La sonrisa

Silvia-in-a-different-view-·-2012

No había oído jamás al sentido del humor, y en un trozo de hoja arrugado entre sus dedos acababa de leer la palabra risa. Algunas letras minúsculas ya no dirigían la palabra a las mayúsculas, y los signos de admiración buscaban en las estanterías la manera de esconderse en libros delgados donde fuera difícil que se acumulara el aburrimiento. Ella metía sus diminutos pies en calcetines largos de colores que cosía, todos gordos, y a la vez gastados o finos en la planta de los pies. Después, olía, bajo un gesto enorme la leche hirviendo. Lo hacía ante una ventana soleada que ella misma había dibujado sin precisión en la pared. Una vocal rodó fácil huyendo del divertimento mientras el ruido de una consonante marcaba la persecución con sus pisadas. En su avanzado olvido no lograba quitarse de la cabeza los zapatos rojos del autor de la palabra que tiritaba entre sus dedos. En la cocina, los cadáveres se ordenaban en mesas redondas metálicas que le recordaban a sartenes de veintiocho centímetros. En la calle, el muñequito verde tartamudeando continuaba aterrándole, y él decidió esperar. A la hora del desayuno, la cola en la panadería doblaba tres esquinas y una circunvalación, y aunque ella nunca estuvo allí, encontraba el pan aún tierno dentro de una bolsa de papel con asas, colgada sobre el pomo de su puerta. Eñe discutía con Doble erre, Ele besaba con descaro a Uve doble, y Hache hacía días que no le dirigía la palabra a Zeta. Felicidad, con una servilleta y dos tostadas recién hechas en el plato, cerró la agenda y se sobresaltó cuando escuchó una tos golpeando a la altura de la mirilla. Apatía, con un agudo dolor en la espalda por el resbalón inoportuno al pisar una fresa sobre la pintura blanca, contó que todas fueron las piernas apresuradas yendo y viniendo que no se detuvieron. Las letras de la risa en su papel empuñado sonrieron desordenadas.

Era una pequeña cueva, había pintado las cinco paredes de azul para no olvidar el cielo. Olvidó la tierra, los árboles y las nubes marcando el ritmo de las sombras. En una esquina, brillaba una ventana dibujada que le permitía ver su irrealidad. Felicidad era una mujer de edad pesada, arrugas pronunciadas y tetas hambrientas. Recogía su cabello denso, ondulado, y poseía una sonrisa que siempre desconcertaba a propios y a desconocidos. Olvidada, y única, un día el desconcierto desapareció porque nadie volvió a atravesar su puerta.

Vivía en el sótano de un edificio céntrico con doscientas cincuenta y una plantas. Aunque la recordaba, había olvidado el olor de la luz natural, el asfalto o las flores. Respiraba oxígeno por la rendija que peinaba entre la madera, el azulejo y el felpudo. Felicidad tenía una tabla acolchada, un retrete impecable en un armario y un lavabo en la pared del salón para lavarse la cara, las manos y las doce piezas de fruta que comía despierta. Junto al pequeño fregadero aparcaba las tres camillas, donde ponía su sonrisa a los tres cadáveres que cada mañana le llegaban por correo ordinario.

Escribió treinta y nueve de febrero y sintió frío. Después seis y treinta y seis y paladeó la oscuridad. Al levantar la barbilla contó los calcetines de colores en lo alto de una cuerda que recorría el techo. Cada mañana, a ella le parecían un poco más deshilachados, como si perdieran sangre por aquellas heridas. Clavó el aliento sobre los calzoncillos agujereados. Eran las persianas de los tres cadáveres masculinos. Volvió anotar una equis en el mes del calendario, que gordo y torcido estaba pegado en la pared, bajo la ventana dibujada.

El huevo frito crujía en la sartén, burbujeaba, y sin embargo, continuaba quieto en una imposible esquina de la circunferencia. Olía a quemado dentro del metal, y la leche, en algún lugar de su enana cocina, volvía a hincharse una vez más como un globo de plástico en los labios traviesos de un niño. Aquel hedor le atormentaba. Su corazón latía torpe. Tenía duda. Un paso adelante, dos atrás y tres a un lado. Los nuevos vendrían temprano. La entrega sería el mismo número. Aún debía envolver los últimos ya terminados. Las horas se alargaban como una goma hasta que tenían una hermosa sonrisa.

Los cuerpos aparecían cuidadosamente embalsamados poco después de las diez de la mañana, con su remite para la devolución, y el dinero dentro de un pequeño sobre amarillo. Felicidad puso el huevo frito sobre el plato y cortó un trozo de pan tierno con los dedos. Antes de untar, aquellos golpes en la puerta acompañados por una suave tos se repitieron por séptima vez. No dio un paso, pero lo pensó. Desdibujó la amplitud de su sonrisa y el humo de la taza poco a poco desapareció.

-¿Cuándo lo hiciste?

-Anoche, en una página sin numerar.

-¿Y quién es él?

-Es ella.

-¿Ella?

-Sí.

Erre se pisó los pies, perdió fuerza en la voz, y cerca estuvo de perder también el equilibrio. De puntillas intentó acercar sus labios a Uve doble, no lo consiguió, le pidió que se hiciera minúscula un instante, y accedió. A idéntica altura le pudo susurrar.

-¿Crees que podríamos ser?

-¿De qué hablas?

-De ser uno pese a ser plural.

-¿Cómo la Che, la Elle o…?

-Sí…

-A todas las excluyeron del Abecedario. Nunca sucederá. ¿De quién estamos hablando?

-Tú también eres doble…

-Dime quién es.

-Es una vocal.

Apatía decidió inscribirse en un curso de olvido en busca de la neutralidad, el origen, la bondad y el desconocimiento. Aplastado por la rutina, las obligaciones, la desaparición y las decepciones, era uno más. Ni siquiera alcanzaba la denominación de mediodre, meramente indiferente. Apresurado ante los cruces de hombres y mujeres, mujeres y hombres, hombres y hombres, mujeres y mujeres, esperaba en sus paseos diarios un roce fortuito y rasgar cualquier tacto. Sin embargo, era uno nada más. Confuso en los sueños que se le cayeron de las manos y acabaron rotos bajo sus ojos y entre ambos pies, nunca tuvo la fortaleza de ordenar que fueran barridos. Y las palabras. Las palabras gordas, mentirosas, aparentes, maquilladas, malolientes y perversas. Ellas alardeando de su perfección con un baile estúpido en el aire. Y el aire le ahogaba a su alrededor mientras fumaba un cigarrillo tras otro sin pausa. Tuvo el impulso de imitar y deshacerse de sí mismo, y lo tuvo porque siempre pensó que había una elevada complejidad en hacerlo de todo el mundo. Nada. No hizo nada.

Él era un hombre de una altura ligera, barba afilada como un colador de tela mojado, ojos ahuevados con inclinación suave hacia el exterior, y una nariz larga y huesuda que le moqueaba durante días una vez al mes. Fumaba cuarenta y ocho cigarrillos exactos cada veinticuatro horas. Pura medicación para calmar su desidia. Fumaba de pie, sentado, tumbado, boca abajo y boca arriba, arrodillado, sobre una bicicleta que no iba a ningún lugar, meando y cagando, leyendo, comiendo y riendo, bebiendo y llorando, y siempre, respirando. Apatía había decidido dejar de ser chico con la edad aún moviendo el culo en la veintena. En su espacio, lo que le rodeaba era un exceso, y aun con tan poco hueco entre él y los desconocidos, en esa cercanía tan constante con lo anónimo, nadie le tocaba.

En aquel último piso de una gran ciudad en la que cada mañana veía el sol quemar las antenas y a los pájaros buscar su chimenea, giró una vez más el arma que papá utilizaba, volvió a señalar a la esquina en la que sonaba el televisor y movió el gatillo sin balas. Click. Alineadas continuaban en una caja descolorida dentro del cajón. Click.

Apatía, aún un chico, desmanteló su armario, mesillas, cajas y maletas, y aquella montaña de color irreverente voló ante su fachada sin éxito. El suicidio desparramado en el asfalto salió en los periódicos. Una semana después, llegó a su casa otra caja de cartón repleta de camisetas, pantalones, calzoncillos, calcetines y zapatos. Todos negros, todos idénticos.

Hundido, con la dirección exacta en un trozo de papel cuadriculado, puso el zapato izquierdo en la acera con los cordones estrictamente bien atados. Apatía imitó el gesto sumergido entre los hombros, encendió un cigarrillo, tosió y sintió la tranquilidad de haberse mimetizado.

El autobús paró, él descendió las escaleras, miró el número clavado en la fachada y corrió sin la necesidad de la prisa. El aula, con un espacio mínimo entre pupitres, tenía una plaza libre; la suya. Lejos de la brillantez, hombre, callado, desapercibido, juntaba las rodillas y los tobillos mientras ansiaba las palabras del profesor en aquel caro curso sobre el olvido. Sentado, un espasmo le movió el cuerpo, cuando un anciano gordo de coleta que vestía una camisa de cuadros rojos y azules desabotonada sobre una camiseta negra, intentaba un gesto amplio en sus labios mientras pintaba en un papel.

Al chico le caían los hombros hasta la barriga, el pelo le escondía la forma de los ojos, desviados, desencajados, e incluso sueltos, como si en cualquier instante fueran a perder la ubicación en su propio rostro. Tenía colocadas ambas manos bajo las axilas, olía a tabaco, y sin saber el motivo, Felicidad sólo tuvo el deseo de acariciarle la cuidada barba que le escondía la mitad de su cuello. Sobre ella, la piel languidecía amarillenta. Quieta, ella esperó un verbo adecuado en su cerebro. Cerrar. Estaba criándose tan sano en su cabeza, que la manilla se había vuelto un tacto insoportable entre sus dedos. A Felicidad también le preocupó su respiración y el reloj moviéndose sin su trabajo en la muñeca. Los agujeros de los calzoncillos aún a la luz de las tres bombillas. Maldijo. Él irrumpió en su cabeza con la voz.

-Siento la urgente necesidad de morir.

El error había sido el contacto. Jamás había abierto su puerta porque jamás nadie había vuelto a llamar. Jamás era un lugar tan distante que carecía de una distancia contable. Ella no podía tragar las palabras que se arrastraban en silencio desde su mirada, y se le hicieron una bola de carne interminable creciendo entre sus muelas. Aquel eco de su rostro hundido caía sobre sí como una hilera de fichas de dominó. El sonido de la escalera de las piezas repitiendo clac, clac, clac, clac, clac… Y su sonrisa, avergonzada, desdibujada, contrariada, incómoda entre sus propias mejillas. Quizá era su rostro un susto. La puerta balanceó y pensó en imitar un mareó. Vio el desplome, pero no sucedió. De pronto percibió que la respiración de aquel chico oscuro y pálido parecía no ser transparente. Finalmente, entre el color que escupían sus pulmones, accedió.

-Pero aún no has muerto.

-Porque me hablaron de la existencia de tu sonrisa.

-Aquí sólo pasan los cuerpos sin vida. -Abrió la puerta y mostró los tres cadáveres semidesnudos sobre las camillas metálicas redondas como sartenes de veintiocho centímetros-. ¿Te gustan las mandarinas muy ácidas y la música clásica?

-Me gusta la fruta. ¿Puedo encenderme un cigarrillo?

-Da algún paso o cerraré la puerta.

-No estoy muerto.

-Pero quieres dejar de vivir.

-Sólo una vez.

Apatía abrió los ojos y accedió.

-¿Has mordisqueado a Eñe?

-No. Sí. Digo, no sé.

-Eme, no empieces.

-No recuerdo. Comimos queso, la Qu se enfadó y desapareció, Eñe puso una copa de vino, bebimos dos botellas, nos volvimos difusos e incomprensibles, y ya no supimos leernos.

-Zeta y A lo hacen por detrás.

-Ella puso una canción, pero la letra no tenía tampoco sentido alguno…

-¿Quieres un secreto?

-No.

-Nadie hace ya lo correcto. Tampoco lo dice. Ni siquiera la Hache.

-¿Somos incorrectos?

-Todos acabaremos siéndolo.

En un plato verde y hondo había ocho mandarinas ácidas y dos racimos de uvas tintas sobre una mesa de madera cuadrada, baja e inestable. A su lado, una tetera de té negro junto a una jarra de cristal repleta de leche muy fría. Los cuerpos sobre las sartenes metálicas de veintiocho centímetros sonreían al techo cubiertos por sábanas blancas recién planchadas. La puerta no sonó, pero Felicidad oyó la tos. El reloj era su hora, y después de lavarse las manos hasta la altura de las muñecas y ajustarse la coleta, ella caminó hasta la entrada, donde desde hacía días le preocupaban la huellas de sus dedos en la manilla de metal. Apatía, serio, no dijo nada, únicamente pasó con los ojos desconfiados, cosidos a su hombro derecho para evitar el enfrentamiento incómodo. Ella le invitó a quedarse de pie y le puso té en una taza de plástico duro. Después, él sorbió, asintió el buen gusto, y sin mirar a ningún punto exacto, habló.

-La traje.

-¿Y lo intentaste?

-Cada mañana, cada tarde, cada noche, y nunca cambia nada.

-¿Ni siquiera la mirada?

-Se asusta.

-Coge el arma.

-¿Ahora?

-La trajiste, ¿no?

-En la cartera.

-Sácala, apúntame y dispara.

Apatía se detuvo con el arma a mitad de camino. Apretó la uva que sostenía entre los dedos, explotó y comenzó a gotear despacio en el suelo. Felicidad le observó cuidadosamente y con una total inseguridad. Volvió a digerir el denso color de su respiración sobre el frío y delgado cañón del revolver. Era humo de tabaco. Utilizó un gesto afable que culminó en una amplia sonrisa que le desdibujó las mejillas. Después, observó sus dos dedos mojados con la piel morada aplastada entre ambas yemas.

-¿Sabes por qué sonrío?

-Eres feliz.

-Las emociones son el virus de la humanidad. -Felicidad se acercó a él y le levantó el arma-. Dispara.

-No.

-¿Sabes el significado de emoción?

-Sentimiento.

-No. La emoción es una alteración del ánimo intensa, habitualmente de caracter pasajera, y puede ser agradable o penosa. -Le sujetó la muñeca y coló uno de sus dedos sobre el que tenía dentro del gatillo-. Dispara.

-No.

-Olvidaron añadir contagiosa. Dispara.

-¿Por eso estás sola?

-Por eso sonrío. Dispara, y pronto olvidarás que existió.

-¿Tú?

-La tristeza.

Matar para sonreír. Sonreír muerto. La De era la letra más alegre del diccionario. La U dijo que era ella con tono socarrón, y la O se sintió sorprendida y sin aliento al despertar inmersa en tal alboroto. Veintisiete asientos de pie. La I estaba junto a la Ele ejerciendo indiferencia. La Be hacía abdominales para reducir tripa y la Pe tenía un gesto en el que sin duda escondía un enorme pensamiento. La E vio a Hache decir algo, pero la Uve recordó en voz alta que ver no era escuchar. La A gritó. Cayó la oscuridad y la luz se desangraba sin atención ni auxilio. Alguien había matado a la Zeta, y los restos, rápidamente y por la prisa, se deterioraban entre la Ese y la Ce, que encolerizados, sostenían una amenaza sin decir palabra. La Te, la Be y la Erre miraron a la Igriega como principal sospechosa, y en aquel instante de indecisión comenzó la batalla.

Morir por mera felicidad.

Las letras se mataban unas a otras y las palabras caían desplomadas. Heridas y desangradas perdían su significado. Nadie podía entender algo. Alguien entendió nada. Todas lo dijeron, pero ninguna escuchó algo. Los sonidos carecían de sentido y todas las cabezas borraron la comprensión, lo emocional, lo racional o irracional. Los que morían no sintieron. Los que mataron no sostuvieron el sentimiento. Veintisiete cadáveres desordenados por primera vez, y repitiéndose una y otra vez en cualquier lugar y en ninguna parte. La muerte ya no sonreía.

La aguja fina se hundió en la piel a la altura de los labios. No emergió la sangre, seca en el corte que había efectuado hacía escasos minutos. La ventana en la pared amaneció cerrada. Apenas necesitaría seis puntadas más y ella estaría lista. Después, alguien la enterraría. Ya no existían los remites.

Bajo las mismas doscientas cincuenta y una plantas, él nunca sonreía porque aquel gesto carecía de sentido. La felicidad era un vacío, una emoción confusa. Apatía, adiestrado en un selecto olvido, deslizó su mano por la frente fría, amplia y rota, descansando sin respiración sobre la camilla de metal. Rasgó una cerilla, y bajo la tenue luz, aquella cara seria era hermosa. Fumó, buscó el sol inexistente que oscurecía el cielo y recorrió el tono siniestro de las cinco paredes que había manchado con continuos disparos. Oyó un sobresalto, uno, y el salto de dos tostadas marcaron que era temprano. Después hirvió un huevo cocido. Al final bebió café y embalsamó aquel cuerpo gordo y anciano con coleta al que invitó desde el mismo olvido. Su pulso ya no temblaba.

Apatía abría la puerta, estrechaba la mano, daba una larga calada, y entre el denso humo les colocaba en posición recta en algún punto limpio de aquella pequeña cueva. Aquella labor emocional, previa cita, la ejecutaba tres veces al día. La felicidad había perdido su satisfacción.

-La sonrisa me hace distinto.

-Es avaricia y envidia -dijo Apatía.

-No me identifico.

-¿Te emociona?

-Me siento incomprendido.

Apatía no miró al hombre delgado, recto, de corta estatura y que vestía una camiseta roja de tirantes y calzoncillos blancos y rotos. Extendía la palma vacía de su mano a la altura de los ojos de él y enseñaba los ordenados dientes entre sus largos labios alegres. No pudieron interpretar la piedad. Tampoco la gratitud de su gesto. Apatía le invitó a pasar, y el señor movió sus pies y a él. Lo hizo despacio y confiado.

Con el paso del tiempo perdido, extraviado el excesivo número de días en el único calendario y deshilado los calcetines que atravesaban el techo, el espacio carecía de parecidos. Lavó las manos en el lavabo sin mojar las muñecas, y entre las explosiones rojizas secas bajo el azul, el señor fijó su posición.

-¿Disparo?

-Hazlo.

Apatía esperó que el frío de la piel llegará doce horas después. Encendió y apagó veinticuatro cigarrillos. Después, tumbó el cuerpo y extrajo las letras emborronadas de entre sus dedos. Apenas podía leerse nada. Hiló veloz y puso otro punto y final. La estrechez de su boca deshizo las arrugas a sus mejillas. La sonrisa ya no esperaba en los labios muertos de ninguna Felicidad.

FOTOGRAFÍA: Silvia Grav

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