Olvidos

hair-danieldiez

El anzuelo rodó a izquierda y derecha ensangrentando en dos diferentes caminos la cubierta. El desnivel era un baile y evitaba los charcos. La sangre de los peces siempre aparentaba ser más lenta, y sin embargo, era lo suficiente idéntica para confundirla con la de un ser humano. La velocidad dependía de la cantidad, el peso y el agua que atravesaba la cubierta. El cuchillo había quedado quieto a la altura de la cabeza. El cuerpo tendido, aún intentaba aletear. El cabello de ella, después de un mes, se había convertido en anzuelos tersos y afilados que cambiaban el sentido del peligro a golpe de viento. Caían, y el ruido ante sus ojos no sonaba. Sobre la madera se adormecían aquellos garfios desollados. Ella podía ver cómo odiaba aquel tobillo tatuado. Él no podía ver cómo ella aún permanecía en tierra firme. No era matarlo, era pescarlo.

A veces había sangre en los camarotes y el olor ahogaba cuando no soplaba el viento y él cerraba la puerta de cubierta porque odiaba el carácter que le imponía el frío. Encendía un cigarrillo y vertía ginebra sin hielo en un vaso azul, de cristal, cuadrado con los bordes curvados. Apenas una luz. El humo del tabaco bailaba desorientado con cada uno de los empujones de su tos. Repitió un trago que terminó con un golpe sobre la mesa. El aire era más delgado que cualquier rendija y había aprendido a silbar.

Ella lograba ver bajo la oscuridad de aquella cama. No dormía. Rendida ante el insomnio provocado por las náuseas, los pensamientos y el movimiento, había descubierto que el mar no era el paraíso que repetidas veces había oído. Tampoco la ausencia. Ni siquiera había huido. El mar le mentía con su silencio, le engañaba con la libertad, le traicionaba con la paz, le desenmascaró al tercer día de su aparente belleza. Y pese a todo, no lograba atribuirle un solo ruido. El mar no ofrecía queja. El mar era una melodía constante inesperada. El ruido era nuestra presencia. Cuando ella levantaba su cuerpo, el crujir sí era ensordecedor e inevitable con cada uno de los pasos que imponían sus calcetines. Las botas, sin desatar, esperaban en lo alto de la escalera de madera. Las suyas en el último peldaño. Sebastian dormía porque su respiración era larga y torpe. Louise entrecerraba los ojos y apretaba la mandíbula para callar aquel subjetivo alboroto. Subía con la incomodidad de lo incorrecto; lo prohibido. Al empujar la escotilla, el aire era húmedo como la lluvia. Tiritar era un verbo insignificante en medio de aquella inmensidad. La oscuridad convertía el mar en una sombra inquieta que nadie captaba. Ella temblaba. Había pánico y no era soledad, no era lejanía, tampoco mareo, ni siquiera desorientación. El pánico eran tantas imágenes en el vacío; nubes veloces, estrellas desordenadas, la luna rota. Un anzuelo nunca pescaba un mismo pez.

 

-¿Qué sucede cuando todo es azul?

-Olvidas la luna.

-¿Y el sol?

-A él nadie le mira.

-Echo en falta estabilidad.

-Mañana llegamos a tierra. Esta noche desayunaremos fuerte, y temprano, con una copa de vino, celebraremos que el mar ha terminado.

-¿Para siempre?

-Cada vez que dices la palabra siempre me acuerdo de la muerte.

-Y tú nunca respondes a mis preguntas por el miedo que dan tus respuestas, ¿verdad?. -Ella hundió la espalda en la baranda de popa y bebió café frío, sin leche, ni azúcar.- ¿Comeremos carne?

-Y beberemos, al menos, dos botellas de vino.

-Mareará tanta quietud.

-Lo sé, por eso me afeitaré ahora la barba.

-¿Haremos el amor? Echo de menos perder la noción y el equilibrio cuando nos desnudamos.

-El amor es atemporal.

-¿E improvisado? Cuando nos conocimos, ¿recuerdas cómo reíamos con las cosquillas que te hacía al quitarte los calcetines? Necesito tocar tus tobillos con mis dedos.

-Odias mis pies.

-Odio su color.

Él esquivó la botavara, recogió uno de los cabos sueltos de estribor, junto a la vela mayor, y lo amarró enrabietado girando con fuerza, a gran velocidad. La vela cambió su posición y el barco, poco a poco, también su rumbo. Cuando maniobró, comprobó que la red que colgaba de popa aún albergaba varias piezas vivas. Louise tampoco le miraba.

-¿Cuánto queda? -Insistió.

-Llegaré.

-¿Y yo?

En el pecho de su cazadora roja tenía una cajetilla de metal con tres cigarrillos liados. Dejó el timón fijo a la vía y caminó los diez metros de eslora alejándose de ella. Quería olvidar el color de la tierra.

Sebastian aprendió a leer a los doce años. A los quince había escrito ocho poemas. A los veinte olvidó la lectura. También escondió la escritura y el cuchillo que le marcaba su escasa altura en el marco de la puerta de la cocina. A los veinticinco quiso perder la memoria. El ser humano no puede volar eternamente. Chocó y sus dientes aparecieron rotos y esparcidos en la acera. No hubo sangre, sólo dolor. Después quiso enterrar lo que le dolía; él. Y él resucitaba porque despertaba bajo un tejado repleto de pequeños cajones sin espacio y dos toallas colgadas detrás de la puerta del cuarto de baño. Su vida era un empujón diario sin un halo de claridad suficiente para trazar una sola letra más. ¿Vivir? Utilizaba la luz para encontrarse con lo hermoso de su sombra. Acostumbró su cuerpo a aquella ceguera. A no mirar a nadie. También al silencio. A no escuchar a nadie. Al olvido diario. A no recordar a nadie. Dejó de dormir porque perdía el tiempo; evitaba despertar. En la calle, había demasiados ojos a su alrededor. Las llaves de aquel pequeño hogar, que sólo miraba al mar, pesaban demasiado en el bolsillo. Había otra copia en la mesilla. Cuando estuvo de puntillas frente a la orilla, supo que era inevitable no regresar.

-¿Firma?

-Y pago.

-Los verbos más utilizados en los últimos treinta años. ¿Le interesa?

-Necesito aprender a navegar -dudó Sebastian.

-¿Conduce?

-Conduje una moto.

-El mar no necesita tanto equilibrio. -Saltó del barco al muelle y sacó un sobre de la cartera-. Lo incluyo.

-¿El aprendizaje?

-Haré que sobreviva.

El mar sólo era una balsa de agua golpeando aquel muro. Él creía que el mar comenzaba en la línea que daba inicio al cielo. Lo hacía mucho antes. Mezcló tristeza y deseo mientras titubeó con el bolígrafo sobre el papel. Aullaban los barcos inquietos y tan quietos, atados como perros adiestrados, incomodándose por la falta de espacio, enrabietados y presos por la impotencia. Sebastian tenía en sus ojos la diagonal que en el aire dibujaba aquel bolígrafo. Aquel documento quedó doblado entre su mano durante tres horas. Después, jamás echó la vista atrás. Después, volvió a dormir.

Para el mar compró aquella cazadora roja que le protegía de la humedad por un precio incomprensible. Utilizaba a diario los mismos sucios pantalones negros de pana. Él había adivinado que ella, en apenas diez metros de eslora, ya no le miraba. Louise siempre quedaba de pie y echaba de menos el suelo. Desde hacía una semana, vestía un gorro de lana que bajaba hasta cubrirse las orejas y las cejas. De espaldas, reclinada, ausente; para él comenzaba a ser la compañía más solitaria. Sebastian, al verla, recordó la última vez. La erección empujó entre sus nalgas sin decir una palabra. La respiración fue confundida por la madera, que crujía a capricho del mar con una sintonía completamente distinta. Él, empapado, puso el peso de sus manos en aquellos dos hombros desnudos y sumisos. Le besó el cuello sin apenas retirar el cabello. Como si fueran redes, sus manos se deslizaron hasta colgarse en sus pechos. Hubo semen deslizándose entre sus piernas. Avergonzados, empapados, tan sólo respiraron. Aún maniatados, ansiaban la necesidad inmediata de separarse.

Louise giró el cuello. Él quemaba un cigarrillo. La lluvia comenzaba una vez más a robar agua al mar mientras el frío incrementaba la distancia. Las palabras continuaban desapareciendo. Entre ambos, cada vez eran más cortas.

-No me gusta el ruido -gritó ella.

-Los ruidos son subjetivos. -Decidió acercarse. Estiraba su barba y dudaba en los pasos. No retiró el cigarrillo de la boca, y cuando le detuvo el arrepentimiento, ya había chocado con sus ojos.

-Tal vez todo lo es.

-Quizá.

-¿Te preparo café?

-Negro.

-Sin leche quieres decir.

-Y una de azúcar.

-¿Marrón?

-Moreno quiero decir.

Empujó la puerta de cubierta y descendió las escaleras con torpeza. En el camarote había café hecho. Utilizó un termo y lo subió frío. Ella tenía unas sandalias idénticas de distinto color. Cuando él cogió la bebida sin tocar sus dedos tampoco apagó el cigarrillo. Louise utilizó de nuevo la baranda oxidada de proa para sujetarse, y sin verle, escuchó cómo escupió el café. Nadie añadió una sola palabra. Sebastian, que veía en los flecos cómo el viento seguía destrozando aquel pelo, recordó el sonido del motor cuando ella dijo que por amor lo cortaría. Alguien dijo que no sería necesario.

-¡Mañana no llegaremos! -Rumió en voz alta.

-Sí, mañana -musitó Sebastian acercándose de nuevo a ella lentamente.

-Mañana era hoy.

-Llegaré.

Quemó la colilla gastada entre sus labios. Ella le miraba. Él imitaba. La cercanía dolía. El olor a uña quemada le obligó a recordar la tierra.  Después comenzó a desnudarse. Un minutó después, saltó al mar.

Louise había escondido su vida en una casa vacía repleta de muebles. Allí caminaba descalza abriendo cajones en los que jamás había guardado un recuerdo. Objetos impersonales. Enseres para cubrir las paredes; para reducir espacios. Al despertar, buscaba una canción que jamás había oído. Si recordaba una sola nota de aquella melodía, la cambiaba. Ella madrugaba para encender las luces, levantar las persianas, correr las cortinas, abrir las ventanas y preparar café mientras bailaba. Ante el espejo, adulta, y sin embargo, joven y hermosa, peinaba su pelo y maquillaba su rostro. Delgada, creía que su piel perdía poco a poco su trazo como un puñado de arena. Bastarían sus uñas para destrozarlo en un instante. De voz gastada por los genes de su padre, Louise dedicaba su vida a cortar, teñir y peinar el pelo a aproximadamente  ciento veinticinco señoras. Sobrevivir era no pasar frío los días de lluvia, no padecer hambre los días de frío, no tener sueño los días de insomnio, no sentir miedo en la soledad, no ansiar el deseo ante su desnudez, no hundirse ante la tristeza en el silencio de aquel hogar. Ella había aprendido a saborear la simple belleza de su vida. Cuando apareció, nunca entendió que quisiera cortarse la barba en una peluquería de mujeres.

-No tengo navaja.

-¿Tijeras?

-¿De dónde vienes?

-De allí. –Sebastian señaló al mar y tomó uno de los asientos frente al espejo.

-¿Del puerto?

-Del mar.

Louise tuvo miedo y quiso compañía. El sol aún era frío y tras los cristales no lo rompían las sombras. Ella miraba aquellos ojos pegados al reflejo, vacíos e inmensos. Apenas pestañeaban, tan sólo esperaban. Ojos ausentes, rotos, como si alguien hubiera cegado lo de fuera y lo de dentro. Alguien había desollado la expresión de aquella mirada. Cuando tuvo el valor de coger las tijeras, el tacto del cabello seco no se fue durante días de sus dedos.

Aquel barco bailaba. Le gustaba la danza. Descalza, había resbalado posando toda la planta del pie sobre la madera mojada, perdiendo el equilibrio, todo control, respirando acelerada ante tanta incomodidad frente al peligro. Lo hacía cada noche. Un tropiezo podría hacerla desaparecer en la oscuridad. Pensó que tal vez el cuerpo humano era capaz de acostumbrarse y sobrevivir a cualquier escenario.

Los hábitos habían comenzado a ser movimientos acotados y ordenados. Los gestos, muñecos de madera sin entusiasmo. Crecía la falta de espacio. Los hábitos apestaban como un bucle del que, con incontables millas alrededor, no podían escapar. Cada vez había más sangre en el camarote. A ella, aquella fotografía le resultó la imagen perfecta de su dolor.

Sebastian aparecía como un envoltorio. Louise intentaba esconderse en el libro que, tan sólo a veces parecía querer cambiar su posición sobre la mesa. Ni siquiera había leído una página. Mareada, pensaba en el destino mientras él vaciaba el tercer vaso.

-Podría cortarte la barba, ¿verdad?

-Aún es temprano.

-Necesito la tierra.

-Eso sería recordar.

-¿El qué? -Louise tomó aire por primera, valiente, decidida, y nerviosa le arrebató el cigarrillo de entre los dedos.

-No sabes fumar.

-¿Qué has olvidado, Sebastian? Dímelo.

-La gente. No me gusta la gente.

-¿Por qué?

-No me reconozco entre tanta gente.  No encajo.

¿Y el mar es el olvido?

-Lo es -asintió.

-El mar no olvida, Sebastian. Nada olvida. ¿Quieres el olvido? Muere. Tú sólo has olvidado la realidad. Has olvidado que necesitamos gente, gente que te proporciona alimentos, gente que te proporciona felicidad, gente que te proporciona tristeza, ira, enfado, gente que te proporciona recuerdos. ¡Necesitamos a la puta gente!

-¿Y tú te recuerdas? Olvidarlo todo…

-Y también te has olvidado de mí.

El vaso golpeó con mayor fuerza de la habitual sobre la madera. Arrastró la silla, tambaleó, y el mar dobló el barco empujándole a subir las escaleras a gran velocidad. La luz, cuando empujó la escotilla, acuchilló el camarote. Ella apagó el cigarro en la mesa y le persiguió. Arriba, ya abría un atún de veintisiete kilos mientras el sol le secaba la camiseta manchada de sangre.

Vómito. Vomitó constantemente hasta ser un rebujo de piel. Hasta caer. Lo había evitado innumerables días respirando por la nariz. A veces lograba no parpadear hasta llorar. Las lágrimas ya no funcionaban. Observó la oscuridad en la madera al secarse el día, como el barniz. Observó la red con los peces muertos; muchos incomestibles. Desconocía el tiempo. Vio su tobillo, seco, oscuro, quieto entre los dos caminos de sangre.

Vómito. Vomitó constantemente hasta ser un rebujo de piel. Al caminar, recordaba aquellas cuerdas tensas que un solo gesto podía romper. Tan hambrienta como sedienta, y lejos de reconocerse. Lo que él deseaba. De rodillas, vio el pelo tendido a su alrededor. Quería aferrarse a la madera, pero el viento, lentamente, arrastró aquellos anzuelos afilados al mar. Louise recordó el espejo de su peluquería. Después, pasó la mano por su cabeza, y al sentirla vacía, sonrió. Sebastian había dejado el timón sujeto a la vía segundos antes de que el cuchillo le atravesara el cuello. Aleteó como sus peces. Quieto, ella no lo extrajo. Únicamente acarició su barba como la primera vez. Después, comprobó que no había cambiado su mirada. Empujó el cuerpo, sin tierra alrededor, sin olvido.

 

Fotografía: Daniel Diez Crespo

Anuncios

6 comentarios en “Olvidos

  1. Olvidos: Unos olvidan con facilidad, otros no pueden jamás y los terceros se pasan la vida entera intentando recordar para olvidar. Paradoja incurable. Solamente ocultas las experiencias traumáticas cuando el destino te regala historias sorprendentemente casuales y maravillosas. El olvido de los horroes se cura con la llegada de regalos de amor. Me ha gustado el texto, escribes de fábula aunque yo no lo hubiese desarrollado de esa manera.

Seamos valientes

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s