Retorcido

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Servía leche fría en un vaso largo y limpio de cristal mientras me embadurnaba el ano con una densa y suave crema que había untado en sus largos dedos. Una nueva mañana con los mismos parámetros, sobre un mismo tiempo y similar escenario. Sus uñas amarillas con purpurina tintinearon en el cristal. Eran uñas afiladas y postizas. Y sin embargo, el movimiento hacia arriba y abajo lo completaba con excesiva suavidad. Era un cosquilleo retorciéndome el vientre. Lo tenía mojado, alguien escribiría húmedo, limpio, abierto, aún estriado, enrojecido, y si aquel pequeño agujero tuviera un pensamiento, sería abstracto y atormentado; terrorífico. La respiración de mi organismo gateaba en un denso conducto de aire donde la única fragancia era limón. Sostuve los ojos entrecerrados y estrellados en el techo, en las caracolas de colores que adornaban el papel de la lámpara de aquella estrecha habitación. Su forma era la de un pezón o media campana. En una cama desmenuzada de exageradas dimensiones, donde las mesillas chocaban con las paredes y la puerta amenazaba con golpear cualquiera que fuera el objeto que estuviera a su paso, yo trataba de evadirme con el efecto desaparecido de la cocaína. Ella bebió leche y vació medio vaso. Después me lo cedió. Tragué, no saboreé. Había una intranquilidad que la provocaba el olor a lirios disecados que siempre hubo sobre la mesa de la cocina. Cocina de color sepia. Ella en el color chillón del siglo veintiuno, veinte años después, repetía sus caricias en la oscuridad de mis nalgas iluminadas. Me dormía su delicadeza pese a que en sus dedos vi la serenidad de un profesional que colecciona víctimas. Rose hundió su cabeza y apartó mi pene, apoyándolo aún erecto sobre mi ombligo. Mi ano mantuvo la calma, como en un atraco ante un revólver y con las manos alzadas; vendido. Si gritara lo haría en silencio, como un ave que aparentaba el sosiego ante el inminente desplume y degüelle. En ese instante, ante el hecho inmediato, oí la respiración agotada de mi cuello sobre la almohada, terso; y vi mis piernas elevadas, separadas, sobre sus hombros, con los brazos abiertos y asustados y sujetos a la sábanas amarillas y ásperas que cubrían un blando colchón. La excitación sobre mi ombligo, sin motivo, había desaparecido.

Al decimoséptimo día no hubo una gota de sol. Los puentes continuaban con su afán de ser testigos. Nada más. Dejaban pasar. Me vi escondiendo anillos de oro en los bolsillos. Príncipes y princesas cruzando ríos que no detuvieron jamás su incesante camino. Y yo, sumido en aquellas reflexiones, con once años, de estatura corta, delgado, ojos claros, pelo castaño, corto, liso y despeinado, sentado en el asiento trasero de un taxi y dando la espalda a la ventanilla, a las calles, a los edificios, a la ciudad, a mí. Ahí arrancaba mi consciencia vital sin siquiera una adolescencia que apretar, olisquear o saborear. Y por alguna recóndita razón, siempre iba a ser como aquel lluvioso día de Enero. Mi vida conducida a merced de los acontecimientos ajenos. Llevada, como el río que marca el paso a capricho de la lluvia. Empujada a voluntad del ímpetu que nunca tuve.

Al decimoséptimo día el castigo era una penitencia interminable y ya había escrito la misma frase en un mismo cuaderno de líneas azules dos mil quinientas cincuenta y ocho veces. Mamá sonreía al ver aquella obra de arte minimizada. Lo cerraba, lo tiraba con orgullo sobre la mesa del profesor, y con decisión cogía mi muñeca y comenzaba a caminar sin oírsele un gemido. Le obligaba a que tirara, al esfuerzo, y cuando le dijo al conductor la dirección exacta en la que se encontraba nuestra casa, y me liberaba, esbozaba una interminable sonrisa mientras yo dejaba que quedara claramente a la vista mi piel enrojecida. Ella preguntaba qué edad tenía. Yo no respondía.

De mamá recuerdo que no me dejaba desayunar cereales y me amontonaba una torre de galletas junto a un vaso de leche con cacao. Sin remover. Pensé en las galletas rotas en la mochila que apretaban mis pies. A mis once años supe que siempre sucedería.

-¿Quema?

-Tienes cinco minutos.

-¿Dónde, mamá?

Soltó el plato en el fregadero. Tambaleó pero no se rompió. El agua continuaba con fuerza cayendo desde el grifo. Dudó el gesto retirándose tan sólo la manga derecha del guante de goma. Después, lo volvió a estirar.

-Tú no pierdas de vista el reloj. Y desayuna.

Lo hice.

En lo alto del pupitre tambaleaba mientras acomodaba mis pies descalzos entre un libro abierto, un cuaderno cerrado y un estuche desordenado, y al mismo tiempo, con suma concentración, observaba las agujas del reloj blanco con números romanos que quedaba sobre la mesa del profesor. Con un vestido azul que alineaba las uñas de mis pies repetía un mismo estribillo que apenas tenía una sola de las rimas que habíamos estudiado en aquel trimestre. Vi, lejos de mí, desde algún punto inexacto de aquel aula, a mí mismo, por primera y única, actuando por voluntad propia, con ímpetu, sin un pensamiento de cobardía, sin temor a las consecuencias. Allí estaba bajo los focos de las voces, entre el ruido de los ojos y la asfixia de los dedos. Allí yo era un chico que desconocía, y, sin embargo, que admiraba con su corta estatura, y su cara de estúpido sobre un diseño de poliéster pobre y con excesivos metros de tela.

Había siete ventanas en el aula, dieciocho mesas, treinta y seis sillas, y dos pizarras verdes en las que aún podía leerse el último problema matemático que Roque había escrito con desacierto. No bailé, tan sólo ladeé mi posición a un lado y a otro, para que las palabras que salían de mi boca danzaran en el aire. Tampoco canté, desafiné. Al tercer verso comencé a desabotonarme uno a uno los botones que caían desde mi pecho hasta la cintura. La última vocal del alfabeto se acompañó de una hache muda y embadurnó el aire. Jamás tanta suciedad me produjo tanto placer. Oírme tanto entre tanta gente me obligó a asumir que el adverbio tanto había adquirido el significado de demasiado. Tantísimo. Y en aquel exceso, no había nada de desacierto. Hubiera guardado cada uno de todos aquellos inocentes, incluso felices ojos que, desde el suelo, me señalaban. Aplausos. Silbidos, gritos, abucheos. Todos ellos conmigo en una caja enorme de cartón que quedarían en el fondo de la parte baja de un armario para que con edad, algún día, pudiera alimentar con indigesta realidad mi memoria. El cerebro y su necesidad de objetos. Eran quince minutos de fama. Si bien, cuando el minutero aún no había alcanzado el número doce, una mano enorme masculina desequilibró mi espectáculo, resbalé, caí sentado con el vestido ya en las rodillas, y por primera vez, un silencio abrupto me desconcertó.

Era el decimoséptimo día y el pelo ardía en la espalda, roto o caído y mojado. Algo extraño quemaba y pensé en las largas velas que temblaban en las dos mesillas. Había sangre en la almohada, apenas podía respirar y las uñas amarillas de sus manos no entendían la uñas de mis pies, cortas, mal recortadas, incluso sucias, y que al moverse inquietas rasgaban las sábanas. Rose abrió la puerta y golpeó mis zapatos. Lo hizo como cada mañana que allí dormía, a idéntica hora. Completó el mismo recorrido, corrió las cortinas, abrió las dos ventanas y me miró a los ojos. En aquella ocasión y, por primera vez, vi en sus ojos falta de compasión. Pensé en el decimoséptimo día.

-¿Has oído alguna vez cómo suenan las pisadas de una sola persona en una cueva mojada?

-¿Qué siente uno?

-Las gotas del techo impiden escuchar el camino.

-¿Placer?

-Placer. Uno lo hace siempre por placer, no hay más motivo.

-¿Y el dolor?

-El dolor es en sí mismo es una manera de placer.

-Me gusta cuando se me cae un diente.

-No es comparable.

-No me gusta el dolor de cabeza.

-El dolor siempre nace en la mente. Lo psíquico informa a lo físico.

-Si me clavas un cuchillo en el pecho, ¿Quién se enterará primero, mi cabeza o tu corazón?

-Podemos comprobarlo ahora mismo.

-Me fascina la sangre goteando cuando se abre un corte en la piel y cae apresurada desde uno de nuestros frágiles dedos.

-Basta una tirita.

-¿Te pondrás preservativo?

-Perderemos sensibilidad.

-Hazlo con sensibilidad.

Rose era una mujer de corpulencia grotesca, habitualmente desnuda y con los hombros y los brazos cubiertos por un largo abrigo de visón que iluminaba la dimensión de sus ojos. La frente amplia, arrugada. Posó el mismo libro de carátula roja que yo leía sobre la cama, y con sus dedos calientes, me acarició los pliegues del ano, como si dibujara un camino. Fría. Húmeda. Acto seguido, leyó con voz firme y pausada mientras comenzaba a masturbarme. Su pene empezó a romper el orden de su bata que le cubría las piernas. El aire, el tercer capítulo, con sus dedos estrangulando mi respiración, y detenidamente, un dolor exquisito adentrándose bajo mi erección.

Era una silla antigua, pequeña, oscura, endeble y tal vez única. Única porque en ella estaba ella, con los ojos marcados e iluminándome la mirada, y con los labios rectos y aparentemente  incoloros. Continuaba muda, impaciente e exhibiendo paciencia. Yo en cambio, sabía que los pasos, dieran hacia donde se dieran, eran incorrectos.

La incorrección la acepté en la lluvia temprana en aquella vacía habitación de un hotel de diecisiete plantas. Recordé los días, las casualidades y el asiento de atrás, una vez más, dejándome llevar sin plantar una sola palabra que declarara mi voluntad. En la ventanilla hubo una rebanada de aire enfriando la continuidad. Después, vi el desacierto en aquella canción que decía la misma frase en el despertador. En la precisión del ser humano para detener los instantes y convertirlos en hábitos. Vi la normalidad digerida. Aquel jersey gris con un gorro colgado cada mañana sobre el pomo de la puerta. Los dos. Ella sobre mí, yo sobre ella, ella debajo de mí, yo detrás de ella, ella delante de mí. El café, con y sin leche, la manzana roja entre sus dientes, la manzana verde troceada entre mis dedos, y los autobuses de azul desde el mismo destino con los números quince y dos. Los dos.

-El diecisiete de Julio.

-Es miércoles. Mis padres, mis amigos, tus amigos, nadie puede asistir nunca un miércoles a ninguna parte.

-Nadie, nunca, ninguna… ¡Déjame que respire!

-¿Es que hay veces que no lo haces?

-Hubo veces…

Los dos equilibrando en la misma cuerda de la vida. Y si nadie salta, el destino se imita. Se repite. Paralelos. Espejos. Y no lo hicimos. Continuamos por la línea. Lo hizo. Lo hice. Hicimos. El veintiuno, un domingo, cuando todos siempre pueden acudir a cualquier parte. Los ojos hinchados de mamá ante mis labios y sus dedos. Y los dos abrazados sin oírnos siquiera respirar. En la silla, ella tan blanca, yo tan oscuro, y cuando me fui, pensé en el barro de la lluvia y la comodidad interior de cualquier otro asiento de atrás.

A mamá no le gustaba que hubiera una sola arruga en el mantel rojo durante las fiestas de Navidad. Asaba el cordero en una fuente de barro con dos líneas irregulares pero perpendiculares que parecían partirla en dos. Una crucifixión que aparecía en el mismo momento que papá pinchaba con el tenedor sobre las patatas. Tenía una mancha ante mis ojos. Era de vino tinto. Mi hermana apenas podía sujetar la copa que calentaba pegada a su pecho. El corazón siempre valiente y con prisa con el alcohol galopando en la sangre. La mancha, la arruga, el cordero, las velas, la música, el color desentonando en una esquina del salón, y lo injustificable. Cuando mi dedo se hundió en la gota de vino, papá me partió un labio, un diente, y la sangre amarga se deslizó sobre mi lengua. Las voces, la luz, el silencio, la oscuridad. Me vi en el espejo aquella noche, desnudo, con el vestido roto entre los dedos, el pelo liso, los ojos caídos, la voz tenue, y la inseguridad que apaleaba llevar aquellos tirantes verdes sobre una camisa blanca apretando hasta hundirme los hombros. Aún seguían tensos sobre el respaldo de una silla.  Dormí con el corazón en la cara. Después, no comprendí que bajo la almohada un ratón comprara dientes de leche.

El golpe, antes de aparecer, sé hoy que fue el primero en acomodarse en una de las dos sillas del salón la noche anterior. Las vi a ellas, inertes, enteras y limpias desde la cocina mientras yo sostenía una galleta entre los dedos. Quieto e invisible no vi la amenaza. Las dos sillas. Aquel vacío pesaba. Sonaron las palabras, todas y cada una de ellas, las más idóneas, las que dichas de una sola vez tenían todo el acierto y la certeza, pero sobre todo, convinción. Imaginé mi nombre en mayúsculas, iluminado y con letras muy grandes. La cola tornaba la esquina. La emoción, el ansia, la excitación. Todos y cada uno de los billetes vendidos y enumerados. El caos ordenado, y sobre el escenario mamá se había pintado los labios por papá y papá se había afeitado por mamá. Yo me había puesto el pijama para incitar el sueño. Al sentarme hundí los ojos y escupí un bostezo. El telón huyó. Después, el vestido azul echo jirones cayó sobre la mesa de cristal del salón.

-¿Recuerdas cuándo te bañábamos? -Preguntó mamá.

Asentí con duda porque el recuerdo llegó sin enfoque. Levanté el pie, pero no di un paso porque no sabía el camino hacia el que me empujaba la pregunta. Ella se sentó, cruzó las piernas y buscó a papá que no prestaba atención. Ella le sonrió, pero no sostuvo la mueca más del tiempo necesario.

-¿A qué jugabas?

-¿Queréis que vuelva a bañarme?

-Había barcos, coches, el lagarto verde que ahogabas con ambas manos… Y luego papá entraba contigo en el agua, te salpicaba, te lavaba la cabeza… ¿A qué jugabais?

-¿Nos bañabamos?

-No. -Tornó hosca.

-Sí.

-¡No, cariño! Os tocabáis. ¿Recuerdas?

-¿Qué?

-Nos movíamos el pene bajo el agua. -Intervino papá.

Me levanté como si alguien hubiera apretado el gatillo y yo fuera la primera bala, la perdida y sin víctima. Pero no lo fui porque sucedió lo imposible. Papá estuvo más rápido, y no abandoné el cañón. Cuando puso la mitad de su peso sobre mis hombros volví a caer en la recámara. Sentado, sus ojos engrandecieron hasta borrar incluso el trazo de los segundos planos.

-Lo que mamá quiere decirte y no sabe cómo…  ¿Te has vestido de niña en el colegio?

-Sí.

-¿Por qué?

-Me gusta.

-¿Te gusta llamar la atención? ¿Te gustan los vestidos? ¿Qué es lo que te gusta?

-El vestido.

Mamá retorció la silla. No vi el movimiento, lo oí. Papá, de corpulencia delgada y avara continuaba escondiéndome todo lo que pudiera suceder alrededor.

-¿Te masturbas, hijo?

-¡Papá!

-Responde.

-Sí.

-¿En qué piensas?

Estaba allí. Pensé que sus manos en las caderas sujetaban la espada que desenvainaría si él no digería mi respuesta. No moví los labios. Y no lo hice porque yo no sabía bien en qué pensaba. No pensaba. A veces me movía el pene con rapidez hasta ver qué sucedida. Otras simplemente imaginaba las medias de la profesora cayendo hasta los tobillos y veía cómo su pis inundaba el aula. Nadábamos en él mientras me masturbaba. Había construido el sexo en mi cabeza, y en ocasiones, las botellas de cristal se retorcían como botellas de plástico cuando eyaculaba. Agujeros. El sexo eran agujeros. Y allí dentro, en mis pensamientos, los agujeros habían acabado confundiéndose. Me gustaba ser un ser humano. Nunca supe con tanta certeza que, en ocasiones, la respuesta incorrecta era más acertada que la correcta. Y en aquella silla, una vez más, cedí mi vida al deseo ajeno. Cuando me levanté y papá me tocó el pelo, no vi el golpe, que incrédulo, se acomodaba en la paciencia.

No podía. Había perdido mi erección y me repugnaba cada trozo de tela de aquella desordenada cama. Vi la penetración salvaje en el televisor, e inexplicablemente el grito de ella en el altavoz me serenó. Ella bebió la leche fría, corrió las cortinas con rabia, y una bolsa de aire caliente nos cegó. Pulsó el botón del ordenador que reiniciaba la película pornográfica que habíamos estado oyendo toda la noche mientras dormíamos y rememoré el lirio y el semen, tan denso, esporádico o rápido, tan vivo y débil. Lo intenté, doblé la tripa y mi mano alcanzó su pecho derecho, duro como un balón de fútbol. Mi gesto despegó su pene enorme de mi ano, ella apretó su mano sobre mi respiración, hundió los ojos con furia y levantó ambas piernas. Por primera vez, sí, era un mero animal doméstico a merced de él.

En el cristal mojado había otra realidad. Ella masticaba chicle y tomaba las curvas en dos veces, golpeando el volante hasta colocar el coche en la posición idónea. Había bobinas de paja con un orden desordenado fotográfico. La niebla se arrastraba moribunda y pesada por la carretera. Cuando las palabras sonaron, no reconocí mi voz.

-Estamos heridos.

-¿Qué quieres decir?

-Somos como un edificio después de una guerra. Seguimos en pie, pero nos han quedado demasiados agujeros.

-No entiendo.

-Hablo de amor.

-El nuestro…

-El mío. Yo hablo por mí.

-Ya no me quieres…

-Alguien deberá recoger todos esos rollos de paja.

En la ventana se reflejaban sus ojos. No me había alejado en ningún momento de las gotas de agua, lentas o disimuladamente quietas. Brillaban en la ventana. Y en la siguiente curva no dio dos golpes al volante y el orden de la lluvia en el cristal comenzó a mezclarse. Frenó como si pisara con histeria una enorme cucaracha, mi nariz resbaló sobre la ventana, las ruedas consiguieron hundirse en el asfalto, las luces se rompieron como un vaso que cae desde un quinto piso, y cuando regresé a su vida, estrellados, moví el cuello y la vi. Ella estrangulaba el volante llorando hacia la otra ventana.

La estrella se fue abriendo lentamente. En equilibrio, tumbado, las sábanas fueron cuerdas en el aire mientras la mano de Rose ponía con fuerza la sujeción, hundiendo mi espina dorsal. Empujado y escondido. Ajeno y sumiso. Otro decimoséptimo día sin localizar, el mismo aula, esta vez vacía, los bancos de madera repletos, y debajo de mí, un tipo desconocido buscando la sonrisa que otros pedían. Y vi la edad de papá y mamá confusa en sus labios, atemorizados al enseñar los dientes porque podían exhalar tristeza. Y apareció un día tan idéntico al de ayer, mi mirada hundida en el cristal de aquel taxi, de aquel salón, de aquella habitación, de mi propio corazón. Las uñas afiladas y postizas tintinearon sobre la piel de mis cadera, temblaron las caracolas de colores de papel en el techo, y con suavidad hundió su pene en aquel diminuto agujero de mi piel. La estrella enrojeció, se distanció, y mi rostro lloró exhausto sobre la almohada. Ella fue invadiéndome hasta que, retorcido, sentí ser un extraño en mí interior. Al fin, era yo.

Me sentía protegido en el asiento de atrás de un taxi. Atravesaba la ciudad mirando por la ventana, sin la necesidad de frenar, acelerar, sin decidir cuando detenerme, incluso en ocasiones a dónde llegar.

-¿Ninguna parte?

-Tan sólo quiero sentarme y observar.

-Perdone la osadía, pero quizá esta estupidez le saldría más barata si utiliza el autobús turístico de la ciudad.

-Conduzca.

Las calles se sucedían y el hombre de piel oscura, ojos negros, pelo más negro si cabe, miraba cada treinta segundos por el espejo retrovisor esperando una orden. No la daba. No la tenía. Tras la ventana, los cafés, los seres humanos cada vez acercándose nuevamente al mono, caminando con el cuello encorvado, toneladas de pelo cortado a diario y caído sobre las baldosas, aquellos cuadros colgados que tanto observábamos, el ruido, la prisa, la desorientación, algún último beso, ninguno el primero, los abrazos continuados y rotos, el tráfico adelantándonos, el dinero entre los dedos manchados y el reloj apresurado en la esquina de los ojos. Yo, por una vez, sin destino, sin la sonrisa beneplácita de mamá y papá al acecho, sin Rose intentándolo, sin la habitación, sin ella en el escaparate de mi vida, y con él, la sinceridad durmiendo en lo desconocido. Me observé observando al mundo, que giraba aparentemente en una guía perfectamente engranada, sin necesidad de empuje, sin necesidad de arreglo. Rectos ante el público.

-¿Huyes?

-¿Sabes lo que significa recto en inglés?

-¿Disculpe?

-Recto.

-¿Recto?

-También.

Cuando el disco se puso de color verde, el taxista aceleró, miró en un par de ocasiones al espejo retrovisor y ante mi silencio, negó sutilmente con la cabeza y desistió. Huido. Leí la palabra en mi cabeza y no supe ponerla en mi camino.

Fotografía: Larry Clark

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2 comentarios en “Retorcido

  1. Genial relato, muy bueno, me llevó de una a la era Beat, al “señor amo” de Allen Ginsberg, muy bueno el juego del espacio-tiempo, y como poco a poco se sobrepone el relato al realismo crudo, para pasar a un mundo onírico y doloroso, que busca la identidad del “yo” de un sujeto. Muy bueno…sigo leyendo…

    • Hola, Pablo.
      No leía un comentario de estas características hace años. El lector, si hay lector, guarda para sí lo que le provoca la lectura. Para el escritor, egoístamente, es frustrante, pero respetable.
      Saber que lo que escribí coincide en gran parte con lo que recibiste, me alegra y no sabes cómo.
      Te pido disculpas por la tardanza en responder. Y espero, Pablo, volverte a encontrar, leyendo y opinando.
      Un abrazo enorme.

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