Ruidos

Close-up of actress Helen Menken, in profile, leaning forward

Quería besar aquellos labios, pero aunque le hablara a dos centímetros siempre parecerían inalcanzables. Manuel detenía su pensamiento en la punta de los dientes y hundía la mirada cuando cortaba aquellas uñas de los pies con una destreza medida. El tobillo aparecía quieto sobre el muslo desnudo, junto a la rodilla. De pronto, aquel corte era el único ruido en aquella cocina. Bebió un zumo de naranja y rugió su nuez, después, volvió a repicar el corte. Un sexto trozo cayó entre la palma de su mano izquierda. El cuidado era injustificado, porque aquellos dedos quedarían escondidos bajo dos calcetines negros. Odiaba la desnudez. En la ventana, las gotas continuaban deslizándose tan imperceptibles como la amistad. Aquella temprana y fría mañana, arrugado junto a un vaso de cristal, la voz grave de un hombre que hacía temblar la radio sobre el microondas presentaba con acento esquinado Here comes your man. Daniela, a la izquierda, no miraba a ninguna parte, sólo llenaba de humo el aire de la mesa, y como si midiera la temperatura con la yema de sus dedos, acariciaba el calor de aquel té negro en el que aún bailaban incómodas dos medidas gotas de leche. La taza de metal verde que compró una mañana de sábado en un maletero de un coche hinchaba las palmas de sus manos. No podía olvidar la cicatriz que partía en dos el labio de aquel ocasional vendedor. Un botón desabrochado de la camisa a la altura del pecho dejaba entrever una cadena dorada de la que colgaba un delgado crucifijo, y nervioso, repetía cortos pasos sin destino de uno de los intermitentes de su vehículo al otro haciendo crujir las hojas secas con unas viejas sandalias de cuero. Siquiera recuerda palabras; breves números, y la rudeza de la lana cuando posó sobre su guante seis monedas, dos de ellas de diferente tamaño. No hubo un envoltorio. Daniela abandonó aquel recuerdo como un vómito de madrugada en un desconocido urinario; moho y serrín y papel higiénico mojado bajo la suela de unos nuevos zapatos de charol rojos. Había mucho ruido en su cabeza en aquel desayuno sin palabras. También sexo olvidado. Desde hacía un minuto, el cigarro que sostenía estaba muerto entre sus dedos. Levantó la barbilla para desaparecer de la mesa. La bombilla que colgaba de un sólo cable en el techo parecía sonreírle. No pestañeaba. Sentada en aquella silla de madera, con un jersey de lana negro y tan sólo unas bragas de idéntico color bajo su pantalón del pijama, levantó la taza, olió y no bebió. Manuel depositó doce trozos de uñas en un pequeño plato con las migas de lo que había sido una magdalena rellena de arándanos. Con los dos pies fríos sobre los azulejos cálidos, sintió asfixia al ver el movimiento apresurado del segundero rojo en el reloj que colgaba junto al frigorífico de aquella cocina. Puso el peso de su deseo en el silencio y enderezó un libro de poemas. Tosió. Amaba el gesto frío y desnudo de aquella mujer; lo imaginaba. Los dos, bajo la música, oyeron la cercanía de la escoba golpeando el rodapié.

Mamá era mamá y sin embargo madre de ninguno, pero debió ejercer. Aparecía y desaparecía sin palabras, con tan sólo murmullos para sí que difícilmente alguien identificaba o buscaba significado. Ella despertaba muy temprano para evitar que el sol tocara las ventanas de su habitación. Cocinaba cada mañana dos huevos fritos, bacon y una salchicha en una idéntica sartén diminuta de color naranja, y nunca los comió. Una día más, vestía su delantal de flores rosas y verdes atado a aquella cintura ruda, con los dos bolsillos delanteros hinchados por los pañuelos de papel usados. Mamá dormía en una tercera planta de una casa con siete habitaciones, y, a diario, ella abría y cerraba las puertas de cinco de ellas. De pelo blanco, rizado, gafas negras, piel  lechosa en mal estado, y tersa como un globo hinchado a la altura de un doble nudo. Ellie solía sentarse después de comer junto al invernadero que le envolvía en su enorme jardín. Leía novelas de misterio con crímenes siempre resueltos, bebía té de frambuesa en una taza blanca de flores rosas y tallos verdes, y observaba el desorden salvaje de un espacio, que años atrás, cuidaron. En el silencio aparente a veces caía dormida sobre aquel sillón de dos brazos y esqueleto de madera. El viento rondaba el cristal como una mosca desorientada, las puertas gemían y chocaban, y el fuego, en invierno, crepitaba en el salón. Al despertar le aterraba atravesar la realidad y le pisoteaba la respiración el orden de aquellos marcos y cristales ensalzando el brillo de tanta fotografía.

Papá era papá y sin embargo tampoco era padre de ninguno, y al mismo tiempo, ejerció. Él conducía un taxi negro con sendas pegatinas amarillas de metal en las puertas delanteras con su correspondiente número de teléfono. En el techo, un triángulo tridimensional anunciaba un espectáculo musical en el centro de la ciudad. El negocio era un equilibrio de lo vivido. El padre de aquel hogar arrancaba su coche. Al principio, tartamudeaba con timidez para ser el suave gruñido que le proporcionaban diez años en la carretera. Antes de que una voz grave y seca inundara el automóvil, cada mañana, ensordecía el aire que él lanzaba sobre el volante con los ojos cerrados. La luna todavía quería dejarse ver al otro lado de una de las ventanas altas de aquella casa, donde la única luz encendida que rompía la inmortalidad sólo aparecía en la cocina. El ruido que él escuchaba cada mañana era el del agua hirviendo, las suelas de goma sobre la madera, el aceite chasqueando y la cremallera de su pantalón vaquero subiendo hasta pegarse a un botón de metal dorado. Jim amaba los zapatos negros con cordones de algodón, delgados y redondos. Los alineaba limpios, casi nuevos en un zapatero de cristal que se levantaba elegante en una de las esquinas de aquella enorme habitación de matrimonio. Calzaba un gran número de ellos, pero tenía una suma preferencia por el calzado con un leve tacón, punta ovalada y su sutil elevación. Padre, de cabello escaso y blanco, utilizaba el peine para llevar el flequillo hacia la izquierda. Afeitado, no oía la cuchilla levantando el gel azul y cortando la barba. Demasiadas décadas con vida y ya había descuidado aquel perfil de los años noventa, cuando corría una hora diaria y acumulaba camisetas de las incontables carreras en las que participaba cada fin de semana. Por las noches, con una petaca forrada en cuero gastado, se sentaba pesado sobre una silla de madera del jardín, mojada, fría, lejos de la casa, junto al limonero y una pequeña charca en la que desde hacía dos años no nadaba un solo pez. A oscuras encendía un cigarrillo, el agua balanceaba en silencio mientras hablaba su cabeza sin que él pudiera decir una sola palabra.

Era la hora del desayuno. La mesa de madera de la cocina quedaba cubierta por un mantel blanco con cisnes negros. El plato pequeño con la magdalena y los doce trozos de uñas, dos cucharas manchadas sobre una servilleta, un vaso vacío con una línea seca de zumo de naranja, una servilleta intacta, otra arrugada y el calor aún sobre dos sillas vacías. Daniela había cruzado las piernas. Manuel respiraba nervioso al tiempo que escondía sus pies en dos gordos calcetines. Nadie iba a matar a nadie. Vivían.

-Yo no fumo.

-¿Yo o ya?

-Yo. Sólo enciendo mi cuerpo.

-Ya, quizá le quemas…

-La quemadura es un exceso de calor, no sería un significado exacto.

-No desorientes mi estupidez.

-Tampoco orientaré tu inteligencia.

-¡Apaga! ¡Estás en casa!

Las cerdas apenas descansaban un segundo en aquel desayuno interminable. El mismo hombre de voz grave hizo temblar los altavoces antes de que sonara I am not a robot. Mamá detuvo el movimiento de aquel cepillo. Daniela sostenía el desafío tras el cigarrillo apagado. Manuel gruñó con una galleta entre los dientes y cayeron migas sobre los trozos de uñas. Alguien imaginó que la gota que caía del grifo mal cerrado eran suelas de zapatos despegándose del suelo; pasos y pasos. La misma persona desnudaba los tacones que alejaban aquellos labios rosas pálidos de sus ojos. Los azulejos apenas cambiaban de color, meramente parecían crecer. Ella hundió la colilla en el vaso de cristal vacío con una línea seca de zumo de naranja, y por primera vez, sorbió té lentamente, como si tras la orden de mamá, con aquella acción evidenciara una mejorar de su comportamiento. Pestañearon sin perder la nitidez mientras las cerdas volvieron a moverse, y esta vez, a golpear sobre las patas de la mesa. Levantaron los pies, los de ella desnudos, los de él vestidos. Daniela creía que no fumaba y emanó un hilo de humo que chocó con la nariz de Manuel.

-¿Has fumado alguna vez? -Preguntó ella dando otro largo trago al té.

-Con trece años.

-¿Por qué lo dejaste?

-No supe empezar.

-Encendiendo el cigarrillo.

-No lo sabía sujetar.

-Con los dedos.

-Odiaba el olor que quedaba en las uñas.

-Por ese motivo no fumo.

-¿Por qué enciendes cigarrillos?

-¿Has escuchado alguna vez el ruido maravilloso de la piedra de un mechero?

-No.

-Relaja. Excita.

-¿E incita?

-Mucho.

La escoba golpeó como una pelota de tenis entre las patas delanteras de la silla de Daniela. Mamá que no era mamá hizo que la madera de la escoba tintineara en el metal del frigorífico, después descolgó de una de las sillas vacías una camiseta blanca, la azotó y posó la mano fría sobre el hombro izquierdo de aquel brazo que aún sujetaba el calor de la taza de metal repleta de té. Las ventanas, en silencio, esclarecían.

-¿Qué haces hoy?

-Desayunar.

-¿Después?

-No lo sé.

-Yo tampoco.

-Estoy en busca de una conversación más interesante.

-¿Puedo intentarlo?

-No.

Daniela retiró la silla despegándose de aquellos dedos, caminó brusca con la taza de té todavía por la mitad y la pegó sobre el fregadero. Manuel puso el pulgar y el dedo índice entre el borde del plato repleto de migas y trozos de uñas. No lo levantó. Ellie observó el espacio entre los dos. No dijo una palabra. En la radio, la voz grave quedó silenciada cuando alguien preguntaba But where, where is my heart, famous eyes?

Nunca había visto los labios tan cerca. Si ella decidiera abrir la boca, podría comerle de un único mordisco sin que goteara una gota de sangre en el suelo. Pensó en la fregona, y de inmediato, miró atrás y vio la oscuridad hacia la que llevaban aquellas escaleras de madera que ni la moqueta de color salmón silenciaba. A la derecha, un pasillo estrecho empequeñecido por una línea intermitente de cuadros gordos y pesados. En medio, la escoba cruzaba la puerta de la cocina, ya quieta después de haber caído de manera inesperada y chocado con una bisagra sonoramente desatornillada.

Por un instante, no le atemorizaba oír el chasqueo estridente de sus dientes escondidos bajo una sonrisa torcida y forzada, ni siquiera la dentera bajo el movimiento de su perfecta mandíbula, rasgando y ensordeciendo la respiración de aquella afilada y delgada nariz.

-¿Qué sucede si te beso?

-Que nos iremos de aquí.

-¿Por qué?

-Por los ruidos.

El terror era un beso; inminente el calor de su piel, respirándole, oliéndole. Empapaba el pánico ante la textura de aquella saliva revolviéndose en su garganta. Incomodaba el orden de sus brazos, tan largos y delgados, ante aquella inminente invasión. Ella era un eclipse de sol. Manuel todavía tenía una mano en el bolsillo asfixiando dos billetes azules que había desatado de la caja de metal. La otra, con los dedos índice y pulgar, sujetaban el plato de migas y uñas sin despegarlo de la mesa. Él quería comprar un disco de vinilo en el que aparecía una mujer de piel negra, pelo de rizo escueto y con un fondo color miel. Daniela aullaba cada tarde hasta en seis ocasiones, I’ll save my soul save myself, encerrada en su habitaciónÉl no pegaba la oreja a la puerta para no hacer ruido con los pies, sólo miraba los diez cuadrados tallados en la madera blanca, e imaginando, vigilaba la manilla. Quería deslizar aquel regalo bajo el hueco de la puerta de su habitación. Daniela quería morir ahogada en el interior mudo de su colchón. Antes, evidenciar el silencio de una cobardía.

-Tienes razón, es imposible amar en silencio.

-Sí -Puso un pie sobre su pie, pisándose los calcetines y crujieron los huesos desordenados de sus tobillos-. Encenderé todos los días tu mechero.

Era increíble como los nervios hacían sonar aquellas articulaciones. Creyó ser una marioneta vieja, la que durante años pudo ser una sombra quieta en la esquina de un escritorio sin estudios. A Daniela le despistó una sombra en la ventana, aún mojada; el limonero. Adoraba el crujir del otoño; la imperceptible bofetada fugaz y lejana cuando una hoja chocaba con el asfalto. Daniela llevó un brazo atrás, tan lentamente, que el recorrido pareció alargarse un minuto, y de manera imposible, el volumen inundó la cocina con 49 tons. La erección comenzaba a incomodarle bajo sus calzoncillos y la piel susurraba en el algodón.

-¿Sabes qué sucede? -Daniela avanzó tres pasos, dos parecían bailados, uno cayó junto al exterior de su rodilla inestable.

-Me intimidas. -Manuel separó sus pies, evitó el contacto, y tras otro grito seco de sus huesos sintió mayor equilibrio.

-Hay demasiado ruido en nuestras cabezas que nos impiden ver al menos una claridad…

-Ahora sólo te oigo a ti.

-…Exceso de información, cúmulo incontable de complicaciones…

-Enséñame tu sencillez.

-…Problemas hinchados por la impotencia, deseos inalcanzables…

-Te deseo.

-…Mentiras aceptadas, verdades inaceptables. Mucho ruido, Manuel.

-Amo tu sonido.

-No escuchamos más allá de nuestra cabeza.

-No es cierto, puedo oír incluso el movimiento de tus pestañas cuando quieren mantener mi nitidez.

-¡Mientes! Mientes como los libros delgados que colocas junto a tu zumo de naranja cada mañana y que nunca has leído.

-¿Por qué?

-No hay espacio entre las hojas. Sólo te escuchas a ti.

-¿Y qué digo?

-Pides a gritos morder mis labios.

Podía distinguir el sonido de cada una de las monedas que tintineaban en el interior su pantalón de lino; su tamaño y el tacto. El ruido le ayudaba a la distracción. No quería recordar el único rostro de aquellos ojos que habían insistido en chocar una y otra vez con el espejo retrovisor. Jim desató los zapatos negros de cordones con forma redonda, se descalzó con suavidad y los colocó uno pegado al otro a dos palmos de un perchero de madera, junto a un pequeño calefactor. No iba a beber más cerveza, pero le incitó aquel sonido suave e incomprensible en la cocina. Levantó la escoba con sigilo, y cuando cruzó, la volvió a dejar caer sobre la bisagra desatornillada. Papá, que no era papá de ninguno, y sin embargo, ejerció, aún sostenía el murmullo del motor en su cabeza mientras aquellos gordos dedos de uñas descuidadas caminaban por el borde del cristal figurando ser un ser humano en peligro.

-¿Qué hora es? -Preguntó él.

-Dos minutos después. -Respondió ella.

Daniela había despegado el té negro con dos gotas del leche del fregadero, y con elegancia y los pies desnudos regresó a la mesa para ocupar la misma silla. Bebió un trago largo de aquella taza de metal hasta que el amargor le hizo fruncir los ojos, encendió un cigarrillo y no fumó. El techo repetía los pasos de mamá que no era mamá de ninguno, y sin embargo, ejerció; a veces repicaban despacio, otras nerviosos. Manuel permanecía quieto, de pie, pegando ambos hombros a un calendario de papel que colgaba de la pared. Él era un trozo de hielo herido, repleto de grietas, y ya tan sólo podía ceder su muerte lentamente a un sol de invierno.

-¿Entonces el tiempo es otra mentira?

-Si el sonido de las agujas siempre es el mismo, ¿Por qué hemos de avanzar?

Ella bebió más té y mantuvo una sonrisa torcida en el aire, satisfecha, y al mismo tiempo desorientada o confusa. Extendió el brazo, lo sostuvo en el aire y tras golpear el metal en la madera, alzó e invitó a Jim a brindar y beber. Éste le correspondió dando un largo trago hasta caer sobre el vacío del vaso. Ausente, con los ojos pegados en el frío de la ventana, abrió el frigorífico, lo volvió a llenar, y sus dedos volvieron a pasear tranquilos por el peligroso borde del cristal. Daniela terminó el té negro, apagó el cigarrillo y empujó la silla violentamente para ponerse de pie. Manuel todavía asfixiaba aquellos dos billetes azules que querían comprar un disco de vinilo. La voz, a un milímetro del lóbulo de su oreja, le hizo añicos.

-¿Escuchas sus uñas?

-No me interesan.

-¿Qué te gustó de mi beso?

-El latido de tu corazón sobre mi pecho.

Ellie descansaba en el sillón del invernadero envuelta en su enorme jardín con los ojos cerrados, un té de frambuesa y el libro detenido en la página ciento cincuenta y siete. Tenía un presentimiento. Daniela rajaba el colchón de su habitación en el que quería dormir eternamente en silencio después de escuchar una y otra vez hasta la última vez la misma canción. Manuel esperaba paciente, de cuclillas, con el disco de vinilo entre los dedos, sin pegar la oreja a la habitación para no hacer ruido con los pies, mirando los diez cuadrados tallados en la madera blanca, y vigilando la manilla con la imaginación bajo la ranura de aquella puerta. Jim apuraba un último trago de whisky mientras fumaba un cigarrillo sobre la fría silla de madera del jardín, junto al limonero. Mientras, sobre el vacío de la charca, observaba la velocidad del cielo frío y roto repleto de nubes y estrellas. Nadie iba a matar a nadie. Vivían.

Fotografía: Edward Steichen.

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2 comentarios en “Ruidos

  1. Me encantó el relato. Admito que me perdí alguna que otra vez entre personajes, soy algo ansioso y distraído a veces con la lectura. Será que al atraerme leo rápido, jaja!
    Por los diálogos y los contextos me queda la sensación de que los personajes realmente tenían una historia. Sospecho que “mamá” y “papá” eran los dueños de la pensión, pero es una sospecha nomás… El relato es cotidiano y épico a la vez.

    Saludos!

    • Un placer Joaquín leer tu comentario por aquí y recoger tus impresiones. Apenas hay una retroalimentación con la lectura de mis relatos, y la echaba mucho de menos. Me gusta saber tu impresión y guardármela.
      Un abrazo enorme y espero de nuevo verte pronto por aquí…

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