La mariposa

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Respirar parecía matar con suma lentitud. El aire les ahogaba y eligieron permanecer inmóviles, uno junto al otro, sin tocarse ni mirarse, en silencio. Cualquier movimiento alimentaba aquella asfixia. Había una simetría inusual en el lazo de aquellos dos pares de zapatos negros, inquietos sobre el vaivén de la madera, tratando de sostenerse sin un solo ruido. La muerte era como un retrato colorista y surrealista, sonriendo al maniatar el gesto de los dos intrusos. A un paso de la puerta, intentaban romper la luz densa y oscura que, hinchada por el polvo, atravesaba veloz toda la habitación. El cuerpo, con la nuca aún recta sobre la almohada, destapado, no parecía dormir, y sin embargo, la mano izquierda desnuda que asomaba bajo las mangas de aquel largo camisón, temblaba dócilmente sobre el ombligo. La derecha, junto a su cadera, tensa, hecha un puño, como si escondiera un tesoro. La cama aparecía centrada, junto a una sola mesilla de noche sin lámpara y un libro azul sobre un centenar de hojas anilladas. En el espejo ovalado de la pared principal, encontraron sus miradas confusas asomando sobre los pañuelos de papel enmudecidos que les ayudaba a respirar.

-Hay alguien vivo en esa cama.

-No debí beber un refresco tan frío.

-¿La tripa? Es culpa del gas. Debes desayunar café.

-¿Por qué nunca ponen dos sobres de azúcar?

-Observa el movimiento de su dedo meñique. -señaló con los cuatro dedos de su mano derecha y abriendo el codo.- El café ha de beberse amargo.

-Los ingleses beben agua caliente sin azúcar -dijo-. No es respiración.

-Lo inventas.

-Hirviendo… -Aclaró.- Ahí algo está vivo.

-Algo es un pronombre que se utiliza para una cosa. Los muertos creo que aún muertos siguen siendo personas.

-Las plantas también son seres vivos. Sin embargo, ¿son algo o alguien?

-Hablamos a las plantas, alguien.

-Entonces un perro es alguien.

Los dos detuvieron el diálogo observando aquella cama. Eran figuras de hielo, hombro con hombro, vigilándose; el ojo izquierdo cosido al derecho. Intentaron profundizar su respiración para esconder el ruido del aire, incómodo, parecía el sonido de varios pasos a distintos ritmos. No lo consiguieron, y como dos anzuelos que al mismo tiempo son lanzados al mar en busca de una pieza, sus ojos se engancharon en el aire ante el desconcierto.

-¿Qué hacemos?

-El café después. Avancemos.

Instintivamente, los dedos vacíos cayeron hasta quedarse bajo los gatillos. Resbalaban lentamente en aquel tobogán de hielo. Era una caricia ante la indecisión. Nada les amenazaba en aquella habitación, oscura, sucia, quieta, casi quieta, y sin embargo, Joshua no podía dejar de sentir cómo desafinaba el temblor de su pulso en aquel alfiler. No quería hundirlo y perder una bala.

Alguien había llamado con los huesos de los dedos y no recordaba quién, la puerta cedió con suavidad, él siempre había aceptado ser el primero como gesto de valentía, y Liam preguntó en voz alta y grave, pero insegura, a un paso de él. Nadie respondió. El olor a basura, la cáscara de plátano era una hoja de un árbol de otoño a un paso del felpudo, la televisión encendida sin volumen, la aguja quieta sobre un tocadiscos, incontables libros en el suelo, como si hubieran llovido del cielo, y corazones de papel con colores gastados inundando la pared del salón. La persona que vivía allí estaba enamorada de algo o alguien. Había frases escritas en rotos de papel, desiguales, esparcidos por las dos mesas cristal, rodeando un ordenador, lapiceros, dos cuadernos y hojas en blanco. También  en el sofá y una silla de metal. Pensaron que al juntar cada una de ellas descifrarían un mensaje. Y sin embargo, cada trozo de hoja tenía su oración con principio y final.

-Vamos a separar las manos de la cadera.

-No voy a disparar.

-Nadie lo hará.

Allí permanecieron los dos, al final del pasillo, sin obedecerse, nerviosos, a los pies de la cama, equilibrando sus dedos bajo sus gatillos. Joshua recordó la llamada de aquella vecina, cobarde o preocupada, asegurando que aquella señora ya no compraba el pan. El cuerpo, en aquella cama, aparentemente muerto, continuaba en movimiento, tan lento como quieto. El estallido fue cómo descubrir la belleza de una minúscula calle en un pueblo de verano; inesperado. Una bala rompió el cristal, la otra agujereó la pared. Ninguna hirió. Ella gritó desesperada con la mano izquierda levantada, con tanto vigor que parecía tener un muelle en la axila, saludando con sumisión ante el poder. Antes de que alguien dijera una sola palabra, ambos observaron el aleteo nervioso y confuso de una mariposa.

Limpiaba su pubis en el bidé con una esponja amarilla, áspera, gastada y hermosa. Si la introducía en el agua durante tres segundos, y después la escurría, podría llenar un vaso de cristal. Había completado una hilera en el armario comprando nocilla para él. La comió, creció y desapareció. Empañados, gastados y arañados tras un armario de la cocina, ahora sólo servían para llenarse, cada noche, de largos tragos de vino. Siempre pensó que el rosa era granate. Echaba de menos el ruido del chocolate cuando él lo mordía con los dientes incisivos sin ocultar la sonrisa. No le gustaba la suciedad que invadía sus labios por no cuidar el orden en cada mordisco. Suspiró y volvió a pegar el jabón con olor a miel en la esponja. Sentada en el bidé, con las piernas separadas, quiso que las notas de aquella canción le acariciaran; le excitaran. Tenía que cambiar el cepillo de dientes que, con una uña de dentífrico, esperaba en el lavabo. Tenía que limpiar la aguja del tocadiscos del salón para evitar que hubiera tanto viento entre canción y canción. En los cortes, un mosquito parecía repetir una y otra vez un vuelo torpe y ensordecedor.

Ella hervía agua y pensaba si añadir dos o tres cucharadas al café. La cafetera francesa era perfecta para no añadirle leche. Tenía que escribir.

-¿Comerás algo?

-He quedado.

El agua humeaba entre sus piernas. Estranguló la esponja, y con suavidad empezó a aclarar el vello gris y rizado que escondía aquellos labios olvidados. Cuando él decía demasiadas palabras sin un pensamiento ni conciencia y todo aparentaba, con pintas de chocolate arañando sus dientes, se arrodillaba para limarlos lentamente con el perfil de su lengua.

-¿Con quién?

-¿Vierto el café?

-¡Ni se te ocurra! ¿Con quién?

-Hay que comprar mayonesa y yogures.

Ella descolgó la toalla del tirador y sintió la asfixia de la pena cuando el aire sopló y el silencio era toda aquella casa. Avanzó desnuda de caderas para abajo hasta llegar al salón. Pensó en el espacio engrandeciendo, en el tiempo avanzando. Él llegó a cumplir treinta y seis años en un solo mes. Él había comprado tantos pantalones vaqueros en cuatro semanas con camisetas de distinto color sin dibujos, que decidió olvidarlas en el tercer cajón de un armario que ella no abría. Había dormido treinta noches con los párpados caídos pero los ojos abiertos en la habitación en la que ella le enseñó a amar, en el mismo lado del colchón, lejos de la ventana, y ahora la parte de su cama aparecía desaparecida. Él ya no era suyo, y sin embargo, cuando le veía sentado en aquella silla verde de la cocina de patas débiles por el óxido, untando aquella magdalena en la leche, recordaba que lo fue. Allí no había nadie, pero veía su presencia con la misma nitidez con la que enfocaba una cámara segundos antes de ser fotografía. Al caminar de regreso por el pasillo recordó el replique de sus pasos descalzos cuando jugaba a perseguirle. Escuchaba su voz infantil retumbando en el cuarto de baño como si le hablara a través de un micrófono encendido

-Prefiero no verte desnuda.

-Volverás tarde, ¿verdad?

-Necesito espacio.

-Te estoy dando todo mi espacio.

-Otro espacio.

-Debemos gastar nuestro tiempo.

-Nunca podremos inventar el amor.

-Tan solo, recuerda, necesito escribirte.

Desenroscó la toalla, secó sus mejillas con una de las esquinas, y desnuda, en la cocina, echó tres cucharadas y vertió el agua hirviendo. Él servía el café demasiado deprisa. Ahora el humo de la cafetera empañaba el cristal. Él no llegó a cumplir más años. Ella no le vio desayunar en otras sillas. El espacio los vaciaron el último día. Ella miró a su izquierda y le vio sonreír con una galleta en la mano acercándosela a los labios.  En la ventana, había una mariposa quieta buscando alguna escapatoria. Tres minutos después, no había nada a su alrededor, tampoco nadie. Utilizó el mismo vaso, sin leche, negro, sucio, solo. Tragó con tanta ansia que le lloraron los ojos. Le quemó la lengua y recordó la frialdad de su clítoris. El espacio que él quería era el que ahora ella tenía. Bebió y empujó la misma silla verde, arrastrándola sobre la madera. No se sentó, únicamente observó la grandeza de aquel pequeño vacío.

Despierta, vertió más café. Un vaso le era insuficiente, como un suspenso con rotulador rojo en matemáticas aún sin la firma de unos padres. Dio pasos, perdida, desorientada, sin prisa, descolgó una braga del colgador del salón, y con suavidad, primero una, después otra pierna, escondió el inexistente pudor. Deseaba una falda de vuelo y pasear sin la necesidad de un camino. El cristal era una cárcel invisible y la mariposa continuaba sin aletear. Pensó en el amor, hermoso cuando era fugaz. Abrió la ventana, y ella no voló. Expectante, mientras cubría sus pechos con un sujetador, esperaba que el tiempo todo lo hiciera desaparecer.

Exhaustos, maniatados, empapados, fríos, muertos, sin ganas de darse un beso, ambos jugaban a esparcir su semen. Él estiró la densidad alrededor de su ombligo, pequeño y hundido, ella colocó sus dedos en los labios; olió, saboreó y sonrió con un suave gemido que pareció ser una gastada tos. Él nunca había tenido erecciones que le obligaran a despertar de madrugada, pero ella hacía pequeños círculos con la lengua alrededor de la cima de su pene que le impedían respirar. La asfixia le empujaba a eyacular, y sus labios, ágiles, levantaban el vuelo para ver cómo se expresaba tanto placer. El único sexo era oral. Ella a él, él a ella. Evitaban mirarse para evitar ver la realidad.

Empujaba, levantaba su cuerpo sin miedo a la lejanía del suelo; elevándola, sin vértigo, y en lo más alto, todo el espacio, como la inmensidad del mar vista desde un acantilado. Saltó porque él le enseñaba a volar. Era ligera, tan ligera como una pluma a merced del viento.

-Amar te vuelve inmortal, abstracto e indeterminado… -Ella sentó su cuerpo sobre la cama y buscó las palabras. Sólo obtuvo el aire arrastrándose desde el estómago.

-Buscabas amor.

-Y sin embargo, el amor muere demasiado rápido, demasiadas veces, y nunca resucita con idéntico aspecto.

-Está sobrevalorado.

-Tiene un precio. ¿Pero quién se atreve a pagarlo?

Él sonrió escondiendo el orden de sus dientes en el suelo. Destapados, continuaban sin mirarse. Él todavía era un niño. Ella no. Veinticinco años atrás tenía demasiadas hojas en muchos calendarios. Cuando cerraba los ojos y los volvía abrir, él continuaba con la mirada quieta sobre la almohada, abierta y cerrada, devorando la ranura que dejaba la puerta de la habitación. Tras él, en la mesilla, continuaba un libro azul que nadie leía. Le gustaba la forma rectangular de la cubierta sobre la madera. Ella le abrazó, pegó la grandeza de aquella espalda a la miniatura de sus pechos cansados, y el frío no fue temperatura. Él, tan quieto, quería escapar, agotar el tiempo, y mintió su sueño. En el silencio estaban todas las palabras.

Caminó desequilibrada en la oscuridad. Las letras corrían de un lado a otro por toda su cabeza; le ardían en el estómago, chillaban en el pecho, saltando hasta el desmayo, y ahogaban en la velocidad corta de su respiración. Recordó el día que su madre le compró una máquina de escribir; las teclas hacían mucho ruido. Cada palabra, al menos siete golpes. Puso sus dedos sin descanso en el silencio del ordenador, sobre la cama, cada noche, mientras sus piernas buscaban el calor con los dedos bajo las sábanas, acariciando la planta de sus pies. Él continuaba mintiendo que dormía.

Nunca pensó en regresar porque nunca contó el tiempo. Cuando escribió aquella historia de ciento doce páginas en un solo mes, todo se fue; todo despareció. Él y ella. El amor, como el cristal, era una cárcel invisible.

-Mira la línea de la espuma.

-¿Me persigues?

-No persigo lo que desconozco.

-¿Por qué yo? ¿Te inspiro?

-Tal vez me expires.

Ella cerró los ojos con aquella respuesta. No simulaba estar muerta, tan solo escondía el valor de la última frase. Le gustaba la batalla de todas aquellas primeras palabras, fruto de doce cervezas, tres noches y vergonzosas miradas. Nadie proponía el amor en un primer encuentro, pero ella lo desconocía y él lo exhibía en la inocencia de su mirada. Asentía al tiempo que masticaba su propuesta, lo hacía lentamente y con sumo placer. Le excitaba el misterio, y tras dos intentos e incontables dudas, había movido el taburete hasta pegarlo a ella; era una sombra, idéntica marca e idéntica pose. Poseía una nariz afilada que engrandecía el azul de sus ojos, y la barba le escondía su piel y aquellos finos labios que apenas sonreían. Los dos, viéndose sin observarse, habían llegado a la conclusión de que el amor con la palabra idéntico siempre era una mentira. Beber llevaba a conclusiones aparentemente inamovibles y a menudo erróneas. Cuando el anillo de ella golpeó en el cristal por quinta vez y levantó la botella, bebió hasta que los ojos comenzaron a rompérsele. Respiró, bajó el brazo y el golpe hizo un eco en el metal. Doce segundos después oyó el mismo ruido. La línea de la espuma estaba a idéntica altura.

-¿Quieres preguntarme algo? -Permitió ella.

-Me gusta cómo escribes.

-¿Me leíste?

-¿Por qué en tus historias no hay nombres?

-A veces la verdad carece de ellos. La realidad es anónima, pero nos empeñamos en etiquetarlo todo. No obstante, pensaré en un motivo tal vez más certero porque aún no lo tengo.

-¿Y qué seremos nosotros?

-Un vuelo fugaz, como el de una mariposa. Un día, desaparecerás.

Ella bebió más. Las líneas se distanciaron. La botella quedó vacía sobre la barra. Él estaba quieto, observando los objetos, sin una palabra, aceptando todo en aquel silencio.

Joshua y Liam no pudieron dejar de mirar aquella mariposa chocando una y otra vez su vuelo contra la ventana, nerviosa. Ambos habían guardado el arma con suma rapidez, evidenciando que aquellos dos disparos habían sido un gesto vergonzoso. Quieta, la luz parecía embellecer los lunares de aquellas alas. Aún respiraban bajo los pañuelos de papel enmudecidos. De pronto, saltaron sobre sí mismos, retrocediendo, cuando un bote blanco golpeó en la madera escapando de su puño. A la octava vuelta chocó con el rodapié de la pared de la habitación, y los do leyeron en aquellas letras rojas el motivo de aquel sueño tan profundo. Ella, sentada sobre la almohada, respiraba sin aire suficiente, estirando una y otra vez el camisón para ocultar sus rodillas. Consiguió apoyar la espalda en la cabecera de la cama, y al pestañear repetidamente logró que la nitidez comenzara a trazar el uniforme de aquellos intrusos. Sus zapatos negros aparecían de puntillas, y los lazos de aquellos cordones, despeinados, desiguales, en guardia, casi amenazando. Nadie supo qué decir. Nadie añadió una sola voz. De pie, hundieron los hombros intentando relajar aquella disparatada escena, sin embargo, en el momento que intentaron acercarse a la cama, bajo ella, una nueva mariposa echó a volar.

-¿Qué es esto? -Preguntó Joshua.

-El amor -respondió ella.

Ambos volvieron a enganchar su mano derecha al arma, aún caliente. Los ojos de ella buscaron la ventana, el gesto entristecido parecía derretirse, seco, vacío. La mariposa permanecía quieta en el cristal, como si observara la libertad. Leyó el título que decidió poner a aquella historia, anillada bajo el libro azul, y recordó el precio del amor; innumerable. Ardía el dolor de aquel vuelo fugaz; pactado. El desamor fue desprenderse de una vida. Joshua y Liam ya habían doblado las rodillas, también la cintura, posado su mano izquierda en el parqué. Idéntica pose. Cuando cruzaron la mirada, tuvieron que apretar el pañuelo de papel hasta detener su respiración. El nido era un tórax abierto bajo el colchón.

Fotografía: Johanna Knauer

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3 comentarios en “La mariposa

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