Muertos

Photographie-monochrome-noir-et-blanc-photo-5

Mis párpados eran dos bolsitas de té abandonadas. Té rojo. El tío Fran había elegido el mejor traje de su armario, pero con los zapatos entre los dedos, no tuvo valor de atarme los cordones. Lo hizo aquel hombre adulto torcido por la vejez responsable del negocio. La guitarra era una mandolina y repetía una y otra vez los mismos acordes sin orden a través de unos pequeños altavoces. Había palabras y no eran importantes; tampoco significativas; falta de significado. Mis párpados se habían endurecido como los testículos y la voz gastada de aquel viejo cura. El ateísmo se engendró en el cuarto de baño. La tía Julia reía cerca del silencio mientras de manera inconsciente una de sus dos manos huesudas me sujetaba el tobillo. Mi pecho era una tabla lijada bajo la camisa blanca perfectamente abotonada. En algún lugar, agujereada por la ausencia del mismo cuchillo que cada noche, durante más de un año, había cortado el mismo tipo de queso. Maduro; maloliente. Y sin embargo, de una pieza, como un regalo iluminado en su escenario. El dolor no era sangre. Muerto, era un hombre con una fecha en el calendario, una piedra tallada y dos metros cuadrados de césped con flores aún vivas. Muerto, era un tipo ideal, sincero, agradable, feliz, perenne, hermoso e inteligente. El dolor era estar vivo. Mamá había dicho al hombre de la oficina que transfiriera la cantidad exacta. No hubo propinas. Papá había apretado su mano mientras pensaba en la tortilla de patata que saboreaba entre los dientes cuando sonó el teléfono. La mañana que el dinero cambió de moneda, mi cuerpo no sabía acomodarse entre las oscuridad de la madera y los destinos con vida de tanto equipaje. Recordé su maleta en el paso de cebra. El cerebro no muere cuando la sangre pierde su temperatura. Aquella imagen de mí, derrotado como un juguete de plástico articulado sin peluca de plástico, y con la cabeza abierta y vacía. Aquel estribillo volvía como él volvería. Caía una vez más sobre la alfombrilla roja del retrete ante el vacío del espejo, mientras sus dedos tarareaban con un dulce movimiento sobre su espalda mojada. Volvíamos una y otra vez al mismo escenario, como la leche derramándose por descuido sobre la vitrocerámica. El día después, había una erección seca y quieta sobre la cama y una esponja rosa limpiaba las heridas. Uno nunca sabe cuál es el número exacto, ni las mentiras suficientes. Los números repletos de errores, las letras de imprecisiones. La sangre seca sobre la piel era hermosa como aquella hogaza de pan roto en el cuadro de Dalí. Mi desnudez fallecida nunca llamó la atención. Ella era un rostro joven limpiando un cuerpo inerte al que no necesitaba prestarle atención. La otra mano tecleaba con desesperación las preguntas que se acumulaban en un teléfono de veinte centímetros de alto y cuatro dedos de ancho. Recordé los deseos. Recordé la impotencia durante nuestra ausencia. Recordé el cenicero repleto de drogas blandas. Recordé la mirada de él, diciéndome aquella mañana que, por favor, le volvierá a tocar. Recordé mis piernas desnudas, en calzoncillos, deseando estirarse para caer sobre los dedos finos de sus pies. Él tan quieto, sentado, escondiendo mi cabeza, con los pies escapando de aquel diminuto taburete de madera, con la barbilla a la altura del lavabo. Había pegado ambos tobillos y las rodillas asomaban bajo la toalla blanca que cubría mi espalda. No importaba que hubiera roto mi primera novela. Supe que me amaba. Escribe para ser escritura. Recordé la palabra distinto. Supe que algún día estaríamos muertos, pero nunca le hice un círculo al día del lejano calendario. Muertos decía. Él decía todos. Yo sabía que moriría temprano. Lo sabía desde que tenía siete años y caí de cabeza desde los brazos del tío Fran. Había sangre en las baldosas junto a secas migas de pan y dos trozos de piel de mandarina. Jamás entendí que él eligiera aquella corbata roja con rombos sútiles desordenados. Nunca hubo alrededor de mí había tantas personas, y sin embargo, tanta ausencia. Muertos estábamos más vivos.

El bigote me asustaba y él deslizaba los platos de un lado a otro con una velocidad extraordinaria. Había un músculo delgado en su antebrazo derecho que se tensaba y destensaba en cada movimiento. Le imaginé masturbándose sobre una taza de un váter público repleto de teléfonos con nombres equivocados. Al ser humano le envenenaba lo distinto. Aún caía espuma y agua sobre la repisa de metal y él no terminaba una palabra y ya comenzaba la siguiente. Los guisantes quedaban atrapados en el desagüe. Aquella labor aceleraba el pulso e imaginé un banco de peces blancos y negros agujereando el espacio entre los dos. El vacío era una metralleta repleta de ira. Tenía los dientes alineados, artificialmente perfectos, y sonreí cuando bajo mis ojos llegó la imagen de una fila de pequeños duendes sosteniendo la verticalidad de cada una de sus piezas. Supuse que la altura de su dentadura era el motivo por el que erraba en el sonido real de muchas de las palabras. Las letras rozaban los dientes y sonaban confusas. Cada frase era un boomerang; las letras ordenadas iban y volvían hacia sí, dejándome en un cómodo silencio. Me gustaba su nombre más que el músculo delgado en su antebrazo masturbándole en algún oscuro cuarto de baño público repleto de frases ingeniosas. Había una placa dorada que lo recordaba en lo alto de su pecho derecho. Me gustaba su pelo desordenado, negro, cubriéndole la frente, respetándole las orejas, amenazándole las cejas. No más que el músculo delgado de su antebrazo. Se agachó para coger una de las bandejas de plástico que ordenaban los platos enjabonados en vertical. Había de dos colores, azules y amarillas. La lluvia, afuera, miraba desde el cielo, acomodada en las nubes, sin pretensiones, tan sólo amenazas.  Cogió mi muñeca y por un instante, él no miraba mis ojos, los empujaba, los pisaba, los penetraba, y con su aliento seco y grave había puesto mi erección en mi cabeza. Hizo una pregunta, cedió espacio, y aunque yo no quería tener la conversación, él esperaba mi voz.

-¿Hablamos de hojas o de palabras?

-De originalidad. -Respondí.

-Sorpréndeme.

-Podría permitir que la barba me creciera hasta los pies.

-Necesitas tiempo dinero.

-Me voy a afeitar.

-¿Escribes?

-Lo intento.

-Hazlo.

-¿El qué?

-Escribir.

-Lo intento.

-Deja de intentarlo.

Mi mano escondida en su mano no existía. Mi muñeca parecía ser un muñón buscando refugio en el calor de su ombligo. Imaginé la maniobra entre el pequeño espacio que dejaban los siete botones de su camisa. La erección no tenía espacio en mi cabeza.

-¿Con barba o sin ella?

-Siempre serás tú.

-¿No tiene que ver el pelo de mi cara con mi futuro?

-Tal vez. Cada detalle, por minúsculo que sea, influye en el tamaño de las monedas que uno puede llegar a poseer.

-Yo hablo de escritura.

-Y yo.

-Y de lectura.

-Los dos.

El lunes aparecía repleto de compromisos en el calendario y con la luz gris del día oxidando las bisagras. Los pasos se multiplicaban tras de mí, delante de mí, sobre y bajo de mí. Me desequilibraba permanecer quieto. Nadie atravesó su antebrazo y sus dedos mojados permanecieron apretando mi muñeca. Imaginé un rotulador alargando sobre el plástico que era mi cara, mi sonrisa. Imaginé que la sangre era impaciente. La sangre. Sangre como símbolo del amor. Azotaba mi nalga como un tambor; simple; doble, redoble e imposible. Había una tubería atascada a punto de estallar y el grifo con agua hirviendo continuaba abierto; corriendo, apareciendo y desapareciendo; eyaculación inminente. Descubrí un nudo deshaciéndose y era mi piel; todo el aire en un minúsculo globo y queriendo escapar.  Su bigote había comenzado a gotear casi al mismo ritmo que los platos y el agua caía y no moría. El bigote parecía mirar más que sus ojos y él agachaba la cabeza buscando una respuesta bajo mi barbilla. Nada allí había escrito, tan sólo la velocidad nerviosa de mi respiración. Imaginé su labio superior, afeitado por mis manos y, cuando la cuchilla barría su piel, recordé la arena del mar. Me iba a desmayar. No tuve valor.

 -¿Te gusta leer?

-Me gusta descubrir.

Fue el día ciento sesenta y siete de una rutina laboral inalterable. Aún sentía frío en los pies descalzos, que cada noche, permanecían cruzados, en mi silencio, saltando una y otra vez al ritmo de una nueva canción. Pensé en mis dedos, los de ambas manos, hinchados, secos, callados, indecisos, que hablaban de sí mismos sin pulsar una sola idea que pudiera desembocar más allá de otra ebria estupidez. Era un genio desordenado. Era una ciudad y todas las calles eran callejones sin salida. Quería convertirme en una escalera hacia algún lugar, pero al final, nada. El vacío era mi palabra favorita. No cesaba de caer y aún no sabía cómo dolía morir. Cuando sus dedos comenzaron a dejar correr el aire; la sangre dentro de mi muñeca dejó sintió alivio. Vi mi brazo en el aire, solo y desorientado; frío. Escribió su teléfono en la palma mojada de mi mano y cerró mis dedos. Después susurró una sola palabra.

-Literatura.

Él estaba desnudo sobre un taburete de madera que le dejaba la barbilla a la altura del lavabo. Levantó los ojos y no apareció en el espejo. Soñé que era un fantasma y eché de menos que llevara una sábana cubriéndole la eternidad de su espalda vacía. La luz del techo era blanca y desangraba con feos destellos el sucio cristal.

-Cuando te lavas los dientes llenas de nieve el espejo.

-Una manera de decirlo. -Estiró los pies y me cedió la cuchilla.

-¿Seguro que quieres que enseñe tus labios?

-El labio.

Tenía el pelo mojado, la piel mojada, el suelo mojado, los ojos mojados, el vello del pubis mojado, el aire mojado, el olor olía a mojado y me gustaba el orden de sus libros en la estantería de madera del cuarto de baño. Tan sólo había libros en aquella esquina. Nunca los conté. Nunca encontré un solo libro lejos de allí. La humedad arrugaba las hojas y él decía que engrandecía la vida de cada una de las escasas lecturas que había encontrado en su vida y habían merecido la pena.

-¿Si no te gusta?

-Lo olvido junto a un vaso vacío de cerveza.

-¿En serio?

-¿Tú te guardas todo lo que no te gusta?

-El ser humano acumula mucha basura.

-Incluso muertos.

Aquel apartamento tenía una altura excesiva para la ciudad en la que vivíamos. Cuando él miraba por la ventana, agachaba la mirada en busca de piedras y más ventanas. Me gustaba un árbol sin hojas que no crecía, tan sólo estaba. Cuando terminó la película puso otra película, y al finalizar, eligió otra película. En la oscuridad, sus dedos eran más suaves y grandes. La respiración siempre tendía a hablar el mismo idioma.

Busqué junto a la bañera y sólo encontré una toalla azul que había colgado con un solo doblez. El permaneció sentado, mojado, con las manos sobre los hombros. La toalla no alcanzaba el metro de largo y estaba seca sobre un radiador blanco. Miré atrás y el pisó mi pie descalzo. El sexo a veces carecía de una mínima penetración. Nos besábamos pisándonos los pies. También advirtió que, por favor, no intentará huir. Yo quería morir ahí. La mano sobre su hombro levantó los dedos y me llamó. Me acerqué al desorden de su pelo y aparecí en el espejo.

-¿Por qué quieres que lo haga?

-Utilizaría la preposición, ‘para’.

-¿Por?

-Para.

-¿Para?

-Vivir.

-¿No vivo?

-No lo que escribes. -Me acercó la cuchilla y logró que el plástico de diseño tocara mis dedos. -¿Te has enamorado alguna vez de un desconocido?

-No.

-Aféitame.

Tres meses fueron ciento ochenta días y noventa días fueron seis meses. Tres meses fueron todos. El tiempo era subjetivo una vez más pese a que él, sobre mi maleta, puso un reloj de números blancos. Después supe que el puso mi maleta bajo el reloj de los números blancos. Los hechos acababan convirtiéndose en recuerdos y los números siempre cometían errores. En busca del acierto, acabamos repitiéndonos sobre el colchón para asegurar la duda. Él tenía un deseo que yo engullía como un beso tras otro que caía pesado sobre mi corazón, tan excesivamente pesado como placentero. Cuando no me besaba, colocaba sus pies desnudos sobre los míos. Sobre mí, la tierra engordaba bajo mis uñas. Bajo él, escarbaba en busca de un centro de la tierra inexistente. Era un mes, un día, una hora, un lugar, unos protagonistas y por algún inconcreto motivo, una y otra vez, hacíamos el amor bajo el tarareo de You still hurt me. Nunca escuchamos un sólo ápice de dolor.

Tres meses fueron únicos. El error a la hora de vivir era nominar los días según la cuantía de calor y frío. La cuantía medía los números y los errores siempre estuvieron allí. Buscábamos condicionar el estado de ánimo y encontrábamos una desorientación mental. Vi mis dedos paseando con descuido y suavidad sobre sus labios, escondí mis ojos bajo su vientre, y de pronto, me aterró como dos bisagras oxidadas, la perfección. Afuera llovía, el frío tiritaba, nada importaba cuando había un llama amenazando en cada esquina de aquella, cada vez, más diminuta habitación. Caminaba la desnudez de un lado a otro sin mostrar uno sólo de los pudores que todo el mundo había mostrado. Pensé en la palabra adiestrado. A las siete cantaba una canción. A las ocho caía rota el agua en la misma ducha. A las nueve, lejos, los platos iban de derecha a izquierda, de sucios a limpios, y el músculo delgado en su antebrazo derecho masturbaba en la oscuridad sin teléfonos ni frases ingeniosas. Nunca me dejaba eyacular.  La vida era un tiempo constante.

En el vacío de su rostro había crecido su sonrisa cuando pegaba su nariz en el cristal redondo de la puerta que nos separaba. Imaginé un barco, un submarino hundiéndose, un banco de peces blancos y negros agujereándonos, y su nombre me gustaba más que toda la imposible felicidad. Me besaba sin tocar.

-¿Qué hubo antes de mí?

-¿Y de ti?

-Nada.

-¿Soy tu primera vez?

-Tú eres la primera vez, pero no el primero. ¿Qué hay de ti?

-Nunca me interesó la vida, es un círculo encadenado. -Colocó la almohada sobre la pared y enredó los dedos en su pubis.

-¿Hablas del ser humano?

-Muertos estamos más vivos.

-Muerto no podré escribir.

-Vivo aún no escribes como si fueras a morir mañana.

-¿Por eso me has roto?

-No. -Estiró el brazo y cogió mi muñeca con la misma fuerza que la primera vez-. Escribe lo que hay en tu cabeza sin permitir que ella seas tú. Escribe lejos de ti. Huye de ti. Muérete un poco.

-¿Tomaremos café?

-¿Ves?

-Si encendieras la luz…

Había pis en mi vejiga y la ausencia de las sábanas comenzaba a enfriarme las piernas. Él permanecía terso, sentado, con los ojos abiertos, mirándome como si fuera un completo desconocido. Sabía observarme. Soltó mi muñeca. Amaba aquella observación y saber de sus ojos por la intuición, mis oídos y su respiración.

-¿Vas a escribir?

-Jamás dejo de hacerlo.

-Tomaremos café.

Dije a mamá que no echaran un sólo puñado de tierra sobre mi cuerpo. Ni vivo ni muerto. No tuve un hermano, tuve una hermana y ella enterraba mis rodillas con arena de playa. Después, le gustaba chocar las palmas de sus manos en la orilla. El tío Fran siempre dejaba dos risas en el aire antes de golpear el hielo contra el vaso del cristal y beber hasta que sólo quedara la mitad. Bebía en dos tragos. Después, aseguraba que nadie en aquella mesa iba a verme morir. Pensé en el olvido de las sillas en las conversaciones. La tía Julia pellizcaba mis mejillas y miraba la foto de la abuela en blanco y negro que nadie se atrevió a quitar del televisor. Después, iba a la cocina y pedía que le echarán más leche en el café. Mamá y papá tenían un silencio precioso y envidiado.

El cinturón apretaba los huesos de mis caderas y nadie decidía nada y todos ofrecían una decisión. Los huesos acabarían mezclándose con la arena. Eché de menos el fuego y maldije la ausencia de cenizas. La luz tenue era como el frío, invisible, pero presente. Pensé en el lazo de los cordones que aquel hombre viejo y profesional había decidido atar. Las bolsitas de té no se movieron pero vi dos ochos, un hígado estrangulado y mucha gente caminando con cabezas y sin piernas. Estaba muerto y no hubo un hueco entre tanto trasto para la coherencia. La oscuridad de la muerte contenía mayor claridad. La oscuridad siempre se acercó a la ebriedad.

Papá cogió el ataúd dónde mi cabeza no tenía un solo pensamiento, y sin embargo, chocaban unos con otros. Tío Fran mintió y no cogió peso bajo mis nalgas. Mamá miró a papá y ambos lloraron sin echar un sola lágrima. Juraría que tampoco una respiración. La madera sobre el metal siempre tuvo un ruido espantoso. Las puertas duelen cuando se cierran. La muerte no olía y echaba en falta el aroma de su piel cerca de mí. La tierra caería sobre la madera, la madera cedería, la tierra ahogaría mi cuerpo y la muerte era propensa al olvido.

Cuando la tierra golpeó sobre la madera, nadie abrió la puerta. Insistieron, pero no hubo respuesta. Insistieron. Las lágrimas gritaron sobre las voces y el aliento se llenó de sobriedad. La tristeza era una risa fácil y no escuché una sola carcajada. Aquella corbata roja de rombos sutiles desordenados no logró estrangular la realidad. La muerte era como un crucigrama, difícil, con principio y final; interesante en el comienzo, olvidado una vez hecho. Como un cigarro. Afuera, soplaba demasiado el viento y no encontré lágrimas mojadas en la piel. Lo pensé. Le oí. Lo sentí. Sin aliento podía oler la piel desnuda bajo cualquiera de sus camisas. Y sin embargo, lo sabía. El silencio alimentaba la oscuridad. Le vi. Y sin embargo, él no estaba allí.

La ciudad corría a la pata coja de un lado a otro. Él tenía prisa, yo también, él volvería temprano de algún lugar conocido, y mientras volvía preparaba lo necesario para ir. Descolgaba los trajes del armario y hacía maletas que iban a un concreto lugar. Colocaba los zapatos unos sobre otros para que no pudieran caminar. Volvería tarde; volvería. El bigote le había crecido más hermoso, como un árbol perfectamente podado, florecía; pétalos de un solo color. No era primavera. No supe la estación, tampoco la temperatura, jamás me importó. Él estaba precioso en el vacío gris de un paso de cebra.

La ciudad, en verdad no corría, avanzaba como una serpiente entre la tierra; desapercibida y amenazante. La vida no la habíamos enumerado, la vivíamos. No nos empujábamos, nos deslizábamos; ausentes; presentes el uno en el otro; suficientes. Yo le besaba colocando mis pies descalzos sobre los suyos. Ambos, en el felpudo. Había olor a agua sucia en sus dedos y teníamos una pastilla de jabón sin esquinas con olor a limpio. Él, de cuclillas, enjabonaba mi vientre mientras el agua le emborronaba la mirada. Yo lanzaba el peso de mis manos sobre sus hombros mientras me gritaba que eyaculara. La maleta permanecía de pie, junto al camino de baldosas rojizas que llevaba a la carretera. No teníamos palabras, porque los ojos enmudecían.

Apreté con los dedos el libro tras mis brazos. Lo escondía bajo el pantalón. Tensé con fuerza y recordé el músculo delgado de su antebrazo. Él dijo una vez que debía escribir todo lo que sentía en mí. En su sonrisa, bajo su hermoso bigote, asomaba la lengua. Volvería, pero no podía abandonar sus dedos y caminaba descalzo sobre las piedras rojas. Estaba enamorado. A su lado, junto a las ruedas, los trajes, los zapatos, y su gesto. Como hojas opuestas de un mismo cuaderno. Era un preso perpetuo. Le hubiera perseguido hasta el vacío absoluto. Decía, decía, decía y me hipnotizaba que dijera mientras escuchaba, le escuchaba; idolatraba. Decía que pensara sin pensar lo que quería decir, y yo no sabía medir tanto la grandeza de una sola fotografía en mi cabeza. Necesitaba el equilibrio de la suya. Decía escribir la escritura que quería que fuera escrita sin importar el orden, si había o no desorden. Escribir para ser escritura. Sentir porque sentir nos hacía distintos y el mundo estaba lleno de seres humanos idénticos. Idéntico eran los pasos que nos movían y no quería perderme uno solo de sus caminos. Juntos como un sólo cubo de hielo. Había un ruido de tren en las ruedas de aquella maleta. Los sonidos eran subjetivos. No llegó a esconderse tras los arbustos. Antes, grité.

La acera ya no tenía baldosas, meras desordenadas piedras pequeñas y restos de sal de un color marrón como el barro mojado. El frío era un enemigo y el libro ardía entre los dedos sin una sola llamarada de fuego. Lo agité como una bandera. Dentro, tenía siete letras escritas en la página tres. Nunca supe el acierto de las palabras que había pensado durante días eternos que nunca tuvieron veinticuatro horas porque nunca las conté y los números estaban repletos de errores. Grité su nombre. Supe que serían mis primeras hojas arrugadas en el cuarto de baño. Grité su nombre. Me enamoré de la placa de metal iluminada sobre el pecho derecho de su camisa. Me enamoré de su nombre en mis labios. Vi su pelo girar, vi sus ojos brillar, vi su bigote, vi el músculo delgado de su antebrazo detener la maleta y oí su voz gritar como la explosión final en una noche de verano repleta de fuegos artificiales. No hubo colores. Era la primera vez que mis pies descalzos, vivos, caminaban sobre un invisible paso de cebra. Vi el cielo volar, vi el suelo permanecer quieto, paciente, expectante, desconcertado. Oí aullar, oí maullar, oí chillar, oí la velocidad, y tanto ruido ni siquiera ensordeció. Vi el silencio entristecerse. Luego no vi más. O todo.

Su nombre robaba el aire quieto entre mis labios. Los recuerdos sangraron como una voz gastada, pequeña y rota sin que nadie pudiera secar la herida. Las huellas de las ruedas eran una serpiente venenosa en el asfalto. El metal, el cristal, la piedra, el hueso, la piel, la respiración. Todo se detuvo. Quieto, rompí el círculo encadenado. El libro, muerto. El cuerpo, muerto. El amor, muerto. Y sin embargo, muertos estábamos más vivos.

Fotografía: Benoir Courti.

Anuncios

3 comentarios en “Muertos

Seamos valientes

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s