Extraño

body death

Disparé a mi cabeza, ella sonrió sin enseñarme los dientes, y yo, derribado sobre la mesa, sólo supe elegir no pestañear. Soy un tipo extraño. Miento constantemente. Miro a los ojos y miento. Cierro los ojos y miento. No me atrevo a decir la verdad porque la verdad es pobre, triste, y simplemente, inservible. La verdad es el precio de una moneda olvidada en la sombra de un bordillo. Soy lo que no tienes ni puta idea que soy, y sin embargo, adoro envolverme con esta apariencia para ti y ante cualquier ser humano. Me corto las uñas con el mismo cuchillo que corto el pan, y los dedos de los pies aparecen repletos de heridas bajo los calcetines. Ella cree que algún día me cortaré los labios porque la ebriedad mata los detalles, no obstante, todavía bebo el vino en una copa rota. Brindamos, y entonces, sin lágrimas, lo dijo. Decir no es un acto sencillo.

-¿Cómo te disparaste?

-Con mi dedo.

-No hubo sangre.

-Más de la que nunca imaginas. Había peces de mil colores nadando a través de mi estúpida muerte. Aleteaban de un lado a otro, nerviosos, inquietos, desconcertados por la oscuridad. Tesoros olvidados, náufragos, olas, mareas altas y bajas, había…

-¿Testigos?

-Ella.

En ocasiones, amo ducharme con agua fría. Hielo líquido agujereándome la piel; aguja con hilo descosiéndome hasta volver a ser un patrón sin forma ni marca; tampoco un número de serie. Olvidado para siempre. Nunca fui sería mejor que haber sido. Es invierno, llueve insistentemente afuera, y aunque mis oídos oyen la lluvia en el cristal, diluvia más allá de la ventana. Llueve, el viento baila, flirtea una y otra vez con las ramas endebles. Follan como una vez follamos, sin miedo a un final. Cada vez veo más largos árboles y creo que desean escapar. El cielo debe de estar cansado de ser siempre la escapatoria. Nadie estorba al paisaje. Desnudo, extraño, no me reconozco ante el reflejo del cristal transparente de la ducha. Ella me enseñó aquella manía. El vapor cubre el baño, asfixiado, sin espacio, las yemas rojas de mis manos como frambuesas maduras ante mis ojos, las mejillas como una luz sepia desteñida, y el jabón aún enredado en el desagüe, esperando paciente su desaparición. La ducha es un pensamiento con uno mismo, hoy en día demasiado infravalorado. La muñeca amaga, balancea, acelera; y cuando golpeo el grifo como si la pelota amarilla golpeara rabiosa en la red de una raqueta, la temperatura cambia radicalmente. Es un disparo brutal al corazón. Estrangula la piel. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis segundos. Los cuchillos agujerean tu cabeza mientras silencias tus ojos como si en ellos tuvieras una mandíbula. El amor nos enseña más idioteces de las que realmente creemos.

-¿Era realmente amor?

-Lo fue.

-¿Y qué pasó?

-Que me descubrió.

-¿Y decidiste matarte?

-Dispararme, morir, desaparecer, facilitar las cosas a la persona que realmente te está pidiendo a gritos sin una sola voz. Decidí dejar de ser yo. Ser sincero, y la única manera de serlo era estar muerto.

-¿Lo estabas?

-Lo estuve.

-¿Sucedió así?

-No.

Adoro mirar por la ventana del salón cuando el sol rompe el cielo en dos; blanco y azul. Quisiera dormir en la línea gris que nadie observa; ni siquiera yo. Sujeto una taza con ambas manos, fría, pero la abrazo. Aún continúa la  marca de sus labios en la curva del asa. El color grana parece una huella dactilar rota, pero es el último beso que aquí queda. Es extraño que pueda mirarla con los ojos abiertos y no haya un solo rastro de ella. Es extraño que  sueñe con ella y no recuerde cuando fue el último día que despertó a mi lado. Miro por la ventana y el mar es un enorme cobarde. Es el único capaz de poner un fin y no lo hace.

-¿Morir todos?

-¿De qué servimos?

-Vivir es maravilloso.

-Miente. Si hiciéramos dos listas sobre lo bueno y lo malo, todos y cada uno de nosotros, vivos o muertos, volcaríamos indudablemente hacia el infierno.

-¿Lo cree?

-No me importa.

Quiero aprender esconderme dentro de mí, meter mi cabeza en el traje de esta larga piel que me enfrenta a ti, a ti, a ti y a ti. No puedo tomar una sola decisión más. La última fue el día que compré una casa de una sola planta en una playa con demasiados turistas. Ella ya decía que me quería con lágrimas en los ojos, como si el amor doliera, y yo sólo pensaba en desnudarla una y otra vez. Vestirla y desnudarla. Quería vestirla cada vez que hacíamos el amor para desnudarla otra vez. Vestirla para volver a sentirme nervioso desabrochando cada botón, levantándole el jersey, desenganchándole uno a uno ambos calcetines. Nunca pude quitarle las bragas porque me temblaban las manos. La amé en aquella casa que compré y nunca pagué. Mamá tenía mucho dinero. Papá tenía más dinero. Mi hermano murió en un accidente doméstico después de beberse dos botellas de tequila. Yo observé como perdió el equilibrio cuando caminaba descalzo por la barandilla mojada del balcón. Mucha sangre, y sin embargo, no vi un solo pez. La casa la elegí yo, la decoró ella, y la contaminamos los dos.

-¿Contaminar?

-El aire que respirábamos, poco a poco, nos empezó a envenenar.

-¿Discusiones?

-Tabaco, marihuana, heroína hirviendo en una cuchara de metal, café constante, patatas fritas y pizza, croquetas y palitos de pescado, humedad en las paredes, vómitos que tardábamos en limpiar, malas digestiones, ya me entiende, y sobre todo, incienso, ella adoraba el incienso con aroma a canela. El aire era una mierda.

-¿Drogadictos?

-Adictos.

-¿A las drogas?

-Leía libros en lo alto de un árbol durante horas, horas y horas. Tres exactamente. Era un árbol difícil, de ramas delgadas, inestables, no daba un solo fruto, pero me subía allí para dejarle la libertad que siempre pedía después de que hiciéramos el amor. Miento. Quería sentirme libre. Miento. Es extraño, pero odiaba ciertos disparos fugaces de su forma de ser. O tal vez no. Da igual. Lo que quiero decir es que lo hacía cada martes, jueves y sábado y también era una adicción.

-Entiendo.

-No lo entiende, pero lo asume.

-No, sí lo entiendo.

-Yo no lo entiendo.

-¿Me está mintiendo?

-Sí.

Me cepillo los dientes sin un mínimo de cuidado. Paseo, camino y me alejo. El agua del grifo sigue corriendo y la luz alarga mi rastro en un corto y curvado pasillo. Abro la puerta de la calle. Es invierno, llueve otra vez, despeina el viejo y me excita sentir la planta de mis pies en el cemento mojado y frío. No pienso, no siento, tampoco entiendo, lo hago porque me gusta ver la inmensidad del cielo. Tan quieto y estúpido, siempre su apariencia a merced del viento. La espuma dentífrica comienza a secarse en la barbilla. Ha manchado mi jersey. Tirito. Sólo los insectos mueren de frío. Las sombras son imaginaciones y me recuerdan que ella, completamente desnuda, me rescataba de aquella idiota acción. El amor te cuida y te debilita.

-¿Dónde está ella?

-No lo sé.

-Nadie lo sabe.

-Yo tampoco.

-¿Miente?

-Me maté por ella, ante ella, y ella no hizo nada. No le importó mi muerte. Rompió mi copa rota, y desapareció sin valor para decirlo una vez más.

-¿El qué?

-Lo que dijo.

-¿Para qué una vez más?

-Nunca le creí.

Tampoco pude creer que se cubriera las tetas mientras sonreía con aquella copa de vino rota que le había pedido que sujetara. La uve quedaba bajo su barbilla afilada, huesuda, depilada, maquillada, hermosa. Su brazo derecho doblado en horizontal sobre sus pechos pequeños, alargados y elevados. Adoraba su pelo negro, corto, oscuro y recto como lo sotana de un cura. Nunca había estado muerto y no supe dejar de respirar. Mentí una vez más.

-Quiere decir que no murió.

-¿Con un dedo?

-¿Donde se disparó?

-Entre los dientes.

-¿Con un dedo?

-Sí.

-¿Es eso cierto?

-No lo sé.

-¿Y la sangre?

-Eso sí es verdad.

Me siento extraño cuando deseo no volver a decir una palabra. Lo deseo. Tengo el pegamento entre las manos y lo pienso, lo imagino y acerco el cono de plástico blanco y afilado hasta posarlo entre mis labios. No aprieto. No me atrevo. No quiero. Todo es mentira. Lo separo, y por cuarta vez, pego sobre la taza el asa con su pintalabios marcado. Afuera no llueve y recuerdo que escuchaba música en una silla de madera que se movía adelante y atrás. La veo y la echo de menos. El sentimiento no tiene números, y quizá por ello carezca de solución. No dejo de ceder ante la  excitación. Ella no puede evitar mis eyaculaciones. Es extraño amar la ausencia.

No quiero decir qué sucedió, pero no puedo dejar de visualizarlo una y otra vez en mi maldita cabeza. La proyección está atascada en aquella secuencia, pálida, lenta, débil y dramática. Cuando apareció la primera gota de sangre en mi dedo, ella había dejado de beber aquella botella de vino tinto de treinta y siete euros que habíamos comprado los dos juntos en el supermercado de la calle principal. Mi copa rota se rompió sobre la madera. Me recordé cogiendo la botella. Los dos estábamos cogidos de la mano mirándonos con las orejas.

-¿Qué quieres decir?

-Que sabíamos perfectamente el uno del otro sin ponernos un solo ojo encima.

-Hablo de la sangre.

-Aún apenas había.

-¿La hubo?

-A mares.

Me gusta lamer el clítoris de rodillas. Me gusta que ella esté sentada en el sofá, vestida. Es una forma de esconderme en la comodidad de la escucha. Lo dije mientras comíamos aceitunas un domingo a mediodía. Era mentira. Me aterra la oscuridad de los coños, su funcionamiento, el aroma, su sabor, su textura y la decepción de hundirme en el silencio, donde nada sucede. Bebía demasiado para amarla de aquella manera. Mentía. Amaba el tacto de sus rodillas tan delgadas y huesudas bajo la palma de mis manos. Necesito fumar, necesito una caricia, beber porque beber me alivia, necesito una voz condescendiente, necesito borrar lo sucedido y sus dedos entre mi pelo, y sé que es imposible porque estoy vivo. Maldigo el treinta de Noviembre. Fue el primer día que la vi en lo alto de aquella montaña rusa. Yo permanecía sentado en un pequeño banco de madera tomando una fotografía a una niña de cinco o siete años que enredaba sus dedos en aquel algodón de azúcar rosa. El ojo que no estaba en el objetivo, la observaba. La amé. La amé tanto que perdí la cabeza porque la cabeza me permitió amarla. La amé como si alrededor de ella hubiera un completo vacío. Nada más. Sus ojos mordiéndome el corazón, haciendo nuestro escenario un papel blanco infinito, en silencio, sin sombras, sin luces ni ruido. Lejos de ella, el mundo me empequeñecía.

-¿Quién limpió la sangre?

-Compré un reloj de esos de números que cambian porque uno cae sobre el otro. ¿Sabe cuál le digo?

-Sí.

-Lo colgué en la pared y pasó el tiempo.

-¿Y la sangre?

-Desapareció.

-¿Cómo?

-El día que no recordé cómo amarla.

Ella no está. Aún está. Y no está. Me disparo cada tarde, con idéntica ropa y en la misma esquina del salón para que ella aparezca y no diga lo que dijo, si bien, es extraño, acaba volviéndolo a decir, a repetir lo mismo que dijo. La sangre era espantosa, escandalosa, cuantiosa y mentirosa. Nunca imaginé que un corazón albergara tanto dolor; ahogó hasta inundarlo todo; rojo, rojo, rojo y peces de colores inquietos y desorientados. Aún está, la veo, de pie, con la copa repleta de vino tinto, diciéndolo otra vez. Después escondo el dedo sobre mi lengua. Muerto, no sé vivir. Vivo, no sé morir. Adiós.

Fotografía: Daniel Diez Crespo. 

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