Océanos

andre-kertesz-6

I

Océanos. Tenía pies de sardina. A menudo resbalaba sobre la arena seca dispersa que había en las escaleras de madera de la entrada. No caía, tan sólo deslizaba la planta de sus pies. Imaginaba que la respiración le atravesaba la piel aprovechando la amplia debilidad que tenía entre sus costillas. Aún de pie, fumaba para aplastar la tensión. Había una columna de piedras incompleta que partía en dos la ventana con una sombra desafilada. Afuera, le envenenaba la explosión de humo que cegaba cualquier destino. Reía suave, chocando los dientes, ya tan desgastados como una almohada recién abandonada. El tiempo continuaba enlatado en un reloj de goma y tenía un desplazamiento lento, despacio, aletargado, embarrado, encadenado a un mismo recorrido constante. Océanos. El papel hecho agua, diluyendo todas las letras escritas. Desorientado en aquella enorme casa, yendo y viniendo como un preso con la bola atada al tobillo, sin un solo movimiento distinto. No apagó el cigarrillo, lo dejó caer y se ahogó. No se hundió, flotó. De pie aún, el aire le empapaba. Miró a su cabeza a los ojos y le advirtió. Ordenó. Hablaba demasiado. Rogó, gritó, deseó, rezó que cesaran las palabras. No soportaba un solo pensamiento más. Alrededor, la inmensidad había empezado a volverse diminuta.

Al gato lo había llamado Banana, como el escritor que ella siempre leía, del que siempre hablaba, al que siempre mencionaba, y siempre idolatraba. ‘Kitchen’. El libro tenía las tapas blancas, blandas, y emitía paz en aquella mesa de noche, junto a la lámpara y sus gafas de montura de metal. Banana, el animal, permanecía allí con una piedra en la cabeza y no se movía. El retrete, el lavabo y la bañera no cesaban de derramar agua, los dos últimos, caliente. Ya estaba empapada la moqueta de la habitación. Pusó fuego de nuevo en una de sus cerillas y fumó como si el cigarro pesara una tonelada. Mientras, intentaba adivinar la ubicación de los ojos entre tanta sangre. Había tres bigotes, exactamente tres, suspendidos en el aire. Fumó deprisa, como si el cigarro, de pronto, aligerara, adelgazada, lo exigiera; nervioso. El cuerpo de ella tenía otra piedra en la cabeza. Aún le brillaban los ojos. Adoraba aquellas pupilas verdes, ahora asediadas por infinidad de ríos rojos que nunca llegarían a mezclarse. La llave del candado ya no estaba en el calcetín verde y gastado con letras amarillas que nunca llegó a leer. El agua ya cubría por completo sus pies ensangrentados. La maleta de plástico tenía su ropa, la de tela, dinero. Olía a café recién hecho, a hierba quemada, y detrás del viento creyó oír a aquel incansable y viejo gorrión. Los océanos, sin caminos. La muerte era una total docilidad.

II

-¿Sabes echar humo por la nariz?

-¿Qué sentido tiene?

-Todo tiene sentido.

-No lo creo. -Bebió café como si calmara la sed y miró el cigarro humeando entre sus dedos.

-Sí, lo tiene. No hablo de un sentido lógico.

-Veo que de lo que nunca te deshiciste fue de las rarezas. No, no sé. ¿Por qué?

-Cada uno de nuestros gestos tienen importancia y ya no hablo de cada una de las palabras de más que decimos sin darnos cuenta. -Mira sus dedos y advierte que la ceniza está a punto de romperse-. El silencio habla tanto de nosotros. No hace falta conversar para expresar lo que pensamos o sentimos.

-¿Y qué dice echar el humo por la nariz?

-Confianza, despreocupación, desgana…

-Demasiadas cosas, ¿no crees?

-Tal vez. Pero no quiero sentar cátedra. Se te cae la ceniza. Piensa que estamos aquí desayunando tranquilamente, y yo opinando libremente sin miedo a ser juzgado. La vida es esperar que pase el tiempo para poder empezar a hacer las cosas que no nos obligan a pensar tanto.

-Yo no pienso.

-Lo haces.

-¿Qué estoy pensando ahora?

-Que quisieras no estar aquí.

-¿Y por qué estoy?

-No sabes cómo huir, tampoco hay un motivo concreto para hacerlo todavía, y tienes miedo a una elección peor.

Ella apagó el cigarro en la taza de café sin haberle dado una nueva calada. Había ceniza en el suelo entre sus botas de montaña. Descolgó su cuerpo de la butaca, lo puso de pie y escapó con la mirada por la ventana. La luz del sol amenazaba al invernadero a tan sólo dos o tres pasos. Buscó el reloj que quedaba en lo alto de la cocina sin cruzarse con sus ojos. Aún no era la hora.

-¿Qué te retiene a ti?

-Lo mismo que a ti.

-¿Quieres que me vaya?

-Puedes empezar.

Cuando ella abrió la puerta, el calor pareció empujar con desesperación. El aire lento y denso buscó refugió en el hogar. Ella puso sus botas en el exterior y aquellas suelas de goma crujieron sobre la arena. Cuando él, tres minutos después, llegó al invernadero, ella le dijo que estaba embarazada.

III

María llegó a casa un treinta y uno de diciembre. Portaba dos maletas, una de plástico, otra de tela, ambas negras. Había elegido un vestido de flores rojo, zapatos rojos sin tacón, sin medias, y unas gafas de sol amplias que le cubrían las ojeras y la vergüenza. Apareció con el pelo recogido y su rostro limpio de maquillaje. Era evidente el paso del tiempo y mantenía una medida amplitud en sus caderas. Llegó a las tres de la tarde en un viejo taxi negro conducido por un hombre negro que inexplicablemente vestía un gorro de lana también negro. Él abrió la puerta cuando la tierra empezó a hacer confusa la silueta de aquel vehículo.

La casa se aposentaba asediada por el abandono, una llanura ordenada por una interminable plantación de maíz, un campo de amapolas rojas y amarillas, y la amplitud del cielo, abierto a diario; sin una sola nube que rompiera la claridad. En ocasiones desesperaba la ausencia de tregua. En un margen, un abrevadero de piedra con agua. No había rastro de animales. Un invernadero crecía tras la casa, una granja aparecía vacía y cerrada con cuatro candados a distintas alturas, y una hilera de tendidos eléctricos sin principio ni final cruzaba en diagonal. Desde la habitación de María se oirían los únicos tres gorriones que habían acomodado sus vidas sobre aquellos cables. Sin carretera, porque tan sólo un camino de arena se arrastraba hasta aquella propiedad. María sintió pánico cuando el motor del taxi comenzó a desaparecer.

Él la recibió descalzo aquel treinta y uno de diciembre. Había bebido un largo café solo con tres hielos, elegido unos pantalones vaqueros recortados a la altura de las rodillas y una camisa blanca ligeramente desabotonada. Él, tan delgado como le permitían sus huesos, de escasa estatura, había decidido afeitarse y ordenar la densidad del pelo que poseía. No salió de la casa. No dijo una sola palabra cuando abrió la puerta de entrada. Ni un saludo, tampoco un gesto en sus labios. Dio un paso atrás y extendió el brazo invitándola a pasar.

La casa olía a lejía y a especias. El suelo era silencioso y la distancia entre las paredes amplia. Dos plantas y un sótano. Dentro, cuando las dos maletas parecieron acomodarse en el pasillo, ambos dejaron observarse. El sol caía persistente en la cocina y aclaraba los colores. Allí el agua hervía. Él imaginó su cuerpo desnudo entre un millón de brazos ansiosos, tocándola, abrazándola, pellizcándola, mordiéndola, comiéndosela; matándola. Agitó su cabeza y desapareció la imagen. Apareció un océano hirviendo y vio llover suficientes bolsitas de té. Él sintió la incomodidad de una respiración ajena a su lado. María se incomodó ante el silencio y habló.

-¿Amapolas?

-Son hermosas, ¿verdad?

-Lo son.

-No te recordaba. No, la verdad es que no, en absoluto. -Buscó en el bolsillo del pantalón y extrajo tabaco.- ¿Fumas?

-No debo… -Duda, pero esconde el brazo tras sus caderas.

-No te impongas prohibiciones, siéntete libre de hacer lo que desees. Siempre. – Encendió una cerilla y dio tres caladas consecutivas- ¿Cómo fue el viaje?

-Largo. -Cogió un cigarrillo y aceptó el mismo fuego.

-Así debía ser.

-Estoy un poco nerviosa.

-No hay nada que temer.

-¿Cómo lo haces?

-Confía en mí y yo confiaré en ti.

-¿Y qué tengo que hacer?

-¿Ahora mismo?

-Sí.

-Yo estoy haciando arroz y espero que estés hambrienta. Tú puedes darte una ducha, acomodarte en tu cuarto en la planta de arriba, que espero, te guste, y luego ya hablamos un poco el uno del otro. ¿Cuánto hace? ¿Quince, veinte? -Miró las dos maletas e intentó calcular su peso.- No te preocupes por ellas, ¿vale?

-Vale.

-¿María?

-¿Qué?

-Sólo serás mi rostro.

IV

El bebé estaba muerto en el lavabo. El cordón umbilical sangriento balanceaba en el aire y goteaba sin descanso en una alfombrilla rosa con forma de media luna. María aparecía hundida en la bañera, anoréxica, sudada, empapada, vacía, lejana, abandonada. Él sostenía las manos a la altura de sus ojos, mirándose las uñas enrojecidas, los dedos sucios, el delito gritándole. Había lágrimas en el agua hirviendo sin espuma que cubría el cuerpo vivo de ella. Él quiso que fuera de noche, pero apenas eran las once de la mañana y el sol atravesaba con una excesa felicidad una y cada una de las ventanas.

-Tal vez…

No terminó la frase. Bajó las escaleras y salió fuera. Lió un cigarrillo con excesa cantidad de hierba y resbaló sobre la arena de la entrada. El gato que desde hacía una semana había aparecido sin motivo ni procedencia, dormía en el centro del segundo escalón de la entrada. El termometro que colgaba junto al marco de la puerta superaba los cuarenta grados. Pasó la mano por el cabello corto de su cabeza y contó los meses que habían pasado desde que ella llegó a aquella casa. Vio los cambios, sumó y enumeró el dinero. Fumó deprisa, muy deprisa, tanto que sintió un vahído debilitándole a latigazos. Iba a desmayarse. Sólto el cigarrillo y lo pisó con la planta de sus pies desnudas. Cuando levantó la pisada, la colilla ensangrentada había emborronado el suelo. Regresó. María tenía la cabeza hundida en la bañera. No había nada en el lavabo. Ni siquiera sangre. Volvió a mirar alrededor. Tampoco vio una bolsa, tampoco gotas que marcaran un rastro. El agua asomó los ojos y él terminó la frase.

-Sería ciento diez mil.

V

Le gustaba colocar el mantel con un orden milimétrico. Necesitaba que colgaran los vértices a la misma altura. Eligió el color blanco. Midió las dos copas de vino tinto, dobló las dos servilletas, enderezó los cubiertos y se sentó impaciente, como una niña, juntando sus rodillas desnudas, poniendo sobre ellas las manos, manejando una sonrisa inquieta entre los labios.

-Eras horrible en matemáticas.

-No sé a dónde quieren llegar los números.

-Pueden llegar al infinito.

-Lo dudo.

Él retiró la silla que ella le había asignado, y movió suavemente los platos acercándolos al borde. Colocó una tabla de madera y creyó que el espacio sería suficiente.

-¿A dónde crees que te llevarán?

-¿Quién?

-Los números, tu negocio…

-El dinero no te lleva a ninguna parte. Lo haces tú mismo.

-No estoy de acuerdo. Además, ¿de qué sirve tanto dinero si no lo utilizas?

-Utilizamos billetes verdes de color negro, y ahora mismo me basta comer a diario y pagar algunas facturas, pero sí, tienes razón, todo lleva a algún lugar…

-¿A dónde?

-Al océano.

-¿Al océano?

-Vivir en el océano, ese es mi destino.

-¿Navegar?

-No. Tú preguntaste por el destino, no por el comienzo, tampoco por el trayecto y tampoco por el motivo. Ni siquiera cómo lograrlo. Por favor, cenemos.

María se mordió el labio y le enrabietó la habilidad de él para detener sus pensamientos, sus preguntas; la conversación. Él fue a la cocina, regresó con una cazuela, la puso en el medio y sirvió despacio, muy despacio. Primero a ella, después a él. Brindaron, comieron raviolis con espinacas e hicieron el amor después. Fue la única vez.

VI

Enamorarse evita la simpleza. Enamorarse posee lo razonable y lo golpea hasta destrozarlo. Lo mata. Él desabrochó el cinturón de su pantalón azul y abandonó sus pantalones, que bailaron sobre el agua de la moqueta hasta atracar junto a la puerta. María continúo quieta, María ausente, María de mentira, María con él y sin él, María, María, María y María. Desabotonó su camisa, la dejó caer y comenzó a hundirse enseguida.

-Siempre pensé que no llegarías lejos.

-Lejos, al menos, físicamente llegué.

El vapor comenzaba a tomar cuerpo en el aire de la habitación. Procedía del cuarto de baño. Recordó aquellas dos tostadas asomadas, ya frías, doradas, y pensó en el té aún hirviendo sobre la mesa de madera que se pegaba bajo la ventana. Había que dejar el café. El amanecer era lo más hermoso del día y ella estaba muerta sobre la moqueta. María estaba cerca, María era lejana, María inventada, María desconocida, María, María, María y María. Hinco las rodillas y no supo un rezo que le perdonara el arrepentimiento.

-Nunca me gustaste.

-Tú tampoco eres una belleza. Pero hablamos de amor.

-¿Amor? ¿Te has enamorado de mí?

-Hace diecisiete años.

El agua comenzó a mojar su vestido, el mismo que eligió para llegar, lo utilizaba para huir. Lo desconocido como un atractivo indudable. Abrió la ventana y lanzó el reloj de goma. Lo vio volar y desaparecer tras el denso humo que, por primera vez, deshizo la claridad. María sin mirada, María ciega, María observadora, María rota, María destruyendo, construyendo sin él, María, María, María y María. La desnudó lentamente y y el agua parecía deformar cada rincón de aquella habitación.

-¿Y el océano?

-Iremos.

-¿Y abandonar todo?

-No abandonas nada cuando te vas con todo.

Océanos. O promesas, quizá escritos, tinta alargándose, enredándose, desmoronándose. Significados descritos y escenarios baldíos. Él había huído de sí. Él sin ella no era él porque había olvidado cuando él fue sin ella. El amor, adictivo, insano, incoherente, intangible, contagioso; enfermizo. Reía chocando los dientes lejos de él, desgastados como la almohada abandonada. Le cogió la mano y encontró la llave que escondía en su calcetín. El amor etiquetado con un precio infinito. El amor enumerado. Avaricia como pecado. Tumbado junto a ella, desnudo, acariciaba la piedra que hundía su cabeza. Deslizó el brazo hasta su cintura y acarició su muerte. De reojo observó el dinero, la maleta y el humo oscureciendo la ventana. El agua lenta, fría, templada y caliente, sucia y ensangrentada, sumergía sus cuerpos. María no le miraba. Él logró callar sus pensamientos, callar sus ojos, callar su aliento. Juntos, abrazados en océanos distintos.

Fotografía: André Kertész

Anuncios

Seamos valientes

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s