal, que he hecho que el relato te toque personalmente. Si es así lo siento. El relato es dramático, sin duda, pero hay un vacío increíble que leyendo puede llenarse.
      Se agradece la lectura y las palabras.

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