El insoportable movimiento de los pies calzados

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Ella escondía su nariz alargada y fina, anoréxica y hambrienta bajo siete mechones de pelo, negros, áridos, duros, enredados y sucios. Un inicio desembocando en un mismo final. La piel de su cuerpo era áspera, desnuda, negra, silenciosa y quieta. Intocable. Sin una sola mueca e imperceptibles movimientos de cuello. Él era él, no lo sabía. Tampoco reconocía sentirse vivo cuando respiraba intenso con la boca abierta hasta caer exhausto por la pérdida de conocimiento. Pánico a la asfixia, le desesperaba la posible desaparición del espacio que había a su alrededor. Menudo, único y último. Inalcanzable. Lo vigilaba y le aliviaba que todo continuara a su alrededor con inusual aspecto. Ya no contaba cuántos árboles habían decidido elevarse aquella mañana sobre la tierra. Caían las hojas como piedras de plomo. Temblaba la superficie. Flores distintas con pétalos desiguales, pesadas en la sombra, tristes, lloronas, y aún así,  podían verse ligeras al atardecer, diminutas en el aire, y siempre evitando el vértigo a ras del suelo. Le atormentaba la ausencia de las voces, los reflejos inexplicables, la lluvia torrencial por las noches, la nula comunicación, y aquel protagonismo sonoro de las pocas hojas que aún sobrevivían colgadas de los árboles como cadáveres abandonados. Ella y él aún no sabían el camino entre uno y otro, pero veían sus cuerpos desnudos tres veces al día.

Él había dicho todas las palabras cuando simulaba la normalidad de una vida cualquiera y las paredes en horizontal hacían evidentes los límites. Él perseguía huellas desconocidas sin abandonar sus propios pasos. Inhóspito, él veía voces exhaustas preguntándole cuestiones que no le importaban. Vio arrastrándose dos cepillos de dientes de un similar color como recuerdos muy delgados. Los dos continuaban balbuceando dentro de sus labios. Se ahogaron en el desagüe de un limpio lavabo. Ella imaginó que todas las personas devoraban sándwiches con ansiedad y desesperación. Los mordiscos de magna dimensión no daban tiempo al paladar. Ella oía aquellos ruidos en largos lapsos de inconsciencia. Dormía hacia la derecha. Dormía hacia la izquierda. Dientes masticaban a gran velocidad. A misma altura, en escaso espacio, él elegía el movimiento de su cuerpo y sus pies descalzos removían tierra de exactos centímetros. Ella aprovechaba las superficies que le permitían colgarse del cielo. El agua crecía despacio.

Él era alto, de ojos grandes y circularmente perfectos, y fuerte en su contorno a la altura del pecho. Poseía extremidades cortas y delgadas. Poseía un pene largo y anoréxico bajo el denso pubis rizado. Poseía unos pies largos y torpes. Desvestido, lucía una piel anaranjada sombría y una densa barba rojiza, descuidada. Había perdido el pelo que le cubría la cabeza. Dormía siete horas a la semana en una bañera abandonada y agrietada, que no rota, y que en contadas ocasiones humedecía una medida lluvia torrencial. Al despertar, había una novela sin autor y con letras emborronadas en el fondo, junto a sus pies. Mojado y con los ojos abiertos, él era otra historia cíclica en un idéntico escenario. Le volvía a aterrar no oír un ruido. El silencio le servía la duda y no creía a su aliento desajustado. El mutismo prolongándose evidenciaba la prisa nerviosa de su corazón. Al despertar, la circulación daba vueltas alrededor de un desagüe.

A ella le sobresaltaba un pestañeo, le enloquecía la pesadez del sueño sobre su cabeza y contaba los tornillos que sueltos bailaban en una línea imaginaria entre sus dos duras y diminutas orejas. Untababa mantequilla en rebanadas de pan blanco. Hervía agua y se arrugaba una bolsita de té. Dormía en lo alto de una rama con el imperceptible vaivén que marcaba su peso y el viento. En el bosque vivían abiertas todas las ventanas. No recordaba que una vez sus dedos bajaban las persianas para convertir el movimiento del aire en una suave brisa. Había poca altura en las almohadas y sentía frío a ras del suelo. Alerta, nunca permanecía quieta más del tiempo innecesario. Abstracta, mojaba sus ocho mechones de pelo con saliva, descubría su nariz afilada, y comía animales olvidados y sin un halo de respiración. Acto seguido, soñaba que, despierta, alguien le abrazaba.

Arrodillado, escondido, él prendía fuego a la única rama de madera seca que había sobrevivido bajo la hierba durante aquella lluvia torrencial. El papel se había arrugado y oscurecido. Tormentosa. Ensordocedora y esperpéntica. Mojado él, desayunó la piel dura de un melón seco que no mordió, y bebió agua acumulada en la bañera sin saciar la sed cuando aún la barba le goteaba en sus rodillas. Crujían los huesos de sus dedos de los pies y torcía el gesto a un lado y a otro. El humo le delataría. Alguien abrió una puerta y el vaho decidió estrellarse en la ventana.

-Amo el ruido de tus pies.

Su voz era tan grave como la extrema delgadez oscura de sus mejillas. Las palabras parecían rasgar los dientes al tomar contacto con el exterior. Olía a una toalla húmeda olvidada en el armario. Él giró el cuello tan aprisa cómo sus oídos dejaron pasar la primera vocal y el cerebro pudo reaccionar. Ella estaba de pie, a medio metro del suelo y con el gesto helado. Larga, él sintió paz al tener sus ojos volcados sobre los suyos. Aquella era la primera vez de un día cualquiera.

-¿Dónde están?

-¿El qué?

-¿Mis pies? -Preguntó él.

-En el suelo.

-¿Y los tuyos?

-En el aire.

-Tengo una respuesta más acertada…

-Pasan más tiempo en el vacío que en cualquier superficie.

-¿Y sólo el ruido?

-Sí. Tengo miedo al silencio de los zapatos.

-A mí me aterra la tortura insoportable que supone el acto de atarse de los cordones. -Con los dedos pulgares juntos delante de sus ojos simuló estirar un hilo imaginario-. ¿Has visto algún zapato últimamente?

-No. Aún no.

-Búscalo.

Lejos, desconociéndolo, cada vez más cerca, me encontré a mí mismo. Equilibraba en vertical con los brazos en cruz fuera y dentro del agua. Aviones en el aire esquivaban una explosión mutua en el mismo espacio. Espuma de jabón alineaba el cielo. Pájaros daban vueltas en un orden imposible, y una y otra vez completando un mismo recorrido, a ras del agua, a similar velocidad y sin jamás llegar a tropezar. No lo creí. A veces caían plumas. Digerí algo de certeza. Mastiqué la densa soledad. Vomité. Los pájaros continuaban encarcelados en su círculo. Buscaban dar caza a un pez que nunca asomó su cabeza. Tal vez bajo el agua los animales habían olvidado volar. Pensé en mí. Añadí nosotros. Habían transcurrido horas desde que él había muerto, él no era yo, y por alguna razón el mar no apartaba el cuerpo de mi lado. Lo cosía a mí como el peso de una culpa. Dolía su cercanía. Le empujaba y regresaba. Molestaba su presencia. Él no era ella y tampoco sabía quién era. Los dos aparentaban ser uno mismo. Lejos, aturdían aquellos pantalones de línea diplomática entorpeciendo la inocencia del mar, desdibujando su monotonía. Oía motores imitando cualquier vida anterior. Iban y venían. Y otra vez un cadáver a mi alrededor. El cuerpo había perdido el color que tal vez pagó a cómodos plazos y no había rastro de la finura inicial de sus labios que parecían alcanzar un arte artificial. Pasé la lengua por mi boca y pude dibujar a la perfección el mordisco. Dientes apresurados que nunca vencieron su ansiedad. La herida no sangraba aunque escociera. Exhausto y despreocupado, yo me concentraba en el redondel que perfilaban las aves sobre el mar. No entendí el peso de mi ser a flote. E inexplicablemente también, lo lograba sin una ligera angustia. Era innumerable la distancia a mi alrededor y era un bizcocho de limón en el horno con un yogur vacío sobre una mesa de madera lo que una y otra vez pasaba  dentro de mi cabeza como única imagen. Dormido o despierto, bailaba a expensas del movimiento natural del planeta, sin descanso, entregado. Era confortable ver tanta ausencia a mi alrededor. La falta de inicio y fin de escenario y la escasa importancia del protagonista. Aviones desaparecían y sólo quedaban carreteras en el cielo. El papel de una página mojada acarició mis dedos. Después, nada. 77. Cerca, no lo sabía, pero ella continuaba vigilando el mismo ruido de las hojas de los árboles que yo odiaba. El mismo ruido de las hojas de los libros; silenciadas. Deseé una voz. No oí cómo ella emitía un grotesco sonido mientras masticaba la piel de un mono muerto sobre lo alto de una gruesa rama. Él aún no conocía lo que ella quería, tampoco él sabía qué quería. Ellos decían ser lo que querían. Todavía no había una sola llama de fuego bajo ningún dedo. Frío. Todas las ventanas permanecían abiertas. Ella sólo quería observarle a él. Él quería tocarle a ella. Mis pies caminaban despacio ante el vacío imperturbable de sus ojos.

-Introduce tus dedos.

-Los devorará.

-Lentamente, como si tuvieras miedo a romper la quietud de un flan recién hecho y húmedo sobre un plato blanco de porcelana.

-¿Y después?

-Rema despacio sin que las olas lleguen a romperse.

-Es imposible.

-¿Hueles?

-Es caramelo.

-Es hierba húmeda, ramas crujiendo bajo nuestros pies descalzos, es pelo mojado enredándose entre tus dedos, son animales muertos desapareciendo bajo la tierra.

-¿Y después?

-Tal vez el amor durante un tiempo.

Su cuerpo se irguió lentamente y las dos cabezas quedaron mirándose como incompletos seres humanos a medio metro del suelo. Desconocidos, arrodillados, trataron de leer los párrafos que se tecleaban veloces en el reflejo de sus ojos. Las uñas hacían un eco desagradable en los botones existentes. Ella abrió los dedos como una flor despellejándose ante el sol, y la oscura, áspera y enorme palma de su mano cubrió la cara de él hasta brindarle una intensa ceguera. Los mismos dedos resbalaron, él no abrió los ojos, ella se colgó en sus labios, secos, húmedos, blandos, duros junto a la mandíbula, y cuando la despegó, lamió la saliva que aún quedaba en la yema de aquellos mismos dedos.

-¿Quieres tocarme?

-Empezaré por los huesos que dan esa extraña forma a tu cara -dijo él sin mover uno sola parte de su cuerpo.

-¿Y después?

-El cuello.

-Estás empapado.

-Y asustado.

-Estamos solos.

-Estoy hambriento.

-¿Aún quieres hundirte?

-Y comer.

-¿Te gustan mis pechos?

-No los tocaré.

-Separa tus manos de las caderas y pon su peso a ambos lados de mi cabeza.

-¿Y el pelo?

-Introduce tus dedos.

Él estuvo inmóvil. Creyó que si la tocaba desaparecía. Sostuvo su posición firme. Era un lienzo de dos colores maquillado a cuchilla, era duro, áspero y espeso. Ella balanceaba su afilada nariz sobre la suya, alejándose y acercándose, pero jamás permitió un rocé. Nadie tenía un reloj en aquel círculo salvaje. El agua caería al anochecer. Los árboles comenzaron a agacharse y la oscuridad quedó sobre la acera, e imaginando una puerta cerrada apareció un invitado rechazado. En algún lugar alguien partía lentamente, y con mimada suavidad, un pedazo de tristeza que después nadie tuvo valor de masticar. Los dientes emitieron otra inventada sonrisa. En el aire, pinchado por el tenedor, el horror quedó en aquel limbo inconcreto y falso. Nadie era alguien y todos creían ser sí mismos. Él no aprovechó sus posibilidades de movimiento, ni una aparente respiración, y su cuerpo, como la bañera, comenzó romperse sin deshacerse. Sus dedos tensos, duros, pequeños, finos, gastados y sucios continuaron junto a sus propias nalgas. Ella sí lo hizo. Posó sus manos sobre la tierra, la azotó, sonó la hierba, crujieron sus rodillas, y cuando estuvo de pie, su pubis quedó a la altura de sus labios cerrados.

-¿Oíste?

-No.

-Alguien respira.

-Huelo a caramelo.

-¿Y oyes el silencio de los zapatos golpeando la tierra?

Los pies pesaban sobre la arena y había sangre en mis zapatos negros. Respiraban. Fuera y dentro como el sexo liviano sin un final aparente, sin un gemido advirtiendo, sin los dos y con ellos en el mismo espacio y tiempo, y en cambio, roto el hilo emocional. Dentro y fuera, el agua enrojecida emergía, escalaba entre los cordones, y la que lo lograba, escapaba, huía apresurada, castigada y torturada, y al saltar y hundirse en la tierra, oscurecía de manera difusa el desfile que las pisadas dejaba a mis espaldas. Reparé en la mancha alargada que interrumpía el rosa palo de mi corbata mojada. Pesaba como una cuña de plomo. Acaricié el relieve con el pulgar y recordé que era mostaza de una salchicha poco hecha, delgada y sabrosa. Mis pies calzados mantenían el empeño y caminaban. El bosque ponía límite al frente. Atrás, el cielo sujetaba el mar. Sin rastro del cuerpo. Junto a mí, un cubo de pintura imaginario y agujerado marcaba mi rastro gota a gota. La gota fueron gotas, engordaron y fueron charcos, crecieron y dieron sus primeros pasos, bailaron sin cogerse de la mano, y uno tras otro gritaron y corrieron desesperados queriendo evitar que escapara sin vida mi corazón. Alguien puso demasiada nata montada a aquel plato de fresas. Apenas pude ver sus tetas. Mi cuerpo había perdido el sentido, la orientación, la consciencia y la verticalidad. Derrumbado ante un listado de árboles que acordonaban la oscuridad, el mar tan sólo se hizo notar con un sutil silbido que ni siquiera se esforzó en entonar. Allí también vi una bañera durmiendo en el refugio de una sombra delimitada. Bajo la tierra había un murmullo atronador de pasos.

-¿Nos iremos de la mano? -Pregunté.

-Antes he de bajar las persianas y apagar los teléfonos, desenchufar los aparatos eléctricos, mirar en cada uno de los cajones, hacer la cama y terminar el café que tengo aún caliente sobre la mesa.

-¿Luego me cogerás la mano?

-Las escaleras son estrechas y llevo sandalias de plástico.

-¿Y en la calle?

-Ahora no sé dónde he puesto las llaves.

-Sobre el tanque de la taza del váter, ¿recuerdas? Dijiste que sí a la segunda cucharilla de azúcar, moreno, dijiste que sí a que le diera vueltas con la misma cucharilla que yo había chupado, te bajaste las bragas y las dejaste a la altura de las rodillas, después, soltaste las llaves allí detrás, segundos antes de romper el papel higiénico.

-Me observabas…

-Siempre lo hago. Si dejo de hacerlo me desoriento, me derrumbo y desaparezco.

-Esa corbata rosa no te favorece.

-Hay bebidas de primavera que apetecen beberse en invierno.

-¿Por qué tienes esa cabeza?

-Porque aún no me lavé la cara.

-Sabes de sobra que los jabones ya están en las maletas, pero no, hablo de tu memoria…

-Echo de menos ser salvajes.

-Nunca lo fuimos… ¿Por qué?

-El pensamiento nos domestica…

Había periódicos de dos años escondiendo las paredes. Ella los había unido con celo transparente que yo había cortado con los dientes. Había titulares neutros y espantosos. Fotografías de rostros desconocidos y entristecidos, coches y aviones rotos, deportistas y políticos. No encontré muchas sonrisas. Tampoco palabras alegres que a uno gusta repetir con plenitud. Había trece cajas de cartón apiladas una sobre la otra, enumeradas y nombradas, repartidas en dos columnas y acomodadas en una esquina, ambas a dos palmos del techo. Allí no entraba el sol. La única mesa del salón sostenía un desayuno acabado y una taza con un café templado. Las dos sillas estaban una frente sobre la otra y vacías. Una sábana roja tapaba el sofá de dos plazas. Desde hacía tres días no había televisión, no había música, tampoco un calendario que nos dijera cuándo, dónde estábamos, hacia dónde íbamos. Nunca imaginé que la ausencia fuera un presagio de todo. Ella miraba por la ventana abierta. Yo le miraba el pelo recogido que escondía mis labios en la largura de su cuello.

-¿Me cogerás de la mano?

-Caminan cada vez más deprisa.

-¿Vas a escuchar alguna de mis palabras por un  momento y dejarlas acomodarte, al menos, aunque sólo fuera al menos dos de tus valiosos segundos, y allí, en tu ocupada y egoísta cabeza, descifrar su significado y responderme?

-¿Pensar?

-Atención.

Ella bajó las persianas con prisa poniéndose de puntillas para echar un último vistazo a la calle. La luz fueron cajitas alineadas en los periódicos. Las personas caminaban por las aceras, ordenadas, con destino y origen, con inicio y final, los coches rodaban por la carretera, con punto de origen A y punto de destino B, con arranque y apagado, y consecuente solución matemática. La oscuridad en el salón comenzó a cojear. Ella no soltó la correa.

-¿Cómo sabes qué hay un final?

-Cuando el silencio es un ruido insoportable.

 

El mar había empequeñecido. Cuando descolgué mi zapato herido, un corte profundo atravesaba el calcetín y dividía en dos el empeine. Observé el zapato y vi el roto. Mi brazo se descolgó del hombro y no dolió. Caras repetidas giraban a mi alrededor tras un mismo dedo acusador. Los cordones estaban intactos. El mar no quiso acercarse. Dientes alineados sonreían golpeándose constantemente creando un chasquido espantoso. Yo analicé la herida desde la distancia y la dejé marchar. Si alguien había hablado de un final, supe que allí tenía un gran comienzo.

No había rastro de aviones. Eché en falta los pájaros. El cielo escaso pero limpio anochecía estrellado. Golpeé la suela del zapato con la bañera y vi una mancha azulina entre las olas. Supuse que el traje de línea diplomática me había localizado. Estaba vacío. Pensé en lo importante de la alimentación. No oía un sólo pájaro. Hojas y pasos. Un insoportable y aterrador ruido de pasos descalzos crujiendo sobre la hierba. Animales. Los seres humanos acostumbraban a ensordecer los paseos ajenos. Caía tierra. Alguien ahogaba el interior de mi zapato y a mi lado se elevó una teta enrojecida en el suelo, insinuando con descaro a mi otro solitario zapato. No despegué el calcetín de mi pie herido y apoyé mis manos sobre la bañera para no perder la conciencia. Ni siquiera el mar quiso acercarse. Había olvidado la orientación del sol. Tuve la sensación de que a alguien acobardé. Perdí el sentido y hubo un grupo de ciento treinta niños con tambores de madera colgados en las barrigas que tocaron una sórdida canción. Ella y él habían desaparecido.

-Es…

-Somos.

-¿Él?

-No. Saca tus dedos.

-¿Ahora?

-Despacio, como si quisieras huir lentamente de una casa ajena con el suelo de madera. Caminas de puntillas hacia atrás… ¡Que no cruja una sola tabla!

-Me enredaré en tu pelo.

-Y vigila los jarrones caros.

-Los he memorizado al entrar. -Los dedos comenzaron a salir con suavidad.

-Me gusta cuando te vas.

-¿Más que cuando vengo?

-Vayamos.

¿Hacia dónde?

-Hacia él. No. Mejor alrededor de él. Caminemos deprisa. Enloquezcamos hasta que desconozcamos el lugar real hacia dónde vamos, y olvidemos por completo cómo y de dónde venimos.

-¿Quién es él?

-Nosotros. Lo que él quiera que nosotros creamos que es. -Ella clavó sus uñas en la corteza seca de un árbol y desapareció.

-¿Qué es?

-¿Querrás volver a tocarme? -Preguntó su voz.

-Sí.

-Estoy hambrienta.

Cuando sus pies descalzos estallaron sobre la arena, los cuerpos desnudos comenzaron a llenar de sombras su alrededor. Él supo que ya no era él, que ella no era ella, que nadie era nadie, y sin embargo, aquellas cabezas enseñando los dientes sobre el cuerpo tumbado, estaban allí.

Había elegido un vestido rosa lleno de flores amarillas que apenas le dejaban a la luz los tobillos. Ella sostenía una servilleta manchada de mostaza entre los dedos. La temperatura era elevada. La ciudad soportaba la lluvia mientras las piedras comenzaban a desvanecerse como la pintura de un lienzo. Pestañear devolvía la normalidad. Las aceras tornaron de colores y nadie prestó atención a los inmensos arcoiris que rompieron los pasos de cebra. Abrieron los ojos. Los coches aceleraron sin llegar a provocar un accidente. Yo busqué su mano, vi un papel arrugado bajo ella y me acerqué con cautela. Estiré mi brazo, ella había resbalado y vi su cuerpo deslizarse calle abajo. Los peatones no nos mirábamos. Sólo pude articular un sonido cuando él pasó su brazo por delante de mi cuello y apretó con fuerza. Grité de manera tendida y seca mientras veía la desaparición del vestido amarillo entre la paleta de colores en la que se había convertido la ciudad. Pestañeé. El cuchillo respiraba bajo mi voz, tan muda como húmeda.

-No respires.

-Lo intento.

-No lo hagas.

-Si lo hago moriré.

-Lo está haciendo todo el mundo, lentamente, deprisa, inesperada o irremediablemente. La vida muere, porque si no lo hiciera nadie continuaría con vida.

-¿Quién demonios eres?

-Yo. Tal vez tú.

Sus dedos gruesos cogieron mi muñeca con una fuerza endemoniada. Tiró de mí. Seres humanos golpearon sobre mí. Vi ventanas llorar. Vi puertas derretirse como un cubo de hielo al sol. Pestañeé.

-¿Sabes que la respiración también circula por mis brazos?

-¿Cuánto tiempo hace que no escuchas la realidad? -Preguntó sin aflojar la fuerza de sus dedos en mi muñeca ni el cuchillo de mi garganta.

-Desconozco el significado de verdad. La realidad quizá es la efímera forma de un helado fuera de su hábitat natural, como cualquier ser humano.

-¿Nos derretimos?

-Nos arrugamos ante lo desconocido…

-¿Y escuchar? Su voz, no lo que dice. Su respiración, no el aliento. Su aroma, no su olor.

-¿Quién eres?

-Tú.

Le vi. Mintió. Apretó sus dedos y retorció mi brazo. Desconfié de la oscuridad artificial de su piel, la aparente calidad de su traje gris, y busqué distancia entre él y yo. Le miré a los ojos y vi que vestía un hermoso traje con raya diplomática. Recordé el espejo de mi habitación. Le inventé la voz cuando estuvo en silencio y entonces pude respirar.

-Somos incompatibles con demasiados entornos…

-¿La naturaleza?

-La compañía.

Cuando escondió la mano en el bolsillo di un paso atrás. Cuando acercó su boca a la mía mordió mis labios y yo le empujé, la acera se hundió como si peleáramos en el interior de un reloj de arena. Quise saber el día y el mes, pero lentamente todo estaba desapareciendo. La ausencia no me angustiaba, me calmaba. Cuando el agua nos hundió, dejé de escuchar la realidad.

Dientes. Personas que conocía o recordaba y no sabía cómo ni porqué. Ojos que había visto. Mechones de pelo. Dientes que había oído masticar. Seres humanos que estuvieron junto a una silla. Trozos de nariz que descubrí en un andén. Orejas que nunca vi en una butaca de cine. Estaban allí, enseñándome los dientes, limpios y afilados bajo su piel oscura. Ella tocaba a él sin despegar los pies de una rama débil e inestable. Él le hacía el amor sin tocar su piel. Ella ansiaba su tacto. Él permanecía con las manos pegadas a la cadera sobre lo alto de la bañera y mirando el vacío. Y caras. Todas las caras. Cuerpos deshechos, distintos rostros riendo, y yo ensombreciendo mi cuerpo desvestido, molestándome el sonido atronador de cada uno de mis pasos. Ella apretaba su pene, él metía los dedos en su entre pierna y jamás le tocaba. El traje apareció muerto y seco al final de la orilla. Nada de aquello realmente sucedía. O sí. Había un lago de sangre entre mis pies y una orquesta sinfónica de dientes.

-¿Es la muerte?

-No estamos vivos. Nadie lo está. Él no se mueve delante de mí, yo no saboreo la pieles de los animales muertos que me como y desconozco el ruido que oigo de manera insoportable constantemente.

-¿Dónde estoy?

-Inventamos lugares para no enloquecer. Inventamos personas para sujetar una realidad, nos inventamos a nosotros mismos para no ser lo que somos.

-¿Y el mundo?

-Un lugar increíble en el que creemos porque nosotros mismos lo inventamos.

-¿No existe?

-Vemos lo que somos.

Fue de rama en rama como un mono. Los siete mechones de pelo se movían como látigos castigando esclavos. El viento tiró todas las hojas y la superficie conocida desapareció. La cama medía en centímetros la distancia de la tierra. Cerré los ojos y el dolor me ahogó. Descalzos. Un movimiento ensordeció una cruel canción a mi alrededor. Tambores otra vez. Ella masticaba un sandwich de pan blanco untado con mi densa ansiedad. Y mantequilla. Las cajas rotas estaban derrumbadas. El yogurt de limón y tetas enrojecidas. Me arrastré y no me moví un centímetro. Nadie me tocó. Dientes advirtiendo. Pies bailando. Ojos sonriendo. Él no sabía que era él; yo. Ella no sabía que era ella; yo. Nadie sabía quién era yo y nadie más había alrededor. Desorientado, el silencio nunca fue un desnudo tan completo. Cuando abrí los ojos, la puerta del baño había cedido, pero no pude ver jamás otro pájaro volar. La bañera se desbordó y flotó la alfombra. Ella, descalza, era un pez bajo el agua que no sabía respirar. Había perdido el vestido rosa de flores amarillas. El traje estaba ahorcado en el balcón e imaginé el silencio de mis pies en el aire. Ella era él. Él no era ella. Ambos fuimos los dos. Ninguno de los dos.

FOTOGRAFÍA: Deb Schwedhelm

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