Dinero

tom-hoops-portrait (1)

Calzarme los zapatos era amputarme los pies. El cinturón del pantalón asfixiaba hasta romperme los huesos. La muda era mi esterilidad. Desaté los botones de aquella camisa blanca que enterraba con vida, lentamente, mi personalidad. Los dedos de los pies y las manos pegados a la tierra, como animales. Caminé con el culo al aire por las aceras de la ciudad con una escopeta doblando mi espalda y un minúsculo saco de tela colgado al cuello. Como un león en busca de su presa. Era un toque de atención. Erguirme ante aquella puerta de cristal, mera educación. De pie, dejé el frío metal del cañón sujeto a mi cadera. Me vi elegante ante el reflejo del cristal. Crucé los brazos, como si el aire fuera algo necesario que acunar junto a mi ombligo. Sobre mi pene, no sonreí. Esperé que cada uno de los ciudadanos allí presentes me prestará atención. Después, hice mi voz.

-Mi nombre no lo es.

Descalzo, sobre aquellas baldosas, el frío era un pegamento agresivo inmovilizando la planta de mis pies.

-Les doy mis buenos días como ser vivo.

Apenas enseñé una apresurada sonrisa, amplia. Mi mano hurgó en el pecho, mostré un billete de cincuenta extendido, sin una arruga, y lo sujeté entre los dientes.

-Mi presencia aquí es artificial, una imaginación, un feo recuerdo, un hecho inesperado, como los números de nuestras vidas.

Abrí la boca y contemplaron una pieza de vuelo; un baile, un descenso, ascenso, el tiempo de la duda, la elegancia al insinuarse, y finalmente, la rendición. Escondido, diminuto entre mis tobillos, enfurecí al topar con tantos ojos en él. Puse el cigarrillo apagado en los labios para respirar. El mechero ronroneó entre mis dedos.

-Nada pasará que no fuera a pasar.

Las manos fueron a esconderse tras las cabezas y ni siquiera tuve una palabra que lo ordenara. Me bastó un gesto, un falso movimiento; un amago. Cobardes, hubieran levantado los azulejos para poner bajo ellos los ojos y cada micra de piel y huesos que contenían sus cuerpos.

-Veamos el fondo de vuestros bolsillos.

Mi meñique de cualquiera de las dos manos pudo ser el que tocara la inexistente ficha de dominó, y ante el primer desplome, todos obedecieron y desnudaron los bolsillos de sus pantalones.

-No es mi tiempo, tampoco mi lugar, únicamente impongo mi presencia para ofreceros todo y no quitaros, a ninguno, todo lo que creéis poseído.

Levanté la planta de mi pie y avancé como la misma pantera que me acompañó; la que fui; la que creo ser o debía haber sido.  Me mantuve recto, erecto, de puntillas; únicamente dedos; los de los pies sujetándome, los de la mano izquierda bajo el frío cañón, señalando, los de la mano derecha enredados en el gatillo, amenazando. Me deslicé como si resbalara, pero en la planta de los pies el peso era fricción. Quise mudar mi piel; ser una gacela. Entonces, con un vacío salvaje tan extenso en mi mente y un escueto espacio repleto de civismo ante mis ojos, recordé cómo había matado tres elefantes. Las dos últimas municiones. Fui sinuoso y deseé ser sinuosa. Lo hice en silencio y veloz, o apresurado, y como un buen pastor, arrinconé las ovejas.

-No es violencia, tampoco amenaza. Soy un tipo inusual en el espacio inadecuado. Lo anormal es que todos me acepten por culpa de la muerte.

Les incomodé con el silencio. Sin embargo, lo extravagante fue vistiéndose de usual. El ser humano utilizó su ágil habilidad de adaptación. Comenzaron las intermitencias en las miradas. Un vaivén. El balancín del coraje. Va y viene, como saltar desde un precipicio. Cuando un bate de madera rompe una cabeza la fotografía es oscura. Pocos seres vivos aprenden a observar la sangre fuera de su hábitat natural.

-Sólo morirá la avaricia.

Al asomarse la osadía chocaron ante mi sonrisa. El miedo era temblar y mojar inevitablemente la muda; pantalones, calcetines, zapatos y cordones. Querían abandonar el charco, pero chirrió el gatillo y repetí aquella mueca de felicidad apresurada; enlatada y ensayada. Enumeré sin contar, y en aquella esquina podían derramarse catorce seres humanos, un dibujo en mi cabeza, y un murmullo digiriendo el amargo pavor lo desconocido.

-¿Por qué no mirar mi desnudez con normalidad? ¿Asusta más mi pene o la escopeta?

Los papeles de mi cabeza siempre acababan volando por la ventana, desordenados, repletos de tachones, emborronados, olvidados, y observándolos, colgaba los brazos sobre mis caderas, sorbía más café y jugaba con el plástico intacto de la cajetilla. Sin el fuego necesario disfrutaba de su libertad mientras escupía una única carcajada y un grito. Volvía a imprimir uno tras otro todos los documentos, porque cada documento era mucho dinero. Había empezado a enamorarme del viento. No podía comprarlo, tampoco atraparlo, ni siquiera cazarlo. No había dinero, tampoco precio, ni siquiera números para pedir y medir la cantidad exacta de viento que deseaba poseer. Los números, que insistían en erigirse como pilar de una vida, habían comenzado a desaparecer de mis ojos. En un tres, dos tejas, en un ocho, huevos fritos, en un dos, un tobogán, en un cuarenta y siete, un trono vacío y su cetro, en un millón, galletas de chocolate tras la puerta de un horno. 

El día que los tres elefantes llegaron al quinto piso supe que el dinero era un movimiento invencible. Los números dominaban. En un combate sin guantes noqueaba de un solo golpe un tornado. Sentía vivir con un exceso de compañía equivocada, y al cruzarnos las miradas, los labios insistían en gastar todo el esfuerzo para sonreír. Aceptaba lo indeseado porque me habían enseñado que el deseo era lo bello. Ella lo era. Vivía enfermo, rendido, esperando que sin intentarlo sucediera. Jamás pensé que aquellas tres crías crecerían hasta robarme el espacio en aquel apartamento. El juego era un juego y olvidé las reglas. Comprar me vendió. 

-¿Amor? -Llamé.

Ella tenía la cabeza en el bombo de la lavadora buscando mis monedas, dos calcetines de idéntico color y la soledad. Volvía a hurgar una trompa entre sus tobillos.

-¿Sí, cariño? 

Irguió su cuerpo, giró lentamente con una braga rosa colgada de la muñeca derecha, empujó la cabeza sujetando aquellos imberbes colmillos en busca de mi presencia. La docilidad de aquel animal era humana. Nos vimos; salón y pasillo. Las miradas eran un desafío. Si los ojos fueran dos cuchillos entre los dedos, un solo ruido inesperado hubiera bastado para desatar una hermosa y descontrolado sangría. La violencia, en el pasado, lo volvía todo tan sencillo, que era inevitable la añoranza. El civismo había infectado al ser humano con una estupidez hipnótica.

-Hay que comprar un rifle.

-No. Hay que abandonarlos en la calle cualquier miércoles.

-¿Son muebles rotos?

-Son rotos, así que tres de dos .

Tres, dos tejas, dos, un tobogán. Me preocupaba más una muerte que un abandono. La sangre volvió a mi cabeza y caí en un lago inmenso de fresas; pisadas; aplastadas. Avancé despacio durante diez minutos, pero no hubo un solo rastro de la orilla. Trescientos cincuenta litros; un rastrillo, un niño de rodillas y un cubo. Me angustiaba que una gotera afectara al techo del vecino. Ella fregaba con maestría y rapidez. Yo utilizaría el ingenio y el dinero.

-Creo que comeremos elefante durante mucho, mucho tiempo.

El zumo de naranja corría como si le persiguieran. Tan sólo le había empujado. El vaso de cristal golpeando sobre la madera fue una percusión seca, concisa y afinada. Las tostadas escondidas bajo una mermelada comenzaban a enfriarse pero les arrebaté la perfección de un mordisco. El desayuno permanecía desapercibido, como la conversación, muda después del sexo.

-No me importa tu nombre -dije.

Ella secaba apresurada el teléfono. Después de dos minutos, volvió a mirar el reloj de la cocina. De inmediato, aquella pantalla incansable.

-Puede volar.

-¿Quién?

-Que -respondí.

Lo arrebaté de entre sus dedos con agilidad sorprendente, y cuando el zumo de naranja llegó al final de la mesa y lentamente comenzó a gotear sobre su falda, el teléfono atravesó la ventana y no voló.

-¿Has perdido la cabeza?

-No, es evidente.  Creí que volaba. ¿Cuántos deseas?

-El mío.

-¿Morirás con él?

-No.

-Yo moriría contigo.

Era imperceptible el roto en la punta de sus zapatos rojos de tacón, sin pies, junto a la puerta de la nevera. Había tres mandarinas idénticas en una cesta de mimbre de la cocina. Sus medias negras permanecieron tres segundos más pegadas al cuero. Pensé en el dibujo de la enorme alfombra que cubría todo el salón cuando ella, corriendo, lo atravesó y desapareció. Aquella mañana quise comer un plato de alubias blancas en las dos copas de su sujetador, aún colgado en algún rincón de la habitación.

El amor apareció veintisiete días después; un cisne y un anciano. El amor lo dibujé en una libreta. A color, un árbol, una casa, su verja y un camino de baldosas con su escueta curva, dos nubes, el sol, los rayos, e invisible, detrás, el valor de los números. El amor, tan desnudo, era incompatible. Aquel traje caro era una necesaria apariencia. Amor sin repetición para aislarnos de la rutina como requisito. Amor imposible comprado con una cifra inquieta. El amor no tenía precio.

-¿Blanco? -Pregunté.

-Mejor que el negro

-Es una razón racista, pero común. Acepto. ¿Por pureza?

-Porque me gusta.

-Las razones estúpidas son las más acertadas. ¿Y el coche?

-Blanco también.

-Los colores son importantes. Nos distinguen. Piénsalo bien.

-¿Cuál elegirías tú?

-No te diré mi distinción.

-¿Por?

-No quiero ser otro color desacertado.

-¿Cómo cuál?

-El ser humano sería más feliz si todos los billetes de este planeta fueran idénticos en color y tamaño, sin números ni rostros.

-¿Y ese color es…?

-Amarillo.

Recordé la necesidad de efectivo. Al pagar, ella desapareció, pero pude contemplar su rostro relajado en mi sofá.

El compromiso fueron dieciocho meses; una visera y dos puños. El compromiso fue obligación. Hambriento, durante un calendario completo no comió, nos devoró. Las noches perdieron el sueño y elegí dormir con una pierna descubierta y una idéntica erección que ella desaprovechaba. En la pizarra mi trazo comenzó a ser más inestable y desaparecieron las maneras de decirle todo lo que sentía. Pereza. Amaba, y sin embargo, detestaba la necesidad de los números. Enumeré tres bicicletas, cincuenta y ocho discos de vinilo, ciento veintiséis libros, dos televisores, un ordenador, cuatro mesas, un armario, una muñeca rellena de algodón, dos camas y una doble, ciento veintitrés películas, doce tazas, cuatro vasos, seis copas, seis cuchillos, siete tenedores, cuatro cucharas y diez cucharillas. No finalicé, y exhausto, me enfureció no encontrar un sólo dibujo en el recuento. Rompí el plástico del paquete de tabaco. Esa mañana llegaría el rifle en una caja de cartón.

-¿Qué te falta?

-Nos sobran tres elefantes.

-No. ¿De verdad que no echas algo de menos?

-Un cuchillo con el mango de madera, ¿lo has visto?

-¿Y dinero?

-Voy a volver a empezar a fumar.

-Tienes que regresar a tu trabajo. Repito, no tenemos dinero. No sobran elefantes, sobra adición, falta cordura y libertad…

-Sobra dinero, necesitamos locuras y somos completamente libres.

-Ayer llegaron dos cartas.

-El poder de los números.

-Antes utilizaste su poder.

-Engañan. La suma más simple no siempre resulta ser dos.

La vida aparentaba ser artificial. El gatillo fue un tambor aterrado y enjaulado por el eco. Hubo un grito y recordé un bosque, la oscuridad, una hoguera, un zorro y la soledad. El miedo continuaban siendo pares de ojos, y dos de ellos desaparecieron casi al mismo tiempo que los cartuchos saltaban por encima de mi hombro derecho y botaban junto a mis pies. Los azulejos comenzaron a llorar. Volví atrás, rompí el billete en cuatro pedazos, lo quemé y llovió ceniza.

La señora era una edad muerta. Su piel débil, el rizo tintado y el bolso aún enredado bajo el brazo. Si la vida la midiera la sangre, aquella mujer avariciosa que no supo despegar sus ojos del billete, habría vivido demasiado. Derrumbada, el cadáver no supuso un placer. Tampoco siquiera tristeza. Tan sólo suciedad. Las ovejas pusieron distancia al crimen. 

-La corbata roja cogerá una fregona y limpiará la sangre.

-¿Perdone?

-La corbata roja cogerá una fregona y limpiará la sangre.

Trece, la puerta de un horno y dos tejas.

Fui seis camisas, mujer embarazada, la misma chaqueta e idénticos pantalones, siete corbatas; el anciano que daba de comer al cisne, y similares zapatos negros. Fui el orden que recorría la línea; coloreaba sin dejar picos. Un tipo creativo medido y comedido; elegante, joven, preso y rico. Fui dinero. Vendido, mi ventana no me escondía de una ciudad repugnante con un único uniforme, parecidos rostros, repetidos caminos. Bebí un vaso de zumo con una sola cucharada de azúcar y derramé demasiado alcohol. Me mareó el olor mi piel, si bien, jamás había respirado un aroma mejor. Decidí madrugar e intentar escapar. Ella amaba los números, no limpió la sangre, no cerró la puerta al salir y detonó el último principio.

-Voy a desnudarme lentamente y no será una provocación. Voy a colgar de la silla la chaqueta, del perchero la corbata, de la lámpara la camisa, del pomo de la puerta el cinturón, de la ventana los pantalones, y sobre la mesa posaré mis calzoncillos y calcetines.

-Compórtese.

-Después diré adiós.

-¿Firmará?

-Cogeré el sobre y me iré.

Me fui. No fui. Después mi culo al aire bailó por primera vez con libertad aquellos nueve kilómetros, un globo con una cuerdita, por las aceras de la ciudad. La escopeta doblando mi espalda y el minúsculo saco de tela colgado al cuello no llamaron la atención. Yo sólo tenía una intención, y la corbata verde, tras el cristal, asintió

-Deseo que mi valor, por primera vez, sea invalorable.

Veintiséis ojos, un tobogán y una mujer embarazada, miraban atentos el vuelo despegando de mis dedos. Dinero. Lanzado, disparado, despojado, esparcido. El desconcierto siempre fue un delicioso silencio y lo saboreé como un hermoso cuadro en absoluta soledad. Lo interrumpieron cantos de sirena y desapareció la isla, los árboles, sus cocos y bananas.

-Os entrego lo que hizo que fuera y deshizo lo que soy.

La puerta de un horno y seis galletas de chocolate desordenadas como aves enloquecidas, recién desenjauladas, inquietaron inevitablemente la apatía y orden del rebaño. Mordí un billete, y desatendido, escupí un grito. Lo visual ensordece; enmudece. Dinero bailando y ni una canción. Fue otro instante desacertado en el que inicié el final. Con la escopeta descargada, moví el pulgar, encendí el cigarrillo y el fuego envolvió mi piel. El dinero no ardía bien, pero, cuando histérico me derrumbé y rodé sobre los azulejos, el incendio fue veloz. La avaricia tentó. Diez minutos después, el horno sin galletas comenzó a quemar cadáveres.

Fotografía: Tom Hoops

Anuncios

6 comentarios en “Dinero

  1. Me encanta tanta imaginación y tanta metáfora. He ido aprendiendo a ampliar mi imaginación y deshinibirme de tanto prejuicio. Me gusta el estilo moderno literario, es una propuesta nueva y me siento joven optimista ante mis futuros relatos! Gracias!

  2. Dinero. ¿Nos cambia? Dinero ¿què hacemos en cambalaché por él? Dinero. Puñetero dinero.
    Sólo deseo que si algún día lo tengo no me destroce. Lo tuve, y yo gané. Ganarle al poder del dinero. Difícil…No imposible. Espero más entregas. Mi firma: Kss

  3. De haberlos tenido, en la primera escena hubiera vaciado mis bolsillos. No asusta ni la desnudez, ni el arma, estremece la voz.
    La camiseta azul de rayas podría comer elefante durante mucho, mucho tiempo.
    Impresionada en los diálogos.
    Escribir no tiene precio.
    Gracias, Daniel.

    • Gracias. El ritmo depende más del lector, pero intento llevarle de la mano. Si lo he conseguido, me alegra saberlo.
      Y echar a volar e imaginación, de la mano, son invencibles.
      ¡Gracias por leer!

Seamos valientes

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s