Mediocres

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Adelaida miraba la pistola amarilla repleta de agua apuntándole a la cabeza. Un disparo le hubiera abierto un agujero en la frente, donde de puntillas aparecía una desinflada y extrovertida nariz. Le incomodaba un plástico rojo en el interior del cañón, bajo el punto de mira. Los dedos de Alex repletos de anillos no abrazaban el gatillo y temblaban enfadados sosteniendo el armazón de aquel juguete. Aquel movimiento no hizo caer una sola gota sobre el mantel rojo de papel que cubría la mesa. De pie, la silla de él aparecía vencida sobre una alfombra cubierta de confeti y serpentinas. De pie, la silla de ella aparecía pegada a las medias negras de algodón que cubrían sus piernas. Sentado, Arturo golpeó con la botella en el borde de la copa de manera intencionada, rió con una tos seca y la llenó más allá de la mitad. Sentado, Antonio permanecía en la misma posición, sin añadir un solo gesto, ni un movimiento, tampoco una aparente respiración, y esto último, a nadie le importó.

Antonio era un hombre de pelo gris, excesivamente grueso, incluso denso, rudo como el de un caballo, moldeado hacia la derecha. Utilizaba gafas de alambre y le caracterizaba una cicatriz en la mejilla que apareció cuando tropezó y el filo de una verja le abrió la cara durante aquel año militar. Había olvidado el trabajo, las cargas, el esfuerzo, la conducción y las conversaciones. Escondía cada mañana su apatía entre los árboles que crecían en los montañas; sobre la hierba, el viento y las sombras. Alto, y aún muy delgado, no sabía una sola talla de la ropa que vestía.

Cuarenta y siete pulgadas sobre el cristal empañado. Arte abstracto y surrealista pintado al óleo en dos colores; tal vez doce tonos; blanco y negro entre infinidad de grises. Parecía sangre lo que rompía la composición. Álex recordó el puñado de folios apelotonados sin orden, todos en el suelo; bocetos. La papelera engordando su órbita hasta que sus pies descalzos resbalaban sobre tanto error. Allí su obra herida de muerte, como la vida, palpitando en la agonía mientras él movía lentamente el dedo índice hasta el endeble gatillo de plástico.

El lienzo estaba inclinado sobre la única ventana de aquel pequeño salón cuadrangular. Cubría dos paredes un mueble con cristaleras que escondían tras el polvo vasos de diferentes formas, colores y tamaños. A los lados, las estanterías alineaban libros que siempre habían permanecido cerrados. La mayoría de títulos y nombres de autores estaban constantemente recortados por fotografías de familia con marcos dorados y plateados. Los ocho ojos, por primera vez en aquella noche, pestañeaban lejos del televisor. Todavía el envoltorio de un color pálido y mate sin un sólo dibujo lucía abierto por la mitad y enganchado a las dos esquinas superiores. De un extremo colgaba un lazo rosa con interminables espirales; aparentaba balancear, tal vez por la incomodidad. Paradójica suavidad la elección de aquel tono. La imagen en blanco y negro comenzaba a borrarse lentamente porque un puñado de tomate triturado y denso resbalaba por el pene que escondía la boca. El mejillón junto a la pata trasera izquierda de la silla de Adelaida, con un roto como el tamaño de una uña meñique, no había dañado el lienzo en el impacto. Nadie dijo más. Nadie miraba a nadie porque la obra les miraba a todos.

Dos minutos antes de dormir, Adelaida leía con añoranza cartas de amor que escribió con diez años. Se enamoró del pupitre, de la silla, de los zapatos negros, grandes y anchos, cruzados uno sobre otro, elegantes entre aquellas cuatro patas verdes de metal. Él nunca contestó, y sin embargo, las guardó y ella las recuperó. Rizaba y teñía su pelo cada tres semanas, maquillaba las arrugas a diario y sus ojos sonreían menos que sus labios. Ella creía en las faldas y los tacones altos. Creía en el amor y no lo conocía. Echaba de menos el sexo y no lo pedía. Los viernes cocinaba huevos con chorizo y patatas fritas y él le sonreía. Adelaida devoraba los instantes de felicidad.

Meses de trabajo roto por un arrebato de ira. Lo había destrozado tras el sonido de aquellas tres palabras y el desprecio ciego de su mirada. La mano izquierda estaba manchada y ensangrentada; goteaba junto al bolsillo de su pantalón vaquero. Álex lo desató y lo empujó hasta los tobillos. No llevaba calzoncillos. La otra aún sostenía la pistola de agua que, minutos antes, posaba inocente junto al tenedor, sobre la servilleta verde de papel que Adelaida compró en una gran superficie. Nadie observó su desnudez lidiando con el borde de la mesa.

Arturo amaba el cuerpo masculino. Olor y tacto. Lo chupaba, lo besaba, lo mordía, lo palpaba y lo empapaba. Le excitaba y aterrorizaba. No era homosexual, era sexual. Había aprendido a conducir una motocicleta azul cielo con veintiséis años y escuchaba música sin letra. Pelo corto y afilado, rubio, ojos negros y grandes como el culo de una taza con el último sorbo de café, era adicto a la oscuridad. No quería ver. Le acobardaba ser un foco de atención y le aterraban las miradas.  Cada mañana llevaba las viejas fechas de caducidad de decenas de productos perecederos al frente de las estanterías.

De un solo trago y sin retirar la sonrisa repleta de sorna que apestaba en sus labios, con los ojos pegados al plato, Arturo vació la copa. Le pareció peculiar la forma de un trozo de pan que amenazaba con caerse de su plato. Abstracta, pero hermosa. Le envalentonaba la ebriedad. Quiso decir algo ingenioso acerca de aquel pan y romper aquella tensión, pero imaginó su voz. La vio caminar descalza y ahogarse en un charco en la que ni siquiera se hundían la suela de sus zapatos. El paladar parecía lijar su lengua. Arrastró la silla con suavidad sobre la alfombra, y casi consigue pasar desapercibido y levantarse.

-Voy a vigilar el cordero en el horno.

-No saldrá corriendo.

-No hables así a tu madre.

-No le hablo, le estoy señalando, indicando, apuntando con un arma de mentira y repleta de agua templada. ¿Ofensa? Jamás morirá. Tampoco la mataré. Yo muestro, señalo, enseño, adiestro, educo, manejo, tal vez humillo y hiero, pero siempre soy sincero. Y ella, aunque me niegue, aprende. Y la quiero. Le hago más de lo que tú le has hecho en los últimos treinta años.

-Es Navidad.

Tras las dos últimas palabras de Adelaida, ella fue la única que mantuvo el ruido. Un murmullo  trataba de tararear un villancico. Estaba nerviosa y no podía retirar los ojos del punto de mira de la pistola de plástico. Antonio no necesitó mover la cabeza para vigilar a Álex con el deseo sincero de que aquel arma fuera de verdad. Pensó en la escopeta de balines que guardaba en una funda roja de cuero en el trastero, bajo el tejado. Estaba junto a los esquíes y la pelota azul de baloncesto. Arturo, de pie, no logró salir de la silla porque Álex le detuvo con su mano manchada en el hombro. De pronto, todos estaban mirándose. Incluso la casa les miraba. Nadie decía nada.

Afuera la niebla había escondido la carretera por la que cada rápidos minutos un coche iluminaba la casa. Mandaron construir aquel hogar hacía cuarenta tres años, antes de que el Gobierno decidiera establecer ese camino como uno de los principales para salir y entrar a la ciudad. Compraron unas cortinas verdes que colgaban del techo hasta el mismo suelo. Nunca las corrieron.

Adelaida, en silencio, lentamente había encogido su cuerpo hasta convertirlo en una pasa. Pensó en un polvorón. Frotaba sus manos como si hiciera mucho frío. No lo hacía porque aquella mañana pidió a Antonio que pusiera leña en la chimenea del salón. Era un día especial. Miró las cáscaras vacías a la derecha del plato. La televisión por un instante pareció ser muda, si bien, una mujer de tacones altos y un vestido azul ceñido insistía y cantaba. El olor a cordero era tan silencioso como molesto. Crepitaba el fuego y las voces asomaban entre los dientes.

-¿Puedo ir a por vino?

-Tú ni siquiera lo has mirado.

-Lo veo.

-El cordero…

-Ver y mirar, estúpidos verbos perezosos y vacíos. Ser humano, un desinterado. Algún día añoraréis el poder de la observación.

-¿Vino?

-Y se fue. ¿Sabéis que es la ceguera?

-¿Vas a dispararme a mí también?

-Gente que tropieza con escalones, aceras, papeleras y esquinas, ancianos que viven con las manos por delante para palpar el aire, aterrados por el próximo paso. Enfermos. La ceguera es una enfermedad que golpea el suelo con un palo porque no sabe dónde termina el andén y dónde empieza la vía. ¿Lo habéis observado alguna jodida vez?

-Leciones navideñas, veo.

-Quiero que observemos, por favor.

-Quiero vino…

-Quiero apagar el horno…

Tuvo la palabra quiero, nada más. Torció el cuello hasta apuntar al lienzo y sintió alivio. Reconocía el trazo. Inmóvil, Antonio sujetaba el cuchillo y el tenedor de plata con una firmeza imperturbable entre la cabeza y la cola de un langostino. Veinte segundos le bastaron para retomar la cena con aparente normalidad.

Diecisiete luces de navidad de tres colores distintos colgaban tras la cabeza de Arturo. Había vuelto a ceder y caer sobre la silla, obediente. Sintio que desaparecía la ebriedad del vino. Él solo había desnudado la botella. Miró y persiguió el hilo de tomate que pronto llegaría a la alfombra.

Creyó nacer con quince años, cuando, a una sola vuelta, era el más veloz de la escuela en la pista de atletismo. Álex no sabía cómo su corazón le permitía escupir sangre y sobrevivir. Pensaba en la muerte y su desaparición, y dormía porque leía novelas de vampiros. Hablaba a Dios, él no le contestaba y tampoco le solucionaba problemas. Únicamente le tembló el pulso la primera vez que, con un cigarro quemaba el lienzo mientras con un pincel trazaba con precisión la sutil apertura de un glande. Todavía, a diario, desayunaba en una terraza con un dinero que no debía gastar porque adeudaba el impago de las paredes en las que dormía.

-No es bonito.

-No has observado.

-Necesito apagar el horno.

-No haberlo encendido.

-Necesito vino.

-Es la hora de la cena.

-Cenaremos.

-Cenemos.

-Estamos cenando.

El trazo negro de la cabeza, aun surrealista, desordenada y con los ojos enrojecidos como dos rubíes, era sin duda la suya. La rana, aparentemente de piedra asomando entre sus piernas. Adelaida distinguió entre la explosión de tomate su barbilla empapada, como si la prisa le hubiera derramado un vaso de leche en mal estado. Y aquellas piernas masculinas, realistas; inolvidables; fugaces. La pistola amarilla repleta de agua apuntándole a la cabeza no iba a causar heridas. La mesa engordaba su indiferencia. Miró atrás y le preocupó decir lo que respiraba.

No tenía semen en los testículos. No había placer en los espasmos vacíos. El cuadro inacabado le obligaba a masturbarse media docena de veces cada noche, vaciar una sola botella de licor de almendras, y lamer hasta perder el sentido de la lengua aquel papel diminuto que le administraba Tortuga. Despertaba de noche porque la luz artificial beneficiaba la ausencia de color. Alex había empujado hasta la puerta a dos prostitutas en una sola semana, una de ellas, llegando a caer por aquellas viejas escaleras de madera que terminaban en el último piso de su escueto hogar. Era inhabitual. También lo eran las cuarenta y siete pulgadas en las que él creyó. Odiaba ser una vez más. Odiaba la incompresión. Y lo era. En el aire colgaba sobre su mano izquierda un trozo de tela con pintura fresca, como un gigante exhausto ante otro inminente final.

La puerta de casa solía abrirse tres veces al día con una sola llave. El timbre insistía demasiado en los últimos meses. Él nunca contestaba. Álex pintaba con trapos de cocina que untaba en pinturas de dos colores. Con el dedo trazaba obras que no eran arte, porque él creía que el arte era una comprensión mediocre para la sencillez de tanto estúpido ser humano. Era un ser contradictorio. La barba le ocultaba el cuello y apenas crecía un centímetro de pelo en su cabeza. No lo había perdido, lo afeitaba. Era alto y delgado como una espada. Era impredecible. En un salón prácticamente sin muebles colgaba, hasta entonces, su único delito, un enorme lienzo horizontal que le mostraba acuchillando a su hermano con unas tijeras. Echaba de menos el color rojo del plástico y la sangre. La realidad aterraba.

Manuela era morena, tan alta como él, de ojos desgastados, como si le costara mirar más allá de dos metros. Ella abría la puerta de casa dos veces al día. Ella consiguió ser durante siete meses la séptima mujer de Álex.

-No voy a preparar té rojo.

-Me basta café.

-Es de ayer -advirtió ella.

-Ayer fue mejor día que hoy, gran presagio.

-¿Qué le sucede a hoy?

Álex no contestó. Encendió un cigarrillo de marihuana que no recordó haber pagado y levantó la ventana hasta que el ruido venció al viento. Odiaba a las mujeres porque le abandonaban. Las necesitaba, no le comprendían y las utilizaba. Ella asentían ante sus palabras, pero no las masticaban, saboreaban o digerían. Hacían el amor con él, no disfrutaban, pero le amaban. Manuela le iba a abandonar después de siete meses. Lo sabía. Lo leía en el color de sus mejillas amarillas, mientras él, enrojecido, le pellizcaba los brazos porque no logroba sostener la eyaculación. Odiaba aquella decisión.

-Deseo volar.

-¿No lo haces ya?

-Volar de verdad; saltar y caer, flotar, navegar en el aire, y poder decidir, yo y solo yo, cuando estrellarme.

-Pierdes la cabeza.

La taza blanca estaba llena de pintura roja. La taza verde estaba llena de pintura azul. La taza azul estaba llena de pintura amarilla. La taza negra estaba llena de pintura verde. Manuela le sirvió el café frío en un vaso de plástico blanco.

-¿Por qué compras pinturas de colores?

-Dicen que el color es felicidad.

Manuela desapareció dos días más tarde. A Álex le cosquillearon sus dedos en la palma de la mano durante semanas. Le arañó poco antes de comenzar a volar puente abajo. Nunca había oído gritar así a un ser humano. Los dos equilibraban sobre la barandilla de metal de aquel viejo puente de vías muertas. Él quería volar, ella le quería imitar, él quería creer y ella quería querer. Aquel empujón cobarde y frío le inmovilizó mientras observaba el trazo de sus uñas sobre la piel. Un día después, sin culpa, terminó la obra con cuatro arañazos idénticos en la esquina derecha superior. Los observaba mientras amanecía, un pañuelo de papel le limpiaba el glande y los golpes temblaban con brusquedad sobre la puerta.

Cuando el humo empezó a abandonar la cocina, Álex apretó el gatillo y una ráfaga de agua mojó la cara de Adelaida.

Arturo se levantó de la silla y escapó de la atención de Álex para abrir el armario de cristal que reflejaba una botella de vino tinto.

Cuando el humo empezó a navegar por el pasilo, Antonio estiró el brazo y el tenedor cogió el último langostino de la bandeja.

Álex disparó y disparó mientras Adelaida no podía quitarse de entre los dientes el villancico.

El corcho era de silicona y morado, y Antonio acercó la copa con disimulo mientras alguien había empezado a llorar.

Cuando el humo se sentó en el salón, no hubo una sola gota de agua en la pistola de plástico amarilla y Álex había desnudado su cuerpo y eliminado uno a uno los anillos de sus dedos.

Nadie se movió cuando Antonio arrastró el lienzo, abrió las tres ventanas del salón y el fuego creció con velocidad en busca de una salida.

Cuando el humo escondía la noche, Adelaida ni siquiera tenía una bata, miraba la casa y pegaba su cuerpo a la grandeza de Antonio, distante bajo su cazadora de cuero.

Nadie miraba a Arturo, que sus manos servían de la botella, a la altura del ombligo, una nueva copa de vino.

Cuando el fuego enseñó el cadáver, Álex, desnudo, escondía su pene y testículos antes las luces de colores y blancas que iluminaban la carretera.

-Sobrevivirán las paredes.

-Tal vez los cristales.

-No los muebles.

-Las sillas.

-La mesa.

-Ni el plástico.

-Mi pistola.

-La escopeta.

-¿La escopeta?

-Tampoco el cordero.

-Me preocupan los papeles.

¿El confeti o las serpentinas?

-Los libros.

-¿Y los que están en blanco?

-Los escritos.

-Las fotografías.

-El cuadro.

-Mi obra.

-Los recuerdos.

-Siempre sobreviven.

-Lo más importante es la sangre.

-¿La vida?

-No. La muerte.

Fotografía: Eikoh Hosoe

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