La mujer que hablaba señalando con un solo dedo

vivianmaier56-478

Abrió la boca y no salió un solo sonido. La espuma blanca resbaló sobre sus labios, la retiró con la mano derecha y escupió en el lavabo. Anoche no gritó, recordó, tampoco cantó como solía, pensó, nadie alargó una de sus continuadas conversaciones por teléfono, tal como acostumbraba cada tarde desde su único sillón, y nadie le pidió que le leyera uno de sus interminables historias de balcón a ventana, como accedía ante un ruego desconsolador. Tampoco habló demasiado, repitió. Intentó oír un pensamiento, pero ninguno escuchó. Nadie pisaba su felpudo. Únicamente el viernes. Había un silencio inusual en su cabeza, y la ausencia de sonido le asustó. Anoche colgó los dos calcetines sobre el radiador, aún allí, estirados, rectos, paralelos, limpios, azules con caballos blancos. Dijo como última palabra, segundos antes de dormir, día. “Mañana será un maravilloso día”. Viernes. Después, estiró con los dedos las sábanas y las arrugó bajo su barbilla. Los pies quedaron prietos y juntos sobre los pies de la cama. La entonación estaba en su cabeza, no así su voz. Recordaba que emergió como el murmullo de una rueda de goma de una bicicleta sobre el asfalto, constante, suave, aunque amenazadora. Deseaba un gran día. Lo necesitaba y ansiaba. Lo advertía. Horas después, amaneciendo ante el diminuto espejo de un armario del cuarto de baño, con el cepillo rosa entre los dientes, enjuagó su boca, escupió, vio espuma rosa y no sintió un sólo ruido cuando tosió. Intentó una vocal. Ni escuchó un halo de aire. La primera, con los dientes de arriba tan lejos de los de abajo, que la comisura de sus labios, mudas, amenazaron con un roto atronador. Carraspeó, pero la garganta no logró chocar. No hubo queja. Vio su campanilla quieta. La movió al intentar la última vocal. Puso la lengua en el paladar y peleó por oír un breve chistar. Notó la espesa saliva salpicando entre su boca. Tampoco la oyó. Caminó deprisa hasta el salón y abrió uno a uno los doce balcones que ordenados se alineaban en las cuatro paredes de sus hogar de tres plantas. Al otro lado, las ventanas de sus vecinas ya aparecían abiertas de par en par. Mimí, con el pelo aún sin recoger, la piel seca porque sus dedos untados de crema aún no la habían masajeado su rostro, trató de gritar, pero ella no hizo nada. Nadie dijo nada. Nadie dijo algo. Nadie la oyó. Era viernes. Y la voz había desaparecido.

Señaló la flor.

Señaló la altura tan triste que crecía junto a la pata de una mesa de metal.

Señaló la abeja merodeando en el borde de un vaso de cristal vacío de café.

Señaló a una pareja que estrangulaba el frío con sus manos y él le cedió un mechero cuando hizo aparecer entre los dos un arrugado cigarrillo.

Señaló la lluvia y comenzó a esconderse bajo un paraguas negro mientras engordaba el humo, oscurecía el cielo y salpicaba el asfalto.

Señaló el botón blanco y redondo, encendió el muñeco rojo y cruzó cualquier calle.

Señaló el buzón abierto del que colgaba un manojo de cartas mojadas, y la vecina puso ambas manos con presura en su cabeza.

Señaló el número tres.

Señaló una esquina y desapareció tras la puerta.

El café carecía de sabor. Estuvo mirándolo durante largos minutos con la página de aquel lánguido libro entre sus dedos. El calendario aparecía torcido con su nombre emborronado en el diecisiete. Viernes. Bajó la mirada y continuó. Ella leía siguiendo las líneas con el dedo. No había abandonado aquella enseñanza infantil. A mamá le caía el pelo por su mejilla y su cuerpo emitía un escalofrío. Mera añoranza. En público utilizaba la palabra manía. El café carecía color. El café carecía de calor. Sobre la madera de la mesa rectangular de su cocina, en la planta baja, había en el centro de la taza una cuestionable ceguera. Pestañeó, siguió el hilo de aire deslumbrante y descubrió que era la luz afilada temprana del amanecer la que estaba impidiéndole ver. Respiró, no olió. Ladeó la cabeza, y únicamente observó la luz, que como una espada atravesaba la ventana rompiendo la mesa en dos. Amanecía cada vez más temprano. Volvió a leer, no lo hizo ni siquiera en voz baja, tan sólo en un sordo pensamiento. Pensó en él. Él en calzoncillos de algodón, blancos, ceñidos a sus nalgas, con las piernas delgadas, envejecidas, esqueléticas, sin apenas un sólo pelo, de pie, de puntillas, buscando en la estantería de aquella larga cocina que, desde el suelo hasta el techo, ni siquiera albergaba una cuarta parte de todos y cada uno de sus libros. Él y su ausencia. Él. Mimí le pensaba mientras permanecía sentada en la página setenta, acomodada, como si hubiera tendido la toalla de playa en cualquiera de las calas de verano que le permitían dejar de ser ella y le devolvían a sí misma. Como un lienzo mojado, lentamente desaparecía la nitidez de los dedos de sus pies hundidos en el calor de la arena. Muerto el viento, nunca entendía la osadía tan viva del mar. Releyó aquella frase bajo su uña limpia y cuidadosamente recortada por encima de la piel, “el sexo es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor.”

Mimí era mayor. Utilizar la definición de mayor en una mujer de cuarenta y siete años no era acertada, pero sí descriptiva. Mayor significaba que había perdido preocupaciones. El verbo perder también carece del acierto preciso, pero ella nunca hablaba del olvido, prioridades y estupideces. Mimí obviaba hábitos diarios relativos a la higiene, no dudaba durante la elección del color del cepillo de dientes e ignoraba el aroma que desprendía el detergente que suavizaba y perfumaba cada una de sus contables prendas. En cambio, esta mujer mayor había adquirido otros ciertos cuidados. No compraba un libro con títulos que superaran la línea. Tampoco autores con nombres irrepetibles. Su cerebro era un saco de arena caprichoso. O la literatura era una maniática actitud que ella creyó aptitud. Mimí escribía, uno nace y hace sobre lo que nació. A su edad, mayor, cuidaba especialmente otras decisiones como las alimenticias, ya que buscaba propiciar una buena digestión y su periódica defecación. Mantenía sexo sin preservativos, comía macarrones siempre con la misma cuchara y la mano izquierda; habitualmente utilizaba la derecha, elegía colores llamativos y desorganizados en la fruta, no rompía uno solo de sus horarios de comidas, tampoco el tiempo de aperturas y cierre de ventanas, establecía dos citas al día para la escucha rutinaria de dos únicos programas de radio y cuatro horas de lectura en el mismo y único sillón. Los jueves a las siete de la tarde abría el grifo de agua caliente y preparaba un baño con espuma y música clásica. Todo era un orden medido, como la línea de un bolígrafo azul sobre una regla escolar trazando líneas en un folio en blanco. Él aparecía los viernes.

Mimí tomaba una pastilla diaria para conciliar el sueño y la ingería con una copa de vino blanco mientras escuchaba el murmullo de cualquier canal en la televisión. Cuando bajaba el interruptor y oscurecía el salón en la segunda planta, aún quedaba luz en cualquiera de las ventanas vecinas. Cerraba la puerta del balcón, y despacio, el viento parecía dormir. Aún podía oírle murmurar en el salón, como una mosca que de pronto ha quedado atrapada en el interior. Cansada, subía una a una las escaleras que le llevaban a su habitación. Dormir le permitía olvidar que era mayor.

Mimí había vivido el amor, el de verdad y el de mentira, el que creía, el que deseaba, el que ansiaba, el que inventó, y el desamor. Soltera, escritora, estricta, demasiado varonil para sus padres, demasiado femenina para sí, demasiado incomprensible para sus amigos, excesivamente extraña para sus conocidos, y desconocida para su hermana pequeña. Le gustaba mirarse en el espejo cuando ya estaba vestida. Ignoraba su reflejo en ropa interior, aunque fugazmente y de reojo, se vigilaban. Le impresionaba la persistente delgadez de aquella fotografía en el cristal. No así la desnudez. Le aterraba el vacío de su pubis que le había alargado el vientre bajo el ombligo. Larga como una escoba de madera, huesuda, de piel blancuzca, gesto único en los labios, ella había aprendido en el silencio de una conversación la mejor lectura. Jamás imaginó que su voz no volvería a emerger un solo sonido.

Señaló su cuello, sobre un collar de plata del que colgaba un sol diminuto.

Señaló dos pares de pantalones e innumerable ropa interior, inquieta sobre una larga cuerda verde que había bajo una de las ventanas vecinas.

Señaló el cielo ennegrecido mordisqueando los tejados.

Señaló sus brazos desnudos y delgados.

Señaló su muñeca izquierda.

Señaló su lengua.

Señaló su corazón.

Habían pasado treinta minutos. Sus ojos ya estaban limpios. Su voz continuaba desaparecida. Pasarían las nueve horas. Habían pasado siete días. Él volvería. Las dos agujas rojas del reloj de su cocina estaban cruzándose en el siete. Aún su cama estaba deshecha. Aquel desorden, especialmente mental, le intranquilizó. Pronto llegaría el momento de abrir las ventanas y dar los buenos días. Un día más. Vació la taza hasta que descubrió el azúcar pegado en el fondo. Ni una sola hormiga en los posos. Descolgó el teléfono del brazo del sofá y marcó el número de memoria. Cuando la telefonista repitió aquella frase mecánica, ella trató de que su voz emergiera con normalidad, sin embargo, apenas pudo dejar escapar un halo de aire. No se oyó respirar. Al otro lado, con tono más agudo, insistente, repitió la misma frase mecánica. Esta vez, a mayor velocidad. Mimí notó que sus dedos hacían cada vez más fuerza en el teléfono, que la sangre corría deprisa en todo su organismo, más, que ni siquiera al gritar oía un murmullo. Cuando el teléfono rompió la ventana, ella pellizcaba sus mejillas con sus manos y las lágrimas empujaban, una tras otra desde el pecho. Los cristales aparecían esparcidos como si un cuchillo hubiera untado una tostada con mantequilla. Los pisó. Sangraba y ni siquiera los gritos le oían.

Pensó en él. Sus ojos eran demasiado grandes para esconderse a la altura de su vientre. Cerró el libro y bailó sobre las letras naranjas que definía el autor. Pensó que leía demasiado aquel libro. El dedo parecía un adulto borracho evitando descarrilar de la acera. Levantó la cafetera. Sirvió, esta vez sin leche. Bebió más café. Carecia de sabor. No sintió calor. Pensó en el azúcar, quiso añadir una cucharada más. Empujó la silla, no la oyó, caminó, no hubo rastro de sus pasos, abrió el bote envasado al vacío, no chasqueó, y dentro, entre la cucharilla de plata, enloquecían, aparecían y desaparecían las hormigas. Regresó.

 

Cada viernes. Él bebía tanto alcohol que no podía mantener la quietud sobre sus pequeños calcetines azules. Era la primera vez que no le aterraba una desnudez masculina. Cualquier erección anterior había sido como utilizar un cuchillo sucio y desconocido para untar mayonesa. Aquella tostada temblaba fría y borrosa sobre sus labios. Cuando se arrodilló, la madera que había bajo la alfombra, retumbó. Las palmas de sus manos se apoyaron junto a sus tobillos Aquel gesto empequeñecía su cuerpo y ella recuperaba el equilibrio. Mimí vio aquella noche en su cabeza y no supo qué motivo le llevó a atravesar las cortinas y esconder sus ojos en las ventanas encendidas de sus vecinas. Desnuda, sobre la cama, le incomodaba la humedad áspera de aquella afilada lengua que le retorcía las rodillas. Sostuvo la servilleta entre los dedos y releyó sus palabras.

-¿Cuando me besas, me amas o me deseas?

-¿Cuál es la diferencia?

-Casi son caminos opuestos.

-¿No puedo utilizar ambas?

-No puedes ir hacia el norte caminando hacia el sur.

-No estoy de acuerdo.

-Bésame.

-¿Dónde?

-Donde desees…

-Lejos.

Sus labios siempre aparecían delgados bajo una barba roja y densa que le hacía cosquillas cuando le leía aquellos poemas sin rima a un sólo palmo de su nariz. Ella no podía sostener la mirada y excusaba con la vergüenza. Sus ojos eran jóvenes porque ambos iris verdes todavía exuberaban color. Bajo ellos se hinchaba la piel por el falso denominado insomnio. La culpa, el alcohol. Y sin embargo, la deformación de aquel rostro cansado le duplicaba el atractivo. Su nombre era un nombre que no se atrevía a repetir y sólo escribía viernes en el calendario de la cocina. Ni siquiera recordaba cómo lo dijo, con una cerveza sobre la mesa de un viejo café oscuro en una callejuela ilocalizable en el centro de una enorme ciudad. Él tenía cuarenta y tres poemas en una carpeta azul aún con el precio en una esquina.

-¿Y me llevarás?

-¿A dónde?

-Allí, lejos.

-En cada beso.

Aquel viernes Mimí no desapareció de su habitación. Muda, él estaba allí, desnudo, pegado a ella, mirándole, hundiéndole, abrazándole, con la mejilla sobre sus pechos. Mimí se enamoró de él cualquier viernes. Los días después, eran anteriores. Antes, nunca había querido escuchar el sonido de la puerta.

Señaló muda sus labios.

Señaló cada una de las lágrimas que habían hinchado la piel bajo sus ojos.

Señaló sus oídos y los taponó con las palmas de ambas manos mientras gritaba un aliento desesperado.

Señaló uno a uno y con rabia cada uno de los libros abiertos que no dejaban un hueco que pisar en toda su habitación.

Señaló su cabeza, enganchó su cabello y logró derrotar la falsa estabilidad ante su presencia.

Se señaló a sí misma, de rodillas, con el suelo de madera como único entorno.

Señaló ciega y no reconoció sus ojos grandes sobre su boca hablándole en completo silencio.

Señaló el cuadrado exacto del calendario y no supo leer el día.

Señaló su sien y la sangre se amedrentó en su lento corazón.

Señaló su reloj y nada de nuevo sonó al cerrarse.

El pomo de metal, como el marco que bordeaba aquella puerta de cristal estaba sucio. Había pegatinas. Hubo pegatinas. Había huellas. Dedos. Del techo colgaba una campana dorada de metal. Mimí la obligó a tintinear en tres ocasiones. Nada oyó. Las bisagras no la alejaron del cierre. Recordó un abanico verde que rompía la quietud del aire durante una noche en lo alto de una montaña. Bebieron ginebra y contaron farolas amarillas.

Mimí accedió, la campana cesó su vaivén. El cuchillo también se detuvo, él en el ala de un pollo, y los dedos que lo sujetaban alzaron los ojos. Sonrió él, ella cerró la puerta, vio mover sus labios gruesos, y aún con empeño, no leyó una sola letra en sus labios. Mimí permaneció tras aquella señora de grandes dimensiones. Las puntas de sus zapatillas de tela de bailarina balanceaban ante las ruedas de aquel enorme carro de la compra. No oyó, pero hablaban. Movían, respiraban, reían sus cuerpos. Abrió la boca y buscó la manera de dibujar en sus labios una precisa forma que diera inicio a cualquier palabra. Pensó en una consonante labial. Después, creyó mejor la opción dental. Fricativa. Sonora. La señora pagó. Guardó silenciosamente las monedas en su monedero, y, cuando la sangre de su delantal le miró, sus labios comenzaron a moverse tan deprisa que no supo gesticular los suyos. Mimí señaló su garganta. Mimí sostuvo las lágrimas en sus ojos con los dedos. Mimí señaló el cristal.

El pan no olía. Los dulces se acumulaban tras el cristal. Los colores estaban desorganizados y a ella le importó. Mimí señaló al panadero de barba densa y roja una barra de pan con una tonalidad suficiente para que crujiera entre sus dientes. Cayeron las migas entre sus pies en otro más absoluto silencio.

El frío tenía miedo a su piel y se acongojó tras el mostrador. Mimí señaló al pez de ojos azules y escamas rosadas que estaba quieto entre las tizas de hielo. La cola fue rota y el cuchillo bailó en la tabla blanca de plástico Aquella dentera, por primera vez, no le encogió los dientes.

A Mimí no le sorprendió el sordo sigilo del ir y venir incansable del tráfico de vehículos. El autobús apareció como un espectro y su piel palideció de un único susto. Añoraba el sonido de las bolsas de plástico al caminar. Las puertas no respiraron y se abrieron de par en par. Señaló la zona de su destino en un mapa que habían diseñado con un didáctico color. Mantuvo el dedo, soltó las monedas entre los dedos del conductor, con intención de manera descuidada, cayeron, rodaron por el suelo, le ahogaron los ojos, pero no oyó un mero tintineo. Se señaló.

Había recogido su pelo con dos coletas diminutas y estaba más guapa. No era ella, pero ella no recordaba quién era. Miraba la fotografía junto a su identidad en la cartera y no supo la cantidad de billetes que sostenían sus dedos. Había tres clientes apresurados junto a la barra y pensó que tal vez eran diecisiete. Había cuadrados en el calendario y no había un sólo mes en su memoria. Mimí vio sus pies desnudos colgando en el taburete. Bajo ellos, numerosas servilletas arrugadas. La camarera golpeó con fuerza y la pieza de café usado cayó en el cajón de metal. No recordaba un sólo sonido en su cabeza. No podía olvidar y había olvidado. No sabía oler. La leche se calentaba. El vaso de cristal cayó brusco sobre el plato, las voces continuaban yendo y viniendo por las sombras que crecían y desaparecían a su alrededor. Lentamente, rompió el sobre de azúcar, dio vueltas a una cucharilla de metal, alguien dio palmas y no supo el significado de la palabra música. De pronto, no entendió el pensamiento.

Mimí sintió un mechero encendido acumulando calor bajo sus pestañas. Después fuego. Después el sol. El metal quemaba su pecho. Había mucha sangre seca en su corazón. Vio un cigarrillo encendido. Vio sus labios. Era un bonito perfil al otro lado del cristal. Volvió a sí. Las dos coletas le embellecían en el espejo. El reflejo le miraba más que ella a él. Aquella frase era perfecta para un segundo café. No recordó su última lectura junto a la ventana. La voz. Echaba de menos los zapatos. Era viernes y ella no sabía por qué no lo sabía. Levantó el dedo, abrió la boca, el aire enmudeció y señaló. Cuando deslizo el billete, la camarera detuvo sus dedos y las dos sujetaron el mismo dinero. No había un sólo movimiento en sus labios que pudiera entender. Ella insistió, ella negó. Ella tiró, sus manos cortas de dedos gordos volvieron con monedas, una servilleta y un bolígrafo. El bolígrafo no supo moverse sobre el papel.

Preparó té, preparó una taza, abrió la pantalla de su ordenador, preparó un papel, una canción, y en aquel silencio sentó su cuerpo con los doce balcones que ordenados se alineaban en las cuatro paredes de sus hogar de tres plantas, todos cerrados. Le tranquilizaba la oscuridad. Él rompió la soledad. De pie, a su lado, había vuelto. Caminó resuelto y soltó las llaves sobre la madera. Mimí no las vio. Él sonreía, miraba, movía los labios y hurgaba su nariz con el mismo dedo que ella había utilizado para hablar. Ella bebía té y arañaba sus ideas. El codo le acariciaba. Sus dedos bailaban como hormigas indecisas por la rectitud de su espalda. No le sentía. Apareció un pensamiento. Era el sonido de la palabra rasgar. Quiso centrar en su mente el malestar de un rastrillo de plástico rayando la acera. Tecleó erre en su ordenador. Luego o. Él le apretó la muñeca, ella giró el cuello, borró e insistió. Pulsó ene. Borró e insistió. Erre, después, pe. Él le abrazó, ella volvió la cabeza, y aquellos ojos, los cuatro, estaban llorando. Le zarandeó, se liberó de sus dedos, y de un salto puso de pie su cuerpo. La madera crujió bajo sus pies descalzos pero Mimí no la oyó. Corrió. Empujó la puerta de su habitación, de puntillas avanzó entre los huecos que había en cada uno de los libros abiertos. Tiró del pomo de cobre del primer cajón de su habitación junto al lado derecho de su cama, con tal fuerza, que descarriló, sin embargo, el estruendo de objetos por el suelo no sonó. Atrás, con los brazos alzados sujetándose la cabeza, él. Ni uno solo de sus gestos le molestó. De rodillas, deshechó un lapicero, atrapó un bolígrafo, arañó un papel, lo aplastó en el suelo, sintió sus dedos fuertes en las caderas, no pensó, resistió despegarse del suelo, escribió, escribió, escribió, escribió, terminó y se leyó. Entre lágrimas, hundió su rostro sobre interminables garabatos.

Había olvidado oír. Había olvidado leer. Había olvidado su voz. Oler y saborear. Sentir. Recordar. Había olvidado escribir. El agua caía intensa sobre su cuerpo desnudo y vio en sus brazos hojas verdes expandiéndose hacia algún halo de luz. El agua le ahogaba y su cuerpo continuaba alargándose, robusto, desapareciendo sus pies en la oscuridad. No señaló. Mimí llovía sobre sí. Mimí desaparecía en sí.

Fotografía: Vivian Maier

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