Caracteres

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El agua caía por las escaleras huyendo de la muerte.  Lo hacía descalza, salpicando en la moqueta. Lo hacía apresurada, como corría Luca en sandalias por las baldosas de un aeropuerto interminable e inacabado. El jabón quedaba atrapado entre los hilos descosidos de las paredes y accedía a la derrota desapareciendo. Los labios de ella habían hablado a un cristal en el que no se reflejaba. Las uñas de Mario seguían desmigajándose en la arena mientras sentía indigestibles todos sus pensamientos. Desconocidos miraban por las ventanas. El vaho empañaba, como sus fotografías el cuarto de baño. Llovían pájaros muertos en las aceras, el tráfico se había congelado y los conductores disparaban miradas a ambos lados con los cuellos encogidos sin que nada sonara sobre los techos de sus vehículos. Al abandonar el agua, cualquier normalidad retomaba la velocidad y no había tiempo para oír. Los ojos blancos, mojados, permanecieron en las fotos en blanco y negro que flotaban como cadáveres de un naufragio junto al borde de la bañera. Su mirada bajo la sombra de aquella gorra, delante de sus dedos desenfocados. En tanto, el agua se desmoronaba y nadie encontraría una sola gota de sangre. Tampoco alguien la iba a buscar. Charlotte no estaba muerta. Tal vez hundida. Huidiza, con leves síntomas de agorafobia, bebía agua con gas en vasos de colores, mentía cuando pestañeaba demasiado y escuchaba canciones de los años que terminaron en cuatro. Lejos, Mario calzaba zapatillas rojas que pisaban cigarros que ya estaban apagados sobre la tierra y daban patadas al aire. El vuelo tenía tres veces su número de la suerte, al igual que la puerta, al igual que la hora de embarque, al igual que el día, no así la hora. La flor dibujada con un bolígrafo verde en el número siete del mes de junio de un calendario japonés en el que destacaba la belleza de un pez entre los brazos de una anciana, hacía llorar a Charlotte. Ella era de estatura tacaña, cuerpo esbelto, dedos cortos, pelo rubio, rizado y largo. Una mujer suficientemente adulta para ser mamá, e insuficientemente inmadura para mantener relaciones con hombres sin caracteres. Clásica, de braga, compresa y comedido maquillaje, sumergida y vacía. El grifo continuaba abierto. Afuera, una pequeña bolsa roja de patatas fritas sobresalía de su pantalón vaquero y crujía molesta por la constante indecisión de sus pasos. El tapón rojo rompió un hilo de plástico y el gas perturbó los rostros de aquel pasillo frío con maletas en el suelo. El agua chocaba con las paredes, se ahogaba, y la inexistencia de una escapatoria aparentaba enfurecerla. Desaparecida durante tres largos minutos, no quería hablar a su cristal. Mario daba vueltas alrededor de un columpio y, sin saberlo, esperaba. El vaivén terminó. Sus ojos negros habían ido y venido como una amenaza. Luca entregaba su nombre y apellidos a una sonrisa sin enseñarle la mirada bajo su gorra. Aún podía esconder ambos diminutos pies en una sola de sus manos, y sin embargo, no podía dejar de ver dedos en los botones plateados que asomaban en su bragueta. Luca se alejaría de la tierra y el aire no le permitiría respirar.  Charlotte respiraba. El agua en cambio, exhausta, decidió no moverse más.

La lluvia salpicaba sobre los paraguas. Las ruedas de goma salpicaban sobre el asfalto. Los árboles bebían y bebían y derramaban gotas por la ausencia de labios y destreza. En cualquier reloj de muñeca o pared de aquella ciudad aún era temprano. En su cabeza demasiado tarde. Hervía agua, subía el café. Un autobús de dos plantas se detuvo al otro lado de la calle y hubo un orden educado en la salida y en la entrada. No se pincharon las ruedas, sólo se abrieron las puertas. Charlotte esperó. El último hombre era alto, vestía un sombrero negro y amplio, de vaquero, y portaba una guitarra dentro de un estuche de plástico. Cuando pisó la acera, el agua le emborronó.

Dentro, el aspirador iba y venía tras la gata blanca y negra que hacía tres días había perdido su cascabel. Inesperadamente, comenzaba a asustar su silencio. Era un truco de magia veloz con los dedos, y donde el espectador veía una sola pequeña bola, después veía dos, y al instante, ninguna. Sombras y luces a capricho de Kat, sinuosa, lenta e inteligente. En la casa olía a tostadas. Junto al espejo, el motor cedió a los pies de una escalera que llevaba a las habitaciones, y con delicadeza, ella hundió sus uñas en el sofá, saltó sobre la estantería, descolocó un libro de Kate Atkinson que cayó sobre una pequeña mesa de cristal, y tras un peligroso vaivén, el seductor animal alcanzó el alféizar interior que había en la ventana. Nadie devolvió el ejemplar a su lugar. Ella observaba. Martina coloreaba un árbol asegurando que no se salía del borde, y sin embargo, los trazos verdes parecían furiosos rayos advirtiendo de alguna tormenta. Mario había corrido las cortinas porque le gustaba la luz y analizar la prisa de las personas cuando caminaban bajo la lluvia. Él sostenía una taza negra de café bajo su nariz, vestía un pantalón corto de deporte, una camiseta de algodón blanca y unas sandalias de goma. Era alto y había perdido la extrema delgadez que le permitía ser ágil y veloz. Recordó sus entrenamientos en la pista de atletismo de la Universidad. Sus brazos aparecían cada vez más pesados, blandos, escondiendo la forma de los codos y las muñecas. Su pecho caía denso, como la leche hirviendo y desbordándose por el borde de un cazo. También sus hombros. Su barriga no crecía hacia el frente, no de manera prominente, si no que le envolvía la cintura por completo. Podía decirse que un papel higiénico interminable daba vueltas a su alrededor y le protegía los huesos. Lector insaciable de novelas negras, terminaba crucigramas al tiempo que inventaba asesinatos de personas queridas y conocidas. Acarició el cabello suave de Martina, que de rodillas, pintaba.

En la oscuridad más completa, Luca no lograba eyacular. Cuando la puerta golpeó con fuerza en el marco, rodó sobre el colchón que tenía tirado en el suelo de su habitación, y sin oír un solo paso se arrastró de rodillas hasta la ventana, alzó el brazo, separó la correa de la pared con ira, y la persiana empezó a caer como si fuera una piedra pesada bajando uno a uno los peldaños de una vertiginosa y recta escalera. Le dolían los dedos, la muñeca, el antebrazo, era temprano, llovía demasiado, y bajo su mano podía notar la fuerza de la erección mientras no lograba que las lágrimas se le secaran bajo las pestañas. La luz del teléfono le descubrió escondido sobre sí, como un bebé, con el pene junto al ombligo, terso, seco, dolorido, rojo y triste. Luca separó los dedos, los despegó, y cuando estiró la mano hasta el parqué, la suavidad del cristal poco a poco comenzó a oscurecer. El aire era una sábana negra densa y cálida que le ocultaba de sí mismo. Luca odiaba la claridad porque evidenciaba los errores. Cuando volvió a dormir, su cuerpo languidecía.

En la puerta, Charlotte, empapada bajo un chubasquero amarillo muy fino, no sonreía,  y masticaba un chicle duro que no se atrevía a escupir porque maldecía las suelas de los zapatos pegajosas a mitad de un camino. El agua comenzaba a pesar sobre el plástico y aplastaba el jersey de lana que le protegía del frío. Ella no veía el interior de las casas, que alineadas, se ordenaban por ventanas, todas salpicadas. Mario había encendido el televisor para evitar el falso silencio. La pintura, conducida bajo aquellos pequeños nudillos de la mano izquierda, rumiaba arriba y abajo sobre el papel. Él mordió la piel seca que aparecía bajo sus uñas. Había heridas secas. El timbre era más aterrador que el sonido de las llaves.

-¿Has venido?

-He venido.

-Me esperan.

-Y tú no me esperabas.

-La espera es un tiempo al que nunca saqué provecho.

-¿Puedo pasar?

-No es el día.

-Está lloviendo.

-No es el lugar.

-Hay demasiada gente caminando.

Con el pomo de metal estrangulado bajo sus dedos, Mario inclinó la cabeza, giró a derecha y izquierda, y al regresar la vista al frente dio un paso atrás. Nadie a su espalda. Charlotte le había perseguido con la mirada. La acera estaba vacía. Nadie alrededor. Había una alcantarilla sedienta devorando agua al final de la calle, flores moradas derrotadas en un pequeño tiesto junto a una ventana, y la línea sútil negra de la farola sobre el asfalto. Una furgoneta amarilla de focos cuadrados y diseño antiguo partió en dos la orilla que se escondía junto al bordillo. Charlotte recogió sus hombros y se inclinó instintivamente para protegerse. Él, con idéntico instinto, empujó la puerta hacia la calle y protegió su casa. Cuando fue consciente del gesto descortés, los pequeños pies mojados caminaban veloces. Arrastraba los pasos y sus talones apenas levantaban agua tras de sí. Mario puso una sandalia en su felpudo de goma, encharcado, analizó aquel cuerpo esbelto, encorvado, abovedado, cada segundo más vago e impreciso. Bajo aquel plástico, parecía una piedra que caminaba. Ni una sola de sus extremidades se movía, de manera que tampoco le ayudaban avanzar. Ella dobló la esquina sin que los ojos tropezaran con un mínimo destello de lo que había detrás. En cambio, no conseguía domar su cabeza, que emitía su rostro una y otra vez. Sobre el número diecisiete de la calle convexa, ante una puerta verde de madera con un buzón plateado y oxidado a la altura de cualquier ombligo, detuvo sus pasos. Llovía un infierno. Llovía dos veces porque el agua caía tan fuerte que botaba hasta la altura de sus rodillas y volvía a caer para correr de manera incontrolada por el dibujo de las baldosas. Y llovió también sobre ambas palmas de sus manos. La oscuridad le relajó.

El salón estaba desnudo. Quería utilizar la palabra vacío, pero cuando fotografiaba veía imágenes que no aparecían tras el objetivo. Adoraba la amplitud de sus ventanas y el frío de aquellas delgadas paredes. Al cerrar los ojos había una persona anciana tomando sopa de zanahoria en el punto medio exacto de su cabeza. Imágenes. Todas tan descabelladas como indigestibles. En aquel banquete adoraba la dificultad de masticar cualquier trozo de carne cruda y dura. Dormía, y sin embargo, jamás descansaba. O mentía. Las personas cansadas pensaban demasiado y aquella estupidez, torpeza notable, cuando retumbaba en voz alta ante un público, le encumbraba como alguien interesante. Tenía o inventaba sueños constantes, como espirales que se habían convertido en un ovillo de lana enredado. Era imposible recorrerlo milímetro a milímetro de un solo vistazo, pero ahí, en el suelo, aquella lana era real. Imaginaba el inicio y el final, aquel hilo tenso atravesando el mar. Y el mar tapándole cada noche antes de dormir; ahogándole con una delicadeza pasmosa y excitante, como la caricia constante de un amo a su perro. Luca daba pasos descalzos en el suelo de madera y sus dedos aparecían repletos de plumas. Estaba aprendiendo a volar. En el alféizar de un tercer piso, practicaba a las ocho de la mañana, cuando aún el sol no le quemaba su piel albina. Allí, sujeto por un sólo pie, con los brazos en cruz, de cuclillas, meditaba irrealidades mientras creía flotar. Algún día, nada le sostendría.

Luca era un hombre que había perdido su pelo y utilizaba una gorra negra con distinción militar. Masticaba chicles de clorofila hasta que se convertían en plástico duro. Masticaba para pensar. Alineaba en un corcho colgado en la pared tapones de bolígrafos azules arrugados y deshechos por sus dientes. Luca no se llamaba Luca pero nadie sabía su verdadero nombre. Hablaba poco, escuchaba menos, y tan sólo accedió a conocerla porque vio su cuerpo desnudo antes de ser una realidad. Atractiva y esbelta. Después, no supo recuperar su espacio.

-¿Qué piensas?

-Escribo.

-¿Dónde?

-En la cabeza.

-Léeme entonces tus pensamientos.

-Había partes de cuerpos desangrados y la distancia no podía medirse en pasos porque nadie caminaba.

-¿Es una historia?

-No lo sé.

-¿Aparezco yo?

-La cabeza de Charlotte veía el destornillador derrotado entre los dedos de aquel obrero. Si no perdía toda la sangre, alguien repararía su cuerpo despedazado. Vio unas piernas preciosas junto a las ruedas traseras de un coche. Deshinchadas.

-¡Las quiero!

-Llovían pájaros muertos en las aceras y el grifo de agua caliente abierto inundaba la ciudad. Click.

-¿Fin?

-No he pensado más.

Luca se levantó del suelo en el que estaba sentado y caminó tan despacio hacia la cocina que, pese a la cercanía, Charlotte creyó que nunca iba a llegar. Era un proyector atascado, repitiendo una y otra vez los mismos fotogramas. ‘Clac, clac, clac, clac, clac…’. Al fin hubo el salto, la película continuó, abrió la nevera con idéntica lentitud, extrajo un vaso de cristal vacío y la volvió a cerrar. Afuera, pronto comenzó a empañarse. Desenroscó con mimo una botella de Aberlour, puso el cuello bajo su nariz, respiró y alargó los labios hacia la derecha. Luca no sabía sonreír. Después, vertió y espero que alcanzara el borde del cristal.

-¿Gustas?

-No tengo sed.

-Tampoco yo. Pero a veces hay un vacío en nuestra boca que debemos llenar para alimentar el cerebro, responsable, único responsable de cada uno de nuestros incontables pensamientos.

-¿Qué hay de los recuerdos?

-Los conserva el cerebro. ¿Gustas?

-Es una reflexión estúpida.

-¿Quién es juez para valorar la inteligencia del ser humano? ¿Tú? -Apenas bebió, sólo empapó los labios- He perdido todo interés por el alrededor, por quien nos rodea, y sin embargo, sólo deseo que el alrededor sienta interés por mí.

-Es totalmente contradictorio.

-Querida Charlotte, todos lo somos. -Liberó la botella sobre la repisa y avanzó hacia ella.- Incluso tú, permaneciendo aún aquí conmigo sin apenas gustarte. Roto ya el morbo, sé que estás arrepentida de haber dejado que te folle, de pie, contra la pared, sin que pudieras mirarme a la cara. No te ha gustado en absoluto. Quizá a mí tampoco… -Se acuclilló, vació el vaso y sus ojos fueron enormes en aquel enfrentamiento- Tal vez sientes curiosidad, aunque tengo la certeza de que más bien es pura necesidad.

-¿Necesidad?

-Necesidad.

Charlotte odió aquel silencio entre los dos. Después ella le besó a él. Intensamente, con los ojos cerrados, muy cerrados, tan prietos que le dolían. Le mareaba aquel esfuerzo y se obligó a morderse los dientes. En aquel salón desnudo, los dos cuerpos desnudos, de nuevo empequeñecían. Nada alrededor. Una cámara de fotos sobre un trípode y tres objetivos sobre el parqué. Luca había escondido todas las prendas en una bolsa de plástico negra que dejaba tras la puerta de su habitación. El salón sólo vestía una sábana blanca cubriendo la pared más ancha de aquel espacio cuadrangular. No habían comido. El vaso de cristal vacío rodó por el suelo. La empujó, la levantó, y al abrir la mirada, Charlotte vio un entorno difuso. Ella buscó su boca y le mordió el labio. Las respiraciones se empujaban.

-¿Cuál es tu color favorito?

-¿Ahora?

Giró su cuerpo.

-Tu color favorito…

-El amarillo.

-¿Y tú número de la suerte?

-No tengo.

-El mío… -Tomó aire y escupió la palabra.- Ocho.

Él, levantándole los pechos con ambas manos, empujándola con fuerza, evidenciando la supremacía, el dominio y la hombría, hundió las piernas entre sus nalgas y el espacio entre ambos desapareció. Ella tenía frío en la planta de los pies e intentaba recordar la imagen de su mirada, la forma de su barbilla, su voz real lejos de aquellos gemidos, más cercanos al esfuerzo que a la excitación. Luca empujó con todas sus fuerzas y ella hundió las dos rodillas en la pared desnuda. Estaba excitada. Él cambió el peso de sus manos grandes y fuertes y las colocó sobre sus hombros. Veloz, tumbó el pecho sobre su espalda buscando llegar a un final, alcanzar su final, su final. A Charlotte le sudaban las palmas de las manos en la pared, le dolían los brazos y sentía frío en la palma de los pies. Ella nunca iba a terminar. Cuando el dijo me voy y el calor acuchilló su espalda, ella supo que tarde temprano también terminaría yéndose.

Hacía frío y había tres colores y tres sombreros sobre la mesa. No salía humo del café. Había dos platos pequeños y vacíos con migas de tostadas. Una servilleta de papel blanco, doblada y con mermelada de frambuesa seca en una esquina, y dos arrugadas sin manchas aparentes. También tres cuchillos, uno de ellos junto a un bloque de mantequilla aún abierta sobre su envoltorio. La página del periódico que él leía mostraba una fotografía en color de un hombre con un traje de neopreno, que con más de medio cuerpo sumergido en el agua, trataba de acercarse a un coche rojo inundado. El sol aparecía cada tres minutos, era domingo, y el asfalto mostraba mayor claridad. Mario escondía la cabeza entre el papel y la ventana. Sus manos limpias, largas y afiladas habían comenzado a recoger el desayuno. No obstante, nunca terminaron de hacerlo. Oyó pasos en la habitación de arriba, después el agua de la ducha, y al instante, Feeling good y Nina Simone. Martina jugaba con las migas de unos huevos revueltos sobre el plato, ya fríos, y observaba con intensidad los dibujos animados sin sonido en la televisión. Crecía el domingo porque poco a poco comenzaban a despertar los muebles de los vecinos, los conductores en la carretera, las conversaciones en las aceras y la altura de la luz en el salón. Mario notó la mano suave de su mujer apoyada junto a su cuello. Estaba desnuda. Le estaba mirando. Había llegado a la página trece del periódico local. Martina movía el tenedor de un lado  a otro con los ojos en el cristal. A ella no le gustaba que nadie jugara con la comida. A él no le gustaba la interrupción de su tiempo.  Cerró el periódico y no leyó una sola de sus palabras. El sombrero de lana era de color rojo y los niños no prestaban atención a los columpios.

-No estoy enamorado de ti.

-Ni de ella.

-No he aprendido a enamorarme de nadie.

-Pero has aprendido a elegir.

-Elijo lo que elegí.

-Quizá a ella porque es más mujer.

-Mujer es un vestido rosa.

-Y a ti siempre te gustó desabotonarme los vaqueros…

-Incluso te regalé flores amarillas.

-Perecederas, como los caprichos.

-Todo acaba acabando, ¿no es cierto?

-Como las excusas.

-Nosotros somos una necesidad.

-Yo necesito un solo pene para mí.

-Eres tan ruda.

-Te gusta el pan crujiente como a mí.

-Nos están invadiendo los posesivos.

-¿Dónde?

-En la ventana.

-Ahí sólo llueve mucho.

-¿Y lo nuestro?

-Continuará…

-Voy a preparar un té.

Inventaron una habitación con el número treinta y uno, doce escalones de madera pintados en verde que partían desde la recepción y una piscina descubierta en la parte de atrás, vacía y que nadie usó. Siempre el mismo número, los mismos días, las mismas horas, las mismas verdades envueltas en papel de regalo y las mismas personas. Entre los dos, la mentira era verdad porque sucedía. Lo mismo. Sus vidas coincidiendo en un corto pasillo paralelo con principio y final. Allí tenían su instante de realidad. Él se mordía las uñas cuando en el cristal que guardaba en su bolsillo brillaban las ocho de la tarde. Ella pestañeaba veloz cuando le besaba la mejilla diciéndole que quería que se fuera. El agua hirvió. Mario no la escuchó. Charlotte no bebió una sola gota de té.

El agua se evaporó con el calor y el vapor escondió la muerte. También los muebles, la toalla rosa colgada de la puerta y las dos velas de incienso iluminadas en los pies de la bañera. El agua todavía continuaba desbordándose con el movimiento. No corría, caía, explotaba y optaba por ensancharse entre las baldosas. La calma antes o después de la tempestad. No lograba ahogar su vida, aunque doliera. Ni siquiera su casa. La hería como a sí misma. Cicatrices mal curadas que pasaban a ser objetos rotos, inservibles o viejos en un cuarto en desuso. Aun completamente oscuro, lo veía, olía, tocaba, oía y sentía. Charlotte respiraba y Mario asfixiaba el olvido en aquel pasillo completamente vacío de hábitos diarios y recuerdos. La botella de refresco entre los dedos de Luca no respondía cuando le hablaba. Vio ojos desconocidos e indiscretos. Le vigilaban. No vio una sola pluma entre los dedos que descansaban sobre sus sandalias. Lo supo, moriría. El único pie que le sujetaba desde el alféizar buscaba la manera de echar volar.

Charlotte retorció el grifo y apagó las velas con ira, como Mario otra colilla apagada sobre la tierra con el talón. Dio una patada al aire. Aquel gesto a nadie le dolía. Recordó que rompió en incontables pedazos la caja de aquellas zapatillas rojas. Borraba huellas. En aquel cuarto de baño, quieta y bajo el mismo agua en distinto lugar, ella se concentraba en el tembloroso papel blanco de las fotografías en blanco y negro en las que ella no parecía. Su cuerpo incompleto, impreciso o en la oscuridad. Asomó los labios para respirar una vez más. Ocho imágenes flotando sobre sí. Entre sus pies, su preferida; medio rostro atenuado bajo una gorra. Luca, el hombre que no veía lo que veían los demás y aseguraba estar envuelto en la más firmes de las incoherentes corduras de cualquiera de los mundos. Los pájaros mueren en el aire y caen al suelo por dejan de ser pájaros. En el parque, los dos pequeños pies que le entraban en una sola mano volvieron a poner el culo sobre la tierra tras bajar por el tobogán. Ella rió. Él sonrió. Todavía en el aeropuerto, el asiento cuarenta y cuatro sumaba su número favorito. Pegado a la ventanilla de una fila de tres. En la bañera, ella imaginó su piel evaporándose como el agua; lentamente. Días después, llovería su cuerpo despedazado sobre la ciudad. La espuma también continuaba desapareciendo entre los hilos descosidos de las paredes. Deseaba aprender a digerir la soledad, pero ni siquiera la sabía masticar. No la podía saborear. La vomitaba. Pronto, la misma hora. Luca también vomitaría. En el espejo, había tenido las tijeras entre los dedos, y cuando chasqueó el metal vio como los mechones de aire no taponaban el lavabo. La cobardía tumbándole la mirada y abriéndole las piernas. Le habló el cristal. Mario pisaba otro cigarrillo cuando los dedos afilados le sorprendieron por la cintura. El mismo día. Luca se suicidaría a treinta mil pies de altura durante las nueve horas de un vuelo comercial. El veneno le asfixiaría. Mario degustaba de nuevo un soplo de aire tras las doce escalones del número treinta y uno. Charlotte, seca y exhausta, respiraba.

Fotografía: Daniel Diez Crespo

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4 comentarios en “Caracteres

  1. Hacía mucho que no leía un relato tan descriptivo. Desfilan, reales, las imágenes en mi cabeza. Los saltos de personaje a personaje en cada una de las escenas, son como degustar el primer sorbo de un té rojo preparado con mucho mimo.
    Como lectora, admiro de un escritor la capacidad de presentarme a sus protagonistas hasta el punto de conocer cómo sienten y cómo son, con momentos tan sencillos como los que destaco:

    “La flor dibujada con un bolígrafo verde en el número siete del mes de junio de un calendario japonés en el que destacaba la belleza de un pez entre los brazos de una anciana, hacía llorar a Charlotte.”

    “Luca, el hombre que no veía lo que veían los demás y aseguraba estar envuelto en la más firmes de las incoherentes corduras de cualquiera de los mundos.”

    “Mario calzaba zapatillas rojas que pisaban cigarros que ya estaban apagados sobre la tierra y daban patadas al aire.”

    Gracias por la escritura.

    • Hacía demasiado tiempo que debajo de mi escritura no había una opinión, una impresión, una palabra… Tal vez tenemos prisa, demasiada, y ni siquiera dedicamos el tiempo necesario a la lectura. Tampoco a la escritura, lo necesita…
      Me parece increíble tus palabras. Deseo seguir escribiendo para que el lector pueda sumergirse… en esta y otras incontables historias…
      Gracias, San…

Seamos valientes

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