Ausentes

manray77

La ciudad empujaba a patadas. No había espacio, tampoco descanso. Tan cerca, y sin embargo, nadie; nada. Pegados y despegados como el velcro de una zapatilla entre los dedos de un niño. Caprichosos. Las personas pataleaban impotentes y enrabietadas en los trazos de aquella densa tela de araña humana. En mi espacio vivía yo recordando el desorden que una vez tuvieron mis labios rojos. La barba era lluvia. Cosíamos los vacíos y nadie nos descosía. El calor nos había desnudado. La ropa, en bolsas y mochilas diminutas, como propio cuerpo. Comíamos cáscaras de plátanos, almendras o avellanas. Nadie los devolvía. Acumulábamos excrementos entre los minúsculos espacios que sobrevivían entre suela y suela de zapato; a veces sandalias, habitualmente descalzos. La explicación era inexplicada, y sin embargo, aceptada. Humanos enjaulados en las calles. Todos, irreconocibles, desconocidos, solitarios, como zapatillas de casa en el olvido de debajo de cualquier cama; en la oscuridad de un armario, dentro de alguna sucia caja de cartón. Demasiada soledad en tanta abundancia. La pelusa estornudaba y nadie excusaba. Vivos, robábamos el aliento. Miles, millones; todos ellos sin paredes, ni tejados, ni ventanas; tampoco origen ni destino. Inexistencia. Pegados y despegados como la plastilina de colores entre los dedos de otro niño; como arena mojada en la piel. Cada ojo, a un escaso puño, y desconfiados, odiábamos y peleábamos por un centímetro. Arañaba e infectaba un suspiro. No había un aliento entre él y yo, entra ella y él; entre todos, y sin embargo, vacío entre tú y yo. Ni siquiera vuelo para invisibles insectos, que tan sólo saltaban hasta ceder la muerte. Nadie veía un sólo pájaro porque nadie sabía mirar al cielo.

-Lloverá.

-Cuestión de gravedad.

-Y oscuridad.

-Nos mojaremos.

-Parará.

-Nos secaremos.

-Cuestión de lógica.

-El tiempo.

-Pasa.

-Cambia.

Había más ojos que palabras, pero el sonido siempre ocupaba más espacio. Aquel murmullo perezoso me recordó la lentitud de un gusano avanzando por la orilla de una recta e interminable carretera vacía. En el silencio aparecían las palabras, como un dominó. No supe distinguir dueño, tampoco era significante para el contenido. Éramos ojos como las agujas de un reloj avanzando en círculos.

-Moriremos -dije.

Nadie continuó.

Me gustaba ser aire y siempre acaba estrellándome. El contacto con las personas siempre eran golpes. Incomprendida, adoraba las sombras de aquel espejo triple. Vivía enamorada del vacío que acostumbraste a dejar en los pasillos, del ruido completo al cerrar cada una de las puertas. Tras ellas me escondía de ti. Quizá sólo estaba enamorada de mí, y tú una y otra vez insistías en serme infiel. Otra vez inexplicable. Escarbaba, y en plena oscuridad palpaba sin identificar lo que hallaba en mi mente. Me gustaba ser inerte porque en el vacío la incomodidad expulsaba los sentimientos.

La vida, una noche, despertó invadida. Alguien había destruido las paredes. Alguien había quemado los tejados. Alguien había roto las ventanas. Alguien había robado el dinero. Alguien había escondido los objetos. Alguien había hecho desaparecer el abuso. Me gustaba ser una pluma perdida de un pájaro raro, porque en pleno vuelo, me descolgaba y entregaba al azar en un vaivén estúpido e interminable, y a la vez, excitante. Alguien había robado tu presencia. Alguien era nadie, y al mismo tiempo, cualquiera, y con certeza, yo. Habíamos consumido nuestras vidas hasta la extenuación. La explicación continuaba inexplicable. Olvidé hablar contigo la última noche porque hacía demasiado tiempo que nos habíamos ido. La pluma había caído en las manos de un tercer niño, que apretaba sin respiro hasta la asfixia.

-Hay una bolsa de plástico en el suelo.

-La vi ayer.

-Apenas se mueve.

-Está vacía.

-Es blanca.

-Nadie la pisa.

-Tampoco la recogen.

-¿Lo harías tú?

-Yo soy una mujer.

-¿Hablas de sexo?

-Hablo de agacharme.

-Me gusta el color de tus labios.

-Gris.

-Rojo.

-Prefiero la apatía, es más hermosa.

-La vida siempre debió de carecer de color. El color nos distingue y tus labios son rojos. ¿Cómo los pintaste?

-No lo recuerdo. Quizá es una enfermedad.

-¿Tu belleza?

-Tu mirada.

-¿Podremos escapar?

-¿A dónde?

-¿Imaginas la soledad entre tú y yo?

Él tenía pelo en pecho, pelo en las cejas, pelo en la cara, pelo en la cabeza, pelo en los brazos, pelo en el pubis, pelo en las piernas. Cuando dejé caer levemente la barbilla, curvé el desnudo entre sus piernas, posé la mirada en el suelo y vi que también tenía tres y cinco pelos en cada uno de los empeines del pie respectivamente. Odiaba el pelo.

Él apareció el martes. Era otra martes. Él miraba, yo imitaba. La ciudad continuaba buscándose. No había límites porque todos éramos el límite. Sin espacio, aprendíamos a equilibrar en el constante movimiento. El ser humano como placas tectónicas, aceptaba la rotación, el contacto y la inercia. No le respondí, tan sólo imaginé el mar, yendo y viniendo con total libertad; el espacio de mi cuerpo desnudo, frío, sobre la arena; en soledad. Nada más. Él desapareció otro martes.

No importaban los huesos bajo la piel. Únicamente nos sostenían de pie. Había perdido la escucha porque hablar desafinaba y apenas utilizábamos cansados susurros. El ruido era una molestia y castigado. A veces esquivábamos cuerpos tumbados a los que habían enseñado a ser silenciosos. Había perdido la mirada porque observar enloquecía.

Importaban los adoquines en las aceras. Su dibujo acaba hundiéndose en la planta de los pies. El asfalto lo ocupan los coches, quietos, uno tras otro, deshabitados. Había pintura y cristales en el suelo porque hubo un día que chocaron. Los neumáticos, como cubos cuadrados, disfrazados de cadáveres acuchillados. No había un solo metro para rodar porque lo ocupábamos. Helados los motores, aunque seguramente vivos, imaginé que arrancarlos sería como una vieja tos. Recordé carraspear hasta escupir los pulmones, evité que alguien de manera inesperada pusiera su codo en mis tetas y apreté la diminuta mochila que llevaba entre mis brazos, sobre la tripa, protegiéndome de aquel alguien. Era un niño.

-Me empujaron. -Disculpó.

-La vida es un empujón constante.

El niño era alto, delgado, no tenía pelo, apenas un dedo en la cabeza, apenas un hilo en las cejas, la piel de una naranja en el pubis. El niño tenía los ojos azules, pequeños, alargados como una hoja vieja de un árbol muerta en el césped ordenada por el Otoño. El niño miraba mis labios, yo miraba los suyos.

-Me he perdido.

-¿Estuviste alguna vez encontrado?

-A la derecha siempre estaba mamá. Detrás un coche verde y gris, aunque el gris era ausencia de pintura. No tenía óxido y nadie había roto los cristales. Siempre quise tocar el volante. Era azul y esponjoso. Abajo siempre estaba la piedra, una piedra negra con forma de guitarra. A la izquierda estaba yo. Papá nunca estaba.

-¿Hermanos?

-A la derecha siempre estaba mamá.

-Es difícil aprender a vivir en soledad entre tanta gente.

El niño dio un paso obligado sin dejar de mirar mis labios. Movió los suyos, pero no pude leerlos, tampoco oírlos. Quiso recuperar su posición, junto a mí, pero el anciano era una pieza pesada de barba densa y blanca y le hizo desaparecer. Pensé en su edad, en el sexo, en la vagina de su madre dando a luz a aquel pequeño. Cerré los ojos y utilicé la soledad.

Comencé a detestar la ausencia de tiempo. Las calles no podían respirar. Olvidé observarme, pero sentía cómo crecía lentamente mi pelo. No había espacio para la ropa, y doblada, continuaba escondida porque los seres vivos éramos calor. Echaba de menos las puertas por las que entrar o salir. Eché de menos tu puerta cerrada. Echaba de menos la posibilidad de encerrarme en aquella paradójica cárcel humana. Nadie pretendía, aceptaba; todo era dado. Desorientados, insistíamos en respirar. No lo entendía. Éramos un vaivén sujeto, como un tren, como un empujón, como un tropezón. Inesperadamente, ensordeció el cielo y nadie lo miró. Empezó a llover de forma intensa y deseé que nunca parara. Aterrados, el poco espacio desapareció.

La lluvia botaba en el suelo como una pelota de playa. El agua corría deprisa como si tuviera una cita, trazando caminos inverosímiles, golpeando dedos y talones de nuestros pies descalzos y calzados. A mi lado, un hombre atractivo, fuerte, de estatura media, ojos verdes, casi grises, con un tatuaje en el pecho en blanco y negro que retrataba a una señora mayor, triste, llorando y sentada en una taza del váter. De él me gustaba la ausencia de pelo en sus mejillas.

-Es preciosa la sonrisa que hay bajo tu nariz.

-¿Por qué me miras así?

-Tus labios.

-¿Está haciendo del vientre?

-Llora porque se ha muerto el amor.

-¿Su marido?

-Ese seria un término legal. Muerte y amor son sentimientos.

-¿Y qué sientes tú ahora?

-Tu calor.

-Me gusta tu lunar.

-El cuerpo es una carta astral, como el cielo, y nunca lo observamos lo suficiente.

-¿Qué deseas?

-Espacio. ¿Y tú?

-Ausencia.

Él comenzó a levantar lentamente el brazo pegado a mi cuerpo, despacio o asustado, como el mismo gusano que mi cabeza veía arrastrándose solitario por aquella eterna carretera. El tacto de sus dedos despertó un temblor frío inesperado bajo el vello que escondía algún sexo. Cuando los dedos estuvieron agrietando mis mejillas, imaginé un cuchillo pelando una naranja de forma cuidadosa. Aquel olor me hizo sonreír. Después, la lluvia se detuvo. El beso que deseaba, como él, de pronto desapareció.

A mi derecha puso su desnudo pie sobre el mío una anciana doblada como una pistola. Tenía el pelo blanco y rizado como un caracol. Como un cuchillo, descubrí su codo afilado. Parecía una zanahoria entre mis costillas. Vestía un abrigo negro, y sobre la blusa, lucía un sujetador. Mordía una cáscara de plátano. Ofreció, y en la sonrisa no había suficientes dientes para responder con sinceridad. Escondí la mirada en el suelo y me sorprendió la belleza de sus uñas. No quedaban charcos, apenas retazos húmedos sobre el asfalto. Me había acostumbrado a ver pelo en mis piernas y lo odiaba. Quise ser un melocotón en la manos de una abuela ante su nieto. Ella habló.

-La alimentación es esencial.

-La mente es primordial -respondí.

-Sobrevivo y apenas recuerdo que sucedió hace dos minutos.

-¿Recuerdas tu edad?

-Recuerdo mi nacimiento.

-Ojalá recuerde el día de mi muerte.

-Si no comes, será pronto.

-Todos los días muere gente.

-Matar no es inconveniente.

-¿Cuál es?

-Vivir.

Agité la cabeza a izquierda y derecha por seis veces y ella volvió a retirar de mis labios aquella cáscara de plátano. Ella decía que sangraba cada mañana. Alguien le abría la piel de una herida incurable que aún aparecía tierna junto a la barbilla. Ella decía que sangraba cada noche. Decía que desconocidos nudillos le partían la nariz.

-¿Cómo pintaste tus labios?

-Son grises.

-¿Fumas?

-No.

-Ojalá pudiera girar la ruedecilla del mechero.

Ella me tendió un mechero rojo. Entre sus dedos escondía un filtro amarillo sin apenas tabaco. Acepté la petición. Exactamente, dos caladas, después lo apagó. De pronto, mantenía los ojos abiertos dentro de la cabeza, que pesada, caía sobre una vieja alfombra negra desenroscada de un olvidado contenedor de reciclaje. Apenas podía verse entre torsos y brazos, pero ella permanecía hipnotizada. Todo sucedió deprisa. Aquella anciana con forma de pistola levantó su pie del mío, empujó, arrebató un trozo de pan a una señora mordiéndole la mejilla, empujó de nuevo y resbaló entre dos cuerpos esbeltos que se daban la espalda. Cuando desapareció, creí ver su cuerpo tendido en el suelo.

Alguien susurró que estaba muerta. Lo creí. Él mordía sin alcanzar un beso y acariciaba mis pechos queriendo arrancarlos de la piel. Le vi de pie en lo alto de la montaña, como un león, mostrando el trofeo. No me importaba el daño, porque ansiaba un significado y él permanecía en mi cabeza como un agujero negro; opaco; obtuso. Alguien escupía en mi mejilla, lamía y mordía mientras empujaba entre mis piernas. Supe que aquellos empujones luchaban desesperadamente por manifestar mi placer. Aquello era rutina y no sentía lo que sucedía. Aquella ira mordía mi labio, aquel pene parecía escalar y ni siquiera temblaba el suelo bajo mi corazón. Alguien eyaculó y dijo que me amaba. Me aterró lo abstracto de su mirada.

-¿Te vas? -Pregunté.

-Me fui hace mucho tiempo.

-¿Por qué?

-Porque tú no estabas.

Alguien susurró que estaba muerta y lo creí increíble. Amé la inmortalidad de las caras incontables y desconocidas a mi alrededor. Me acomodé en la realidad o irrealidad, en vivir descubierta, sin paredes, sin ventanas, sin puertas, sin mentiras; sin posibilidad de ausencia; sin nombres, sin conocidos, sin ti.

-Quiero estar contigo.

-El cuerpo es un mero objeto.

Escondió su pene bajo los calzoncillos verdes, lo volvió a enseñar, y lo escondió nuevamente. Instintivamente, le imité cubriendo y descubriendo mi cuerpo bajo las sábanas.

-Sin él no somos nada -repliqué.

-Lo primordial es la mente.

-Yo amo tu mente.

-Yo echo de menos la tuya.

Alguien me hizo el amor por última vez y no sentí placer. Nada. El pene era un cuchillo cortando una rebanada de pan. Nada más. Vi pies bajo mis ojos dando pasos sin apenas avanzar. Alguien cerró una puerta por última vez. Su ausencia no recuperó la mía.

Fotografía: Man Ray

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