El pie indeciso que descolgaba pequeños sombreros

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El grano de arena sonrío junto al dedo gordo de su pie. Le vio quieto, único, asomando bajo el entierro de sus tobillos. No prestó atención a las uñas largas y sucias que le acompañaban. Había un sombrero rojo con una pluma blanca repleto de pequeñas peras y fresas rojas como sangre seca, y quince pastillas de ibuprofeno. Un libro abierto en el que podía leer bajo una línea amarilla deslumbrante, El problema con la literatura, como con la vida, dice don Crispín, es que al final uno siempre termina volviendose un cabrón. Quiso acuchillar las hojas pendientes. El mar tenía los dientes limpios, pero en calma, apenas los enseñaba. El tren atravesaba la montaña cada trece minutos y él recordó el día que decidió descolgar la mirada de su pensamiento y golpear pequeños rostros desconocidos. No supo asumir el arte de la duda y jamás acertó con la talla exacta para sus ideas. Mientras, cada vez más cerca, la sobriedad. Mientras, o en tanto, incluso durante, la playa le distinguía su soledad diminuta en una esquina, junto al acantilado arriesgado. El grano de arena avanzó despacio hasta encaramarse a la suciedad de su empeine. El sol respiraba y crecía. Recordó el abandono de una enorme naranja en una cesta de mimbre. Ardía la frialdad del atardecer en lo alto del techo. No reconocía la delgadez de sus dedos, asesinos, y sin embargo, ellos le estaban masturbándole lentamente. Militarmente adiestrados, sus pensamientos dirigían todos y cada uno de los pasos decididos, pero ajenos, hacia la línea que ponía fin al mar; amar. El tren desaparecía entre los árboles y no podía olvidar su cara delgada. Él quería pegarse un tiro, pero tan sólo golpeaba con sus nudillos la sien. Lo hacía una y una vez más. Siempre en el lado izquierdo, donde su cerebro albergaba letras y números que le ayudaban a formar palabras y calcular. Nunca deseó tanto eliminar el único mecanismo que le permitía hablar. Amenazó los sentimientos, la creatividad, la emoción, pero no dejó siquiera una caricia. Retorció su pelo hasta sujetar con los dedos mechones rubios que no supieron aparentar ser de verdad. Arañó su piel y no sangró. Descolgó las gafas de su nariz y no le incomodó la falta de nitidez. Tampoco le dolió. No dio uno sólo de todos los pasos que pensó. El grano de arena, sentado, distinto, enorme, sonriente, le recorrió la tibia lentamente y le ofreció una serena voz. Sin un solo diente que extraer, le permitió permanecer. Liberó su masturbación y escondió su mano en el sombrero. Mojada, llevó la fresa a sus labios, la masticó, la saboreó, la mastico, la engulló. El sombrero le miró. El dedo no se movió pero le echó de menos. Nadie hizo nada de todo lo que todos hicieron..

-Tengo miedo.

-Todo termina, si continúas firme, terminará.

-No hay día que no dude. Hay desayunos que abandono, hay palabras que no suenan, hay trajes que olvido, hay miradas que me arrepiento, hay besos que devuelvo, hay…

-¿Y qué deseas?

-Seguridad.

Mamá le apretaba los tirantes con fuerza y los hombros parecían hundirle la barbilla. Había dos colegios en un lugar remoto en el que nadie aún había desperdiciado su tiempo en describir. Le echaba crema en las manos hasta los codos y le limpiaba los labios con los dedos. Él sostenía las calles en su cabeza como un dibujo a lapicero, donde las farolas siempre estaban apagadas. Ella había elegido durante la primera semana del mes de septiembre la escuela que quedaba a más de tres millas de distancia porque ofrecía una mayor calidad educativa. Indecisa, lo aseguraba en voz alta con seguridad mientras hervía el agua a las siete y media de la mañana del primer lunes de clase. Añadía que podría ser ingeniero, abogado o astronauta. Y sin embargo, él quería ser pintor. Ella decía esas convincciones con un tono  despierto, soñador y amenazante. Aterraba aquella mezcla en una sola frase. Con los pies colgados en la silla, inquietos, yendo y viniendo, repetía que quería dibujar en papeles en blanco con pinturas de muchos colores. Quería inventar colores porque en el estuche siempre contaba doce, dieciocho y veinticuatro. No le gustaba limitar la creatividad.

-Abotónate la camisa.

-¿Hasta el último?

-Si quisieran que no lo hicieras no lo hubieran hecho.

-¿El botón?

-Y el ojal. El uno no existe sin el otro. Abotónate.

Contaba las galletas sin que el plástico fino que las mantenía ordenadas se rompiera. Siete. Las colocaba una a una, haciéndole saber que eran siete, sobre una blanca servilleta de papel. Estiraba sin éxito las dobleces de las mangas de su camisa y le observaba. Era el único hijo de tres intentos sin una sola gota de pasión, siquiera una lágrima de amor. Aquella altura maternal tan envejecida, a él, le intimidaba. Más que el silencio. Mamá miraba la hora y el niño estiraba la mano, olía con intensidad y rompía la galleta. Allí, en aquella cocina oscura las agujas del reloj avanzaban deprisa como una puerta giratoria huyendo de un incendio. Ella caminaba con la pequeñez de sus zapatillas de casa dejando los talones en las baldosas. Nadie percibía la falta de una talla exacta. Ella sostenía la mirada en los objetos inertes cuando no quería decir palabras. Él rompía las galletas y caían en un vaso de leche caliente con tres cucharadas de miel.

-¿Té?

-Té. -Dijo.

-Átate los cordones.

-Quiero zapatillas de velcro.

-Te lo pondré en este pequeño termo. Papá te llevará en la bicicleta. Saldréis en diez minutos

-¿Puedo ir al baño?

-Rápido.

La precisión de sus palabras caía sobre cualquier ser humano como innumerables mantas de plomo; pluma. No dormían, mataban. La oscuridad evidenciaba la distancia. Cuando ella quitó la servilleta blanca de papel repleta de migas sin una sola galleta, levantó la tapa de la papelera, y allí, el niño vio seis velas rotas, una intacta y restos de chocolate. Quedaron inyectadas para siempre en su cabeza, como un veneno, una vacuna, como aquella tarde de verano, descalzo, adolescente, con los dedos atados a sólo dos pasos de Saturno devorando a su hijo. Recordó el fuego encendido. La piel deshilachada y ensangrentada. Dudaba. ¿Amenazaba? La mirada alta y vacía. Aquellos pequeños dedos inteligentes decidieron no volverle a sujetar. Soplar para aprender a soñar sin desaparecer.

Cuando saltó de la silla, tropezó, dobló la rodilla, pero equilibró. Mamá no habló con papá, que se ponía unos guantes de tela gorda antes de ir a arreglar un parque con trescientos cincuenta y ocho árboles, quinientos metros de arbustos e incontables flores. Él era verde. Mamá era blanca. Él no había elegido su color.

El viento perdía calidez y la noche asesinaba lentamente demasiadas sombras. El sombrero no tenía fresas, había perdido la pluma, que yacía muerta entre las uñas de las olas del mar. Tampoco podía contarse una sola de las pastillas de ibuprofeno, y atormentaba la forma imperfecta de las peras. La habitación al final del camino estaba repleta de objetos que no quería observar y la bombilla simulaba una presencia real en su interior. Las gafas pedían auxilio bajo la arena, el mar reía cansado, y el único movimiento que corría apresurado lo hacía incansable el interior de su cabeza. Afuera, el amarillo de su pelo había ennegrecido. Lejos, el grano de arena era uno más. Otro más. Igual. Y sin embargo, únicamente la falta de atención e interés le impedían ser distinto.

-¿Lo harás? -Preguntó antes de saltar al vacío desde su rodilla.

-¿Quieres saber la verdad?

-Los hechos.

-No.

-¿Y qué lo impide?

-Ojalá fuera un trozo de cristal roto en la palma de una mano, atrapado, culpable, sin escapatoria, señalado, acusado.

-Descubierto.

-Exacto.

-La vida es completamente una inexactitud. ¿Tú qué eres?

-Un disparo en la oscuridad desde una desconocida lejanía.

-Un cobarde.

La infinidad comenzó a ser imprecisa y él recordó que los dos nunca jamás se besaron mientras la aguja mezclaba sangre y heroína en el vinilo. La ficción desconectaba de la realidad, y en el interior de las venas, como algodón desinfectado, Bengawan Solo de Anneke Grönloh enmudecía cualquier idea. Dos cabezas desnudas, quietas, mirándose, y alrededor, bailaban los sombreros sin espacio para caminar sobre las cabezas.

La soledad se alimentaba con gula a cada minuto y peleaba por darle un abrazo y pequeñas palmadas. Una botella de cristal hacía el amor ferozmente con una hoja seca y mojada. Iban de un lado a otro sin miedo al rastro y las huellas. Él, frío, congelado, quieto, comenzó a arrancar una a una las hojas del libro que se refugiaba cada vez más cerca del sombrero. Libres, desordenadas, inexactas, distintas, comenzaron a volar sin saber cómo aterrizar.

Ella tenía quince años menos, una carrera universitaria a mitad de camino acerca de una ingeniería abstracta y un cuerpo desnudo perfecto de pechos pequeños. Él buscó, pero nunca descubrió un sólo vello en alguno de los muchos oscuros resquicios de su piel. Él se enamoró en un vaivén de miradas interrumpidas por una inquieta y enorme cabeza, mientras le ensordecían conversaciones ajenas. Ella no bebía suficiente deprisa. Él bebía en un vaso de cerámica azul sin escuchar una sola de las muchas palabras que las tres personas que le acompañaban intercambian. No había espacio para tantas letras inservibles. Ella dijo me voy y él lo escuchó. Él pensó que aquel día anochecía demasiado temprano, que las bisagras las inventó el diablo, y que su cerebro no sabía cómo detener la palabra final. Su pie soltó el suelo. Su pelo se reflejó con seguridad en un espejo. Después, ella desapareció.

Él tenía quince años más y trabajaba en un despacho de minúsculas dimensiones gestionando divorcios y sostenía una extrema delgadez corriendo diez kilómetros diarios por una ensordecedora ciudad custodiada por montañas y trenes. El viento detrás de la ventana era un baile mudo precioso en las copas de los árboles. Nadie bailaba el día que fue aún de día y la vio sentada en el mismo taburete, en el mismo bar, a la misma hora, y con una pequeña botella vacía entre sus afilados dedos sin anillos. Mirarse fue una quemadura en la piel inesperada. Saltó. Pensó que alguien debería llenar su botella. Indeciso, sólo dejó el sombrero en la barra y pidió al camarero. Él miró tres veces hacia la derecha, pero no hizo nada. El fuego tiembla hipnotizador. Ella caminó despacio en completo sigilo cuando él se rindió. Compartir el aliento era lo más bello del silencio.

Buscó en los agujeros. No encontró uno solo pelo. Él disfrutaba sostener un libro que no leía para observar su sonrisa desde la esquina del sofá. Era hermosa como una flor bajo el sol. Empezó a enamorarse de su quietud. Ella le miraba como si su piel se pudiera comer. Ella no cantaba. Tampoco decía nada que le provocara interés. Ella escondía su cara tras un teléfono blanco y le fotografiaba. Él aceptaba. Lo hacía antes de ir a tramitar pequeños trámites interminables en su despacho de minúsculas dimensiones. A veces hablaba con desconocidos por Internet. Después, hablaba con desconocidos en su despacho de minúsculas dimensiones.

No sucedió, pero aconteció un día y él nunca lo averiguó. Utilizó su lado derecho para imaginar y el izquierdo para quedarse quieto, desnudo, bajo el agua de la ducha fría, junto a ella, nervioso, aterrado, observando la pureza de sus pechos pequeños. Tarde o temprano, alguien le iba a obligar a elegir un color para iniciar lo que quería ser.

-¿Para qué un perchero?

-Para colgar lo que usamos habitualmente sin tener que abrir la puerta del armario -explicó.

-Pero a mí me gusta abrir el armario y tener que elegir qué ponerme.

-Ya colocaré mis sombreros.

-Nunca los usas.

-Mi talla, que es es imposible.

-¿Y por qué los compras?

-Al menos lo descuelgo…

-No lo entiendo.

-No importa. ¿Quieres que veamos una película?

-¿Después de la ducha? -Movió el grifo hacia su cuerpo- Quiero que hagamos lo que tú quieras. Siempre.

-Eso es imposible.

-¿Por qué?

-El tiempo, como los productos perecederos, tienen fecha de caducidad.

-¿Productos perecederos?

-Yogures.

-¿Somos yogures?

-El amor, somos amor. Vida, somos una vida. Mortales, no somos inmortales. Inexactos, eso es lo que tal vez somos todos. Seres humanos sin tallas exactas.

-¿Quieres que tú y yo rompamos nuestra relación?

Movió la muñeca como una bofetada y el agua se acobardó. El grifo cerrado aterraba. Había tanto brillo en sus ojos que él cerró los suyos. Derramados, inesperados como los charcos de una tormenta de verano. Sus palabras habían sido una piedra enorme rompiendo la única ventana por la que ella solía mirar. Bajo aquellas pestañas, nunca, nunca jamás pensó encontrar tanto daño y le ahogó la hemorragia. No pensó, únicamente nadó y evitó que la sangre le cortara la respiración. En la quietud de aquellos pasos mojados, mientras el agua huía por el desagüe, sintió su piel fría y la erección. No quería que aquellos ojos le volvieran a mirar. No quería que ninguno de sus ojos le volvieran a mirar. Sin embargo,  hicieron el amor.

Había un árbol asomándose a la ventana rota y preguntó qué había aquella mañana de martes no habitual para desayunar. Ella pintaba de rosa las diez uñas de sus pies. Él le ofreció una silla. Nada más. El árbol aceptó y ella coloreó. No había empezado a llover. No iba a empezar a llover jamás. No importaba que el agua que cayera, donde, hacia donde o desde donde. Él miró alrededor y vio todas las puertas de aquella pequeña casa cerradas. Ella era rosa. El sol era una naranja a medio pelar y aún temblaba el cuchillo entre sus dedos. Le parecieron desconocidos. Vio sus pies desnudos repletos de granos de arena y no reconoció a nadie. Contó las peras en el sombrero y leyó la hoja treinta y seis. Él árbol pidió una taza de té, acomodado y preguntó.

-¿Te gustaba viajar en tren?

-Me gustaban los árboles difuminados en la ventana. Su velocidad. Me gustaba la soledad de la noche en los vagones.

-¿Te gusto?

-Sí.

-¿Y ella?

-Ella odia los trenes porque le miran los desconocidos. Ha dejado de viajar conmigo.

-¿La mataste?

-Jamás.

-¿Nunca hubo violencia?

-No me reconoce en el reflejo y me he roto hasta desaparecer por completo, pero ella continúa ahí, sentada.

-¿Continúa ahí?

-No lo sé.

-¿Lo hiciste?

-No lo sé.

-¿Qué sabes de ti?

-Aún descuelgo sombreros demasiado pequeños.

La puerta sonó tres veces con un espacio de tiempo tan preciso que, cuando ella la abrió con el teléfono pegado en la oreja, él sonrió al respirar el perfume tan familiar. El aire se cortaba la piel al atravesar el cristal. La arena le mordía los tobillos y el obvio el cosquilleo, quieto, en el suelo, con los ojos pegados en la bombilla amarilla que nunca aprendió a tartamudear.  El rostro de aquellos labios en su cabeza volvía a encender velas sobre una tarta de chocolate.

-Lo harás, mamá, ¿verdad? Yo nunca sabré por qué soplar.

Él permanecía ausente con la camisa de los botones desabrochada, las mangas arrugadas, el sombrero sujeto a la mano, las peras desordenadas alrededor de una minúscula alfombra roja y redonda. Recordó los calcetines de distinto color volando como superman en el exterior. Mamá no traía treinta y nueve velas, tampoco una sola galleta. Mamá traía lágrimas frías en la piel, el pelo blanco y recogido con un pañuelo de seda con pájaros ausentes de color, y a papá. Papá llevaba un pantalón y un abrigo largo. Ella escondió sus uñas rosas y hundió sus rodillas delgadas de quince años más joven junto a sus caderas. Lloraba como si hubiera guardado en su corazón veinticinco años de tormentas de verano.

Afuera el mar comenzó a enseñar los dientes con una rabia inusual. Los árboles bailaban preciosos acechando la horizontalidad. El viento soplaba y la arena desfilaba con disciplina sin desgastar las suelas en el felpudo de aquel hogar. La mano de mamá era áspera. La ausencia de papá era una sombra inacabada. Había un sombrero cubriéndole los dedos de los pies. Supo que nada iba a terminar. Que nada no era un final. El desacierto volvía a ser una talla inexacta para sus ideas. Alguien fundió en negro.

 Fotografía: Roman Kargapolov

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