Uno

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Al tercer día caí. Día era una medida insuficiente. Al quinto año me descubrí aún herido. Año era una palabra envejecida. Siempre supe que nunca me curaría. Adverbios temporales repletos de atemporalidad. Diecisiete botellas vacías llenaron una bañera con seis peces azules inmovilizados en estético orden. Nadie resbalaría. Me hundiría con la placidez de quien encuentra refugio en una interminable tormenta. El sol aún no rompía las persianas. La edad bajo la luz ya no me avergonzaba. Iluminé el lavabo y vomité con el peso de las lágrimas enredadas en los dedos. Las rodillas crujieron cuando la fuerza de los otros dedos, los de los pies, las enderezaron y distanciaron de las baldosas. Desnudo, el pis empapaba los calcetines, encharcaba las zapatillas, y entre tanto ruido, eché de menos mi corazón ensangrentado en el fondo de la taza del retrete. Que cayera el telón sin un solo aplauso. El agua rugió. El agua calló. El agua limpió la oscuridad. Ninguno de los dos éramos sinceros y todo lo que allí vivía tenía un precioso traje de verdad. Desabotoné la chaqueta y me convertí en un desaliñado pijama. En la sombra de mi reflejo crecía una mirada irreconocible y confusa. La única certeza volvía a esconderse bajo la oscuridad de las sábanas. En el lado izquierdo de mi cama volvía a aparecer la misma mujer muerta.

-Hemos invitado a todos los objetos -dijo el lagarto bañándose en una sucia sartén.

-Muchas piedras y cristales, por favor -rogué.

-Será una despedida imborrable. -Aseguró el gato desde lo alto de una tostadora.

-Que borrará todo por completo.

-Hemos invitado a todos los objetos. -Repitió el pez secándose con una toalla.

-¿Dos veces?

-Una. Uno de cada. Uno. Sólo unidades. -Aclaró el perro mordisqueando una magdalena.

-¿Solitarios?

-Y en completa soledad. -Sentenció la araña balanceándose en el columpio que colgaba de un armario.

Al despertar, sucedió que nada de todo lo que había acontecido en cada uno de mis ochenta y tres años de vida me reconocía. Sucedía cada tres días. Sumaba cinco años sin una coordenada exacta de mi realidad. Ni siquiera existía una deriva. Y quizá todo lo originaba la misma hora. Vi en mi cabeza rota la voracidad de los segundos degollando sin el orden que debieran, engullendo mi personalidad en interminables pequeños vasos de cristal. Uno, doce, tres, siete, diecinueve. Después, el equilibrio perdía el sentido y buscaba el rastro de vuelta con los labios lamiendo el suelo. Lamer lo que nunca amé. Heridas. Puntos que nunca tapiaron la hemorragia. El reloj de mi muñeca a veces cerraba los ojos. Yo siempre cerraba la memoria. Había una sábana blanca escondiendo un piano y veía, olía, sentía los dedos delgados con un único anillo dorado hundido en la piel, tocando con delicadeza las bellas notas de Arioso de Sebastian Bach. Infinita melodía que me empequeñecía hasta convertir lo alto de la silla en el cielo, me aplastaba como un pisotón rompe un cacahuete, empujaba el entorno hasta envolverlo en una danza sin vértigo pese a la ausencia de suelo. Uno cojeaba en el silencio.

Mudo como una cabeza desdibujada en un papel, bebía un licor con diecisiete grados en un vaso de cerámica. Las teclas blancas y negras, en fila, me rodeaban. Ella amaba el color verde y colgaba recto en la pared central del salón una preciosa réplica de The Murderess. Me inquietaba aquella mancha roja difusa sobre la camisa blanca, y languidecía hasta el desmayo imaginar el motivo de aquella mano enrojecida, a mi parecer, casi autora del crimen. Aquel ovalado hogar y el semblante ausente de la asesina… Bebía otro vaso de cerámica y las ochenta y ocho teclas, más blancas que negras, volvían a esconderse bajo la sábana. Después, duchaba mi cuerpo. El agua caía fría, ordenada, y sólo cuando el humo se mareaba en el aire, metía los pies en la bañera. Veintiún botellas vacías, de pie, recordándome el olvido. Los peces, ahogados, aún me sujetaban.

Una vez al día abría todas las puertas y las volvía a cerrar. Ella, sin mí, en el salón, no bebía jamás aquella taza de té con una rodaja de limón. Ella apoyaba sus nalgas en el radiador de la cocina mientras yo no rompía el miedo y no preparaba nuestro café. Ella sonreía en la cama sobre la almohada mientras yo releía una y otra vez el último párrafo de un capítulo que no sabía terminar. Ella de cuclillas, de espaldas al televisor, sin limpiar la gota de vino que yo derramé. Ella sin lavarse los dientes con el cepillo seco que no se distanciaba del ya no quería utilizar. Ella buscando aire en la ventana sin que temblara una brisa fugaz. Ella, de ojos negros como piezas de ajedrez devorando al enemigo. El Rey blanco aterrado en una esquina del tablero. Ella, de labios rosas, callándome, de párpados azules, ahogándome, de uñas hinchadas, arañándome, de pelo desorientado, perdiéndome. Ella dibujando a diario las mismas huellas sobre la cama.

-Pondremos tenedores de dos tamaños -dijo el caballo mientras entrenaba pasos de baile en la escalera.

-¿Por qué diferenciarnos? -Pregunté confuso.

-Los grandes comen carne, los pequeños comen pescado. -Aclaró el pez doblando servilletas de papel con las aletas.

-¿Y la verdura?

-Ella no come, sólo bebe y crece. -Explicó un cerdo barriendo el estiércol que se acumulaba en el felpudo.

-¿Y cucharas?

-¡Gordas y alargadas! -Exclamó el gusano levantando la cabeza hinchándola tanto, que no pude evitar imaginar una bombilla.

-¿Tenemos algún motivo?

-Los grandes comen carne, los pequeños comen pescado. -Repitió el pez colocando servilletas de papel junto a los platos.

-No -corrigió el perro empujando las sillas hacia la mesa con el hocico. -Alimentos fríos, alargadas,  y gordas para los calientes.

-Y dos. Dos platos. Dos también.

-¡Hondos y planos! -Exclamó la araña pisando con delicadeza los botones de un mando a distancia.

-¿Por qué tanta distinción?

-Lo líquido siempre intenta escapar… -dijo dubitativo el gato lamiendo con ansiedad una orquídea.

-Y necesitaremos vasos -añadí.

-¿Dos? -Dudó  el pájaro sin perder el equilibrio en la brillante lámpara del salón.

-Dos, siempre dos. O no. Uno, prefiero ahogarme que embriagarme.

Ella metía los pies delgados en el río y bailaban despacio, engordados y deformados. Su movimiento era como un paseo en bicicleta. El agua era verde en primavera, gris en invierno, e innumerables mosquitos e ínfimos peces negros nadaban a su alrededor. El caudal resbalaba lento y pausado sobre el suelo empedrado, y repentinamente, a un único paso de la orilla, profundo. El cauce se estrechaba en aquella ladera escondida a tres millas del centro de la ciudad, donde aquella mañana, como cada martes, fruteros, polleros, pescaderos, carniceros y panaderos copaban la plaza principal. Ella no estaba enamorada de mí. Ella estaba conmigo. Aquella tarde de primavera quedó grabada como el arañazo de una zarza. Tardé días en descubrir la herida, y sin embargo, en la piel aún existía una delgada línea blanca recordándome que allí estuvo.

Yo quitaba la bruma de mis ojos para arrastrarme por la desnudez de sus piernas, inquietas bajo el agua, deslumbrantes ante el sol. Me permitía una breve erección bajo aquel corto bañador de espigas verdes. Bajo el mantel de seda amarillo devoraba sin pausa un racimo de uvas junta un vaso de vino blanco y espumoso. El cristal en relieve era verde. Ella amaba el verde. Yo quitaba la bruma de mis ojos para cerciorarme de que ella continuaba allí sentada. No le gustaba que liara un cigarrillo y lo hacía lejos para que no atendiera su olfato, en lo alto de una roca oscura, grisácea y con la forma de un libro abierto.

-Serán dos minutos.

-¿Sabes un secreto?

-No.

-Este vicio es una distancia que nos consumirá.

-Excusas.

-¿Me amas tanto cómo para abandonarlo?

-Te amo tanto como para abandonarme.

Apagué el cigarro en la roca, me puse de pie y ni siquiera me preocupó que la erección diera a mi bañador un relieve extraño y antinatural. El sol partió en dos mi cara y yo creí una reprimenda. Antes de que mi cuerpo volara dos metros, cayera y se hundiera en el agua, grité su nombre. Cuando mi cabeza emergió, ella dijo:

-El amor es un globo de aire, si lo aprietas demasiado, explota.

La casa sostenía tres habitaciones en una planta superior, dos balcones con misma orientación, ambas idénticas e intranscendentes, e innumerables ventanas sin cortinas, maravillosas para ver llover los días de sol. Había una escalera de caracol, una cocina como un cuchillo sin punta para evitar las heridas, y el salón junto al jardín sin flores. En el centro, la mesa disfrazándose a capricho de mi alcohol. Ciertos días vestía de florero, ciertos días de comedor, ciertos de recuerdos, ciertos se desnudaba por completo. Vigilaban pequeños brotes verdes en las ramas sin flores, y era extraño, porque yo nunca regaba. Guardaba dos manteles limpios en el cajón roto que quedaba bajo un ajuar protegido por dos preciosas puertas de cristal. Dos, siempre dos. La casa era un hogar. Uno. Le enloquecía el silencio a aquel viejo edificio. La madera cada vez crujía con más rabia. Le incordiaban mis pasos en sandalias de goma. Le castigaban dos minutos antes de las nueve de la mañana, cuando escondía las plantas de mis pies sobre ellas. Abofeteaban la madera. Me calmaba la única canción de Bach que ella escuchaba. Asomaban las ochenta y ocho teclas del piano y ella, en el sillón que escondía un lado de la ventana, sostenía un té con una rodaja de limón que no bebía. La melodía estaba atrapada en una cinta amarilla de casete. Yo despertaba sin calcetines. Me masturbaba en ocasiones con condones. Eran sesenta minutos con las pestañas rotas para que nadie pudiera grabar. A veces me lavaba los dientes con la dureza de los dedos de mis manos.  Ella me acariciaba la nuca tras el espejo y no me tocaba. Sonaba dieciséis veces de manera completa, y dos, apenas alcanzaba la mitad. Tarareaba un estribillo lento y me abotonaba la bata para esconder la flacidez de una edad que no me creía. Amaba el murmullo del altavoz cuando hundía el muelle de aquel botón negro triangular. Ella calzaba zapatillas oscuras con calcetines de lana gorda. Un minuto después, el violín aparecía y aplastaba el salón. Ella me miraba con una sonrisa en el mismo sillón que le impedía ver el televisor. La hierba nos vigilaba desde el alféizar en primavera. Él té estaba frío. Yo ardía.

Ochenta y tres años. La lucidez comenzó a cojear al tercer día que ella decidió ser invisible. Abría los ojos. Pestañeaba. Cinco años se sucedieron, yo cubría espacios que ahora aparecían vacíos. Mi voz, inesperadamente maniatada, como un perro que quiere morder y es amordazado por un bozal. Mi voz afónica entre mis dos únicos pensamientos: Ella y yo.

El tiempo sonaba en la mesilla con relativa claridad. Era un timbre seco, constante, que jamás apagaba porque nunca era mi labor. El tiempo intentaba ponerse de puntillas para ganar protagonismo. Decía, aquí estoy, aquí estoy sonando con un agrio grito desolador. Yo queriendo ensordecer. Veintitrés botellas de whisky vacías llenando la bañera. Apenas entraban mis pies sobre los seis peces azules de goma. Había un diente roto como el mordisco de una rata en una cuña de queso. El espejo lo había roto la suciedad. Había una mesa incómoda que bailaba a la misma velocidad que la cuchara cuando le obligaba a abandonar la sopa. El café no quería que volviera a subir porque lo haría demasiado alto. La luz no sabía amanecer. Pensé que el sol, al fin, hubiera aceptado su cobardía. El agua del lavabo volvió a rugir. Abrí las puertas y las cerré. Pronto sonaría la canción. Miré la bañera, extrañamente llena de vacíos. Abrí la botella, la vacié en plena agonía. Enumeré y fueron veinticuatro. Vi los peces deformados tras el cristal. Bebí licor. Arrugado, asumí que la suciedad del espejo era aún demasiado nítida.

Otro día. Quieto, me acostaba en el final de la cama y despertaba en la orilla contraria. Desconocía si dormía. Con vértigo a medio metro de una alfombra tan limpia y roja, alguien hurgaba en la basura bajo uno de mis dos balcones. Ella sonreía en la silla de la que colgaba, mal doblados, uno de mis innumerables repetidos pantalones negros. Había demasiadas perchas vacías en el armario. Caminé despacio sin salir de debajo de las sábanas. Bebí deprisa sin abrir una sola de las botellas que deseaba. Me preguntaba qué motivo me mantenía con vida. Sentado en la misma silla que me vio envejecer; envejecido, ella era mi muerte preferida.

Otro. Me masturbaba, me manchaba y dormía con la bragueta abierta en una esquina del sofá. Nunca en su sillón. A veces utilizaba demasiadas sábanas para cubrir muebles vacíos. Mañana. Tal vez mañana. El piano enloquecía y creí que las teclas habían perdido su correcta ubicación. Ella miraba por la ventana sin una sola prenda que escondiera su desnudez. Era hermosa la caída lenta de sus nalgas. Hoy, pensaba ayer, tampoco moriría a su lado. Quizá jamás. Imaginé cómo sucedería. Lo soñaba. Pesadillas entre lápidas torcidas. Flores secas con media sonrisa. El viento escondía mi nombre. Mi piel viva se descomponía, mis huesos ni siquiera me sostenían, y sin embargo, mis ojos la veían. Pensaba. Escribía. Pensaba. Leía sin alejarme del principio y sin acercarme al final. Mismo párrafo una noche más. Vivo, mi cuerpo no existía. Hermosa forma eterna de vida. Bebía una botella de licor verde en tazas de té a partir de las 8.32, cuando el sol en primavera, empezaba a perder, poco a poco, su corazón.

-Nunca olvidaré aquel beso de unos espaguetis blancos -mencionó el tenedor de plata acariciando una servilleta de papel.

-Me enamoré del arroz a su lado -susurré.

-Ella arañaba una manzana verde cuando levantó la cola ante mis bigotes. -sonrió el gato mientras bebía agua en una copa de cristal.

-Desabotonaba cada uno de los botones de mi camisa sin permitirme pestañear.

-Me entristece tanto cuando pierdo gotas de sopa entre mis dedos -lloraba la cuchara, hundida en el plato del caballo.

-Ella no bebía, mojaba sus labios y me besaba para calmar mi ansiedad…

-Ella cosía la mejor carretera hasta mis huevos -suspiró la araña anudando con delicadeza un langostino.

-Treinta y dos y no hay olvido.

-La quise como jamás recuerdo -dijo el pez levantando una copa de cava ante los ojos de un pequeño mono que nadie había invitado.

-Más incontables e innumerables son los recuerdos.

-Ella hizo las heridas más hermosas. -Habló el cuchillo con la cabeza entre un trozo de carne.

-Ella era mi perfecta soledad.

-En ramas de árboles distintos, oírla era mi único deseo… -recordó el pájaro aterrizando a dos centímetros de un plato de gelatina.

-Nada empieza de cero.

-¿Uno? -Preguntó el perro que, con retraso y aún desde la puerta, bajaba la cremallera de su hermosa chaqueta de pana.

-Aquí somos demasiados.

-¿Quiénes se irán? -Tartamudeó el caballo levantando la cuchara entre lágrimas densas y sonoras.

-Los que no sepan respirar.

Un nuevo día idéntico. La ciudad se iluminaba mojada, pintada, empapelada, y cuando imaginaba los paseos por el parque, siempre lo interrumpía aquel mismo corte en la misma letra de la cinta de casete. Bach. Llamaron a la puerta, escondían la mirada, movían la lengua, abrí la nevera y me deshice de un cartón rosa de leche sin abrir. Nadie pisó el felpudo. Letras en blanco estaban mintiendo. Nadie era bienvenido. Cerré. El vaso de cerámica volvía a estar vacío. Había un limón cortado en rodajas en la cocina. Una taza vacía con una bolsita de té. Nadie en la ventana y más sábanas blancas escondiendo la madera. El ajuar había roto la cristalera y bailaba feliz sin escandalizar. Me descalcé y no abofetearon mis pies.

Otro día indescifrable. Sin ti. Todo era mentira sin ti. Hervía el agua en la bañera y el whisky se aclaró. No era whisky, era pis. Herví el corazón al estirar sobre la mesa de cristal un mantel de cuadros verdes y blancos. El té ya no tenía color. La taza equilibraba sobre una arruga. Caerá tarde o temprano como caí yo. Nadie. La mesa era tan justa de dimensiones como pequeña. Mataba el cuchillo a un tenedor. Siempre fue tu ausencia el motivo de mi tristeza. El amor era el beso de perro en la cola de un gato. Ya no había lágrimas. La cucharada ahogada en la sopa. Escondí el dolor tras los dientes prietos, como los nudos de los cordones en aquellas zapatillas frías que me sujetaron de pie ante la primera vez que decidiste ahogarme con tus labios. La araña me ató bajo las sábanas y decidí no romper, tampoco salir. Miré dentro de mi cabeza, paseé, vi mis manos en los bolsillos, tranquilas, y descubrí que aún cortaba el espejo roto en el que nos fotografiamos los dos. Vi una bolsa de basura negra. Me metí, me anudé y la oscuridad sólo pidió paciencia. El pájaro que me despertaba al despertar, voló y comenzó a chocar una y otra vez con la limpia ventana de la habitación; la amaba; la besaba. Amor invisible.

Otro día inexplicable. Otro instante inclasificable. Desequilibrado, ya no sabía sumar la rectitud al caminar. Ochenta y tres años. Al pasear, nunca avancé. Obsesionado en los círculos diminutos en espiral porque insistía en un final, y tan sólo conseguía empequeñecer mi organismo hasta que era incapaz de respirar. Tus ojos. Tanto sexo. Sin alcohol. Arroz blanco, pollo, piña, películas en blanco y negro, el río verde en primavera, té de colores en el techo, duchas frías, teclas de piano en plena lucidez, y la velocidad del tiempo como intranscendente.

Último día insuficiente. Un timbre, un caballo dormido en las escaleras, un tenedor acuchillando la almohada y pájaros volando en círculos y cantando. No encontraba las arrugas en el lado izquierdo de mi cama.

Un día muerto. Me deshice del pelo gris con unas tijeras de plástico amarillo y sin espejo para comprobar el desacierto. Tras la ventana había una nube interminable y no logré ver un solo árbol. La luz era blanca como incontables margaritas escondiendo la hierba. El fuego estaba encendido, el cigarro apagado, su cuerpo ausente y el humo rendido. No vi una sola ceniza. Me arrodillé por el vértigo. Bach resucitó y toda la luz desapareció.

-Continúa leyendo. -Exigió el pez aleteando sobre las baldosas del cuarto de baño.

-No puedo ver.

-¡Hemos perdido la melodía! -Gritó una tecla levantando cada esquina de las dos alfombras del salón.

-¡No puedo oír! -Me desesperé.

-El apetito ha muerto, cuelga de una viga… -Confesó la silla, triste, derribada y arrinconada en una esquina.

-La respiración también se ha ido.

-Continúa leyendo. -Repitió el pez besando la pastilla de jabón que había en el lavabo.

-No hay letras bajo mis ojos.

-El tenedor está asesinando, uno a uno, a todos los cuchillos -atestiguó el caballo temblando en lo alto de la escalera de caracol.

-La sangre permanece tan quieta…

-Los vasos de cristal están saltando desde la mesa. -Reveló la araña cosiendo a toda prisa una escapatoria por el techo.

-No hay un solo roto en mi piel.

-Continúa leyendo. -Repitió el pez salpicando con sus piruetas sobre el agua del fondo del retrete.

-Si volviera la luz…

-Hay un último pensamiento hinchándose de agua en la bañera -concluyó triste el lagarto escondiendo la cabeza en una botella vacía.

-Continúa leyendo.

Fotografía: Tom Hoops

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